jueves, 30 de julio de 2026
Domingo Peña: Huella Eterna en las Cumbres por Germán D' Jesús Cerrada
Este texto relata la vida y el legado de Domingo Peña, un
emblemático montañista y guía campesino originario de la Sierra Nevada
de Mérida. El relato destaca su histórica hazaña de 1935, cuando
transportó el busto de Simón Bolívar hasta la cima más alta de
Venezuela utilizando únicamente indumentaria tradicional andina. Se resalta su
capacidad innata para descifrar el clima extremo y los senderos glaciares,
cualidades que lo convirtieron en una figura legendaria para
el andinismo nacional. La fuente también detalla su dinastía familiar,
marcada por la dureza de la vida en el páramo y el sacrificio de quienes
desafiaron las cumbres. Finalmente, el autor explica cómo su memoria perdura en
monumentos, instituciones y parroquias, consolidándolo como un
símbolo eterno de la identidad merideña. Su historia es un tributo al coraje
y conocimiento ancestral del hombre de los Andes.
Domingo Peña: Huella Eterna en las Cumbres
Por: Germán D' Jesús Cerrada
En conmemoración de los 49 años de su siembra
física
La leyenda que conquistó la nieve a fuerza de
ruana y cotizas
Hablar de los imponentes glaciares y los picos
de la Sierra Nevada de Mérida es hablar, de manera inevitable, de sus caminos,
sus brumas y sus hombres.
En el centro de esa historia de altura emerge un
nombre fundamental: Domingo Peña.
Nacido el 4 de agosto de 1891 en la remota aldea
Curazao, en el corazón de Los Nevados, Domingo fue un campesino que llevó el
páramo en la sangre. Mucho antes de que existieran los mapas satelitales, los
equipos térmicos o las cuerdas sintéticas, y en una época de total aislamiento
sin carreteras ni telecomunicaciones, aprendió a leer los vientos, a descifrar
las heladas y a respetar el sagrado silencio de la alta montaña.
Para desafiar las cumbres de más de cuatro mil
metros de altitud, Domingo Peña no vistió chaquetas impermeables ni botas de
alta tecnología. Su equipo fue la vestimenta tradicional de nuestra gente: sus
cotizas de tres puntos como calzado, los pantalones arremangados y la fiel ruana
de lana de oveja, tejida por las manos artesanas de la vecina aldea de Mocas,
en la parroquia El Morro.
A su lado, apoyando cada travesía, estuvo
siempre su eterna compañera de vida: la nevadera Luisa Castillo.
La proeza del Pico Bolívar (1935)
Fue precisamente con esa indumentaria humilde
pero resistente que Domingo Peña protagonizó una de las mayores proezas de la
historia andinista nacional. El 5 de enero de 1935, cargando sobre sus espaldas
el busto en bronce de Simón Bolívar (obra del escultor Marcos León Mariño),
abrió paso en el hielo traicionero hasta la cumbre más alta de Venezuela, a
5.007 metros sobre el nivel del mar.
Junto a miembros del recién fundado Club Andino
Venezolano —encabezado por figuras fundamentales como el Dr. Enrique Bourgoin y
el Dr. Heriberto Márquez Molina—, la fuerza y el coraje de Domingo permitieron
que el pedestal del Libertador quedara inmortalizado en la cima junto a aquella
célebre placa que rezaba:
“Bolívar, la cumbre más alta de Venezuela es
apenas un pequeño pedestal para tu gloria.”
Dinastía de baquianos y la dureza del páramo
Inmortalizado en obras historiográficas fundamentales como las del Dr. Carlos Chalbaud Zerpa, Domingo Peña encabezó una auténtica estirpe de andinistas nacidos en Los Nevados: nombres insignes como Ventura Sánchez, Victoriano Saavedra, Cipriano Peña y su propio hermano, Pablo Peña.
Aquella saga familiar estuvo también marcada por la severidad inclemente del clima andino. Pablo Peña pasaría a la historia como el único andinista nevadero en perder la vida por hipotermia, atrapado por una feroz tempestad cerca del Alto de la Cruz, a más de cuatro mil metros de altitud; una dura travesía de la que afortunadamente logró sobrevivir su hijo Pablito.
De La Aguada al corazón de la ciudad
Con el paso de los años, Domingo y Luisa establecieron su morada en La Aguada, estación intermedia de la cordillera donde hoy habita su nieto Pedro Peña, considerado por la comunidad montañista como un custodio ermitaño y referencia viva de la Sierra.
Más tarde, la vida llevó a Don Domingo a
residenciarse en la calle principal del sector Campo de Oro, en la ciudad de
Mérida.
Su huella en la venezolanidad es tan profunda
que se convirtió en el único nevadero elevado a la posteridad en bronce.
Aquella escultura original que perteneció al
Monumento a la Sierra en el Paseo La Feria, reposa hoy en la avenida
Universidad, frente al Comedor Universitario de la ULA, en el Parque a los
Andinistas —popularmente conocido como "Parque de la Burra"—,
rindiendo tributo permanente a su figura.
Su legado trasciende en la geografía urbana y
social: vive en el nombre de la Parroquia Domingo Peña del municipio
Libertador, en diversas instituciones educativas y en la noble labor del Grupo
de Rescate Domingo Peña, institución que hereda su intachable espíritu de
auxilio, prevención y entrega en la montaña.
