viernes, 9 de octubre de 2026

LOS DOS JUANES. CONQUISTA Y RIVALIDAD.

 














HISTORIA DE MERIDA CAPÍTULO SEGUNDO LOS CONQUISTADORES Carlos Chalbaud Zerpa

 HISTORIA DE MERIDA

CAPÍTULO SEGUNDO

LOS CONQUISTADORES

Carlos Chalbaud Zerpa

Los Dos JUANES



Son Juan Rodríguez Suárez y Juan Maldonado, no obstante el odio eterno que entre sí se dispensaban, los dos fundadores de la ciudad donde vivimos.

Juan Rodríguez Suárez, natural de Mérida de Extremadura de España, debió venir muy mozo a América, porque en el año de 1540 subió con una expedición de Conquistadores a Santa Fe de Bogotá, remontando las aguas del gran río de la Magdalena. Estuvo en todas las conquistas de su tiempo y fue uno de los primigenios pobladores de Pamplona. Era un hombre de una constitución física y un valor verdaderamente extraordinarios.

De aquella tierra extremeña, áspera y pobre, con ciudades ruinosas, murallas, acueductos romanos y nidos de cigüeñas, vinieron a las Indias los más bravos capitanes.

Eran hombres indigentes, sin ningún título nobiliario, analfabetos, crueles, codiciosos y valientes que cuidaban marranos en las praderas

Un día bajaron hacia Sevilla, atraídos por las noticias del oro, la plata y las perlas que abundaban en el Nuevo Mundo.

Se llamaban Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Diego García de Paredes, Juan Rodríguez Suárez.

Partieron de pequeñas poblaciones y minúsculos villorrios, asentados sobre estériles dehesas, que se conocían como Badajoz, Cáceres, Medellín, Trujillo y Mérida.

Juan Maldonado, por el contrario, no era extremeño, sino originario de un pueblo de la provincia de Ávila. Fue encarnizado e de Rodríguez Suárez y valido del Gobernador Ortún Velázquez de Velasco, con cuya hija estaba desposado. Fundó también la ciudad de San Cristóbal en 1561.

Una falsa conseja, como era la suposición de que en el territorio de las Sierras Nevadas existían abundantes minas de oro y plata, despertó en los españoles aposentados en el Nuevo Reino de Granada ansias de ambición sed de aventuras; y fue así como se comisionó al capitán Juan Rodríguez Suárez, quien por aquellos tiempos se desempeñaba como Alcalde Ordinario de Pamplona, para que procediese a explorar y reconocer la extensión sierra.

Después de largas marchas mil penalidades, al frente de 70 hombres, se encontró en un día de octubre de 1558, con una población indígena organizada que llamó La Guazábara, en jurisdicción de los mucujunes yulaquíes, y que distaba cerca de una legua de la laguna de Yoama. Los moradores del poblado, pacíficos e ingenuos dieron grandes muestras de amistad al llamado Capitán de la Capa Roja. Eran aquellos aborígenes agricultores por naturaleza y poseían un alto sentido conservacionista que los españoles se encargaron de destruir. Sus cultivos los efectuaban en terrazas o andenes como convenía a las faenas agrícolas y lo pautaba el uso racional de la tierra en las altas montañas.

Mucho no tardó Jamuen, Cacique de los julaquíes, en descubrir las aviesas intenciones de los españoles e inició acciones hostiles que les obligaron a aposentarse más arriba, en La Punta de la meseta de los Tatuves

En conocimiento del Ayuntamiento de Pamplona las actuaciones no autorizadas de Rodríguez Suárez, comisionó con plenos poderes a su mortal enemigo el capitán Juan Maldonado para que procediese a elevar la queja, de fundar pueblos y hacer caudillos, ante la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá y levantar Juicio Criminal contra el Conquistador de las Sierras Nevadas.

Efectivamente, Rodríguez Suárez le había trocado al poblado de La Guazábara el nombre por el de ciudad de Mérida y de su propia autoridad le nombró Ayuntamiento. Trazó la Plaza Mayor, repartió tierras e indios entre sus compañeros y levantó una horca como símbolo de la Real Justicia.

Se le acusará de mandar arbitrariamente y así mismo hacerse obedecer, nombrando haciendo caudillos de sus manos y pregonando que habría de fundar pueblos: y al hallar indios guerreaba con ellos y prometía a sus hombres hacer repartos de estos de las tierras de su propiedad. Se le enrostra el delito de fundar ciudades sin autorización real ni permiso alguno, de nombrar gobierno sin tener asentado ningún pueblo y verificar repartición de tierras y ayuntamientos de indios sin ninguna facultad. Su autoridad era irrestricta, maltrataba a sus subalternos su crueldad era excesiva.

