viernes, 23 de octubre de 2026

Fiestas, mujeres y café en la Caracas de 1800 Ricardo Navas Crespo

 Fiestas, mujeres y café en la Caracas de 1800

Ricardo Navas Crespo

(Créditos: Cámara de Caracas.

El coronel William Duane (1760-1835), proveniente de los Estados Unidos de Norteamérica, redactó un libro titulado, en español, Viaje a la Gran Colombia en los años 1822-1823, de proporciones poco usuales dentro de la literatura de viajeros y que visitaron Venezuela durante la centuria del 1800. Libro dentro del cual hizo referencia a una serie de aspectos y situaciones de un país que recién había roto las cadenas del coloniaje ibérico. También visitó Bogotá para constatar con su propia mirada lo que se desarrollaba en la República de Colombia, creada el 17 de diciembre de 1919.

William Duane fue un periodista, editor y militar estadounidense de gran influencia durante el período de la República temprana de los Estados Unidos. Duane fue editor del periódico Aurora, donde luchó con éxito contra las infames Leyes de Extranjería y Sedición que estuvieron vigentes entre 1798 y 1801. Thomas Jefferson citó a Duane como un factor importante en su ascenso a la presidencia en 1801.

Como militar, Duane sirvió como coronel en el Ejército de los Estados Unidos y como oficial de la Milicia de Pensilvania. También se desempeñó como Adjunto General en la defensa de Filadelfia durante la Guerra de 1812. Además, fue autor de varios libros sobre tácticas militares para las fuerzas armadas de los Estados Unidos.

Es recordado como un gran defensor de Suramérica. El periódico Aurora de Duane defendió la lucha por la independencia de Suramérica y fue la principal fuente de información en los Estados Unidos sobre el conflicto, desde 1811 hasta 1822, entre españoles americanos y españoles europeos. Por tal circunstancia, Duane viajó a Colombia y Venezuela, donde fue recibido como un héroe.

El mencionado libro resulta ser un escrito con descripciones muy equilibradas, con pocos juicios de valor, quizá por la simpatía que experimentaba con quienes hicieron posible la Independencia y estaban en búsqueda por sentar las bases republicanas. Es un libro particular por el despliegue de explicaciones que ofreció Duane y, en especial, por la gran cantidad de digresiones que desplegó en cada uno de los capítulos de su obra. A pesar de ser un simpatizante con los repúblicos suramericanos, tal como se hacía referencia, en este tiempo, a los espacios territoriales al sur de los Estados Unidos, no dejó de reconocer las dificultades existentes para la consolidación de formas de gobierno republicanas.

De Duane no se puede decir que fue un escritor lleno de animadversiones y que se dejase llevar por estereotipos. Por el estilo de su narración se puede precisar el intento de un acercamiento a un punto medio, con el cual muestra el intento de expresar sus observaciones de manera mesurada, incluso las religiosas, siendo él un anglicano.

Por otro lado, trató de ser equilibrado al momento cuando hizo referencia a los amerindios y el trato que ahora recibían en el período republicano. De ellos expresó que no se les trataba como esclavos con el pretexto de ofrecerles protección por medio de las encomiendas, tal como había sucedido en tiempos coloniales. Puso a la vista de sus potenciales lectores que ya no vivían confinados en pueblos de Misión o de Indios. Según sus palabras ya no estaban obligados a vivir sólo con sus “compatriotas”, “tan infortunados como él, para cultivar en común una parcela de terreno, y pagar a sus tiranos un canon anual, sólo porque sus antepasados habían sido sometidos a la esclavitud por invasores extranjeros, y porque tal servidumbre se transmitía de padres a hijos”.

Ante esto escribió sentirse complacido porque era una manifestación de “regeneración racional” y, además, de haber experimentado una mayor complacencia y admiración, durante un ágape al que fue convidado, al observar un grupo de damas “… tan hermosas y elegantes, fui informado de que no todas las beldades de Caracas se encontraban presentes…” La persona que le servía de guía le dijo que muchas damas hermosas estaban ausentes porque pertenecían a familias que abrazaron la causa realista. Por tal situación no solían asistir a saraos como al que Duane había sido invitado.

En la misma celebración contó haber visto a Lino de Clemente, acompañado de sus lindas esposa e hija y “… quienes habían salvado la vida milagrosamente huyendo hacia el destierro, y que ahora figuraban entre las familias más distinguidas del país…” Al observar escenas como esta contó haber experimentado gran regocijo, porque apreció una celebración en libertad, así como un encuentro alejado de la venganza sobre las mujeres tal como sucedió con ellas y las acciones de los realistas en su contra.

De seguida reprodujo algunas palabras que un “venerable patriota” le había comunicado respecto al alejamiento de algunas familias frente a las celebraciones que los patriotas llevaban a cabo en la ciudad. Su interlocutor le comunicó que era muy cierto que estas damas, cuya filiación con familias realistas, se habían establecido como norma no asistir a estos encuentros organizados por los patriotas. Además, agregó que por “ser mujeres” sus progenitores las habían criado bajo principios diferentes y que no se les podía enjuiciar por esto y menos intentar cambiar esta actitud frente a la vida. También le había expresado que eran personas inocentes y que muchas de ellas merecían respeto y admiración.

En este sentido, vale la pena traer a colación una reflexión que hizo el “venerable patriota”, quien se había interrogado que perjuicio había de provocar esta actitud de las mujeres a los hombres que habían abrazado la causa independentista. “… Mujeres no nos faltan que sean dignas esposas de nuestros hijos; y si no quieren casarse con republicanos, no les será fácil encontrar marido en esta tierra. No es posible que se mantengan solteras durante los próximos cincuenta años, y si al fin llegan a casarse, tendrán que hacerlo con hombres patriotas, y entonces sus hijos – a quienes tanto habrán de amar – serán ciudadanos de Colombia y no de España…”

Escribió que se había marchado de esta celebración a una hora bastante avanzada de la noche. De esta fiesta expuso que no recordaba haber asistido a un encuentro similar donde haya habido tanta profusión de obsequios. Menos haber estado en un encuentro donde la “… espontánea felicidad y regocijo como el que allí prevalecía” y del cual él formó parte.

Por lo general, los viajeros que estuvieron en Venezuela destacaron, entre otros atributos de los caraqueños y venezolanos, el trato amable y cordial que éstos dispensaban a las personas que visitaban y pernoctaban en la ciudad. Destacó el caso de un estadounidense que residía en la capital de la república de nombre Franklin Litchfield y quien, además, había contraído nupcias con una dama de la ciudad. Destacó, asimismo, que la hospitalidad de esta pareja para con quienes provenían de los Estados Unidos de Norteamérica era excepcional.