El legado imperecedero
Aquel 26 de julio de 1977, Domingo Peña partió
físicamente a los 86 años de edad, pero su huella quedó grabada para siempre en
la roca, el fraude del hielo y la nieve perpetua de nuestra cordillera.
Hoy, a 49 años de su partida, recordar a Domingo
Peña no es solo recordar al baquiano insustituible o al guía de expediciones
históricas; es honrar la valentía del campesino andino, la indumentaria hecha a
mano, el conocimiento ancestral de los senderos de arriería y el coraje de un
pueblo que llevó al Libertador a lo más alto de la patria.
Domingo Peña es, y seguirá siendo, la huella eterna de la Sierra Nevada
de Mérida.
(Con valiosos aportes y testimonios de Omar Sánchez Castillo, Los Nevados).
domingo, 19 de abril de 2026
La vida y el legado de Agustín Codazzi
Visión integral sobre la vida y el legado de Agustín Codazzi,
el ilustre geógrafo y militar italiano que definió la cartografía de Venezuela
y Colombia en el siglo XIX. Los textos exploran sus
"siete vidas", desde su juventud como soldado napoleónico y sus
aventuras en el Caribe hasta su consagración como líder de la Comisión
Corográfica. Se destaca su rigor científico al registrar no solo la
topografía, sino también la flora, la población y la economía de las regiones
exploradas.
Se detallan la historia familiar de sus ocho hijos y su
papel en la preservación de su memoria biográfica. El conjunto de materiales
sirve tanto como recurso histórico como guía pedagógica para valorar su
contribución a la identidad nacional de ambos países.
A continuación, se presenta una biografía cronológica de Agustín Codazzi, integrando su trayectoria militar en Europa, su labor como corsario y su trascendental legado cartográfico en Venezuela y Colombia
.
Primeros años y Guerras
Napoleónicas (1793-1816)
- Nacimiento
(1793): Nació en Lugo (Italia) el 11 de julio
(según algunas fuentes el 12 o 13) de 1793. Fue hijo de Domenico Codazzi y
Constanza Bartolotti.
- Formación
y milicia (1809-1812): Ingresó a los
ejércitos napoleónicos a los 16 años, estudiando en la escuela militar de
Bolonia y en la Academia de Guerra de Pavía, donde se destacó en matemáticas.
- Campaña
en Europa (1813-1814): Participó como
artillero en las batallas de Lützen, Bautzen, Dresde y Leipzig.
Regresó a Italia en 1814, donde se unió al Estado Mayor en Mantua antes de
la caída definitiva de Napoleón.
Juventud Aventurera y etapa
de corsario (1816-1822)
- Naufragio
y Constantinopla (1816): Tras el fin de las
guerras, intentó dedicarse al comercio. Naufragó cerca de Ítaca,
perdiendo sus bienes, y terminó viviendo en la indigencia en Constantinopla,
donde se reencontró con su amigo Constante Ferrari.
- Llegada
a América (1817-1818): Viajó a Baltimore,
donde se enroló en la flota del corsario francés Luis Aury para
luchar por la independencia americana.
- Misiones
en la Nueva Granada (1819-1820): En 1819, realizó una
peligrosa travesía desde el Chocó hasta Bogotá para ofrecer la flota de
Aury a Simón Bolívar. Durante este periodo, fue ascendido a teniente
coronel de artillería por sus servicios en las costas de Centroamérica
y el Caribe.
- Intermedio
en Italia (1823-1825): Regresó a Italia con
una pequeña fortuna obtenida del comercio de oro. Compró una finca en Serrallo,
pero su insatisfacción con la vida agrícola y la situación política lo
impulsaron a regresar definitivamente a América.
El Periodo Venezolano
(1826-1848)
- Regreso
y primeros trabajos (1826-1829): Regresó a Cartagena y
luego a Bogotá, donde se puso a órdenes de Santander y Bolívar. Fue
enviado a Maracaibo para fortalecer las defensas y realizar mapas
estratégicos del departamento del Zulia.
- El
Atlas de Venezuela (1830-1839): Tras la disolución de
la Gran Colombia, el presidente José Antonio Páez le encargó el
levantamiento topográfico y estadístico de toda la República de Venezuela.
Esta labor le tomó nueve años y se vio interrumpida por su participación
en campañas militares para pacificar el país.
- Publicación
en París y Colonia Tovar (1840-1844): Viajó a Francia para
imprimir su Atlas Físico y Político de Venezuela y el Resumen de
la Geografía de Venezuela, obras que le valieron el reconocimiento de
la Academia de Ciencias de París y de Alejandro de Humboldt. En
1843, regresó con 358 inmigrantes alemanes para fundar la Colonia Tovar.
- Gobernación
y exilio (1845-1848): Fue nombrado
gobernador de la provincia de Barinas. Sin embargo, la
inestabilidad política y el ascenso de José Tadeo Monagas lo obligaron a
huir hacia la Nueva Granada.
El Periodo Colombiano y la
Comisión Corográfica (1849-1859)
- Llegada
a Bogotá (1849): Invitado por el presidente Tomás Cipriano
de Mosquera, se radicó en Bogotá y fue nombrado inspector de la Escuela
Militar.