Con ochenta soldados que juntó en la ciudad de Santa Fe y. de paso en la de Pamplona, provisto de muchas armas caballos, se presentó Maldonado un mal día en la recién fundada Mérida. ya trasladada a La Punta. Entre sus capitanes aparece por primera vez Hernando Cerrada.

Rodríguez Suárez. Los recibe en compañía de su íntimo amigo Pedro García Gaviria, el segundo de la jornada aventurera. Se deja hacer preso y remitir a Santa Fe, pues espera demostrar fácilmente su inocencia. Si hubiese sospechado los cargos que se le harían, se habría indudablemente resistido, con la espada blandida; y tan vesánicos capitanes de seguro hubiesen protagonizado una guerra civil, como la que tres siglos más tarde personificaron, con todas sus funestas y dramáticas consecuencias, don Vicente Campo Elías don José Tomás Boyes, cuando la Guerra a Muerte hubo de enfrentarlos en Mosquiteros, La Puerta y San Mateo,

Mientras Caballero de la Capa Roja era trasladado a Bogotá a fin de que enfrentara el proceso criminal incoado, comendador Martín López por instrucciones de Maldonado, trasladará la errante e inexistente Mérida a la meseta de Tatuy i la denominará San Juan de las Nieves, ‘y que es el mismo sitio donde hoy está poblada.

A la postre prevalecería la denominación de Mérida, sin prefijos ni adjetivos, tal como la había bautizado originariamente Rodríguez Suárez, en cuerdo de su ciudad natal.

En el mes de marzo de 1560, en Santa Fe de Bogotá, se condenará al primitivo fundador de Mérida a ser arrastrado por la cola de un caballo por s calles públicas hasta que muera y luego llevado al rollo donde debe ser icho cuatro cuartos.

La buena estrella de Juan Rodríguez Suárez, en connivencia con el Obispo ay Juan Carlos de los Barrios y otros fieles servidores de la virilidad de su espada, permiten al capitán español burlar la justicia de la Nueva Granada, como tránsfuga por la Sierra de sus sueños”.

 

Cabalgó el buen Juan Rodríguez

Cual solía cabalgar!

Ya va la ruta de Mérida 

caballero en su alazán 

buscando va sus amigos 

buscando la su ciudad

y corre con tanta prisa

que deja el viento detrás...

 


Perseguido implacablemente por sus crueles enemigos. el Capitán de la Capa Roja, cabalgando un brioso potro, traspasa los limites hasta donde llega el poder de la Real Audiencia bogotana y se refugia, pidiendo asilo, en la recién fundada Trujillo, donde lo acoge su amigo y coterráneo Diego García Paredes.

Con tres muchachos habidos en una india, dos varones y una hembra, de cuales el mayor apenas era un mozuelo que no llegaba a los quince años, se pone a las órdenes de don Pablo Collado, Gobernador de Venezuela y se adentra tras el rumbo del mestizo Francisco Fajardo, para combatir a Guaicaipuro en los desconocidos territorios que más tarde configurarían la Provincia de Caracas.

n una silenciosa emboscada, que le preparan los aborígenes, pierde casi todos sus hombres y hasta sus pequeños hijos.

Sobre los escombros de un hato que levantan Fajardo, en el mes de agosto de 1561 Juan Rodríguez Suárez erigirá la Villa de San Francisco, entre las quebradas del Caroata y el Catuche, exactamente en el mismo sitio donde Diego de Lozada, seis años más tarde, fundará la ciudad de Santiago de León de Caracas.

Es así como el Capitán Conquistador extremeño se convierte en el primitivo fundador de dos de las más importantes ciudades venezolanas.

Una agorera noticia llena ahora de zozobra a los nuevos pobladores. No son ya Guaicaipuro ni Paramaconi, ni Terepaima quienes se levantan en armas contra los invasores. Desde la Isla de Margarita y rumbo a Borburata avanza Lope de Aguirre, El Peregrino, también conocido como El Tirano.

Con un puñado de feroces marañones navega en abierta rebeldía contra el Rey don Felipe, el Prudente.

Rodríguez Suárez es enviado inmediatamente a combatirlo en compañía de sus valientes soldados.

Es entonces cuando El Tirano le escribe aquella célebre carta a Francisco Fajardo, rogándole y persuadiéndole que dejase de servir al Rey y se viniese a confederar con los marañones.

“He tenido noticia, dícele Aguirre, del brío y coraje que asisten a vuestra merced y he sabido así mismo que las dichas cualidades las usa vuestra merced con la espada en la mano para defender la causa del Rey vuestro señor, lo cual me conturba y apesara. Se muestra orgulloso vuestra merced por ser hijo de una cacica india y dice amar tiernamente a la gente de su raza, ¿mas, cómo puede hacerlo sirviendo a quienes dan esclavitud, tormento y muerte a sus hermanos de sangre? Los capitanes y ministros del Rey que oprimen estos lugares de Venezuela, alimentan sus perros con entrañas de los indios que se las sacan vivos, atan a sus prisioneros a los árboles y luego los queman, los entierran en la arena hasta el cuello y los dejan morir de sed, los arrastran amarrados a la cola de un caballo, les asan los pies y manos con plomo derretido, los descuartizan y empalan con increíble saña, todo lo cual vio vuestra merced por vista de ojos cuando lo hizo en su presencia el malva do extremeño Juan Rodríguez Suárez. Yo convido a vuestra merced a cobijarse bajo nuestra bandera y pelear juntos contra el rey español, procurando alcanzar la libertad de los indios, de los negros y de todos los hombres humanos que en esta parte del mundo viven...”