Más adelante hizo referencia a una excursión, organizada por damas y caballeros de Caracas, para realizar una visita a la residencia que poseía la familia Blandín en el Valle de Chacao, ubicada al este de la ciudad y muy cerca de la falda sur de La Silla. En su descripción destacó que la casa estaba situada a más de mil seiscientos metros del camino que llevaba a la localidad de Petare. Vía que se extendía a lo largo del cauce por el cual corría un río que servía para regar la plantación de café que allí existía. Sus linderos estaban demarcados por árboles cargados de limas de gran vistosidad, “… a pesar de que las plantas no se veían muy bien cuidadas… El lugar dentro del cual se cultivaba el café estaba rodeado de flores.… La senda que nos condujo hasta ella pasaba por entre avenidas de cafetos, hermosos, lujuriantes y cargados de fruto…”

En sus instalaciones pudo observar a mujeres jóvenes que eran las encargadas de recoger las bayas de color pardo que crecían en largos racimos, los cuales eran depositados en cestas que llevaban colgando en el brazo izquierdo. Ingresaron, él y sus acompañantes, por el lado este de la casa y en la que se topó con un hermoso arroyuelo del cual se desprendían sonidos placenteros para el oído. Había otros pequeños arroyos, uno de ellos que derivaba en una gran pila de forma circular elaborada con mampostería, “… construida a un nivel inferior en dos o tres pies a la superficie del suelo”.

Contó que el señor Blandín les había recibido de manera muy cordial. Luego pasaron a un gran salón donde les ofrecieron y degustaron bebidas de frutas. Aprovechó la oportunidad para explorar un poco el lugar al cual calificó como un espacio espléndido y cuyas instalaciones eran perfectas. No perdió la oportunidad para la comparación con lugares por él conocidos en la India. Sin embargo, agregó que el dueño de la hacienda, para evitar los daños ocasionados por el terremoto de 1812, en casas elaboradas con paredes de tapia, prefirió edificar la residencia con bambú. Contaba con un techo que cubría toda la casa y que “… tenía varias habitaciones de muy buen aspecto dentro del verandah, como lo llamarían en el Indostán”.

Al frente de la vivienda pudo apreciar la existencia de los molinos, pilones y lugares destinados para la limpieza del grano, los almacenes ocupaban un terreno extenso, de acuerdo con sus propias palabras. Puso a la vista de sus potenciales lectores que había un arroyo, cuya fuente provenía de La Silla y el cual funcionaba por medio de “… ingeniosos artificios para que impulsara una enorme rueda de molino, la cual realizaba las funciones que desempeña la mano de obra en otras plantaciones, como las diversas operaciones relacionadas con la limpieza y descerezo del grano…” También logró ver una herrería, una carpintería y otros talleres cuyo funcionamiento era en tiempos y períodos estacionales. Aunque muy necesarios cuando escaseaba la mano de obra calificada debido a las dimensiones y magnitud de este asentamiento cafetero y residencial.

Expuso que el número de árboles ascendía a una cantidad aproximada de diez mil y cuyo producto promedio individual estaba estimado en un peso al año. Más adelante contó que al estar el suelo escardado, se dedicó a analizarlo de manera cuidadosa y detenida. Del mismo expresó que el humus era de composición y textura liviana, muy similar a la ceniza, mezclado con esquisto o pizarra pulverizada, en la que se advertían chispas de un brillo borroso, muy similares al cuarzo, pero no tan grandes ni relucientes. Llegó a la conclusión de que se trataba de un humus delgado y de poca consistencia.

Refutó a quienes expresaron que el cafeto no se prestaba para ser cultivado cerca de los mares o costas, Depons uno de ellos. Sin embargo, expuso que en Maiquetía presenció el cultivo de cafetos que florecían con la misma belleza y profusión que en la hacienda del señor Blandín.
Aprovechó esta ocasión para expresar que el padre de éste había sido “… el primero en introducir el cultivo del café en 1784, había sido propietario de una plantación en las colonias frances,



TESTIMONIOS DE MÉRIDA SIGLO XIX CORONEL WILLIAM DUANE VIAJE A LA GRAN COLOMBIA 1822-1823

 

TESTIMONIOS DE MÉRIDA

SIGLO XIX

CORONEL WILLIAM DUANE

VIAJE A LA GRAN COLOMBIA

1822-1823

CARLOS CHALABAUD ZERPA


William Duane, hijo de irlandeses, nació en 1760 en el estado de Nueva York. Fallecido su padre cuando contaba cinco años, fue llevado por su madre a Irlanda donde vivió hasta que se hizo hombre. Aprendió el oficio de impresor y se inclinó por el periodismo. Se trasladó a la India y en Calcuta fundó un periódico que lo hizo famoso y rico: pero sus escritos donde fustigaba los métodos inhumanos de la Compañía de Indias y los excesos de oficiales del ejército británico ocasionaron su deportación y la pérdida de sus bienes sin fórmula de juicio. De regreso a Londres fue reportero de importantes periódicos como el General Advíser y el Times. Vanas fueron sus reclamaciones ante el parlamento y los tribunales de justicia ingleses para que lo indemnizaran y le devolviesen sus propiedades en la India lejana. Fue así como regresó a los Estados Unidos para establecerse en Filadelfia dónde se asoció con Benjamín Franklin Bache en la publicación del periódico denominado La Aurora.

Franklin Bache era nieto del notable promotor de la independencia norteamericana.

Muerto Bache en 1798, Duane casó con su viuda, pues él a su vez también había perdido su esposa aquel año; y así llegó a ser editor-propietario del periódico a partir de 1800.

En sus campañas periodísticas se destacó por la firmeza en sus convicciones, la audacia de sus pensamientos y la sinceridad de sus razonamientos. Gracias a su estilo claro y contundente llegó a convertirse en uno de los publicistas más importantes de los Estados Unidos en su época. Su estampa liberal, vigorosa, cáustica y perseverante le ocasionaron acusaciones, juicios y hasta agresiones personales y de todos estos avatares salió airoso.

Fue Teniente Coronel de Fusileros, Ayudante General de Guerra. Protonotario de la Corte Suprema de Pensilvania y autor de varios libros sobre ciencia militar.

Dejó de existir en Filadelfia en 1832.

Desde su periódico defendió con insistencia y generosidad la causa de la Independencia de Hispanoamérica, motivo por el cual el Congreso de la República de Colombia, en 1821, lo distinguió por sus constantes esfuerzos a favor de la libertad de los emancipados, al sostener con el carácter de un patriota incorruptible e infatigable  los sacrosantos derechos del pueblo colombiano, en las épocas más angustiosas de la gloriosa revolución, haciendo frente con sus escritos luminosos, así en la parte política como militar, a los ataques de los interesados en perpetuar el sistema colonial de España en las regiones americanas.