- La
Comisión Corográfica (1850-1859): En enero de 1850,
inició la monumental tarea de cartografiar la Nueva Granada. Realizó diez
expediciones principales, recorriendo desde el altiplano
cundiboyacense y Antioquia hasta las selvas del Caquetá y el Chocó.
- Intervención
militar (1854): Sus labores se detuvieron brevemente para
actuar como jefe del Estado Mayor del ejército constitucional
contra la dictadura de José María Melo.
- Muerte
(1859): Durante su última expedición en el
departamento del Magdalena, buscando concluir el mapa del país y estudiar
la Sierra Nevada de Santa Marta, fue atacado por fiebres palúdicas. Murió
el 7 de febrero de 1859 en el sitio de Espíritu Santo (hoy
municipio de Codazzi, Cesar).
Su legado incluye la base científica de la cartografía moderna en Venezuela y
Colombia, así como una vasta documentación sobre la flora, fauna, economía y
población de estas naciones a mediados del siglo XIX.
Araceli Fernández de la Hoz desempeñó un papel fundamental en la vida de
Agustín Codazzi como su compañera constante, brindándole estabilidad familiar y
apoyo en sus diversos proyectos científicos y políticos en Sudamérica.
A continuación, se detallan los aspectos más relevantes de su papel e
influencia:
- Matrimonio
y Familia: Araceli, una joven cumaneña de 26 años
descrita como bondadosa y dinámica, contrajo matrimonio con Codazzi el 29
de abril de 1834 en Valencia. Juntos formaron un hogar que las fuentes
califican como de "mayor felicidad". La pareja tuvo ocho
hijos, quienes nacieron y crecieron entre Venezuela y Colombia,
reforzando el arraigo de Codazzi en su patria adoptiva.
- Fortaleza
y Carácter: Se la describe como una mujer "aguerrida
y constante", poseedora de una gran fortaleza moral. Estas
cualidades fueron esenciales para afrontar las frecuentes ausencias de su
esposo debido a sus expediciones corográficas y campañas militares, así
como las dificultades económicas y los peligros del exilio político.
- Apoyo
en la Colonia Tovar: Durante la fundación
y administración de la Colonia Tovar, Araceli fue una figura clave. Las
fuentes la describen como una mujer incansable que gozaba de la veneración
y aprecio de los colonos alemanes por su amabilidad y generosidad.
- Participación
en la Vida Política: Su papel no fue solo
doméstico; también participó simbólicamente en la gestión política de su
marido. Por ejemplo, cuando Codazzi era gobernador de Barinas, Araceli
preparó a cuatro de sus hijos para que presentaran una alegoría sobre el
amor patrio en un banquete, logrando la reconciliación de jefes políticos
enfrentados.
- Compañera
en el Exilio y los Viajes: Araceli acompañó a
Codazzi en momentos cruciales, como su viaje a París en 1840 para la
impresión del Atlas de Venezuela. Asimismo, enfrentó las vicisitudes del
exilio cuando la inestabilidad política en Venezuela los obligó a huir;
ella y sus hijos buscaron refugio inicial en Curazao antes de reunirse con
Codazzi en Bogotá en 1849 para iniciar la Comisión Corográfica.
- Resiliencia
ante la Adversidad: La vida de Araceli
estuvo marcada por sacrificios personales, incluyendo periodos de
encarcelamiento vinculados a las luchas políticas de la época, lo que
refuerza su imagen de mujer resiliente en el contexto de la construcción
de las nuevas repúblicas.
Tras la muerte de Codazzi en 1859, Araceli abandonó Bogotá, cerrando así
un capítulo de tres décadas dedicadas a apoyar la obra y la familia del
geógrafo italiano.
La vida de los ocho hijos de Agustín Codazzi y Araceli Fernández
de la Hoz estuvo profundamente marcada por la labor científica de su padre, las
constantes mudanzas y la inestabilidad política que caracterizó a Venezuela y
la Nueva Granada a mediados del siglo XIX.
Nacimiento y Composición
Familiar
La pareja tuvo ocho hijos, cuyos nacimientos reflejan el tránsito de
Codazzi por diferentes regiones:
- Agustín (21
de marzo de 1835).
- Araceli (30
de diciembre de 1837).
- Domingo (8
de mayo de 1839).
- Lorenzo (28
de octubre de 1841).
- Constanza (10
de febrero de 1843).
- José
Antonio (10 de abril de 1845).
- Rosario (28
de abril de 1847).
- Inés (15
de octubre de 1850), la única nacida tras el traslado definitivo a Bogotá.
Infancia entre la Guerra y
la Diplomacia
La vida de los niños no fue ajena a la carrera pública de su padre. Un
evento destacado ocurrió en Barinas (Venezuela) en 1846, cuando Codazzi
era gobernador; Araceli preparó a cuatro de sus hijos para que, vestidos
alegóricamente, presentaran un discurso sobre el amor patrio y la fraternidad
en un banquete oficial, logrando la reconciliación de jefes políticos
enfrentados.
Sin embargo, también enfrentaron las dificultades del exilio. En 1848,
debido a la persecución política de José Tadeo Monagas, Codazzi tuvo que enviar
a su esposa y a siete de sus hijos a Curazao por seguridad, mientras él
buscaba refugio en la Nueva Granada. Una vez que Codazzi se estableció en
Bogotá para iniciar la Comisión Corográfica, la familia se reunió con él en
1849, instalándose en la capital colombiana.