El destino impedirá que el Capitán de la Capa Roja y Lope de Aguirre, El Peregrino, midan sus fuerzas.

Los caciques de los caracas, teques y taramainas, una vez más fortalecidos, en la espesura de la selva esperan pacientes y confiados el paso de Rodríguez Suárez y su gente.

De improviso, de todas partes surgen guerreros aborígenes y llueven flechas, y después de tres días de lucha muy reñida, el Capitán y sus camaradas son implacablemente exterminados.

Los conquistadores se fueron extinguiendo poco a poco. Aquella generación violenta, sanguinaria, heroica, dirá Rufino Blanco Fombona, que había vivido con el hierro en la mano, murió, puede decirse, con el hierro en el pecho, ya en guerra con los indios, ya en guerras de unos contra otros, ya ajusticiados por el Gobierno español.

“Los más fieles, aunque no los más ilustres, fueron artimañosamente puestos a distancia de toda actividad política y militar. Otros pasaron el resto de su vida oscuramente, solicitando mercedes reales y probando, para tratar de obtenerlas, los méritos contraídos durante la conquista”.

No era Rodríguez Suárez de aquellos hombres que se doblegaban ante el Rey para mendigar favores que les permitiesen una vejez sin privaciones: un honroso retiro militar o una jugosa jubilación, como diríamos hoy.

Escapado de la Justicia Real y también de perecer en una contienda civil contra sus propios compañeros de aventuras, no tenía otro destino que morir con el hierro en el pecho en guerra contra los indios.

Correrán silenciosamente los años.

Y desaparecidos los dos Juanes Conquistadores, en la puebla erigida al pie de la Sierra Nevada se mantendrá vivo el rencor que entre si se profesaban.

Lo alimentarán, al calor de la pasión de la sangre hispánica, durante siglos, los hijos y los nietos de sus compañeros de aventuras que se llamarán Gavinas y Cerradas.

Estos dos bandos irreconciliables serán, en el transcurrir del tiempo, los realistas y patriotas, los godos y liberales, los legalistas y continuistas, centralistas y federales, anverso y reverso de la misma medalla, que dirimirán a plomo las cosas materiales.

Y en nuestros tiempos actuales, utilizando la prensa, como Juan Cerrada y Juan Gaviria, serán la expresión regional de pugnas partidistas entre copeyanos y adecos por mantenerse en el Poder.



 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Una travesía por los Andes Venezolanos 1822












 













































 

Richard Franklin Bache (conocido como Richard Bache Jr.)

 

Richard Franklin Bache (conocido como Richard Bache Jr.), quien nació en 1784 y falleció en 1848, no era hijo de Benjamín y Margaret H. de Bache, sino que sus verdaderos padres fueron el empresario estadounidense Richard Bache Sr. y Sarah Franklin Bache. Esto lo convierte en nieto directo de Benjamin Franklin, uno de los Padres Fundadores de los Estados Unidos. [1, 2]

A diferencia de lo que indica la confusión común (que a veces mezcla sus datos con los de su hermano Benjamin Franklin Bache y su cuñada Margaret Hartman Markoe), la trayectoria de Richard Bache Jr. está ampliamente documentada en la historia de Norteamérica: [3]

  • Carrera militar: Durante la Guerra de 1812, organizó y lideró una unidad de artillería voluntaria en Filadelfia conocida como la Franklin Flying Artillery. Más tarde se trasladó al sur y sirvió en la Armada de la República de Texas. [4, 5]
  • Carrera política: Se convirtió en un destacado funcionario en Texas. Formó parte de la convención que redactó la Constitución de Texas de 1845 (la primera de dicho estado) y se desempeñó como legislador y senador estatal hasta su fallecimiento en Austin en marzo de 1848. [6, 7]
  • Su vida personal: Se casó en 1805 con Sophia Burrell Dallas (hermana del que fuera vicepresidente de EE. UU., George Mifflin Dallas) y tuvieron una extensa descendencia, entre ellos el destacado científico Alexander Dallas Bache. [1, 2, 8]

Nota aclaratoria: La confusión sobre sus padres proviene históricamente de ciertos registros bibliográficos latinoamericanos (como el Diccionario de Historia de Venezuela) debido a un diario de viajes publicado bajo su nombre por un recorrido realizado en la Gran Colombia entre 1822 y 1823. [3]