La ciudad de Filadelfia llegó a ser en los Estados Unidos un núcleo muy importante para la empresa libertadora latinoamericana y señaladamente de Venezuela. Allí, con su periódico La Aurora tuvo Duane la oportunidad de conocer y ayudar a muchos patriotas en misiones o exiliados como Telésforo Orea, Juan Vicente Bolívar, Manuel Palacio Fajardo, José Vicente Revenga, Pedro Gual, Juan Germán Roscio, Mariano Montilla, Lino de Clemente, Juan Paz de Castillo y Gregorio Mac Gregor.

A su regreso del segundo viaje a Europa, Bolívar estuvo fugazmente en Filadelfia a comienzos de 1807, donde dejó su sobrino en un instituto de educación. Era entonces un joven de 23 años y aunque pudo palpar” una libertad racional, muy a la francesa” no existen documentos de que haya contactado personas influyentes.

El coronel Duane abrigó siempre la esperanza de viajar a Venezuela y Nueva Granada para conocer las tierras que con su pluma había defendido y a los próceres que con su espada lograron la emancipación. Deseaba vehementemente entrevistarse con el Libertador, Jefe Supremo de aquella hazaña y con sus lugartenientes.

El Cnel. Duane se embarcó en Nueva York a bordo de la corbeta Hércules el dos de octubre de 1822. En esta nave venía por casualidad doña María Antonia Bolívar, después de 9 años en el exilio, en compañía de sus hijos Pablo y Josefina. Diez y siete días más tarde atracó en La Guaira. El día 22 de octubre se hallaba en Caracas, donde permaneció unas 3 semanas para proseguir hacia Bogotá por el camino de Antímano el 12 de noviembre. A lomo de mula remontó el Páramo de Mucuchíes el 27 de diciembre y el 28 estaba en Mérida. A Bogotá llegó el 3 de febrero, donde permaneció hasta el 6 de abril de 1823. De Nare a Barrancas navegó por el Magdalena y desde este último sitio a Cartagena otra vez por tierra, donde volvió a embarcase rumbo a Nueva York, A donde regresó el cuatro de julio de 1823. En el trayecto entre Caracas y Cartagena recorrió unas 1350 leguas en tres meses.

Además de sus deseos por conocer estas remotas comarcas, el Cnel. Duane traía también la comisión de cobrar al Gobierno de Colombia deudas que había contraído con varios ciudadanos de los Estados Unidos y cuya liquidación no se había podido conseguir por mediación de otros agentes en Bogotá, porque se requerían gestiones preliminares en Caracas. En Bogotá obtuvo que se pagara una suma considerable a los acreedores, quienes Infamemente le birlaron luego a Duane las comisiones que le correspondían.

Lamentablemente no pudo conocer a Bolívar, a quien invariablemente y tantas veces menciona favorablemente en su obra; pues cuando llegó a Bogotá, el Libertador no se encontraba en la ciudad, urgido por los sucesos de Quito, Pisco y el Perú, y había solicitado como presidente autorización al Congreso para abandonar el territorio colombiano y dirigirse a prestar ayuda en la emancipación de las naciones hermanas.

Fruto de sus observaciones y de la lectura de las obras de Humboldt, Depons, Dauxion Lavayase, Bonnycastle, Palacio Fajardo y Mollien escribió un libro: A visit to Colombia in the years 1822-1823 by la Guayra and Caracas, over the Cordillera to Bogotá, and Thence by Magdalena to Cartagena, que fue publicado en Filadelfia por el autor en 1826, en un volumen de más de seiscientas páginas, que contiene cuarenta capítulos, tres apéndices y dos láminas.

Cuando vino a Venezuela era un hombre de 62 años y se hizo acompañar de su joven hija Isabel y de su hijastro Richard Bache hijo de su esposa en el primer matrimonio.

En un estilo directo y sin circunloquios, propio de un experto, periodista norteamericano de comienzos del siglo XIX. Duane describe asombrosamente ciudades, pueblos, personajes, gentes, paisajes y costumbres en base a notas personales, documentos de primera mano y algunos textos, como también lo harían posteriormente otros viajeros que pasaron por estas tierras, especialmente geógrafos y naturalistas y que asimismo dejaron importantes testimonios escritos.

Su hijastro Bache, publicó igualmente un interesantísimo libro sobre el mismo viaje, de proporciones menores, que contiene mapas, planos y grabados ordenado cronológicamente, escrito en un estilo menos llamativo pero más ricos en señalamientos estadísticos y ciertas observaciones que Duane no menciona, aunque éste señala que en su obra no incluyó ni siquiera la mitad de lo que hubiera podido exponer, de acuerdo con las oportunidades y materiales que estuvieron  a su alcance, acerca de la situación interior del país, su comercio interno y externo, su constitución, leyes y política, sus hombres de Estado y sus partidos, o sobre sus finanzas, economía pública, colonización y artes.

Duane confiesa que hubiese querido suministrar información sobre la Anfictionía  de Panamá, de cuyos orígenes estaba enterado mucho antes que cualquier otra persona de las que entonces vivían en los Estados Unidos. Proyectaba igualmente destinar un capitulo a la gran obra del canal para cuya construcción había presentado proporciones del gobierno de Colombia, con un respaldo de varios capitalistas, si llegará a ponerse en práctica dicha obra, añade Duane, ya que él la consideraba factible, ella haría que la comunicación entre los dos océanos fuese más libre y segura que la que se realiza por los estrechos de Sonda y Gibraltar.

Después de la batalla de Carabobo (1821) prácticamente el territorio venezolano quedó libre de tropas realistas salvo Yaguaraparo, Puerto Cabello, Coro y Maracaibo. El mariscal la Torre partió para Puerto Rico en 1822 y el mando supremo español quedó en manos del general Francisco Tomás Morales, quien puso en práctica un audaz plan de reconquista que se estrelló contra la obstinada resistencia patriota.

En el año que Duane atravesó el territorio venezolano (1822), Morales estaba merodeando en las fronteras, amenazando a Trujillo y Mérida, como pudieron comprobarlo los norteamericanos al saber que en Timotes y La Grita había cometido toda suerte de pillaje.

