miércoles, 30 de septiembre de 2026
Richard Franklin Bache (conocido como Richard Bache Jr.)
Richard Franklin Bache
(conocido como Richard Bache Jr.), quien nació en 1784 y falleció en
1848, no era hijo de Benjamín y Margaret H. de Bache, sino que sus
verdaderos padres fueron el empresario estadounidense Richard Bache Sr.
y Sarah Franklin Bache. Esto lo convierte en nieto directo de
Benjamin Franklin, uno de los Padres Fundadores de los Estados Unidos. [1,
2]
A diferencia de lo que
indica la confusión común (que a veces mezcla sus datos con los de su hermano
Benjamin Franklin Bache y su cuñada Margaret Hartman Markoe), la trayectoria de
Richard Bache Jr. está ampliamente documentada en la historia de Norteamérica:
[3]
- Carrera
militar: Durante la Guerra de 1812, organizó y lideró
una unidad de artillería voluntaria en Filadelfia conocida como la Franklin
Flying Artillery. Más tarde se trasladó al sur y sirvió en la Armada
de la República de Texas. [4, 5]
- Carrera
política: Se convirtió en un destacado funcionario en
Texas. Formó parte de la convención que redactó la Constitución de
Texas de 1845 (la primera de dicho estado) y se desempeñó como
legislador y senador estatal hasta su fallecimiento en Austin en marzo de
1848. [6, 7]
- Su
vida personal: Se casó en 1805 con Sophia Burrell Dallas
(hermana del que fuera vicepresidente de EE. UU., George Mifflin Dallas) y
tuvieron una extensa descendencia, entre ellos el destacado científico
Alexander Dallas Bache. [1, 2, 8]
Nota aclaratoria: La
confusión sobre sus padres proviene históricamente de ciertos registros
bibliográficos latinoamericanos (como el Diccionario de Historia de Venezuela)
debido a un diario de viajes publicado bajo su nombre por un recorrido
realizado en la Gran Colombia entre 1822 y 1823. [3]
[1] https://ancestors.familysearch.org
[2] https://americanaristocracy.com
[3] https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org
[7] https://fr-ca.findagrave.com
El valioso testimonio de
Richard Bache Jr. quedó plasmado en una obra fundamental para la historiografía
de la Sudamérica posindependentista. El libro fue publicado originalmente de
forma anónima en Filadelfia en 1827 bajo el título "Notes on
Colombia, taken in the years 1822-3. With an itinerary of the route from
Caracas to Bogotá; and an appendix" (Notas sobre Colombia, tomadas
en los años 1822-3. Con un itinerario de la ruta de Caracas a Bogotá; y un
apéndice), firmado simplemente como "By an Officer of the United
States' Army" (Por un Oficial del Ejército de los Estados Unidos). [1,
2, 3]
En Venezuela, el Instituto Nacional de Hipódromos
publicó una célebre edición en español en 1982 traducida como La
República de Colombia en los años 1822-23: notas de viaje. [1]
Los detalles más destacados
del libro reflejan la agudeza del autor y su visión de la Gran Colombia (que
para entonces unía a las actuales naciones de Venezuela, Colombia y Ecuador):
[4]
1. El Objetivo del Viaje y
el Contexto
Bache viajó a la región
motivado por intereses comerciales, políticos y por la enorme simpatía que la
revolución independentista americana despertaba en los Estados Unidos. Llegó en
1822, poco después de que se consolidara la independencia tras la
Batalla de Carabobo (1821), por lo que fue testigo directo de los primeros
pasos institucionales y la reconstrucción de la joven república gobernada por
Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander.
2. Contenido Estructural y
Geográfico
La obra está diseñada como una
memoria cronológica y descriptiva estructurada principalmente en tres grandes
bloques: [5]
- El
diario de viaje: Narra minuciosamente su travesía física
partiendo desde el puerto de La Guaira, subiendo a Caracas,
y luego cruzando por tierra los Andes venezolanos y colombianos hasta
llegar a la capital, Bogotá, para finalmente descender por el río
Magdalena hacia la costa del Caribe en Cartagena. [1]
- El
itinerario de ruta: Es una de las
secciones más valiosas para los historiadores actuales. Bache midió y
detalló con precisión militar las distancias entre pueblos, el estado de
los caminos coloniales, la accesibilidad de los puentes, la topografía y
las posadas disponibles en el trayecto. [1, 2]
- El
apéndice y estadísticas: Incluye datos sobre
las divisiones territoriales de la época, bosquejos históricos de la
emancipación, estados financieros gubernamentales y hasta planos técnicos
(como el diseño arquitectónico de las casas locales de la época). [5, 6]
3. Observaciones y Estilo
del Autor
A diferencia de otros
viajeros de la época que caían en los prejuicios, las crónicas de Bache
destacan por su minuciosidad, objetividad científica y precisión analítica.