 

[1] https://ancestors.familysearch.org

[2] https://americanaristocracy.com

[3] https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org

[4] https://www.wikitree.com

[5] https://kids.kiddle.co

[6] https://en.wikipedia.org

[7] https://fr-ca.findagrave.com

[8] https://es.findagrave.com

 

El valioso testimonio de Richard Bache Jr. quedó plasmado en una obra fundamental para la historiografía de la Sudamérica posindependentista. El libro fue publicado originalmente de forma anónima en Filadelfia en 1827 bajo el título "Notes on Colombia, taken in the years 1822-3. With an itinerary of the route from Caracas to Bogotá; and an appendix" (Notas sobre Colombia, tomadas en los años 1822-3. Con un itinerario de la ruta de Caracas a Bogotá; y un apéndice), firmado simplemente como "By an Officer of the United States' Army" (Por un Oficial del Ejército de los Estados Unidos). [1, 2, 3]

En Venezuela, el Instituto Nacional de Hipódromos publicó una célebre edición en español en 1982 traducida como La República de Colombia en los años 1822-23: notas de viaje. [1]

Los detalles más destacados del libro reflejan la agudeza del autor y su visión de la Gran Colombia (que para entonces unía a las actuales naciones de Venezuela, Colombia y Ecuador): [4]

1. El Objetivo del Viaje y el Contexto

Bache viajó a la región motivado por intereses comerciales, políticos y por la enorme simpatía que la revolución independentista americana despertaba en los Estados Unidos. Llegó en 1822, poco después de que se consolidara la independencia tras la Batalla de Carabobo (1821), por lo que fue testigo directo de los primeros pasos institucionales y la reconstrucción de la joven república gobernada por Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander.

2. Contenido Estructural y Geográfico

La obra está diseñada como una memoria cronológica y descriptiva estructurada principalmente en tres grandes bloques: [5]

  •  
  • El diario de viaje: Narra minuciosamente su travesía física partiendo desde el puerto de La Guaira, subiendo a Caracas, y luego cruzando por tierra los Andes venezolanos y colombianos hasta llegar a la capital, Bogotá, para finalmente descender por el río Magdalena hacia la costa del Caribe en Cartagena. [1]
  • El itinerario de ruta: Es una de las secciones más valiosas para los historiadores actuales. Bache midió y detalló con precisión militar las distancias entre pueblos, el estado de los caminos coloniales, la accesibilidad de los puentes, la topografía y las posadas disponibles en el trayecto. [1, 2]
  • El apéndice y estadísticas: Incluye datos sobre las divisiones territoriales de la época, bosquejos históricos de la emancipación, estados financieros gubernamentales y hasta planos técnicos (como el diseño arquitectónico de las casas locales de la época). [5, 6]
  •  

3. Observaciones y Estilo del Autor

A diferencia de otros viajeros de la época que caían en los prejuicios, las crónicas de Bache destacan por su minuciosidad, objetividad científica y precisión analítica. [1]

  •  
  • Crónica urbana y arquitectónica: Por ejemplo, al describir Caracas, detalló con asombro su geografía diciendo que la extensión de la ciudad era mayor que el ancho de su terreno plano, describiendo sus ríos (Anauco, Caroata y el Guaire) y valorando la calidad de los puentes de piedra coloniales. También dejó registros sobre la distribución de las aguas públicas desde el río Catuche. [7]
  • Visión sociopolítica y religiosa: Analiza con curiosidad republicana las costumbres de los habitantes, la persistencia de las tradiciones católicas —criticando a veces el peso excesivo del clero en la vida civil— y el choque cultural entre la herencia colonial española y las nuevas libertades democráticas que se intentaban implantar. [8]
  • Retrato de personajes: Bache tuvo la oportunidad de interactuar y registrar sus impresiones sobre importantes jefes militares y civiles americanos de la época, ofreciendo una mirada íntima de la élite que estaba moldeando el destino de América del Sur.
  •  

Si te interesa profundizar más, ¿te gustaría conocer lo que opinaba específicamente sobre alguna de las ciudades que visitó (como Caracas o Bogotá), o prefieres saber más sobre cómo era viajar por los caminos andinos en la década de 1820 según su diario?

 

[1] https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org

[2] https://www.loc.gov

[3] https://catalog.hathitrust.org

[4] https://dialnet.unirioja.es

[5] https://books.google.co.ve

[6] https://www.bogotaauctions.com

[7] https://camaradecaracas.com

[8] https://historiayespacio.univalle.edu.co

Viajar por los caminos andinos de la Gran Colombia en la década de 1820 era una travesía extrema, peligrosa y físicamente agotadora que Richard Bache Jr. y otros viajeros de la época describieron como una verdadera prueba de resistencia. Tras la Guerra de Independencia, la infraestructura estaba prácticamente destruida y la geografía montañosa imponía barreras brutales.