Boussingault, quien paso, por Mérida en estos mismos tiempos refiere el atentado con una máquina infernal que el coronel Carlos Castelli, comandante militar de la Provincia de Mérida le había solícitamente preparado a Morales. Era un barril de pólvora enterrado en el piso que debía estallar cuando el oficial español se sentase en la mesa de la sala principal de la hacienda de Estanques. Un esclavo negro, que supo el secreto, advirtió oportunamente a Morales, quien así salvo la vida. No así el pobre negro, porque una vez que el realista abandonó el sitio, Castelli lo hizo capturar y sin fórmula de juicio lo hizo fusilar, a pesar de que en sus ratos de ocio el Coronel Italiano se solazaba leyendo las obras de Horacio.

Las tropas de Morales fueron definitivamente derrotadas en la batalla naval del Lago de Maracaibo (1823) y después de una honrosa capitulación abandonaron para siempre a Venezuela. Morales fue constante, feroz, cruel y despiadado en sus veinte años de soldado como lugarteniente de Boves y Morillo. Murió a los 62 años en Las Palmas de Gran Canaria, en donde era oriundo, lleno de honores y respeto. Fue un militar afortunado y de los pocos sobrevivientes de la Guerra a Muerte.

Durante su permanencia en la ciudad de Mérida, a Duane y su familia siempre les preocupó la presencia cercana de Morales, quien se encontraba en Bailadores, y cuando salieron de Mérida fue dada una orden escrita para que se les proporcionarse una escolta.

Tanto la obra de Duane como la de su hijo adoptivo Bache fueron traducidas por Angel Rafael Villasana al castellano y publicadas por el instituto Nacional de Hipódromos (1968 y 1982). Constituyen una extraordinaria contribución a la bibliografía del país que debería ser imitada.

Aunque Caracas Mérida estaban parcialmente en ruinas debido al terremoto de 1812 y gran parte de la clase dirigente criolla había perecido o emigrado cuando la guerra a muerte, el Cnel. Duane encontró en Caracas personas muy interesantes y cultas como el general Soublette, de ascendencia francesa, quien estaba casado con una dama tan elegante en sus modales como él; la familia del general Lino de Clemente, a quien le había sido grato conocer en Filadelfia, cuya esposa e hija,  a quienes nadie superaba en belleza y gracia en el ámbito del salón de baile, también dirigían e inspeccionaban las operaciones de una plantación de café; el venerable patriota Martín Tovar, cuyos hermanos, honorable esposa e interesantes hijas sufrieron mucho por su devoción a la causa de la revolución; el señor Blandín quien poseía  una vasta hacienda en el valle de Chacao, donde sus hijas y allegados interpretaban con el arpa clásica y el violín  obras de Mozart; y el señor Lino de Clemente cuya hacienda había sido reconstruida después que los españoles la habían devastado. En todas partes fue finalmente atendido y obsequiado con exquisitos banquetes, generosos vinos, variedad de tortas y golosinas y deliciosas frutas.

En Mérida, Duane y su familia fueron alojados en la mejor casa que habían  visto desde que salieron de Valencia; era una espléndida morada con iluminados aposentos y confortables lechos. Se les sirvió una cena exquisita y un suculento desayuno, atendidos por criados y un mayordomo, y se les obsequiaron vinos de marca a escoger, enfriados en nieve traída expresamente de los heleros de la Sierra.

Fueron visitados por el Gobernador Cnel. Juan Antonio Paredes, el Alcalde que era un caballero inglés, el Comandante Militar nacido en Saboya en Italia, el Obispo y distinguidas personalidades de la ciudad y del clero secular.

La aldea de Mucabichi que Duane cita entre Mucuchíes y Tabay, debe ser en verdad Mucurubá.

General Carlos Luis Catelli.

Comandante Militar de Mérida, fusilaba negros mientras leía las obras de Horacio.

“Fue muy grato nuestro reposo en Mucuchies, donde se nos suministró ropa de cama en mayor calidad de la que requeríamos. No sin cierta renuncia, me puse de pie a las siete de la mañana, y me hubiera quedado en el lecho una hora más, demo haber sido porque la amabilidad de nuestro anfitrión nos imponía la elemental cortesía de hacerle una visita para presentarle nuestros respetos. Por cierto, que no sólo había dispuesto que se nos sirviera un desayuno tan suculento como los de Filadelfia, sino que ya el chocolate y el café, humeaban aromáticamente cuando nos sentamos en la mesa. Saboreamos aquellos platos con placentera gratitud, y supimos luego que el alcalde hacía hecho colocar en nuestras mulas cierta cantidad de huevos, junto con un par de pollos asados y lonjas de deliciosa carne de puerco asado, todo muy bien envuelto, con especial cuidado y limpieza.

Salimos de Mucuchíes a las ocho, y apenas habíamos andado unas cuantas millas cuando nos encontramos con el primer alcalde, quien regresaba a todo galope. Nos saludó muy amablemente, rogándonos que volviésemos junto con él a pasar un día en su casa, donde nos presentaría a diversas personas, cuya amistad encontraríamos tan grata como ellas a la nuestra. Nos disculpamos de no poder complacerle, y le manifestamos nuestro reconocimiento por la bondad con que nos atendiera su digno lugarteniente. Como insistió en su súplica de que lo acompañáramos durante varios días, tuve que explicarle que ya llevábamos veinte de demora en relación al tiempo de que disponía para resolver asuntos de que estaba encargado. Puede decirse que, entre los buenos alcaldes con quienes tratamos en la ruta, aquel fue prácticamente el último de ellos y sin lugar a dudas, el mejor de todos. De allí en adelante, con muy pocas excepciones y hasta que pasamos por Tunja, los demás sólo ocuparon un lugar muy secundario entre los que nos acogieron de modo especialmente hablando.

Cruzamos luego por aldea de Mucabichi (sic), en cuyas inmediaciones, al atravesar por un angosto paso entre dos montañas de escabrosas laderas, y algunos segadores en plena labor, en forma que, además de inusitada, era totalmente nueva para mí. Las cabañas, en número muy reducido, se alzaban en la parte más baja del paso. Entramos en una de ellas en busca de papas y leche, y para satisfacer la curiosidad que nos producía aquel sistema de cosechas. Desde la puerta de la cabaña una mujer dijo algo a su marido, quien, de espaldas hacia ella, sesgaba un trigo muy hermoso en la escarpada ladera de la montaña, en la cual estaba abiertos diversos peldaños que se extendían en línea uniforme y continúa por todo el frente. Comenzando por el escalón más bajo, el sesgador iba cortando las cañas del trigo allí sembrado, y que un muchacho o una chiquilla ataban en haces; luego determinar con ese peldaño, subía al siguiente, donde procedía de igual forma, y así sucesivamente hasta llegar a la cima. Las vertientes de las montañas de Mérida son famosas por su fino trigo que producen, del cual se dice que sería suficiente para abastecer a toda la república, si hubiese caminos para transportarlo. Sin embargo, los puertos quedan demasiados distantes y las vías que conducen hasta ellos son intransitables, peligrosas y de difícil acceso, cuando no faltan del todo.

