viernes, 9 de octubre de 2026
HISTORIA DE MERIDA CAPÍTULO SEGUNDO LOS CONQUISTADORES Carlos Chalbaud Zerpa
HISTORIA DE MERIDA
CAPÍTULO SEGUNDO
LOS CONQUISTADORES
Carlos Chalbaud Zerpa
Los Dos JUANES
Son Juan Rodríguez
Suárez y Juan Maldonado, no obstante el odio eterno que entre sí se
dispensaban, los dos fundadores de la ciudad donde vivimos.
Juan Rodríguez
Suárez, natural de Mérida de Extremadura de España, debió venir muy mozo a
América, porque en el año de 1540 subió con una expedición de Conquistadores a
Santa Fe de Bogotá, remontando las aguas del gran río de la Magdalena. Estuvo
en todas las conquistas de su tiempo y fue uno de los primigenios pobladores de
Pamplona. Era un hombre de una constitución física y un valor verdaderamente
extraordinarios.
De aquella tierra
extremeña, áspera y pobre, con ciudades ruinosas, murallas, acueductos romanos
y nidos de cigüeñas, vinieron a las Indias los más bravos capitanes.
Eran hombres
indigentes, sin ningún título nobiliario, analfabetos, crueles, codiciosos y
valientes que cuidaban marranos en las praderas
Un día bajaron
hacia Sevilla, atraídos por las noticias del oro, la plata y las perlas que
abundaban en el Nuevo Mundo.
Se llamaban Hernán
Cortés, Francisco Pizarro, Diego García de Paredes, Juan Rodríguez Suárez.
Partieron de
pequeñas poblaciones y minúsculos villorrios, asentados sobre estériles
dehesas, que se conocían como Badajoz, Cáceres, Medellín, Trujillo y Mérida.
Juan Maldonado, por
el contrario, no era extremeño, sino originario de un pueblo de la provincia de
Ávila. Fue encarnizado e de Rodríguez Suárez y valido del Gobernador Ortún
Velázquez de Velasco, con cuya hija estaba desposado. Fundó también la ciudad
de San Cristóbal en 1561.
Una falsa conseja,
como era la suposición de que en el territorio de las Sierras Nevadas existían
abundantes minas de oro y plata, despertó en los españoles aposentados en el
Nuevo Reino de Granada ansias de ambición sed de aventuras; y fue así como se
comisionó al capitán Juan Rodríguez Suárez, quien por aquellos tiempos se
desempeñaba como Alcalde Ordinario de Pamplona, para que procediese a explorar
y reconocer la extensión sierra.
Después de largas
marchas mil penalidades, al frente de 70 hombres, se encontró en un día de
octubre de 1558, con una población indígena organizada que llamó La Guazábara,
en jurisdicción de los mucujunes yulaquíes, y que distaba cerca de una legua de
la laguna de Yoama. Los moradores del poblado, pacíficos e ingenuos dieron
grandes muestras de amistad al llamado Capitán de la Capa Roja. Eran aquellos
aborígenes agricultores por naturaleza y poseían un alto sentido
conservacionista que los españoles se encargaron de destruir. Sus cultivos los
efectuaban en terrazas o andenes como convenía a las faenas agrícolas y lo
pautaba el uso racional de la tierra en las altas montañas.
Mucho no tardó
Jamuen, Cacique de los julaquíes, en descubrir las aviesas intenciones de los
españoles e inició acciones hostiles que les obligaron a aposentarse más
arriba, en La Punta de la meseta de los Tatuves
En conocimiento del
Ayuntamiento de Pamplona las actuaciones no autorizadas de Rodríguez Suárez,
comisionó con plenos poderes a su mortal enemigo el capitán Juan Maldonado para
que procediese a elevar la queja, de fundar pueblos y hacer caudillos, ante la
Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá y levantar Juicio Criminal contra el
Conquistador de las Sierras Nevadas.
Efectivamente,
Rodríguez Suárez le había trocado al poblado de La Guazábara el nombre por el
de ciudad de Mérida y de su propia autoridad le nombró Ayuntamiento. Trazó la
Plaza Mayor, repartió tierras e indios entre sus compañeros y levantó una horca
como símbolo de la Real Justicia.