El viaje andino de la época se caracterizaba por las siguientes condiciones:

1. El Transporte: A lomo de mula y "silleros" humanos

El caballo era inútil en la mayor parte de la cordillera debido a la verticalidad y el barro. La mula era el único animal capaz de resistir el trayecto, avanzando al borde de abismos por senderos de apenas un metro de ancho.

Para las personas mayores, enfermas o de la alta sociedad que no podían montar, existía el impactante sistema de los "silleros" o "cargueros". Eran hombres (generalmente indígenas o mestizos) que cargaban a los viajeros en una silla de madera atada a sus espaldas, trepando los Andes a pie durante días enteros bajo el sol o la lluvia.

2. Los "Caminos" y Pasos de Montaña

Lo que se llamaba "camino" era en realidad una red de senderos coloniales deteriorados o antiguas rutas indígenas.

  •  
  • Los caminos de "cajón": Eran pasajes tan estrechos y profundos —erosionados por siglos de lluvia y cascos de mulas— que las paredes de tierra tapaban la vista del viajero. Si dos caravanas se encontraban de frente en un camino de cajón, una de las dos tenía que retroceder a ciegas durante cientos de metros porque no cabían dos mulas a la par.
  • Los "camellones": En las zonas de barro constante, las mulas pisaban siempre en el mismo sitio para no hundirse, formando surcos profundos intercalados con lomos de tierra (parecidos a las jorobas de un camello). El vaivén de la mula en estos tramos provocaba un mareo extremo y un desgaste físico insoportable para el jinete.
  • Peligros mortales: Los desprendimientos de tierra (derrumbes), los ríos crecidos que debían cruzarse en rústicas canastas colgadas de cuerdas (tarabitas) y los abismos sin defensas cobraban la vida de muchos viajeros y animales.
  •  

3. El Clima y el "Soroche"

En un solo día, un viajero podía pasar del calor sofocante y húmedo de los valles bajos al frío glacial de los páramos (a más de 3,000 o 4,000 metros de altura). Cruzar los páramos andinos infundía pánico: el viento helado podio causar hipotermia (lo que localmente llamaban "el embolismo del páramo") y la falta de oxígeno provocaba el mal de montaña o "soroche", que causaba intensos dolores de cabeza, náuseas y desmayos tanto a hombres como a bestias.

4. Hospedaje y Alimentación: Las "Posadas"

Las noches eran otro desafío. No existían hoteles; los viajeros dependían de:

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  • Casas de postas o posadas públicas: Eran chozas de barro y paja, sumamente descuidadas. Bache y otros cronistas relatan que a menudo tenían que dormir en el suelo de tierra, rodeados de insectos (pulgas, piojos y "chipo"), compartiendo el espacio con extraños.
  • La hospitalidad local: En los pueblos pequeños, los viajeros con cartas de recomendación políticas o militares se alojaban en casas de curas locales o alcaldes, donde la atención era mejor.
  • La comida: La dieta del camino era monótona y precaria: tasajo (carne salada y seca al sol), arepas o pan de maíz, plátano, cacao diluido en agua y, en las zonas altas, caldos calientes como la changua o papas.
  •  

5. El Azote del Bandolerismo

Tras el fin formal de las batallas de independencia, miles de exsoldados, desertores y guerrillas realistas remanentes se convirtieron en bandidos de camino. Los asaltos a mano armada eran tan comunes que los viajeros nunca se trasladaban solos; formaban caravanas fuertemente armadas y Bache, haciendo uso de su entrenamiento militar, mantenía una vigilancia estricta durante las noches en las rutas más peligrosas entre Cúcuta, Pamplona y Tunja.

¿Te gustaría saber qué opinó Bache específicamente sobre Bogotá al llegar tras este duro viaje, o prefieres que te cuente cómo describió el impresionante cruce de algún punto geográfico específico como el Páramo de Pisba o el río Magdalena?

RICHARD BACHE (1822-1823)

 TESTIMONIOS DE MÉRIDA SIGLO XIX

RICHARD BACHE (1822-1823)

MÉRIDA EN RUINAS (II)