[1]
- Crónica
urbana y arquitectónica: Por ejemplo, al describir
Caracas, detalló con asombro su geografía diciendo que la extensión
de la ciudad era mayor que el ancho de su terreno plano, describiendo sus
ríos (Anauco, Caroata y el Guaire) y valorando la calidad de los puentes
de piedra coloniales. También dejó registros sobre la distribución de las
aguas públicas desde el río Catuche. [7]
- Visión
sociopolítica y religiosa: Analiza con
curiosidad republicana las costumbres de los habitantes, la persistencia
de las tradiciones católicas —criticando a veces el peso excesivo del
clero en la vida civil— y el choque cultural entre la herencia colonial
española y las nuevas libertades democráticas que se intentaban implantar.
[8]
- Retrato
de personajes: Bache tuvo la oportunidad de interactuar y
registrar sus impresiones sobre importantes jefes militares y civiles
americanos de la época, ofreciendo una mirada íntima de la élite que
estaba moldeando el destino de América del Sur.
Si te interesa profundizar
más, ¿te gustaría conocer lo que opinaba específicamente sobre alguna de las
ciudades que visitó (como Caracas o Bogotá), o prefieres saber más sobre cómo
era viajar por los caminos andinos en la década de 1820 según su diario?
[1] https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org
[3] https://catalog.hathitrust.org
[4] https://dialnet.unirioja.es
[5] https://books.google.co.ve
[6] https://www.bogotaauctions.com
[7] https://camaradecaracas.com
[8] https://historiayespacio.univalle.edu.co
Viajar por los caminos
andinos de la Gran Colombia en la década de 1820 era una travesía extrema,
peligrosa y físicamente agotadora que Richard Bache Jr. y otros viajeros de
la época describieron como una verdadera prueba de resistencia. Tras la Guerra
de Independencia, la infraestructura estaba prácticamente destruida y la
geografía montañosa imponía barreras brutales.
El viaje andino de la época
se caracterizaba por las siguientes condiciones:
1. El Transporte: A lomo de
mula y "silleros" humanos
El caballo era inútil en la
mayor parte de la cordillera debido a la verticalidad y el barro. La mula
era el único animal capaz de resistir el trayecto, avanzando al borde de
abismos por senderos de apenas un metro de ancho.
Para las personas mayores,
enfermas o de la alta sociedad que no podían montar, existía el impactante
sistema de los "silleros" o "cargueros". Eran
hombres (generalmente indígenas o mestizos) que cargaban a los viajeros en una
silla de madera atada a sus espaldas, trepando los Andes a pie durante días
enteros bajo el sol o la lluvia.
2. Los "Caminos"
y Pasos de Montaña
Lo que se llamaba
"camino" era en realidad una red de senderos coloniales deteriorados
o antiguas rutas indígenas.
- Los
caminos de "cajón": Eran pasajes tan
estrechos y profundos —erosionados por siglos de lluvia y cascos de mulas—
que las paredes de tierra tapaban la vista del viajero. Si dos caravanas
se encontraban de frente en un camino de cajón, una de las dos tenía que
retroceder a ciegas durante cientos de metros porque no cabían dos mulas a
la par.
- Los
"camellones": En las zonas de barro
constante, las mulas pisaban siempre en el mismo sitio para no hundirse,
formando surcos profundos intercalados con lomos de tierra (parecidos a
las jorobas de un camello). El vaivén de la mula en estos tramos provocaba
un mareo extremo y un desgaste físico insoportable para el jinete.
- Peligros
mortales: Los desprendimientos de tierra (derrumbes),
los ríos crecidos que debían cruzarse en rústicas canastas colgadas de
cuerdas (tarabitas) y los abismos sin defensas cobraban la vida de
muchos viajeros y animales.
3. El Clima y el
"Soroche"
En un solo día, un viajero
podía pasar del calor sofocante y húmedo de los valles bajos al frío glacial de
los páramos (a más de 3,000 o 4,000 metros de altura). Cruzar los páramos
andinos infundía pánico: el viento helado podio causar hipotermia (lo que
localmente llamaban "el embolismo del páramo") y la falta de oxígeno
provocaba el mal de montaña o "soroche", que causaba intensos
dolores de cabeza, náuseas y desmayos tanto a hombres como a bestias.
4. Hospedaje y
Alimentación: Las "Posadas"
Las noches eran otro
desafío. No existían hoteles; los viajeros dependían de:
- Casas
de postas o posadas públicas: Eran chozas de barro
y paja, sumamente descuidadas. Bache y otros cronistas relatan que a
menudo tenían que dormir en el suelo de tierra, rodeados de insectos
(pulgas, piojos y "chipo"), compartiendo el espacio con
extraños.
- La
hospitalidad local: En los pueblos
pequeños, los viajeros con cartas de recomendación políticas o militares
se alojaban en casas de curas locales o alcaldes, donde la atención era
mejor.
- La
comida: La dieta del camino era monótona y precaria:
tasajo (carne salada y seca al sol), arepas o pan de maíz, plátano, cacao
diluido en agua y, en las zonas altas, caldos calientes como la changua o
papas.
5. El Azote del
Bandolerismo
Tras el fin formal de las
batallas de independencia, miles de exsoldados, desertores y guerrillas
realistas remanentes se convirtieron en bandidos de camino. Los asaltos
a mano armada eran tan comunes que los viajeros nunca se trasladaban solos;
formaban caravanas fuertemente armadas y Bache, haciendo uso de su
entrenamiento militar, mantenía una vigilancia estricta durante las noches en
las rutas más peligrosas entre Cúcuta, Pamplona y Tunja.