Se le acusará de mandar
arbitrariamente y así mismo hacerse obedecer, nombrando haciendo caudillos de
sus manos y pregonando que habría de fundar pueblos: y al hallar indios
guerreaba con ellos y prometía a sus hombres hacer repartos de estos de las
tierras de su propiedad. Se le enrostra el delito de fundar ciudades sin
autorización real ni permiso alguno, de nombrar gobierno sin tener asentado
ningún pueblo y verificar repartición de tierras y ayuntamientos de indios sin
ninguna facultad. Su autoridad era irrestricta, maltrataba a sus subalternos su
crueldad era excesiva.
Con ochenta
soldados que juntó en la ciudad de Santa Fe y. de paso en la de Pamplona,
provisto de muchas armas caballos, se presentó Maldonado un mal día en la
recién fundada Mérida. ya trasladada a La Punta. Entre sus capitanes aparece
por primera vez Hernando Cerrada.
Rodríguez Suárez.
Los recibe en compañía de su íntimo amigo Pedro García Gaviria, el segundo de
la jornada aventurera. Se deja hacer preso y remitir a Santa Fe, pues espera
demostrar fácilmente su inocencia. Si hubiese sospechado los cargos que se le
harían, se habría indudablemente resistido, con la espada blandida; y tan
vesánicos capitanes de seguro hubiesen protagonizado una guerra civil, como la
que tres siglos más tarde personificaron, con todas sus funestas y dramáticas
consecuencias, don Vicente Campo Elías don José Tomás Boyes, cuando la Guerra a
Muerte hubo de enfrentarlos en Mosquiteros, La Puerta y San Mateo,
Mientras Caballero
de la Capa Roja era trasladado a Bogotá a fin de que enfrentara el proceso
criminal incoado, comendador Martín López por instrucciones de Maldonado,
trasladará la errante e inexistente Mérida a la meseta de Tatuy i la denominará
San Juan de las Nieves, ‘y que es el mismo sitio donde hoy está poblada.
A la postre
prevalecería la denominación de Mérida, sin prefijos ni adjetivos, tal como la
había bautizado originariamente Rodríguez Suárez, en cuerdo de su ciudad natal.
En el mes de marzo
de 1560, en Santa Fe de Bogotá, se condenará al primitivo fundador de Mérida a
ser arrastrado por la cola de un caballo por s calles públicas hasta que muera
y luego llevado al rollo donde debe ser icho cuatro cuartos.
La buena estrella
de Juan Rodríguez Suárez, en connivencia con el Obispo ay Juan Carlos de los
Barrios y otros fieles servidores de la virilidad de su espada, permiten al
capitán español burlar la justicia de la Nueva Granada, como tránsfuga por la
Sierra de sus sueños”.
Cabalgó el buen
Juan Rodríguez
Cual solía
cabalgar!
Ya va la ruta de
Mérida
caballero en su
alazán
buscando va sus
amigos
buscando la su
ciudad
y corre con tanta
prisa
que deja el viento
detrás...
Perseguido
implacablemente por sus crueles enemigos. el Capitán de
Con tres muchachos
habidos en una india, dos varones y una hembra, de cuales el mayor apenas era
un mozuelo que no llegaba a los quince años, se pone a las órdenes de don Pablo
Collado, Gobernador de Venezuela y se adentra tras el rumbo del mestizo
Francisco Fajardo, para combatir a Guaicaipuro en los desconocidos territorios
que más tarde configurarían la Provincia de Caracas.
n una silenciosa
emboscada, que le preparan los aborígenes, pierde casi todos sus hombres y
hasta sus pequeños hijos.
Sobre los escombros
de un hato que levantan Fajardo, en el mes de agosto de 1561 Juan Rodríguez
Suárez erigirá la Villa de San Francisco, entre las quebradas del Caroata y el
Catuche, exactamente en el mismo sitio donde Diego de Lozada, seis años más
tarde, fundará la ciudad de Santiago de León de Caracas.
Es así como el
Capitán Conquistador extremeño se convierte en el primitivo fundador de dos de
las más importantes ciudades venezolanas.
Una agorera noticia
llena ahora de zozobra a los nuevos pobladores. No son ya Guaicaipuro ni
Paramaconi, ni Terepaima quienes se levantan en armas contra los invasores.