CARLOS CHALABAUD ZERPA

Cuando el teniente Bache llego a Mérida, el 28 de diciembre de 1822, la ciudad tenía entre ocho y diez mil habitantes. De aquel bello centro urbano, rico y próspero del país, solamente quedaban ruinas después de transcurridos diez años del terremoto y de la guerra; muchos de los antiguos pobladores de la hermosa ciudad yacían sepultados  en los escombros de las iglesias y las casa que se vinieron abajo en cosa de instantes; entre los el templo que fungía de catedral fueron entonces encontrados los restos mortales de un obispo, con toda seguridad el Ilmo. Hernández Milanés, que fuera enterrado a la carrera y sin ceremonial, en aquel sitio al día siguiente del sismo en medio de gran consternación. Para aquellos días, el gobernador de la Provincia de Mérida era el Cnel. Juan Antonio Paredes, el Jefe Militar del Departamento el Cnel. Carlos Castelli Goffi, de origen italiano, el obispo era el Dr. Rafael Lasso de la Vega y el rector del Seminario el Dr. José de la Cruz Olivares. Para entonces no existía la Universidad, y la independencia de Venezuela, a un año y medio de la batalla de Carabobo, no estaba consolidada. En efecto, tomada la ciudad en 5 de enero por el Gral. Francisco Tomás Morales, quien había sido nombrado Capitán General de Venezuela por el Gobierno Español, Paredes y Castelli se vieron en la necesidad de abandonar a Mérida con sus exiguas tropas, dejándola a merced del invasor. Por  supuesto que nuestro viajero, que había salido de Trujillo, rumbo a Mérida, el 23 de diciembre, a lomo de mula, junto a sus acompañantes, también tomó las de Villadiego el 30 de diciembre. He aquí su relato:

Diciembre 25.- Como todo el mundo estaba dedicado a cumplir con sus deberes religiosos, no pudimos partir antes de las diez de la mañana. Después de un recorrido de veinticuatro millas, llegamos a la aldehuela india de Timotes a las 8 p.m. Los habitantes estaban ya entregados al reposo, y nos costó algún trabajo descubrir la alcaldía, no obstante, nada conseguimos con ello, pues el alcalde o estaría ausente o se mostraba renuente a franqueamos la entrada. Fue esta la única vez en que creímos advertir algo así como poca  voluntad para recibirnos, y lo atribuimos a lo tardío de la hora. Al igual que otros cristianos cuando se encuentran en apuros, y en vista de que no teníamos acceso a la alcaldía, buscamos la ayuda de la iglesia. Tocamos la puerta, la cual nos fue abierta por el padre, quien nos dejó de hacernos algunas preguntas un tanto estólidas acerca de lo imprevisto de  nuestra llegada, ya que bien podía darse cuenta de que estábamos sujetos a las  largas que nos daban los alcaldes y a las naturales dificultades del camino. Nos metimos en la hamaca sin haber cenado, y pasamos una noche bastante ingrata, acosados por el frío.

De acuerdo con una ley de la República de Colombia, se consideran de fiesta nacional los días 25, 26 y 27 de diciembre. El primero está consagrado a celebrar la independencia, el segundo es el aniversario de la Unión y de la Constitución, y el tercero se dedica a conmemorar los triunfos de los patriotas y a rendir tributo a quienes murieron en la defensa armada de la república. Las ceremonias que se realizan en cada uno de los dichos días son las apropiadas a los diferentes acontecimientos que se desea rememorar.

Aún cuando teníamos vivo interés en partir a hora temprana, pronto hubimos de convencernos de que sería  vana toda tentativa para seguir la marcha antes que pasaran las  fiestas, aun a riesgo de que nuestro próximo anfitrión también nos sermoneara su llegábamos a solicitar albergue a hora avanzada de la noche.

Después de la misa se congregaron en la plaza, encabezados por el padre y los alcaldes, todos los vecinos que pudieron obtener algún caballo, ya fuese a título de préstamo o incluso robado. La cabalgata llegó hasta la puerta d la iglesia, donde recibieron la bandera nacional, además de las de Venezuela y Cundinamarca, los dos departamentos anteriores que ahora están unidos para formar la república consolidada. El padre y los alcaldes pasearon las banderas por todo el pueblo, seguidos por el grupo de jinetes y por una rudimentaria orquesta en la que intervenían dos tambores y pífanos indígenas. Luego de haber depositado los pabellones en la iglesia, los jinetes se dividieron dos grupos, a cuya cabeza iban respectivamente el párroco y el primer alcalde, y ocupando cada uno de ellos una de las esquinas de la misma cuadra de la plaza, comenzaron a atravesarla diagonalmente. Tan pronto como se ponía en movimiento uno de los contendientes, el otro partía también  a todo galope, la diversión consistía  en cruzar velozmente por el centro antes que el adversario, en forma un tanto similar al juego de marro. Este ejercicio de equitación continuó durante largo tiempo, pues los que habían triunfado atravesando con ventaja la plaza en aquel certamen de velocidad proseguían infatigablemente el mismo juego, retornando al lugar de partida. Por último, efectuaron diversas evoluciones similares a las maniobras  de tipo militar que se exhiben en nuestros circos.