¿Te gustaría saber qué
opinó Bache específicamente sobre Bogotá al llegar tras este duro viaje,
o prefieres que te cuente cómo describió el impresionante cruce de algún punto
geográfico específico como el Páramo de Pisba o el río Magdalena?
RICHARD BACHE (1822-1823)
TESTIMONIOS DE MÉRIDA SIGLO XIX
RICHARD BACHE (1822-1823)
MÉRIDA EN RUINAS (II)
Cuando el teniente Bache llego a Mérida,
el 28 de diciembre de 1822, la ciudad tenía entre ocho y diez mil habitantes.
De aquel bello centro urbano, rico y próspero del país, solamente quedaban
ruinas después de transcurridos diez años del terremoto y de la guerra; muchos
de los antiguos pobladores de la hermosa ciudad yacían sepultados en los escombros de las iglesias y las casa
que se vinieron abajo en cosa de instantes; entre los el templo que fungía de
catedral fueron entonces encontrados los restos mortales de un obispo, con toda
seguridad el Ilmo. Hernández Milanés, que fuera enterrado a la carrera y sin
ceremonial, en aquel sitio al día siguiente del sismo en medio de gran
consternación. Para aquellos días, el gobernador de la Provincia de Mérida era
el Cnel. Juan Antonio Paredes, el Jefe Militar del Departamento el Cnel. Carlos
Castelli Goffi, de origen italiano, el obispo era el Dr. Rafael Lasso de la
Vega y el rector del Seminario el Dr. José de la Cruz Olivares. Para entonces
no existía la Universidad, y la independencia de Venezuela, a un año y medio de
la batalla de Carabobo, no estaba consolidada. En efecto, tomada la ciudad en 5
de enero por el Gral. Francisco Tomás Morales, quien había sido nombrado
Capitán General de Venezuela por el Gobierno Español, Paredes y Castelli se
vieron en la necesidad de abandonar a Mérida con sus exiguas tropas, dejándola
a merced del invasor. Por supuesto que
nuestro viajero, que había salido de Trujillo, rumbo a Mérida, el 23 de
diciembre, a lomo de mula, junto a sus acompañantes, también tomó las de
Villadiego el 30 de diciembre. He aquí su relato:
Diciembre 25.- Como todo el mundo estaba
dedicado a cumplir con sus deberes religiosos, no pudimos partir antes de las
diez de la mañana. Después de un recorrido de veinticuatro millas, llegamos a
la aldehuela india de Timotes a las 8 p.m. Los habitantes estaban ya entregados
al reposo, y nos costó algún trabajo descubrir la alcaldía, no obstante, nada
conseguimos con ello, pues el alcalde o estaría ausente o se mostraba renuente
a franqueamos la entrada. Fue esta la única vez en que creímos advertir algo
así como poca voluntad para recibirnos,
y lo atribuimos a lo tardío de la hora. Al igual que otros cristianos cuando se
encuentran en apuros, y en vista de que no teníamos acceso a la alcaldía, buscamos
la ayuda de la iglesia. Tocamos la puerta, la cual nos fue abierta por el
padre, quien nos dejó de hacernos algunas preguntas un tanto estólidas acerca
de lo imprevisto de nuestra llegada, ya
que bien podía darse cuenta de que estábamos sujetos a las largas que nos daban los alcaldes y a las
naturales dificultades del camino. Nos metimos en la hamaca sin haber cenado, y
pasamos una noche bastante ingrata, acosados por el frío.
De acuerdo con una ley de la República
de Colombia, se consideran de fiesta nacional los días 25, 26 y 27 de diciembre.
El primero está consagrado a celebrar la independencia, el segundo es el
aniversario de la Unión y de la Constitución, y el tercero se dedica a
conmemorar los triunfos de los patriotas y a rendir tributo a quienes murieron
en la defensa armada de la república. Las ceremonias que se realizan en cada
uno de los dichos días son las apropiadas a los diferentes acontecimientos que
se desea rememorar.
Aún cuando teníamos vivo interés en
partir a hora temprana, pronto hubimos de convencernos de que sería vana toda tentativa para seguir la marcha
antes que pasaran las fiestas, aun a
riesgo de que nuestro próximo anfitrión también nos sermoneara su llegábamos a
solicitar albergue a hora avanzada de la noche.
Después de la misa se congregaron en la
plaza, encabezados por el padre y los alcaldes, todos los vecinos que pudieron
obtener algún caballo, ya fuese a título de préstamo o incluso robado. La
cabalgata llegó hasta la puerta d la iglesia, donde recibieron la bandera
nacional, además de las de Venezuela y Cundinamarca, los dos departamentos
anteriores que ahora están unidos para formar la república consolidada. El
padre y los alcaldes pasearon las banderas por todo el pueblo, seguidos por el
grupo de jinetes y por una rudimentaria orquesta en la que intervenían dos
tambores y pífanos indígenas. Luego de haber depositado los pabellones en la
iglesia, los jinetes se dividieron dos grupos, a cuya cabeza iban
respectivamente el párroco y el primer alcalde, y ocupando cada uno de ellos
una de las esquinas de la misma cuadra de la plaza, comenzaron a atravesarla
diagonalmente. Tan pronto como se ponía en movimiento uno de los contendientes,
el otro partía también a todo galope, la
diversión consistía en cruzar velozmente
por el centro antes que el adversario, en forma un tanto similar al juego de
marro. Este ejercicio de equitación continuó durante largo tiempo, pues los que
habían triunfado atravesando con ventaja la plaza en aquel certamen de
velocidad proseguían infatigablemente el mismo juego, retornando al lugar de
partida. Por último, efectuaron diversas evoluciones similares a las
maniobras de tipo militar que se exhiben
en nuestros circos.