TESTIMONIOS DE MÉRIDA SIGLO XIX CORONEL WILLIAM DUANE (SEGUNDA PARTE) VIAJE A LA GRAN COLOMBIA 1822-1823

 

TESTIMONIOS DE MÉRIDA

SIGLO XIX

CORONEL WILLIAM DUANE (SEGUNDA PARTE)

VIAJE A LA GRAN COLOMBIA


1822-1823

CARLOS CHALABAUD ZERPA


LA CIUDAD DE MÉRIDA LA SIERRA NEVADA

En la ruta que seguíamos, de suave declive, la presencia del trigo ya era un indicio de clima templado; sin embargo, a medida que bajábamos, el calor se hacía más intenso. Las montañas que teníamos a la izquierda torcían hacia el sureste, y eran más elevadas que las situadas a nuestra derecha, cuya base guardaba cierta  semejanza con las de los valles de Aragua, al proyectarse en promontorios de breve extensión, que sobresalían en mayor o menor grado de la cordillera principal. Mientras dábamos  vueltas en torna a uno de aquellos riscos protuberantes, observamos que el terreno a la izquierda se iba poniendo más llano y uniforme cubierto de grandes fragmentos de rocas diseminadas aquí y allá, estaba sembrado de árboles con gran profusión de flores, que les daban el aspecto de los denominados corrientemente “bola de nieve” (Hydrambea hortensis). El paso lento entre las rocas que se alzaban a la izquierda del camino y el farallón a la derecha, se había tornado muy angosto, al salir de él, vimos varias pequeñas chozas de grato aspecto, bañadas por el sol, y a cuyo frente crecían floridos algodoneros. Una chiquilla de ocho a diez años de edad cruzó saltando el camino al acercarnos nosotros, y comenzó a subir, con la agilidad de una cabra, por las rocas al pie de aquellos árboles, sembrados en estrechos intervalos entre una y otra. La planta tenía aproximadamente la altura de un manzano común, pero de tallo muy erguido; entre el suelo y las ramas inferiores habrían unos cinco pies. Eran variables tanto en extensión como la altura de las ramas, cuya figura rematada más bien en forma oval, que en cono agudo. Al ver que la chiquilla levaba dos pequeños cestos en el brazo donde iba colocando aparte las flores que cogía, hice alto hasta que hubo concluido su tarea y la seguía a través del campo. Las flores recogidas hasta llenar los cestos eran de dos clases: uno de ellos contenía las cápsulas de algodón, ya maduras, que sólo requerían exponerse al sol para desprenderlo y limpiarlo; en el otro habían sido separadas las que estaban menos hechas, y que luego habrían de ponerse una sobre una capa de algodón limpio, blanco como la nieve, hasta que se completara su proceso de maduración bajo la luz solar. La muchacha acompañada de otras mujeres se sentó sobre una estera y continuó sus labores con gran despreocupación. Con los pulgares abría dos cápsulas al mismo tiempo, mientras con el índice hacía caer las semillas en un cesto colocado al efecto. Luego tomaba, con el producto de cada cápsula, una capa larga y delgada, sobre la cual iba acumulando otras en orden sucesivo; cuando la pila alcanzaba el tamaño deseado, la retorcía en forma de nudo, la colocaba al lado de las otras, y la tapaba.

Aun cuando estos no eran los primeros algodoneros que contemplaba durante la ruta, hasta entonces no los había  observado con tanto detenimiento. De no andar con los tratados de botánica son muy deficientes en lo que respecta a las informaciones que traen sobre dicha planta. En algunos de ellos se  expresan ciertas dudas de que el algodón sea producto por árboles de altura igual a la del manzano corriente, por ser anual la planta que lo produce en Macedonia y en los Estados Unidos. Es evidente que el algodonero se beneficiaría con procedimientos agrícolas más cuidadosos, pero actualmente no es objeto de cultivo alguno; el árbol nace de la semilla, y al alcanzar la madurez, se convierte en productor perpetuo, además de las dos cosechas anuales, la de primavera y la de otoño.

La etapa siguiente de nuestro viaje era la aldea de Tabay, situada en una planicie en declive que se extendía a nuestros pies, mientras a lo lejos, y a la izquierda, el turbulento Chama saltaba por sobre rocas, lleno de estrépito y espuma al precipitarse hacia el suroeste. Llegamos a Tabay a las dos, y allí almorzamos con las provisiones que llevábamos, como la atmósfera  era calidad, decidimos no seguir viaje hasta las cuatro, de modo que casi anochecía cuando llegamos al seco cauce del río Mucujún, cuyas fuentes están hacia el poniente, y que, en la estación lluviosa, descarga sus crecidas aguas en el Chama. La altiplanicie que sirve de asiento a Mérida, tiene como límite oriental este río, y para llegar a la ciudad se hace necesario remontar durante cierto trecho el valle del Mucujún, a fin de ganar el amplio sendero abierto en  una loma perpendicular, por donde se va ascendiendo gradualmente hasta la parte superior de la planicie, que se encuentra según fuimos informados, a más de doscientos cuarenta pies sobre la llanura desde la cual subimos.

El sargento se encaminó hacia la ciudad, que se divisaba a una distancia aproximada de una milla, y nosotros le seguimos, y ya sabemos de que en Mérida residían el gobernador y el estado mayor de la guarnición. El gobernador Paredes ordenó que se nos albergara en una esplendida  morada, en cuyos iluminados aposentos nos aguardaban cómodos lechos para todos nosotros. Una hora después de llegar, se nos sirvió una vena exquisita en una ancha mesa cubierta por fino mantel de damasco. Nos atendieron los propios criados del gobernador, y el mayordomo nos dijo que complaceríamos al general pidiendo la marca del vino que fuese de nuestra preferencia. Uno de sus  edecanes, quien nos acompañó en la mesa, pasó la velada con nosotros, y al presentarnos a nombre del gobernador sus felicitaciones por el  feliz viaje que habíamos efectuado, nos comunicó que dicho funcionario vendría a visitarnos al día siguiente. A eso de las diez nos retiramos a descansar.