En todas las ciudades, pueblos y aldeas del país se efectúan deportes análogos, que sólo varían de acuerdo con las preferencias y los mayores o menores recursos económicos de la comunidad. Tuvimos la mala suerte de encontrarnos, para presenciar aquellas celebraciones, en una de las aldeas más pobres de la república. En  Bogotá las ceremonias tuvieron gran pompa, y en ellas se invirtieron cuantiosas sumas. En dicha ciudad actuaron cuatro grupos, en competencia similar a la descrita, en representación de las cuatro partes del mundo. Me informaron que algunos de los trajes con que se ataviaron los que hacían de asiáticos valían más de mil pesos. Aparte de esos ejercicios de equitación, y de muchos otros actos, hubo diversas demostraciones de agilidad y destreza, como las carreras de cintas en las que se atravesaba un anillo con la lanza, a pleno galope, o se decapitaba con el sable a efigies puestas a lo largo del trayecto. En el certamen de jinetes ganó el premio un representante de América, lo que produjo considerable entusiasmo.

Diciembre 26.- Los festivales celebrados en Timotes no nos permitieron salir hasta esta tarde a las 4 p.m. Llegamos a La Puerta (12 millas) después de las siete. Es una mísera aldehuela formada por unas veinticinco chozas.

Diciembre 27.- después de nuestra partida de La Puerta, a las 7 a.m. atravesamos una elevada montaña, llamada páramo. En la cumbre nos encontramos con un viento intenso, penetrante y helado, desde ahí se domina, sin embargo, una perspectiva muy amplia, pero de aspecto sumamente desolado. En efecto, no se divisa un solo lugar populoso o aldea de pintoresca apariencia, ni el menor vestigio de habitaciones o seres humanos, sino el áspero sendero de dificultoso tránsito, por4 viandantes devotos y fatigados, y las cuales son los únicos testigos que llevan a nuestro ánimo la convicción de no hallamos solos en el mundo.

Mientras se cruza el páramo, el viento –cuyo ímpetu, por no encontrar obstáculo en su carrera, es a veces tan fuerte que casi no deja avanzar y hace el temor de que pueda cobrar mayor violencia aún aquel elemento de la naturaleza, invisible e inaudible, y barremos de la faz de la tierra. Aquellas estupendas masas de rocas, así como su altura y si lejanía, le dan al hombre la sensación de su completa insignificancia. Convencido así el viajero de la absoluta impotencia del hombre cuando no forma parte de un conglomerado social, procura no alejarse de sus compañeros de ruta, para estar en capacidad de ofrecer o recibir ayuda, y penetrado de un temeroso sentimiento de humildad y de genuina devoción, acelera en silencio el ritmo de la marcha,  ansioso de ganar al fin la tierra feraz y guarnecida de algún oculto valle, animado por el bullicio de sus moradores, a objeto de recuperar, en este ámbito ya más reducido, la importancia como individuo que había perdido en las alturas y ensalzar desde sitio más seguro el inmenso poderío de los árbitros de la creación.

La única vegetación que existe en esas cumbres de tristes soledades es una especie de verbasco gigantesco, más o menos del tamaño de un hombre, con el cual guarda también cierto parecido cuando se le contempla  a distancia. No se distingue árbol alguno que obstruya la visión del panorama; montaña abajo, se columbran las rocas apiladas unas siempre otras sobre otras en la más caótica confusión; incluso puede seguirse a simple vista la dirección de las distintas estribaciones y el curso ondulante de los ríos serranos –que lucen como una vena de plata en lo hondo de los valles- con tanta precisión como si se tratara de trazos delineados en un mapa topográfico.

Luego de cruzar el páramo llegamos a la una a Mucuchíes, la próxima aldea (15 millas). Aunque es un lugar bastante extenso, lo único notable que tiene es una iglesia de grandes dimensiones. El Alcalde estaba ausente, pero había dejado instrucciones para nuestro albergue. Se nos puso a elegir entre la propia casa de dicho funcionario y otra adyacente, que se encontraba desocupada, la cual preferimos para no ocasionar molestias a la familia. La cena de esa tarde y el desayuno del día siguiente nos fueron traídos de la casa del alcalde. Como la temperatura era bastante fría, renunciamos a las hamacas y dormimos en armaduras de cama, formada por toscos largueros de madera, y cubiertos con un cuero seco, fuertemente templado en sentido transversal y claveteado con tachuelas. En esta la única clase de lecho que se encuentra en toda la ruta. Cuando estábamos ya de camino a la mañana siguiente, nos encontramos con el alcalde, quien nos abordó cortésmente, preguntándonos si estábamos satisfechos de las atenciones recibidas.

Diciembre 28.- Salimos de Mucuchíes a las 9 a.m. y llegamos a la ciudad de Mérida (28 millas) a las 6 p.m. después de a travesar las aldeas de Mucurubá y Tabay.

Fundada en 1558 por Juan Rodríguez Suárez. Mérida está bellamente situada en una altiplanicie, con latitud norte de 8° 10´ y longitud Este de 3° 10´ 30” en relación al meridiano de Washington. A una altura aproximada de cuatrocientos pies sobre los riachuelos Mucujún, Albarregas y Chama, que la riegan en las tres cuartas partes de su perímetro. Aunque aquí los llaman ríos, no son navegables; en verano aparecen  como burbujeantes arroyos, y el invierno se convierten en impetuosos torrentes.