En todas las ciudades, pueblos y aldeas
del país se efectúan deportes análogos, que sólo varían de acuerdo con las
preferencias y los mayores o menores recursos económicos de la comunidad.
Tuvimos la mala suerte de encontrarnos, para presenciar aquellas celebraciones,
en una de las aldeas más pobres de la república. En Bogotá las ceremonias tuvieron gran pompa, y
en ellas se invirtieron cuantiosas sumas. En dicha ciudad actuaron cuatro
grupos, en competencia similar a la descrita, en representación de las cuatro
partes del mundo. Me informaron que algunos de los trajes con que se ataviaron
los que hacían de asiáticos valían más de mil pesos. Aparte de esos ejercicios de
equitación, y de muchos otros actos, hubo diversas demostraciones de agilidad y
destreza, como las carreras de cintas en las que se atravesaba un anillo con la
lanza, a pleno galope, o se decapitaba con el sable a efigies puestas a lo
largo del trayecto. En el certamen de jinetes ganó el premio un representante
de América, lo que produjo considerable entusiasmo.
Diciembre 26.- Los festivales celebrados
en Timotes no nos permitieron salir hasta esta tarde a las 4 p.m. Llegamos a La
Puerta (12 millas) después de las siete. Es una mísera aldehuela formada por
unas veinticinco chozas.
Diciembre 27.- después de nuestra
partida de La Puerta, a las 7 a.m. atravesamos una elevada montaña, llamada
páramo. En la cumbre nos encontramos con un viento intenso, penetrante y
helado, desde ahí se domina, sin embargo, una perspectiva muy amplia, pero de
aspecto sumamente desolado. En efecto, no se divisa un solo lugar populoso o
aldea de pintoresca apariencia, ni el menor vestigio de habitaciones o seres
humanos, sino el áspero sendero de dificultoso tránsito, por4 viandantes devotos
y fatigados, y las cuales son los únicos testigos que llevan a nuestro ánimo la
convicción de no hallamos solos en el mundo.
Mientras se cruza el páramo, el viento
–cuyo ímpetu, por no encontrar obstáculo en su carrera, es a veces tan fuerte
que casi no deja avanzar y hace el temor de que pueda cobrar mayor violencia
aún aquel elemento de la naturaleza, invisible e inaudible, y barremos de la
faz de la tierra. Aquellas estupendas masas de rocas, así como su altura y si
lejanía, le dan al hombre la sensación de su completa insignificancia.
Convencido así el viajero de la absoluta impotencia del hombre cuando no forma
parte de un conglomerado social, procura no alejarse de sus compañeros de ruta,
para estar en capacidad de ofrecer o recibir ayuda, y penetrado de un temeroso
sentimiento de humildad y de genuina devoción, acelera en silencio el ritmo de
la marcha, ansioso de ganar al fin la
tierra feraz y guarnecida de algún oculto valle, animado por el bullicio de sus
moradores, a objeto de recuperar, en este ámbito ya más reducido, la
importancia como individuo que había perdido en las alturas y ensalzar desde
sitio más seguro el inmenso poderío de los árbitros de la creación.
La única vegetación que existe en esas
cumbres de tristes soledades es una especie de verbasco gigantesco, más o menos
del tamaño de un hombre, con el cual guarda también cierto parecido cuando se
le contempla a distancia. No se
distingue árbol alguno que obstruya la visión del panorama; montaña abajo, se
columbran las rocas apiladas unas siempre otras sobre otras en la más caótica
confusión; incluso puede seguirse a simple vista la dirección de las distintas
estribaciones y el curso ondulante de los ríos serranos –que lucen como una
vena de plata en lo hondo de los valles- con tanta precisión como si se tratara
de trazos delineados en un mapa topográfico.
Luego de cruzar el páramo llegamos a la
una a Mucuchíes, la próxima aldea (15 millas). Aunque es un lugar bastante
extenso, lo único notable que tiene es una iglesia de grandes dimensiones. El
Alcalde estaba ausente, pero había dejado instrucciones para nuestro albergue. Se
nos puso a elegir entre la propia casa de dicho funcionario y otra adyacente,
que se encontraba desocupada, la cual preferimos para no ocasionar molestias a
la familia. La cena de esa tarde y el desayuno del día siguiente nos fueron
traídos de la casa del alcalde. Como la temperatura era bastante fría,
renunciamos a las hamacas y dormimos en armaduras de cama, formada por toscos
largueros de madera, y cubiertos con un cuero seco, fuertemente templado en
sentido transversal y claveteado con tachuelas. En esta la única clase de lecho
que se encuentra en toda la ruta. Cuando estábamos ya de camino a la mañana
siguiente, nos encontramos con el alcalde, quien nos abordó cortésmente,
preguntándonos si estábamos satisfechos de las atenciones recibidas.