La casa que ocupamos en Mérida pertenecía al Estado, y era la mejor conservada que habíamos visto después de nuestra salida de Valencia. Como el techo era confortable, y yo sentía gran necesidad de reposo, no tenía la menor intención de levantarme temprano, pero apenas habría amanecido cuando me despertaron súbitamente gritos de “Fire, fire, fire” (incendio o fuego), voceados con tanta claridad como los que suelen  oírse en Filadelfia. Me puse en pie precipitadamente, sin acertar por el momento a precisar el lugar donde me hallaba, y sólo después de asomarme a la ventana que daba a un patizuelo. Donde me acordé que me encontraba  en Mérida. Ya volvía la espalda, todavía medio  adormilado, cuando la misma voz chilló: “Coronel Todd!, Coronel Todd!” Como yo sabía que el coronel estaba para entonces en Bogotá, mi semblante debió reflejar de pronto lo corrido, que me sentí al caer en la cuenta de que me había dejado sorprender por un loro. En efecto. Y cuando pasó por Mérida hacia Bogotá, el coronel Todd se había alojado en la misma residencia; durante los días en que estuvo que demorarse allí (a causa de una indisposición de Mr. Adams) su secretario el coronel Lyster, oficial del ejército de Colombia, enseñó traviesamente al loro a pronunciar esas palabras. Había un par de dichas aves, ciertamente muy divertidas, sus diálogos , en los que imitan la colérica discusión de dos mujeres, tenían un efecto muy cómico por lo apropiado de las palabras y del tono. Aquel reposo dominical me sentó admirablemente , y después de cambiar por completo de indumentaria –pues aquí el clima es tan templado como en Caracas- me distraje en escribir algunas cartas para gentes de mi país, así como para  amigos en Caracas y ores regiones. En el desayuno se nos sirvió café y chocolate, buena crema, pan de excelente calidad y frutas abundantes y exquisitas, que yo prefería a todo lo demás. A las dos de la tarde recibimos la visita del gobernador, acompañado de su séquito, y nos dispensó el honor de almorzar con nosotros.

Desde la ventana del comedor, y directamente hacía el sur, se alzaba ante nuestros ojos la Sierra Nevada de Mérida, con tanta nitidez que daba la impresión de estar a menos de dos millas de distancia. Aunque la nieve nunca está ausente de sus altísimos picachos, para aquel momento había quedado al descubierto, en mayor medida que de ordinario, la cara suroccidental de la serranía, y se distinguía su negra superficie. En el límite de la nieve se destacaban claramente enormes peñascos, cuyo perfil era acentuado por la siembra de sus bordes verticales. Parecía que hubiera ocurrido un desprendimiento en aquellos enormes precipicios , y que las rocas que cedieron se habían despeñado más abajo, donde también eran visibles. En la tarde anterior el gobernador había enviado arrieros y mulas para traer nieve de aquellas alturas. El hielo, puesto en bandejas sobre la mesa, hizo más gustoso el excelente vino que paladeamos, el cual resultaba singularmente apetecible y delicioso a causa de la templada temperatura de la ciudad. Se estima que las blanqueadas cumbres de la  sierra quedan a unas cinco millas en línea recta: pero la distancia efectiva del recorrido hasta la línea de congelación es de siete.

El alcalde era un caballero inglés, el mayor Hodgkinson, quien había servido en varias campañas, tenía un carácter comunicativo y no favoreció con toda suerte de atenciones. El comandante militar de la provincia, el coronel Carlos Castelli, nativo de la Saboya, los movimientos de tropas de Morales. Nos hizo una visita, manifestándonos que el gobernador temía que pudieran presentársenos algunas dificultades en el camino, pues se suponía que el general español había ocupado posiciones en la única ruta que podíamos utilizar para nuestro viaje; que si preferiríamos demorarnos algún tiempo en Mérida, ello significaría un tiempo en Mérida, ello significaría un placer para el gobernador, pero que en caso contrario se nos asignaría una escolta, a cuyo efecto me daría una orden para el comandante de San Juan de Lagunillas a fin de que suministrase los soldados requeridos y que ella sería igualmente valedera para los  comandantes de las sucesivas plazas hasta que llegásemos a Pamplona. Dicha orden nos fue entregada amablemente, en vísperas de nuestra partida, por el propio coronel Castelli, quien se vio obligado a salir entes que nosotros con el objeto de allegar tropas que se unieran con las emplazadas más  al sur, para expulsar de la provincia  al  enemigo.

Fuimos informados con la visita de varias distinguidas personalidades, entre ellas muchas del clero secular, quienes se mostraron ardientes partidarios de la revolución y muy interesados en obtener informaciones acerca de los Estados Unidos. Se manifestaron un tanto sorprendidos cuando les dijimos, en contestación a sus preguntas, que a pesar de existir allí tantas sectas religiosas, todas vivían en perfecta armonía, y que el clero no llevaba ningún traje especial que lo distinguiera de los legos; que, los sacerdotes católicos vestían en forma análoga a los de otras sectas, y que el Congreso, el cual tenía capellanes a su servicio, los elegía sin discriminación alguna; católicos y calvinistas, luteranos y unitarios. Esto último les produjo gran asombro, y especialmente el hecho de que las discusiones doctrinarías no provocaran graves disensiones, intervención de las autoridades públicas ni animosidad entre los contendientes, al menos en mayor grado que cualesquiera otros debates de índole civil o política. Añadí que por haber otra explicación más convincente, ello debía atribuirse a  efecto del sistema representativo que, fundado en la igualdad de los hombres dentro de la sociedad, establecía separación entre los asuntos del otro mundo y los de aquél en que vivíamos; y así, al dejar que cada quien sólo tuviese que rendir cuentas ante el cielo de sus opiniones religiosas, los hombres se tomaban más tolerantes y liberales, ya que sus convicciones de tipo sectario no ejercían ninguna influencia para darle mayor o menor valimiento, en relación con las de los demás conciudadanos a su capacidad efectiva de sufragio. También revelaron singular admiración cuando les refería que el Dr. Franklin había sido propuesto como candidato para primer obispo católico de los Estados Unidos, y que ya había recibido del Papa el respectivo nombramiento. Varios de los ciudadanos presentes aplaudieron aquellas instituciones que propiciaban una concordia tan general, y fueron apoyados por algunos de los clérigos. Uno de estos le dijo a otro de sus colegas: “¿Qué pensaría Fulano de Tal, si escuchara semejante cosa?”.

Algunas damas de la ciudad vinieron a visitar a mi hija, y la invitaron a que pasara cierto tiempo en Mérida. Para tratar de convencerla, le aseguraron que no hallaría ninguna otra comarca de la república de Colombia que fuese tan hermosa como la de Mérida, ni que disfrutara de clima tan benigno. En efecto. El termómetro marcaba en esos días 70°. Fahrenheit, o sea una temperatura inferior a la de Caracas, donde la media es 78, la cual registraba 68 en Bogotá cuando estuvimos en dicha ciudad.