Vida tras la muerte de
Agustín Codazzi (1859)
Tras el fallecimiento del geógrafo en 1859, la familia se dividió entre
las dos naciones que su padre había ayudado a cartografiar:
- Regreso
a Venezuela: La viuda, Araceli, junto con los dos hijos
mayores, Agustín y Domingo, abandonaron Bogotá para establecerse
nuevamente en Venezuela.
- Permanencia
en Colombia: Cuatro de los hijos (Araceli, Lorenzo,
Constanza y Rosario) decidieron quedarse en Bogotá.
- Lorenzo
Codazzi siguió los pasos profesionales de su padre y
se convirtió en ingeniero.
- Constanza
Codazzi (luego de Convers) desempeñó un papel clave
en la preservación de la memoria de su padre, traduciendo su biografía
del italiano al castellano en 1881.
- Araceli
(hija) falleció en Bogotá en 1872.
En resumen, los hijos de Codazzi vivieron una infancia itinerante debido
a las expediciones y cargos de su padre, sufrieron el desarraigo de los
conflictos civiles y, finalmente, terminaron vinculados profesional y
afectivamente a ambos países, contribuyendo a mantener vivo el legado
cartográfico y biográfico de su progenitor.
La vida de Lorenzo Codazzi estuvo marcada por la continuidad del
legado profesional de su padre, Agustín Codazzi, consolidándose como una figura
clave tanto en la ingeniería colombiana como en la preservación de la memoria
histórica de su progenitor.
- Formación
y Profesión: Lorenzo nació el 28 de octubre de 1841.
Siguiendo el ejemplo de su padre, se formó y ejerció como ingeniero.
- Colaboración
con Agustín Codazzi: Durante la novena
expedición de la Comisión Corográfica en 1857, Lorenzo trabajó
directamente con su padre. Junto a su hermano Domingo y al ingeniero
Manuel Ponce de León, participó en el trazado del camino de Facatativá
a Beltrán, un puerto en el río Magdalena.
- Arraigo
en Bogotá: Tras la muerte de su padre en 1859, la
familia se dividió. Mientras su madre, Araceli, y sus hermanos mayores
regresaron a Venezuela, Lorenzo decidió permanecer en Bogotá, donde
desarrolló su vida adulta y profesional.
- Preservación
del Legado: Lorenzo desempeñó un papel fundamental en la
recopilación de la obra de su padre. Proporcionó directamente a
investigadores como Hermann Schumacher documentos privados, cálculos,
cartas y mapas originales de Agustín Codazzi, los cuales fueron esenciales
para la redacción de su biografía.
- Vínculo
con Italia: A finales de 1879 y principios de 1880,
Lorenzo mantuvo correspondencia con la municipalidad de Lugo (Italia)
para honrar la memoria de su padre. Envió una fotografía del retrato que
Agustín se hizo en París en 1842 para que sirviera de modelo al escultor
Pablo Vizani en la creación de un busto de mármol.
En resumen, Lorenzo Codazzi no solo heredó la profesión de ingeniero,
sino que fue el guardián de los archivos de la Comisión Corográfica en Bogotá,
asegurando que los aportes científicos de su padre fueran reconocidos
internacionalmente.
La obra a la que se hace referencia no es una biografía original de su
autoría, sino una traducción al castellano realizada por Constanza
Codazzi de Convers en 1881 de la biografía escrita originalmente en
italiano por Domingo Magnani.
- Notas
Curiosas y Aclaratorias: Constanza enriqueció
el texto de Magnani agregando "notas curiosas" sobre la
juventud de su padre. Por ejemplo, incluyó precisiones sobre el valor de
la moneda de la época (aclarando que un paolo equivalía a un real)
y detalles sobre la vida cotidiana en Lugo.
- Relatos
de Heroísmo Militar: Una de las notas de
la traductora detalla un episodio en la batalla de Lützen, la
primera de Codazzi. En ella, se relata que Codazzi fue destinado a
defender un puesto con la orden de ser fusilado si abandonaba el cañón. Al
quedar casi solo bajo fuego enemigo, se montó a horcajadas en el cañón
a esperar la muerte hasta que llegaron los refuerzos.
- Anécdotas
de Supervivencia: Constanza incluyó una
nota relatando que su padre no sabía nadar y que debió la vida a un
sargento del ejército de Napoleón, quien lo salvó durante su naufragio
cerca de la isla de Ítaca y se convirtió en su asistente inseparable.
- Preservación
de la Memoria Familiar: La obra incluye la
correspondencia de 1879 y 1880 entre su hermano Lorenzo Codazzi y
las autoridades de Lugo (Italia) para honrar la memoria del
geógrafo con un busto de mármol y una placa conmemorativa en su casa
natal.
- Contenido
General: El texto traducido narra cronológicamente la
vida de Codazzi: su nacimiento en 1793, sus estudios en Bolonia y Pavía,
su participación en las guerras napoleónicas, su etapa de
aventurero en Constantinopla, su llegada a América en la flota de Luis
Aury, y su labor cartográfica y militar en Venezuela y la Nueva
Granada hasta su muerte en 1859.