Diciembre 28.- Salimos de Mucuchíes a
las 9 a.m. y llegamos a la ciudad de Mérida (28 millas) a las 6 p.m. después de
a travesar las aldeas de Mucurubá y Tabay.
Fundada en 1558 por Juan Rodríguez
Suárez. Mérida está bellamente situada en una altiplanicie, con latitud norte
de 8° 10´ y longitud Este de 3° 10´ 30” en relación al meridiano de Washington.
A una altura aproximada de cuatrocientos pies sobre los riachuelos Mucujún,
Albarregas y Chama, que la riegan en las tres cuartas partes de su perímetro.
Aunque aquí los llaman ríos, no son navegables; en verano aparecen como burbujeantes arroyos, y el invierno se
convierten en impetuosos torrentes.
La ciudad tiene de ocho a diez mil
habitantes. Fue en otro tiempo uno de los centros urbanos más ricos y hermosos
del país, pero quedó totalmente destruido por el terremoto de 1812. Un gran
sector permanece todavía en ruinas y muchos de los antiguos moradores yacen
sepultados bajo los escombros de sus viviendas. Poco después de nuestra
llegada, fueron encontrados e inhumados los restos mortales de un obispo. Cerca
de la ciudad se ve una profunda grieta, ocasionada por la misma convulsión
telúrica que derribó casas y edificios.
En las afueras hay parcelas cercadas,
desinadas al cultivo de la cebada y del maíz para el forraje; Como las tapias
de estos sembrados son por lo general muy altas, de color pardusco, y
construidas con tierra apisonada, presentan un lúgubre aspecto, las calles, trazadas
a cordel, son muy limpias; están bien empedradas, y por ellas corre una acequia
de límpidas aguas.
Lo más notable es el majestuoso aspecto
que ofrecen las montañas vecinas, cuya cumbre está cubierta de nieves
perpetuas, y a la que denominan la Sierra Nevada de Mérida. El pico más alto
alcanza 15.201 pies sobre el nivel del mar. Después de cruzar cálidas
hondonadas de las tierras bajas, donde fuimos víctimas de un valor excesivo, resulta muy refrescante
columbrar aquella estupenda cima de
brillo deslumbrador.
La contemplación de esta cúspide nevada
me trae a la imaginación el recuerdo de mi comarca nativa, cuyas dilatadas
extensiones estarán probablemente envueltas, en esta época del año, por un
manto de análoga blancura. Sin embargo,
mis paisanos no disfrutan, como estas gentes, de la ventaja de poder
cosechar, al mismo tiempo que la nieve estimula sus energías, la carga dorada de los naranjos y
aspirar los balsámicos soplos de la primavera.
No puedo tampoco dejar de pensar en que
estamos en los días finales del año. No obstante, es tal la fuerza de la
asociación de ideas y de los hábitos tradicionales, que aun cuando me doy
perfecta cuenta de que estamos en diciembre, y de que mis labios nombran este
mes a cada paso, me parece faltar cierta convicción interna al respecto, y como
todo lo que rodea son factores que se confabulan para crear esa falsa
impresión, pronto vuelvo a pensar que estoy gozando de las delicias de la
temporada estival. Se produce así en nuestro espíritu una ligera desazón, a causa de la necesidad de
tener que recurrir constantemente a un esfuerzo mental para llegar a una
conclusión satisfactoria, la cual –apenas
alcanzaba- queda destruida por la impresión del ambiente que efectivamente nos
rodea. Esta sensación se la explicarán fácilmente quienes, al visitar tierra
extrañas, se sorprendan al ver salir el
sol por occidente; o a aquellos que, después de dormir la siesta en el interior
de una diligencia, observan con alarma que el desprevenido y testarudo cochero
se empeña en llevarlos atropelladamente en dirección contraria a la que se
propone seguir.
Hay fuentes termales en las montañas de
Mérida y una mina de plata en sus
inmediaciones, que está hoy sin explorar. En otros tiempos, se extraía cobre y
plata en la costa de Caracas, pero estas
minas se hallan actualmente abandonadas. La lavadura es el único procedimiento
que hoy se utiliza en la República de
Colombia para la obtención de metales preciosos.
Se nos proporcionó un albergue
excelente, y recibimos la visita del gobernador militar, del intendente de la
provincia, del obispo, de diversos sacerdotes y de los principales habitantes
de la ciudad.
La fría temperatura nocturna nos
incomodó bastante, e aunque el mercurio
sólo marcaba 69°.
En mi aposento se alzaba un pequeño
altar, bella y graciosamente decorado con la efigie en cera de la Virgen y el
Niño, adornado con flores recién cortadas, posiblemente por las manos de
nuestra linda anfitriona, quien hacía objeto a estas imágenes de su íntima y
cotidiana adoración.
