Fiestas, mujeres y café en la Caracas de 1800
Ricardo Navas Crespo
(Créditos: Cámara de
Caracas.
El coronel William Duane
(1760-1835), proveniente de los Estados Unidos de Norteamérica, redactó un
libro titulado, en español, Viaje a la Gran Colombia en los años 1822-1823, de
proporciones poco usuales dentro de la literatura de viajeros y que visitaron
Venezuela durante la centuria del 1800. Libro dentro del cual hizo referencia a
una serie de aspectos y situaciones de un país que recién había roto las
cadenas del coloniaje ibérico. También visitó Bogotá para constatar con su
propia mirada lo que se desarrollaba en la República de Colombia, creada el 17
de diciembre de 1919.
William Duane fue un
periodista, editor y militar estadounidense de gran influencia durante el
período de la República temprana de los Estados Unidos. Duane fue editor del
periódico Aurora, donde luchó con éxito contra las infames Leyes de Extranjería
y Sedición que estuvieron vigentes entre 1798 y 1801. Thomas Jefferson citó a
Duane como un factor importante en su ascenso a la presidencia en 1801.
Como militar, Duane sirvió
como coronel en el Ejército de los Estados Unidos y como oficial de la Milicia
de Pensilvania. También se desempeñó como Adjunto General en la defensa de
Filadelfia durante la Guerra de 1812. Además, fue autor de varios libros sobre
tácticas militares para las fuerzas armadas de los Estados Unidos.
Es recordado como un gran
defensor de Suramérica. El periódico Aurora de Duane defendió la lucha por la
independencia de Suramérica y fue la principal fuente de información en los
Estados Unidos sobre el conflicto, desde 1811 hasta 1822, entre españoles
americanos y españoles europeos. Por tal circunstancia, Duane viajó a Colombia
y Venezuela, donde fue recibido como un héroe.
El mencionado libro resulta
ser un escrito con descripciones muy equilibradas, con pocos juicios de valor,
quizá por la simpatía que experimentaba con quienes hicieron posible la
Independencia y estaban en búsqueda por sentar las bases republicanas. Es un
libro particular por el despliegue de explicaciones que ofreció Duane y, en
especial, por la gran cantidad de digresiones que desplegó en cada uno de los
capítulos de su obra. A pesar de ser un simpatizante con los repúblicos
suramericanos, tal como se hacía referencia, en este tiempo, a los espacios
territoriales al sur de los Estados Unidos, no dejó de reconocer las dificultades
existentes para la consolidación de formas de gobierno republicanas.
De Duane no se puede decir
que fue un escritor lleno de animadversiones y que se dejase llevar por
estereotipos. Por el estilo de su narración se puede precisar el intento de un
acercamiento a un punto medio, con el cual muestra el intento de expresar sus
observaciones de manera mesurada, incluso las religiosas, siendo él un
anglicano.
Por otro lado, trató de ser
equilibrado al momento cuando hizo referencia a los amerindios y el trato que
ahora recibían en el período republicano. De ellos expresó que no se les
trataba como esclavos con el pretexto de ofrecerles protección por medio de las
encomiendas, tal como había sucedido en tiempos coloniales. Puso a la vista de
sus potenciales lectores que ya no vivían confinados en pueblos de Misión o de
Indios. Según sus palabras ya no estaban obligados a vivir sólo con sus
“compatriotas”, “tan infortunados como él, para cultivar en común una parcela
de terreno, y pagar a sus tiranos un canon anual, sólo porque sus antepasados
habían sido sometidos a la esclavitud por invasores extranjeros, y porque tal
servidumbre se transmitía de padres a hijos”.
Ante esto escribió sentirse
complacido porque era una manifestación de “regeneración racional” y, además,
de haber experimentado una mayor complacencia y admiración, durante un ágape al
que fue convidado, al observar un grupo de damas “… tan hermosas y elegantes,
fui informado de que no todas las beldades de Caracas se encontraban
presentes…” La persona que le servía de guía le dijo que muchas damas hermosas
estaban ausentes porque pertenecían a familias que abrazaron la causa realista.
Por tal situación no solían asistir a saraos como al que Duane había sido
invitado.
En la misma celebración
contó haber visto a Lino de Clemente, acompañado de sus lindas esposa e hija y
“… quienes habían salvado la vida milagrosamente huyendo hacia el destierro, y
que ahora figuraban entre las familias más distinguidas del país…” Al observar
escenas como esta contó haber experimentado gran regocijo, porque apreció una
celebración en libertad, así como un encuentro alejado de la venganza sobre las
mujeres tal como sucedió con ellas y las acciones de los realistas en su
contra.
De seguida reprodujo
algunas palabras que un “venerable patriota” le había comunicado respecto al
alejamiento de algunas familias frente a las celebraciones que los patriotas
llevaban a cabo en la ciudad. Su interlocutor le comunicó que era muy cierto
que estas damas, cuya filiación con familias realistas, se habían establecido
como norma no asistir a estos encuentros organizados por los patriotas. Además,
agregó que por “ser mujeres” sus progenitores las habían criado bajo principios
diferentes y que no se les podía enjuiciar por esto y menos intentar cambiar
esta actitud frente a la vida. También le había expresado que eran personas
inocentes y que muchas de ellas merecían respeto y admiración.