En resumen, el papel de Constanza fue fundamental para preservar y
difundir el legado de su padre en los países de habla hispana, aportando
una visión más íntima y familiar a través de sus anotaciones al texto original
italiano.
sábado, 10 de enero de 2026
Mitos, Leyendas y Embustes (Ensayos Históricos)
LAS DAMAS DE BOLIVAR
Carlos Chalbaud Zerpa
Existe la
general creencia que las esposas de los hombres que han regido en nuestro país,
a partir de la declaración de la independencia, fueron damas muy felices
gracias al poder embriagante o a las riquezas de que gozaron sus maridos;
igualmente se piensa lo mismo de aquellas señoras que se desempeñaron como
novias o mancebas de los mismos personajes.
Si revisamos
la historia íntima de ellas, hasta las primeras décadas del siglo XX, llegamos
a la conclusión de que quizás fueron más los tiempos de adversidad que los de
holganza, y que la mayor parte de dichas damas fueron víctimas del monstruo de
la fatalidad, la desventura, la desgracia, los saqueos de sus casas, las
crueles enfermedades, la persecución política, los días agobiadores y las
noches de miseria en el destierro.
Pareciera
como si un sino trágico fuera inherente a la posición que ocuparon al lado, o
muy cerca, de nuestros gobernantes.
Sobre el tema
de las primeras damas de Venezuela, titulo este prestado del norteamericano
‘first lady” que refiriéndose a las del siglo XIX escribió un excelente ensayo
el notable escritor venezolano don Antonio Reyes y que abarca desde doña María
Teresa Rodríguez del Toro y Alaiza, esposa del Libertador hasta doña Zoila Rosa
Martínez, la cónyuge del Gral. Cipriano Castro; así como también existe el
magnifico libro de la señora Ermila Troconis de Veracoechea sobre el mismo
argumento.
Acerca de los amores de Bolívar, señaladamente
doña Manuela Saez de Thorne, puede consultarse las biografías de Víctor W. Von
Hagen y Alfonso Rumazo González, así como
María Teresa Rodríguez del Toro y Alaiza
Aunque
Bolívar no fue presidente de Venezuela, asumió la dictadura durante
A su esposa
la conoció Bolívar en Madrid, cuando su primer viaje a España en 1800.En una
carta a su tío Esteban Palacios Sojo le dice que se ha apasionado de una
señorita de las más bellas circunstancias y recomendables prendas, como lo es
su señora doña Teresa Toro (así la llama a secas), hija de un paisano y aún
pariente, con quien determino contraer alianza. La novia era española, prima
lejana suya, dos años mayor que el contrayente e hija de don Bernardo Rodríguez
del Toro y Ascanio, natural de Caracas y doña Benita de Alaiza y Medrano, ya
difunta, natural de Valladolid. Había nacido en la capital española el 15 de
octubre de 1781; no era hermosa y tampoco rica como el novio, de tal manera que
si por parte de él fue un matrimonio por amor, por el de ella fue de necesidad
y de interes. El enlace, con el joven caraqueño de 19 años se efectuó, en horas
vespertinas, el 26 de mayo de 1802, en la misma ciudad mandrílense en
Casada ella
con uno de los jóvenes americanos más acaudalados, pues Bolívar era propietario
de un cuantioso mayorazgo y otros bienes adquiridos por herencia, no aportó ni
dote ni bienes, de donde se deduce que, su padre era un noble arruinado.
Muy enamorada
de su marido, llegó a Venezuela hacia el mes de junio de 1802, y aunque
agasajada por la aristocracia criolla, no dejó de despertar envidias, odios y celos,
así como fue considerada una intrusa por las familias caraqueñas con hijas
casaderas que veían en el mozo Simón un excelente partido.
Fue a vivir,
después de una corta permanencia en Caracas, con su marido a la hacienda de San
Mateo, donde la felicidad duró apenas ocho meses, porque el 23 de enero de
1803, víctima de la fiebre amarilla o un paludismo pernicioso, era enterrada en
Muchos años
más tarde, Bolívar confesaría a Perú de Lacroix que había querido tanto a su
mujer, que su muerte le hizo jurar no volverse a casar. Y no lo hizo. Se
conjetura, anota Gil Fortoul, que acaso porque conservaba inmaculado el
recuerdo de su primer amor o quizás porque en la vertiginosa carrera de su
existencia no podía ya haber descanso, sino para amores volubles.
Aunque
tildado por biógrafos trasnochados como superhombre y Semidiós de América,
Bolívar era un ser humano con todas las virtudes y defectos de un hombre
genial, en quien destacaron sus dotes de guerrero, internacionalista y
estadista; hasta el punto que en su tiempo, su nombre circulaba entre los
pueblos de Europa- sin excluir España- como sinónimo de Libertad. Con el nombre
de Bolívar en los labios, en canciones patrióticas, tomaron a París los revolucionarios
de 1830.
Sus queridas
le acompañaron siempre en Caracas, en Angostura, en Bogotá, en Lima, en Quito y
aún en las campañas. En Caracas se le oía decir por el año de 1814, que
prefería el Purgatorio al Paraíso porque allí estaba seguro de encontrar a sus
primas las Aristeguietas, hermosas muchachas de genio alegre y muy
independiente. Bien es cierto, continúa Gil Fortoul, que más de una vez su pasión
amorosa le sirvió de Providencia. En 1815, hallándose en Kingston, la
circunstancia de quedarse a dormir en casa de una amiga le salvó de que lo
asesinase su propio esclavo, el cual dio de puñaladas a un oficial que por
aquella noche ocupaba su hamaca; y el 25 de septiembre de 1828, escapó de los
conjurados de Bogotá merced a las trazas que se dio su querida para hacerlo
saltar por el balcón.