En cuanto a su marido, y a juzgar por
las apariencias, el altar ante el cual debía mostrar mayor devoción sería la
criolla gallera, pues en el corral vimos una larga hilera de osos gallináceos
que constituyen el modelo de “intrépido soldado y gallardo gentilhombre”, cada
uno atado por un pata, y los cuales eran sometidos a entrenamiento para
alcanzar en la palestra la muerte o la victoria. Los colombianos son muy aficionados a tal
deporte, que les ocasiona no pocas pérdidas de tiempo y de dinero.
Este vicio popular fue especialmente
estimulado por el régimen anterior, a causa de la cuantiosa renta percibida por
el Estado, proveniente de los gravámenes aplicados a las galleras.
RICHARD BACHE 1822-1823
TESTIMONIOS DE MÉRIDA SIGLO XIX
RICHARD BACHE
1822-1823
(PRIMERA
PARTE)
CARLOS
CHALABAUD ZERPA
Poco se conoce sobre la vida
de Richard bache. Era hijo de los norteamericanos Benjamín y Margaret H. de
Bache. Nació en 1784 y falleció en 1848. Cuando su madre enviudó volvió a casar
con el Cnel. William Duane, el joven Bache vino a ser como el hijo adoptivo de
aquél y le acompañó en su viaje por la Gran Colombia.
Era teniente del cuerpo de
artillería de los Estados Unidos y tenía en mientes incorporarse a las fuerzas
militares de la República de Colombia para contribuir a la emancipación de
Suramérica tal como sus abuelos lo habían hecho para lograr la libertad de su
patria. Sin embargo, cuando su padrastro y su media hermana Isabel pisaron nuestras
tierras, la guerra de independencia se hallaba en sus etapas finales y fue así
como a los 36 años de edad abandonó sus pretensiones y realizó el mismo viaje
de sus parientes, del la Guaria a Cúcuta, de esta ciudad a Cartagena, vía
Pamplona, Tunja, Bogotá, Honda, Turbaco y el océano Atlántico, para regresar en
una pequeña goleta a Nueva York. Para entretener las horas de ocio y complacer
los deseos de un hermano, puso en orden los interesantísimos apuntes que había
escrito durante su largo viaje; consultó las obras de Humboldt, Depons y Oviedo
y Baños y con sencillez, espíritu analítico y sinceridad publicó en Filadelfia
en 1827 un libro que tituló: “Notes on
Colombia taken in the year 1822-23, with an Itinerary of the route form Caracas
to Bogotá and a Appendix. By an oficer of the United States Army.
Pholadelphia. H. C. Carey & I. Lea-Cheanut Street.
Aunque este libro, como el
que escribió el Cnel. Duane ambos
valiosísimos ya habían sido reseñados por el gran bibliófilo venezolano don
Manuel Segundo Sánchez en su bibliografía. Ángel Raúl Villasana y publicados
por el Instituto Nacional de Hipódromos en Caracas, gracias al interés del Dr.
Luis Pastori en la serie “Viajeros”, el de Bache en 1982 y el de Duane en 1968.
El libro “Venezuela” de Stevers duerme, sin ser traducido en la Biblioteca
Nacional de Venezuela, desde 1888 sin que haya despertado el más mínimo interés
por ninguna institución.
En forma de diario, Bache va
dando cuenta de todas las ciudades, poblaciones, aldeas y parajes que va
recorriendo, desde que desembarca en La Guaira en medio de una tempestad y
donde consiguió negros y mestizos, casi desnudos, en medio de una pobreza
extrema y un común denominador de calamidades, miseria y despoblación, secuelas
de la larga guerra a muerte, el terremoto de 1812, la ignorancia y las
enfermedades endémicas como la fiebre amarilla. Debido a la guerra había muchas
mujeres y muy pocos hombres y una notable diversidad de castas a pesar de la
igualdad que teóricamente había traído la fementida libertad. Eran comunes de
inválidos con lacras repugnantes y los soldados descalzos: la falta de
comodidades era absoluta y el calor sofocante; iguanas muy grandes pululaban en
las calles enmontadas y llenas de escombros. Proliferaban los mendigos,
tullidos y saltimbanquis. A las niguas y las pulgas que atormentaban a los
pobladores, se sumaba un ciego fanatismo religioso.
Caracas era una confusa masa
de edificaciones con techos rojos. La quinta parte de la ciudad estaba en
ruinas, debido al terremoto. Las ceremonias religiosas eran humillantes para un
ser racional y absolutamente extemporáneas que se imponían mediante la bayoneta
de soldados fanáticos y malignos. En los aledaños se veían floridos jardines,
plantaciones de cafetos sombreados por árboles
de extraño ramaje (bucares), elegantes matas de plátano agobiadas por
racimos de su deliciosa fruta, prósperos cañamelares y aromáticos bosquecillos
de naranjos. A pesar de la penuria, en el mercado se conseguían muchas
vituallas para quienes podían adquirirlas, tales como carne de res, marrano,
gallina, pavo, pato, chivo, cordero y en los puertos pescado; granos, arroz,
papas, ocumo, yuca, ñame, apio, batatas, zanahoria, tomates, cebollas,
repollos, pimentones, naranjas, piñas, melones corrientes y de agua, lechozas, guanábanas
y chirimoyas, pero no mangos que apenas
fueron introducidos desde Trinidad al Oriente del país a mediados del siglo
XVIII y eran desconocidos en Caracas, aunque en Cumaná y Margarita ya habían sido
plantados. También se vendían pan, arepas y casabe, plátanos y cambures, quesos
blancos pero no mantequilla, azúcar refinada y papelón, manteca de marrano,
cacao, café y tabacos.