En este sentido, vale la
pena traer a colación una reflexión que hizo el “venerable patriota”, quien se
había interrogado que perjuicio había de provocar esta actitud de las mujeres a
los hombres que habían abrazado la causa independentista. “… Mujeres no nos
faltan que sean dignas esposas de nuestros hijos; y si no quieren casarse con
republicanos, no les será fácil encontrar marido en esta tierra. No es posible
que se mantengan solteras durante los próximos cincuenta años, y si al fin
llegan a casarse, tendrán que hacerlo con hombres patriotas, y entonces sus
hijos – a quienes tanto habrán de amar – serán ciudadanos de Colombia y no de
España…”
Escribió que se había
marchado de esta celebración a una hora bastante avanzada de la noche. De esta
fiesta expuso que no recordaba haber asistido a un encuentro similar donde haya
habido tanta profusión de obsequios. Menos haber estado en un encuentro donde
la “… espontánea felicidad y regocijo como el que allí prevalecía” y del cual
él formó parte.
Por lo general, los
viajeros que estuvieron en Venezuela destacaron, entre otros atributos de los
caraqueños y venezolanos, el trato amable y cordial que éstos dispensaban a las
personas que visitaban y pernoctaban en la ciudad. Destacó el caso de un
estadounidense que residía en la capital de la república de nombre Franklin
Litchfield y quien, además, había contraído nupcias con una dama de la ciudad.
Destacó, asimismo, que la hospitalidad de esta pareja para con quienes
provenían de los Estados Unidos de Norteamérica era excepcional.
Más adelante hizo
referencia a una excursión, organizada por damas y caballeros de Caracas, para
realizar una visita a la residencia que poseía la familia Blandín en el Valle
de Chacao, ubicada al este de la ciudad y muy cerca de la falda sur de La
Silla. En su descripción destacó que la casa estaba situada a más de mil
seiscientos metros del camino que llevaba a la localidad de Petare. Vía que se
extendía a lo largo del cauce por el cual corría un río que servía para regar
la plantación de café que allí existía. Sus linderos estaban demarcados por
árboles cargados de limas de gran vistosidad, “… a pesar de que las plantas no
se veían muy bien cuidadas… El lugar dentro del cual se cultivaba el café
estaba rodeado de flores.… La senda que nos condujo hasta ella pasaba por entre
avenidas de cafetos, hermosos, lujuriantes y cargados de fruto…”
En sus instalaciones pudo
observar a mujeres jóvenes que eran las encargadas de recoger las bayas de
color pardo que crecían en largos racimos, los cuales eran depositados en
cestas que llevaban colgando en el brazo izquierdo. Ingresaron, él y sus
acompañantes, por el lado este de la casa y en la que se topó con un hermoso
arroyuelo del cual se desprendían sonidos placenteros para el oído. Había otros
pequeños arroyos, uno de ellos que derivaba en una gran pila de forma circular
elaborada con mampostería, “… construida a un nivel inferior en dos o tres pies
a la superficie del suelo”.
Contó que el señor Blandín
les había recibido de manera muy cordial. Luego pasaron a un gran salón donde
les ofrecieron y degustaron bebidas de frutas. Aprovechó la oportunidad para explorar
un poco el lugar al cual calificó como un espacio espléndido y cuyas
instalaciones eran perfectas. No perdió la oportunidad para la comparación con
lugares por él conocidos en la India. Sin embargo, agregó que el dueño de la
hacienda, para evitar los daños ocasionados por el terremoto de 1812, en casas
elaboradas con paredes de tapia, prefirió edificar la residencia con bambú.
Contaba con un techo que cubría toda la casa y que “… tenía varias habitaciones
de muy buen aspecto dentro del verandah, como lo llamarían en el Indostán”.
Al frente de la vivienda
pudo apreciar la existencia de los molinos, pilones y lugares destinados para
la limpieza del grano, los almacenes ocupaban un terreno extenso, de acuerdo
con sus propias palabras. Puso a la vista de sus potenciales lectores que había
un arroyo, cuya fuente provenía de La Silla y el cual funcionaba por medio de
“… ingeniosos artificios para que impulsara una enorme rueda de molino, la cual
realizaba las funciones que desempeña la mano de obra en otras plantaciones,
como las diversas operaciones relacionadas con la limpieza y descerezo del
grano…” También logró ver una herrería, una carpintería y otros talleres cuyo
funcionamiento era en tiempos y períodos estacionales. Aunque muy necesarios
cuando escaseaba la mano de obra calificada debido a las dimensiones y magnitud
de este asentamiento cafetero y residencial.
Expuso que el número de
árboles ascendía a una cantidad aproximada de diez mil y cuyo producto promedio
individual estaba estimado en un peso al año. Más adelante contó que al estar
el suelo escardado, se dedicó a analizarlo de manera cuidadosa y detenida. Del
mismo expresó que el humus era de composición y textura liviana, muy similar a
la ceniza, mezclado con esquisto o pizarra pulverizada, en la que se advertían
chispas de un brillo borroso, muy similares al cuarzo, pero no tan grandes ni
relucientes. Llegó a la conclusión de que se trataba de un humus delgado y de
poca consistencia.
Refutó a quienes expresaron
que el cafeto no se prestaba para ser cultivado cerca de los mares o costas,
Depons uno de ellos. Sin embargo, expuso que en Maiquetía presenció el cultivo
de cafetos que florecían con la misma belleza y profusión que en la hacienda
del señor Blandín.
Aprovechó esta ocasión para expresar que el padre de éste había sido “… el
primero en introducir el cultivo del café en 1784, había sido propietario de
una plantación en las colonias frances,


