Al consignar el curioso aspecto que ofrecían los ribazos del Motatán, hice alusión a la altiplanicie de Mérida y a sus escarpadas laderas. La ciudad está construida más o menos a milla y media del extremo meridional de la planicie, enfrente del cual al impetuoso Chama corre su quebrado cauce, en dirección al suroeste, al pie de la sierra cubierta de nieve. Si bien las calles de Mérida, que se cruzan en ángulo recto, son muy estrechas, por su centro corre un arroyo de límpidas aguas, para cuya conducción existen canales muy bien trazados de dos o más pies de ancho, recubierto por baldosas en los distintos cruces, que le dan a la ciudad gran frescura y limpieza. No vi ninguna casa que tuviera más de un piso, y todavía estaban intactas las ruinas producidas por el terremoto de 1812, las cuales sólo habían sido removidas de las calles. Unas cuantas semanas antes de nuestra llegada habían sido exhumados, para darles religiosa sepultura a los restos del obispo, quien  quedó enterrado entre los escombros, junto con todo el cabildo eclesiástico, al derrumbarse, los muros de tierra de su templo. Las paredes de las casas de igual que en las demás regiones del país, son de tapia, o sea de tierra apisonada hasta darle forma a los muros. Las cifras sobre la mortalidad producida por el sismo han sido aquí tan abultadas como las referencias a Caracas; y la  diferencia entre la cifra actual de población y la existente antes del movimiento, aunque los fanáticos enemigos de la emancipación se hayan esforzado en llevar a los ánimos la impresión de que aquél fue una señal de la venganza divina contra la revuelta  de las colonias. Lo cierto es que esta ciudad ha padecido considerablemente a consecuencia de las depredaciones cometidas por los españoles, y que una gran parte de los vecinos ya se habían trasladado  a los valles surorientales, meridionales y occidentales antes de ocurrir el terremoto. Ahora bien, se ha insistido en achacar a las muertes ocasionadas por este último la disminución de la población, lo que sólo obedece en realidad a dichas migraciones internas. Debo hacer constar que siempre he tratado de “determinar cifras demográficas aproximadas en los parajes recorridos por mí, pero es evidente que, en materia de información tan importante, no puede prestarse entera confianza a los resultados obtenidos de investigaciones efectuadas necesariamente en forma transitoria y eventual.

TESTIMONIOS DE MÉRIDA SIGLO XIX CORONEL WILLIAM DUANE VIAJE A LA GRAN COLOMBIA 1822-1823

 

TESTIMONIOS DE MÉRIDA

SIGLO XIX

CORONEL WILLIAM DUANE

VIAJE A LA GRAN COLOMBIA

1822-1823

(TERCERA PARTE)

VIAJE A LA GRAN COLOMBIA

MÉRIDA, POBLACIÓN,

ESTADÍSTICAS

CARLOS CHALABAUD ZERPA


La cifra de población han sido durante la revolución, y aún continúan siéndolo, fluctuantes; y durante algún tiempo habrán de seguir revistiendo esta característica. Bajo la monarquía se aplicó el mismo sistema empleado por los ingleses en Irlanda hasta fines de siglo pasado, o sea procurar cautelosamente que los habitantes desconocieran su número exacto, haciéndoles creer que no llegaban ni a la tercera parte de la población efectiva. Por su lado, el gobierno de España era también víctima de engaño a este respecto, por existir intereses locales que no le permitían obtener una apreciación correcta. Por ejemplo,, bajo el régimen hispano existió siempre una especie de organización de milicias, a cuyo efecto se destacaban capitanes en diversas zonas con la misión de elaborar una nómina de todos los súbditos varones cuya edad estuviese comprendida entre los catorce y los cincuenta años: etas nóminas servían de base para proceder a los reclutamientos que pudieran requerirse con urgencia. Pues bien, como nadie quería aparecer en tales listas, los capitanes de zona percibían muy lucrativas ventajas con motivo de tan extrema renuencia, cobrando determinadas sumas por no registrar los nombres de aquellas personas que estaban en capacidad económica para pagar la omisión, y este abuso se habría generalizado considerablemente.

 

viernes, 9 de octubre de 2026

LOS DOS JUANES. CONQUISTA Y RIVALIDAD.

 














HISTORIA DE MERIDA CAPÍTULO SEGUNDO LOS CONQUISTADORES Carlos Chalbaud Zerpa

 HISTORIA DE MERIDA

CAPÍTULO SEGUNDO

LOS CONQUISTADORES

Carlos Chalbaud Zerpa

Los Dos JUANES



Son Juan Rodríguez Suárez y Juan Maldonado, no obstante el odio eterno que entre sí se dispensaban, los dos fundadores de la ciudad donde vivimos.

Juan Rodríguez Suárez, natural de Mérida de Extremadura de España, debió venir muy mozo a América, porque en el año de 1540 subió con una expedición de Conquistadores a Santa Fe de Bogotá, remontando las aguas del gran río de la Magdalena. Estuvo en todas las conquistas de su tiempo y fue uno de los primigenios pobladores de Pamplona. Era un hombre de una constitución física y un valor verdaderamente extraordinarios.

De aquella tierra extremeña, áspera y pobre, con ciudades ruinosas, murallas, acueductos romanos y nidos de cigüeñas, vinieron a las Indias los más bravos capitanes.

Eran hombres indigentes, sin ningún título nobiliario, analfabetos, crueles, codiciosos y valientes que cuidaban marranos en las praderas

Un día bajaron hacia Sevilla, atraídos por las noticias del oro, la plata y las perlas que abundaban en el Nuevo Mundo.

Se llamaban Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Diego García de Paredes, Juan Rodríguez Suárez.

Partieron de pequeñas poblaciones y minúsculos villorrios, asentados sobre estériles dehesas, que se conocían como Badajoz, Cáceres, Medellín, Trujillo y Mérida.

Juan Maldonado, por el contrario, no era extremeño, sino originario de un pueblo de la provincia de Ávila. Fue encarnizado e de Rodríguez Suárez y valido del Gobernador Ortún Velázquez de Velasco, con cuya hija estaba desposado. Fundó también la ciudad de San Cristóbal en 1561.

Una falsa conseja, como era la suposición de que en el territorio de las Sierras Nevadas existían abundantes minas de oro y plata, despertó en los españoles aposentados en el Nuevo Reino de Granada ansias de ambición sed de aventuras; y fue así como se comisionó al capitán Juan Rodríguez Suárez, quien por aquellos tiempos se desempeñaba como Alcalde Ordinario de Pamplona, para que procediese a explorar y reconocer la extensión sierra.