El pueblo se embriagaba con
guarapo de caña fermentado, tan fuerte como la cerveza y las clases pudientes
importaban para su consumo aceite de oliva, aceitunas, alcaparras, aguardiente
de caña (ron), de uva (brandy), de cereales (whisky), cerveza, ginebra,
licores, vinos tintos, blancos y claretes de champaña, de Madeira, moscateles y
otros vinos dulces.
Los paseos a las haciendas
vecinas se hacían a caballo y estas eran una especie de paraíso terrenal. El 28
de octubre Día de San Simón se celebraba una fiesta en honor de Bolívar con
misa solemne en la catedral, revista de la tropa y banda de música, toros
coleados y salvas de artillería, casas engalanadas con colgaduras de damasco y
banderas tricolores, sarao conmemorativo, cena, música y baile, todo presidido
por el general Soublette que se desempeñaba como intendente de la ciudad. Había
además teatro con comedias, pésimamente representadas, donde no faltaban los
santos y los ángeles. Peroratas interminables a la hora de los brindis con
vinos claretes y champañas de la casas de los ricos como el Marqués del Toro.
Algunas señoritas de la alta
sociedad, además de blancas y bellas, unían a sus numerosas prendas personales
el conocimiento del inglés y del francés. Para entonces la República de
Colombia estaba dividida departamentos, provincias y cantones.
El departamento Maturín
(antes Orinoco) tenía por capital a Maturín con las provincias de Cumaná,
Guayana (capital Angostura) Barcelona y Margarita (capital La Asunción). El Departamento Venezuela tenía
por capital Caracas, con las provincias de Carcas y Carabobo, capital Valencia.
El Departamento de Apure, capital Barinas con las provincias de Barinas y Apure
(capital Achaguas). El Departamento del Zulia, capital Maracaibo con las
provincias de Maracaibo, Coro, Mérida y Trujillo. La provincia de Mérida tenía
dos cantones de Mérida, Mucuchíes, Ejido, Bailadores, La Grita, San Cristóbal y
Táchira. El Departamento de Boyacá, capital Tunja con las provincias de Tunja,
Pamplona, Socorro y Casanare. El Departamento de Cundinamarca capital Bogotá con las provincias de Bogotá.
Antioquia, Mariquita y Neiva. El Departamento de Magdalena, capital Cartagena
con las provincias Cartagena, santa Marta y Río Hacha. El Departamento del
Cauca, capitán Popayán con las provincias de Popayán, Chocó, Pasto y
Buenaventura. El Departamento del Istmo, capital Panamá con las provincias de
Panamá y Veragua. El Departamento del Ecuador, capital Quito con las provincias
de Pichincha, Imbabura y Chimborazo. El Departamento de Asuay, capital Cuenca
con las provincias de Cuenca, Loja, Bracamoros y Mainas. Y el Departamento de
Guayaquil, capital Guayaquil con las provincias de Guayaquil y Manabí.
Por otra parte, el pueblo de
Caracas mostraba una gran inclinación por las formas externas de la religión,
menudeaban las festividades litúrgicas, con su caudal de gastos, pompa y
dispendio de tiempo. Según pudo averiguar el cronista, tales fiestas ocupaban
ciento cuarenta días del año, sin contar los domingos y las patrióticas, de
modo que si se incluían los otros días de descanso, resultaba que más de la
mitad del año era tiempo perdido para la industria.
Los aristócratas, como el
Conde de Tovar y el Marqués del Toro, que aún continuaban ennobleciendo a la
sociedad de Caracas, eran objeto de las mayores distinciones, pues “el amor y
la confianza” de sus paisanos era la mejor recompensa por su desinteresada
consagración a los intereses de la patria. El Marqués del Toro, en aquellos
años de penuria (1822) dio un célebre
festín con que agasajó a un numeroso
grupo de invitados, el cual duró veinte días, estimándose el gasto diario en
mil pesos que entonces era juna fortuna, mientras que los que habían empuñado
una lanza o un machete para lograr la independencia pasaban toda clase de necesidades.
El viaje por Venezuela
comprendió las siguientes poblaciones, además de La Guaira y Caracas: Antímano,
El Consejo, La Victoria, San Mateo, Turmero, Maracay, San Joaquín, Guacara,
Valencia, Campo de Carabobo, Tinaquillo, El Tinaco, San Carlos, Camoruco,
Cabudare, Barquisimeto, Quíbor, El Tocuyo, Humocaro Bajo, Agua Obispos,
Carache, Santa Ana, Trujillo, Valera, La Puerta, Timotes, Mucuchíes, Tabay,
Mérida, Ejido, San Juan, Lagunillas, Estanques, Bailadores (hoy Tovar), La
Villa de Bailadores, La Grita, El Cobre, Táriba, San Cristóbal, Capacho, San
Antonio, El Rosario, Cúcuta y de aquí rumbo a Bogotá.