De
Josefina Machado
Era bella,
pertenecía a una de las mejores familias de Caracas y parece que fue su novia
en 1813. Sufrió todos los infortunios y las miserias de
En aquel
holocausto, estas distinguidas damas, entre quienes se encontraba Josefina Machado,
sacrificaron su belleza y su juventud y se vieron obligadas a alimentarse de
pescado, yuca y plátano.
Por culpa de
la señorita Pepa, faltó poco para que fracasara la primera expedición de Haití,
en 1816, por un retraso en el barco que conducía a la amante a Margarita.
En efecto,
señala Indalecio Liévano Aguirre, cuando Bolívar-gracias al franco apoyo de Petión-
adquiría el completo dominio de las fuerzas revolucionarias, hasta el punto de
poder negarse a que Bermúdez formara parte de la expedición ocurrió algo que,
dadas las características de su temperamento, debía conducirle a una seria
distracción de su voluntad; la llegada de una carta de Josefina Machado, quien
desde Santo Thomas le pedía la aguardara en los Cayos, pues estaba resuelta a
correr a su lado los riesgos de las campañas futuras. Aunque la espera de
Josefina suponía demora de la partida, después de considerar Bolívar el asunto
con Brión, enemigo de todo aplazamiento, ordenó detener la marcha.
Una semana
trascurrió en vano; por causas que el no podía explicarse, la señorita Machado
no llegó, y ante la presión de Brión, quien veía en esta demora un motivo de escándalo
para la oficialidad, tuvo que ceder y ordenó la salida. El 31 de marzo de 1816,
seis goletas cargadas con las armas y municiones proporcionadas por Petión se alejan
ron del puerto con el propósito de enfrentarse a los 10.000 ó 12.000 soldados
de que disponía Morillo en continente.
Cuando la
pequeña armada arribó a las proximidades de la isla
Durante la
permanencia de Bolívar en Angostura, su querida oficial lo fue la señorita Pepa.
Quiso ella
seguirlo a
Bernardina Ibañez.
Cuando
victorioso en la batalla de Boyacá, Bolívar entró en Santa Fe de Bogotá el 10
de agosto de 1819, la población le organizó una posterior entrada solemne y
oficial el 18 de septiembre bajo una lluvia de flores y repiques de campanas.
En compañía de Santander y Anzoátegui fue recibido por el alto clero, en el
atrio de la catedral. Asistieron de rodillas a un Te Deum y luego en la plaza,
atestada de gente, se cantó un himno en honor del Libertador. Veinte doncellas
vestidas de blanco, todas muy bellas y muy jóvenes, se presentaron trayendo en
sus manos una corona y decoraciones. Una de ellas, la más hermosa, casi una
niña, colocó sobre sus sienes la corona de laurel. Era la señorita Bernardina
Ibañez quien vino a ocupar el lugar que había correspondido en
Prendado de
ella se cansó de escribirle sin obtener una respuesta afirmativa, por estar
enamorada del oficial patriota caraqueño Ambrosio Plaza, quien había acompañado
al Libertador en la campaña para liberar a Venezuela en 1813; estuvo en Mérida
y Trujillo, intervino en los combates de Niquitao y los Horcones y entró entre
aclamaciones a Caracas después de recibir ovaciones en Valencia y
Se cuenta que
antes de la batalla de Carabobo, el general O’ Leary le preguntó al Gral.
Cedeño en qué pensaba al verlo taciturno; y éste le contestó que meditaba en el
bonito muerto que haría Plaza; a lo cual, Plaza que escuchaba, replicó rápidamente:
y yo estaba reflexionando en cual será la bárbara temeridad que le llevará a
usted a su fin,
Cuando
Bolívar conoció a Bernardina, él tenía 34 años y ella no más de trece. Lo consideraba
un viejo. Ella en cambio era tenida por la jovencita más bella de Bogotá y, además
de Plaza, tenía grandes enamorados como lo eran el joven liberal Florentino Gonzáles
y el mozo acaudalado Miguel Saturnino Uribe.
Ambrosio
Plaza en el año de 1821 no regresó a Bogotá en busca de su novia. Murió en la
batalla de Carabobo, en el sitio mas expuesto de la contienda, tal como Urías,
el oficial de las tropas del rey David.
En Carabobo,
Plaza no entró inicialmente en contienda y pidió permiso al Libertador para
entrar en el combate, lo mismo que había exigido Cedeño que tampoco había
peleado. Ambos encontraron la muerte.
Según el
historiador Vicente Lecuna, el coronel Plaza, acompañado por el edecán Ibarra
que le había llevado la orden de embestir, avanzó sobre dos batallones españoles
y al tratar de rendir al del Infante recibió una descarga y cayó gravemente
herido; trasladado en muy mal estado a Valencia murió al día siguiente.
De tal manera
que no era general como siempre se ha repetido ni murió en el campo de batalla.
Bolívar en el parte de la acción lo denomina el coronel Plaza.