La ciudad tiene de ocho a diez mil habitantes. Fue en otro tiempo uno de los centros urbanos más ricos y hermosos del país, pero quedó totalmente destruido por el terremoto de 1812. Un gran sector permanece todavía en ruinas y muchos de los antiguos moradores yacen sepultados bajo los escombros de sus viviendas. Poco después de nuestra llegada, fueron encontrados e inhumados los restos mortales de un obispo. Cerca de la ciudad se ve una profunda grieta, ocasionada por la misma convulsión telúrica que derribó casas y edificios.

En las afueras hay parcelas cercadas, desinadas al cultivo de la cebada y del maíz para el forraje; Como las tapias de estos sembrados son por lo general muy altas, de color pardusco, y construidas con tierra apisonada, presentan un lúgubre aspecto, las calles, trazadas a cordel, son muy limpias; están bien empedradas, y por ellas corre una acequia de límpidas aguas.

Lo más notable es el majestuoso aspecto que ofrecen las montañas vecinas, cuya cumbre está cubierta de nieves perpetuas, y a la que denominan la Sierra Nevada de Mérida. El pico más alto alcanza 15.201 pies sobre el nivel del mar. Después de cruzar cálidas hondonadas de las tierras bajas, donde fuimos víctimas  de un valor excesivo, resulta muy refrescante columbrar aquella estupenda cima de  brillo deslumbrador.

La contemplación de esta cúspide nevada me trae a la imaginación el recuerdo de mi comarca nativa, cuyas dilatadas extensiones estarán probablemente envueltas, en esta época del año, por un manto de análoga blancura. Sin embargo,  mis paisanos no disfrutan, como estas gentes, de la ventaja de poder cosechar, al mismo tiempo que la nieve estimula sus  energías, la carga dorada de los naranjos y aspirar los balsámicos soplos de la primavera.

No puedo tampoco dejar de pensar en que estamos en los días finales del año. No obstante, es tal la fuerza de la asociación de ideas y de los hábitos tradicionales, que aun cuando me doy perfecta cuenta de que estamos en diciembre, y de que mis labios nombran este mes a cada paso, me parece faltar cierta convicción interna al respecto, y como todo lo que rodea son factores que se confabulan para crear esa falsa impresión, pronto vuelvo a pensar que estoy gozando de las delicias de la temporada estival. Se produce así en nuestro espíritu  una ligera desazón, a causa de la necesidad de tener que recurrir constantemente a un esfuerzo mental para llegar a una conclusión  satisfactoria, la cual –apenas alcanzaba- queda destruida por la impresión del ambiente que efectivamente nos rodea. Esta sensación se la explicarán fácilmente quienes, al visitar tierra extrañas, se  sorprendan al ver salir el sol por occidente; o a aquellos que, después de dormir la siesta en el interior de una diligencia, observan con alarma que el desprevenido y testarudo cochero se empeña en llevarlos atropelladamente en dirección contraria a la que se propone seguir.

Hay fuentes termales en las montañas de Mérida y una mina de  plata en sus inmediaciones, que está hoy sin explorar. En otros tiempos, se extraía cobre y plata en la costa de  Caracas, pero estas minas se hallan actualmente abandonadas. La lavadura es el único procedimiento que hoy se utiliza en la República de  Colombia para la obtención de metales preciosos.

Se nos proporcionó un albergue excelente, y recibimos la visita del gobernador militar, del intendente de la provincia, del obispo, de diversos sacerdotes y de los principales habitantes de la ciudad.

La fría temperatura nocturna nos incomodó bastante, e aunque el mercurio  sólo marcaba 69°.

En mi aposento se alzaba un pequeño altar, bella y graciosamente decorado con la efigie en cera de la Virgen y el Niño, adornado con flores recién cortadas, posiblemente por las manos de nuestra linda anfitriona, quien hacía objeto a estas imágenes de su íntima y cotidiana adoración.

En cuanto a su marido, y a juzgar por las apariencias, el altar ante el cual debía mostrar mayor devoción sería la criolla gallera, pues en el corral vimos una larga hilera de osos gallináceos que constituyen el modelo de “intrépido soldado y gallardo gentilhombre”, cada uno atado por un pata, y los cuales eran sometidos a entrenamiento para alcanzar en la palestra la muerte o la victoria. Los  colombianos son muy aficionados a tal deporte, que les ocasiona no pocas pérdidas de tiempo y de dinero.

Este vicio popular fue especialmente estimulado por el régimen anterior, a causa de la cuantiosa renta percibida por el Estado, proveniente de los gravámenes aplicados a las galleras.