Muy interesantes son las
descripciones de tipo general, relacionadas con ciudades, pueblos, aldeas,
iglesias y casas particulares, todos erigidos en conformidad con un proyecto
monótono y homogéneo y que a continuación reproducimos:
“Puesto que las ciudades,
pueblos y aldeas de la República de Colombia, así como los edificios públicos y
privados, están construidos en su totalidad de acuerdo a un plan uniforme,
resulta apropiado intentar una descripción general de los mismos. En caso de
que alguna construcción especifica
presente luego ciertas particularidades se consignará en cada caso la
observación correspondiente.
Ciudades, pueblos y aldeas.
De modo casi invariable, las calles están trazadas a cordel, cruzándose recíprocamente en ángulo recto y formando en su mayor parte,
en los puntos de intersección manzanas de trescientos a quinientos pies por
cada lado. Estas calles tienen de veinte
a veinticinco pies de ancho y se encuentran graciosamente pavimentadas con
redondos guijarros, salvo en los pueblos o aldeas. El empedrado tiene declive
hacia el centro, por el cual fluye casi siempre un diáfano arroyuelo, cuyas
aguas abastecen el consumo doméstico, dando un lindo aspecto y mucha frescura a
las calles. Las pavimentadas aparecen extremadamente limpias no porque sean
barridas con frecuencia sino a causa de una encomiable disposición municipal
que prohíbe arrojar en ellas aquellas basuras malolientes que no pueden ser
arrastradas por el arroyo. Los frentes de las casas, al igual que las calles se
ven muy aseados, pero en los corra les situados al fondo de las residencias se
observan repugnantes montones d inmundicias acumuladas allí durante años y que
podrían resultar perniciosas para la salubridad pública en un clima tan cálido,
si no fuera por la absoluta sequedad de la atmósfera y por los constantes
esfuerzos de ciertos peculiares encargados de remover tales desperdicios y cuyo
voraz e inescrupuloso apetito atraído por más asquerosos alimentos, estas aves
rapaces, llamadas gallinazos y perteneciente a la especie de los buitres,
presentan en su aspecto una mezcla de cuervo y del mílano septentrionales. Al
parecer se ha celebrado una suerte de convenio tácito entre tales bípedos y
aquellos otros que carecen de los atractivos del plumaje, según el cual se le
otorga protección a los primeros a cambio de sus servicios. En consecuencia los
dejan vivir en paz, se ponen muy mansos y se les ve posados en todo momento en
el caballete de los tejados.
Según se infiere, la primera
medida de tipo general que debía adoptarse al fundar una ciudad era trazar una
plaza de trescientos a quinientos pies. Uno d sus lados se destina a la
iglesia; el fondero para el cabildo y en otro si se trata de un pueblo dotado
de guarnición militar, se construye un
cuartel para la tropa. Como puede advirtiese, dichas tres jerarquías tiene su
sede en lugar preeminente , y se pone de relieve, el asignársele tres de los
lados del cuadrilátero político y municipal, su íntima relación y el apoyo y respaldo que deben prestarse unas a otras. El poder del Estado
garantizado por esta organización cohesiva, estuvo en capacidad de hacer frente
a lo largo de tres siglos, a todo intento de usurpación que partiera del cuarto
costado de la plaza, al que puede darse el nombre del pueblo, por ser el que lo
ocupaba.
En muchas aldeas, la plaza es
la única construcción existente. En otras sólo está cercada a medias, sin
embargo y por insignificante que sea cualquier villorio, jamás le falta una
iglesia cuyas considerables dimensiones revelan palmaria desproporción con el resto de lo ya edificado. A medida que
la aldea va creciendo, se extienden a su vez los lados de la plaza hasta
convertirse poco a poco en calles. Cuando el aumento de población lo requiera o
por imponerlo así el celo religioso, se procede a fabricar otra iglesia, dotándola
de su respectiva plaza, a la que se le da por común el mismo nombre asignado al
segundo templo, para distinguirla en esta forma de la primitiva plaza mayor. La
nueva plaza se convierte en el centro de
la pequeña comunidad que habita en sus alrededores y en el núcleo de cualquier
división municipal en barrios o parroquias. El mismo procedimiento se continúa
aplicando hasta que la villa adquiere la categoría de una ciudad y como Caracas
y Bogotá llega a contar a veces en su seno con seis u ocho plazas.
En las aldeas de menor
importancia, la plaza no pasa de ser un simple solar lleno de hierbas,
atravesado por un hilo de agua. En ella pastan a todo su talante las mulas,
caballos, burros o bueyes de los vendedores del mercado, quienes así los
vigilan de cerca mientras realizan sus menudas transacciones comerciales. Si el pueblo llega a cobrar mayor
importancia, el terreno de la plaza es allanado y pavimentado y alguna hermosa
fuente de piedra viene a hacer las veces del prístino arroyuelo.
Además de servir para la
revistas militares, procesiones religiosas, ejecuciones, festividades, coleadas
de toros y otros espectáculos públicos, la plaza se utiliza también como mercado.
En la planta baja de las residencia particulares la circundan, los locales
están ocupados en su mayor parte por pulperías, en donde hacen sus compras los
vendedores del mercado, después de dar salida a sus frutos y artículos.






