Muerto Plaza,
Bolívar la cortejó con mayor vehemencia y la llamaba en sus cartas la
“melindrosa y más melindrosa bella Bernardina”.
Bernardina y
sus bellas hermanas, patriotas, nacionalistas y de pensamiento francamente
liberal, se fueron paulatinamente alejando del Libertador, sobre todo cuando se
convirtió en dictador y rompió sus relaciones con Santander y establecieron
vínculos más estrechos con los jóvenes patriotas revolucionarios que
constituyeron ideológicamente el grupo de los conjurados que en septiembre de
1828 intentaron asesinarlo. El objeto de los conspiradores era destruir el
régimen, apoderarse de la persona de Bolívar y sus ministros, vencer las
resistencias que pudieran encontrar en algunos grupos de las fuerzas armadas; y
poner enseguida a la cabeza gobierno a Santander, a quien consideraban el Jefe
Constitucional de
Otra mujer,
Manuelita Saenz, le salvo la vida y la conspiración fracasó.
Entre los conspiradores
que penetraron armados hasta la habitación del Libertador, cuando este ya había
huido por una ventana, se encontraba Florentino González, de apenas veinte y
tres años de edad. Según parece fue él quien impidió que uno de los sicarios
rematase al edecán Ibarra de un sablazo y así mismo evitó que un exoficial de
artillería llamado José López (alias Lopote) que había sido dado de baja por
mala conducta, tratase de golpear y matar a la bellísima señora que espada en
mano había salido a hacerles frente. González, uno de los más ardientes
conspiradores dióle un empellón al tal López, echándole en cara la villanía de ofender
a una débil mujer.
Catorce de
los comprometidos fueron condenados a muerte, entre ellos el general Padilla,
el protagonista de la batalla naval de Maracaibo, quien fue fusilado y luego
colgado por el cuello y que no había tenido conocimiento de la conjura.
Uno de los
más enardecidos y culpables, era desde luego Florentino González mozo de gran
talento, y fue también condenado a muerte. Se le conmutó la pena por su prisión
en un castillo, encadenado y con grillos y más tarde fue dejado en libertad.
Mientras
sucedían todas estas cosas, el apuesto galán Uribe sedujo a Bernardina, y cuando
ella debía tener unos 27 años, en el año de 1834, dio a luz una niña de este
don Juan que enamoraba a todas las muchachas para dejarles como recuerdo un
hijo. La muchachita nació en la clandestinidad y la madre la entregó, para su
crianza, a las monjas de un convento.
Florentino
siguió enamorado de
Miguel Saturnino
Uribe legitimaría la niña de Bernardina, sin decir en el documento quien era la
madre. Ya señorita y llamada doña Carmen Uribe, casaría con don Carlos
Michelsen, quien fuera Presidente de Colombia.
Posteriormente
a la disolución de
No son
difíciles de imaginar los sufrimientos de Bernardina, primero al saber que su
novio había muerto en Carabobo, luego al tener que recluir su primogénita en un
convento para callar un pecado y por último al conocer que su nuevo
pretendiente había sido condenado al último suplicio por el tribunal nombrado
por Bolívar, su antiguo cortejador, y posteriormente recluido en los calabozos del
Castillo de Bocachica, aherrojado y sin poder ver la luz del sol.
Por algo dice
un refrán que, la suerte de las feas, las bonitas la desean.
A partir de
su matrimonio con Florentino González, la vida de la bella Bernardina se
hundirá en el silencio. De la unión nacerán dos niñas gemelas; una de ellas casará
con un marino francés quien regresara a su patria donde se le perderá el rastro;
y la otra ingresará en un convento.
Bernardina
falleció en Valparaíso, en 1864.
En esa aldea
grande que era entonces Bogotá, y en la señorial Lima, los paréntesis de actividad
política y guerrera los dedicaba el Libertador, según Gil Fortoul a intrigas
amorosas, que en no raras ocasiones llegaron al delirio.
En aquellas
poblaciones, parafraseando a López Michelsen, era una constante los chimes, la
vida pacata, las envidias pueblerinas; constante histórica durante el primer
siglo de vida independiente. La hermosura, el poder, la riqueza atrajeron sobre
sus poseedores las centellas de la maledicencia. Además, en épocas de
transición, de cataclismos sociales, nadie tiene derecho a tirar la primera
piedra.
Fue entonces
cuando empezó a flaquear el organismo de Bolívar y a decaer su genio. Desde
1822, una mujer ocupaba lugar absorbente en la vida pasional del héroe; mujer
única en esta época, así por su carácter aventurero como por su afición a
ejercicios varoniles, y tanto por su soberbia en desdeñar ciertas convenciones
sociales cuanto por su brillante inteligencia. Llamábase Manuela Sáenz. Casada
en Quito con un medico inglés, de apellido Thorne, le abandono allí para seguir
al Libertador en todas sus campañas. El inglés, excéntrico, le suplicaba sin
cesar que volviese a unírsele. A menudo le enviaba grandes cantidades de dinero,
que ella no aceptó nunca, y al fin la instituyó heredera de toda su fortuna.