Desde la Isla de Margarita y rumbo a Borburata avanza Lope de Aguirre, El
Peregrino, también conocido como El Tirano.
Con un puñado de
feroces marañones navega en abierta rebeldía contra el Rey don Felipe, el
Prudente.
Rodríguez Suárez es
enviado inmediatamente a combatirlo en compañía de sus valientes soldados.
Es entonces cuando
El Tirano le escribe aquella célebre carta a Francisco Fajardo, rogándole y
persuadiéndole que dejase de servir al Rey y se viniese a confederar con los
marañones.
“He tenido noticia,
dícele Aguirre, del brío y coraje que asisten a vuestra merced y he sabido así
mismo que las dichas cualidades las usa vuestra merced con la espada en la mano
para defender la causa del Rey vuestro señor, lo cual me conturba y apesara. Se
muestra orgulloso vuestra merced por ser hijo de una cacica india y dice amar
tiernamente a la gente de su raza, ¿mas, cómo puede hacerlo sirviendo a quienes
dan esclavitud, tormento y muerte a sus hermanos de sangre? Los capitanes y
ministros del Rey que oprimen estos lugares de Venezuela, alimentan sus perros
con entrañas de los indios que se las sacan vivos, atan a sus prisioneros a los
árboles y luego los queman, los entierran en la arena hasta el cuello y los
dejan morir de sed, los arrastran amarrados a la cola de un caballo, les asan
los pies y manos con plomo derretido, los descuartizan y empalan con increíble
saña, todo lo cual vio vuestra merced por vista de ojos cuando lo hizo en su
presencia el malva do extremeño Juan Rodríguez Suárez. Yo convido a vuestra
merced a cobijarse bajo nuestra bandera y pelear juntos contra el rey español, procurando
alcanzar la libertad de los indios, de los negros y de todos los hombres
humanos que en esta parte del mundo viven...”
El destino impedirá
que el Capitán de la Capa Roja y Lope de Aguirre, El Peregrino, midan sus
fuerzas.
Los caciques de los
caracas, teques y taramainas, una vez más fortalecidos, en la espesura de la
selva esperan pacientes y confiados el paso de Rodríguez Suárez y su gente.
De improviso, de
todas partes surgen guerreros aborígenes y llueven flechas, y después de tres
días de lucha muy reñida, el Capitán y sus camaradas son implacablemente
exterminados.
Los conquistadores
se fueron extinguiendo poco a poco. Aquella generación violenta, sanguinaria,
heroica, dirá Rufino Blanco Fombona, que había vivido con el hierro en la mano,
murió, puede decirse, con el hierro en el pecho, ya en guerra con los indios,
ya en guerras de unos contra otros, ya ajusticiados por el Gobierno español.
“Los más fieles,
aunque no los más ilustres, fueron artimañosamente puestos a distancia de toda
actividad política y militar. Otros pasaron el resto de su vida oscuramente,
solicitando mercedes reales y probando, para tratar de obtenerlas, los méritos
contraídos durante la conquista”.
No era Rodríguez
Suárez de aquellos hombres que se doblegaban ante el Rey para mendigar favores
que les permitiesen una vejez sin privaciones: un honroso retiro militar o una
jugosa jubilación, como diríamos hoy.
Escapado de la
Justicia Real y también de perecer en una contienda civil contra sus propios
compañeros de aventuras, no tenía otro destino que morir con el hierro en el
pecho en guerra contra los indios.
Correrán
silenciosamente los años.
Y desaparecidos los
dos Juanes Conquistadores, en la puebla erigida al pie de la Sierra Nevada se
mantendrá vivo el rencor que entre si se profesaban.
Lo alimentarán, al
calor de la pasión de la sangre hispánica, durante siglos, los hijos y los
nietos de sus compañeros de aventuras que se llamarán Gavinas y Cerradas.
Estos dos bandos
irreconciliables serán, en el transcurrir del tiempo, los realistas y
patriotas, los godos y liberales, los legalistas y continuistas, centralistas y
federales, anverso y reverso de la misma medalla, que dirimirán a plomo las
cosas materiales.
Y en nuestros
tiempos actuales, utilizando la prensa, como Juan Cerrada y Juan Gaviria, serán
la expresión regional de pugnas partidistas entre copeyanos y adecos por
mantenerse en el Poder.