Léase una de
las respuestas de doña Manuela, en la que aparecen ambos pintados con
ingeniosos toques:
“ no, no, no más, hombre de Dios! ¿Por qué
hacerme usted escribir, faltando a mi resolución? Vamos, ¿qué adelanta usted,
sino hacerme pasar por el dolor de decirle mil veces no? Señor, usted es
excelente, es inimitable, jamás diré otra cosa sino lo que es usted; pero mi
amigo, dejar a usted por el general Bolívar es algo: dejar a otro marido sin
las cualidades de usted, sería nada. ¿Y usted cree que yo, después de ser la
querida de este general por siete años, y con la seguridad de poseer su corazón,
prefiera ser la mujer del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, o sea de
Manuela Saenz
era nacida en Quito, muy hermosa, cultivada, violenta, apasionada y sensual.
Desde muy jovencita había escandalizado a la sociedad quiteña con sus
desplantes y su vida independiente no sujeta a con formalidades. Bolívar la
conoció en la propia ciudad de Quito en junio de 1822 y desde entonces vivieron
juntos prácticamente como marido y mujer. Ella lo acompañó en sus largas
campañas y en las situaciones más difíciles hasta pocos meses antes de la
muerte del héroe, cuando enfermo y decepcionado abandonó a Bogotá rumbo a la
costa atlántica.
Doña Manuela,
al abrazarlo estrechamente para despedirse, fue la única que creyó que su
amante volvería y que volvería pronto.
El Libertador
montó a caballo, con el sombrero en la mano, con la enfermedad que lo llevaría
a la tumba dibujada en su rostro. Partía para siempre de la capital granadina y
cuando pasaba por la plaza principal, una chusma de canallas, azuzada por sus
enemigos políticos lo despidieron gritándole el vil apodo con el cual lo
denominaban los liberales: “Longaniza, longaniza!”.
El Gobierno
bogotano exigió a doña Manuela la entrega del archivo secreto del Libertador, a
lo cual ella respondió de la siguiente manera: “En contestación a la reconvención de usted, digo no tener nada
absolutamente en mi poder que pertenezca al Gobierno. Es cierto que he recibido
papeles que sin mi consentimiento los condujeron a
Muerto
Bolívar fue injuriada, calumniada, vilipendiada y vituperada de la manera más
infame. Se le amenazó con la cárcel y el destierro y los mismos políticos que
consideraban a los ecuatorianos, peruanos y bolivianos como “hermanos” la
trataron a ella de “extranjera”. La patria suya, decía doña Manuela, era todo
el continente puesto que había nacido bajo la línea ecuatorial.
Expatriada de
Nueva Gra nada y del Ecuador, tuvo que ir a recluirse al miserable puerto
ballenero de Paita, población desolada en el Pacífico, con una sola calle y un
muelle, a mil kilómetros de Lima. Era un desierto desolado, sin árboles, con
empinados farallones, sin lluvias y con un clima abrasador, con chozas de
pescadores y casas de adobe. Era un destierro en toda la acepción de la palabra
y sitio de confinamiento para políticos revoltosos y revolucionarios.
En un
edificio destartalado, sentada a su puerta, doña Manuela vendía tabaco y
cigarros a los marineros y hacía tejidos de punto. Vivía del recuerdo de
Bolívar y custodiaba celosamente sus cartas y remembranzas. Un día le llegó la noticia
del fusilamiento en el Ecuador de su hermano el general José María Sáenz, quien
se había opuesto a la secesión de su patria de
En ocasiones,
desde el vecino pueblo de Amotape, a caballo en una mula o en un burrito, la
visitaba otro entrañable amigo del Libertador, desterrado y en la mayor
indigencia. Contaba ochenta años y se llamaba don Simón Rodríguez.
En otra
oportunidad, fue a conocerla Giuseppe Garibaldi, héroe de la libertad del
Uruguay y de
A mediados de
noviembre de 1856 desembarcó un marinero con fiebres, que al poco tiempo murió
asfixiado por las flemas y pidiendo aire. Las autoridades locales desconocían
el mal que no era otro que la contagiosísima difteria. Pasados unos días se
desató una verdadera epidemia. Cuantos podían hacerlo huían. Los barcos se
negaban a recibir los habitantes por terror al contagio. Los que pudieron
hacerlo abandonaron el puerto miserable a pie, en mulas o en carretas, a través
del desierto, hacia otros pueblos o aldeas de tierra adentro.
Cuando la enfermedad
llegó a su punto álgido no hubo tiempo para entierros individuales y los
sepultureros enmascarados, sacaban de las pobres casas los muertos en un
carretón y los arrojaban a una fosa común. Tras ellos llegaba un lúgubre
personaje alto y flaco, que fungía de inspector de salubridad, reunía los
enseres, ropas y otras pertenencias de los fallecidos por la plaga, los lanzaba
a la calle y les daba fuego. Doña Manuela, inválida, tuvo que permanecer en el
pueblo infestado. Primero fallecieron sus dos servidoras y después su vieja
esclava y compañera. Luego murió doña Manuela, víctima de la cruel enfermedad,
el 23 de noviembre de 1856.
La abominable
e infernal plaga perdonó a muy pocos.
Envuelta en
una hamaca fue llevada en el carretón a una fosa común abierta al pie de los
farallones; y tan pronto como fue retirado el cadáver, sus pertenencias
personales fueron echadas a la calle e incineradas; en una pira que devoraron
las llamas fueron acumulados sus ropas, cuadros, medallas y un cofre revestido
de cuero con todas las cartas del Libertador que ella conservaba con amor,
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