Después de largas marchas mil penalidades, al frente de 70 hombres, se encontró en un día de octubre de 1558, con una población indígena organizada que llamó La Guazábara, en jurisdicción de los mucujunes yulaquíes, y que distaba cerca de una legua de la laguna de Yoama. Los moradores del poblado, pacíficos e ingenuos dieron grandes muestras de amistad al llamado Capitán de la Capa Roja. Eran aquellos aborígenes agricultores por naturaleza y poseían un alto sentido conservacionista que los españoles se encargaron de destruir. Sus cultivos los efectuaban en terrazas o andenes como convenía a las faenas agrícolas y lo pautaba el uso racional de la tierra en las altas montañas.

Mucho no tardó Jamuen, Cacique de los julaquíes, en descubrir las aviesas intenciones de los españoles e inició acciones hostiles que les obligaron a aposentarse más arriba, en La Punta de la meseta de los Tatuves

En conocimiento del Ayuntamiento de Pamplona las actuaciones no autorizadas de Rodríguez Suárez, comisionó con plenos poderes a su mortal enemigo el capitán Juan Maldonado para que procediese a elevar la queja, de fundar pueblos y hacer caudillos, ante la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá y levantar Juicio Criminal contra el Conquistador de las Sierras Nevadas.

Efectivamente, Rodríguez Suárez le había trocado al poblado de La Guazábara el nombre por el de ciudad de Mérida y de su propia autoridad le nombró Ayuntamiento. Trazó la Plaza Mayor, repartió tierras e indios entre sus compañeros y levantó una horca como símbolo de la Real Justicia.

Se le acusará de mandar arbitrariamente y así mismo hacerse obedecer, nombrando haciendo caudillos de sus manos y pregonando que habría de fundar pueblos: y al hallar indios guerreaba con ellos y prometía a sus hombres hacer repartos de estos de las tierras de su propiedad. Se le enrostra el delito de fundar ciudades sin autorización real ni permiso alguno, de nombrar gobierno sin tener asentado ningún pueblo y verificar repartición de tierras y ayuntamientos de indios sin ninguna facultad. Su autoridad era irrestricta, maltrataba a sus subalternos su crueldad era excesiva.

Con ochenta soldados que juntó en la ciudad de Santa Fe y. de paso en la de Pamplona, provisto de muchas armas caballos, se presentó Maldonado un mal día en la recién fundada Mérida. ya trasladada a La Punta. Entre sus capitanes aparece por primera vez Hernando Cerrada.

Rodríguez Suárez. Los recibe en compañía de su íntimo amigo Pedro García Gaviria, el segundo de la jornada aventurera. Se deja hacer preso y remitir a Santa Fe, pues espera demostrar fácilmente su inocencia. Si hubiese sospechado los cargos que se le harían, se habría indudablemente resistido, con la espada blandida; y tan vesánicos capitanes de seguro hubiesen protagonizado una guerra civil, como la que tres siglos más tarde personificaron, con todas sus funestas y dramáticas consecuencias, don Vicente Campo Elías don José Tomás Boyes, cuando la Guerra a Muerte hubo de enfrentarlos en Mosquiteros, La Puerta y San Mateo,

Mientras Caballero de la Capa Roja era trasladado a Bogotá a fin de que enfrentara el proceso criminal incoado, comendador Martín López por instrucciones de Maldonado, trasladará la errante e inexistente Mérida a la meseta de Tatuy i la denominará San Juan de las Nieves, ‘y que es el mismo sitio donde hoy está poblada.

A la postre prevalecería la denominación de Mérida, sin prefijos ni adjetivos, tal como la había bautizado originariamente Rodríguez Suárez, en cuerdo de su ciudad natal.

En el mes de marzo de 1560, en Santa Fe de Bogotá, se condenará al primitivo fundador de Mérida a ser arrastrado por la cola de un caballo por s calles públicas hasta que muera y luego llevado al rollo donde debe ser icho cuatro cuartos.

La buena estrella de Juan Rodríguez Suárez, en connivencia con el Obispo ay Juan Carlos de los Barrios y otros fieles servidores de la virilidad de su espada, permiten al capitán español burlar la justicia de la Nueva Granada, como tránsfuga por la Sierra de sus sueños”.

 

Cabalgó el buen Juan Rodríguez

Cual solía cabalgar!

Ya va la ruta de Mérida 

caballero en su alazán 

buscando va sus amigos 

buscando la su ciudad

y corre con tanta prisa

que deja el viento detrás...

 


Perseguido implacablemente por sus crueles enemigos. el Capitán de la Capa Roja, cabalgando un brioso potro, traspasa los limites hasta donde llega el poder de la Real Audiencia bogotana y se refugia, pidiendo asilo, en la recién fundada Trujillo, donde lo acoge su amigo y coterráneo Diego García Paredes.

Con tres muchachos habidos en una india, dos varones y una hembra, de cuales el mayor apenas era un mozuelo que no llegaba a los quince años, se pone a las órdenes de don Pablo Collado, Gobernador de Venezuela y se adentra tras el rumbo del mestizo Francisco Fajardo, para combatir a Guaicaipuro en los desconocidos territorios que más tarde configurarían la Provincia de Caracas.

n una silenciosa emboscada, que le preparan los aborígenes, pierde casi todos sus hombres y hasta sus pequeños hijos.

Sobre los escombros de un hato que levantan Fajardo, en el mes de agosto de 1561 Juan Rodríguez Suárez erigirá la Villa de San Francisco, entre las quebradas del Caroata y el Catuche, exactamente en el mismo sitio donde Diego de Lozada, seis años más tarde, fundará la ciudad de Santiago de León de Caracas.

Es así como el Capitán Conquistador extremeño se convierte en el primitivo fundador de dos de las más importantes ciudades venezolanas.

Una agorera noticia llena ahora de zozobra a los nuevos pobladores. No son ya Guaicaipuro ni Paramaconi, ni Terepaima quienes se levantan en armas contra los invasores. Desde la Isla de Margarita y rumbo a Borburata avanza Lope de Aguirre, El Peregrino, también conocido como El Tirano.

Con un puñado de feroces marañones navega en abierta rebeldía contra el Rey don Felipe, el Prudente.

Rodríguez Suárez es enviado inmediatamente a combatirlo en compañía de sus valientes soldados.

Es entonces cuando El Tirano le escribe aquella célebre carta a Francisco Fajardo, rogándole y persuadiéndole que dejase de servir al Rey y se viniese a confederar con los marañones.

“He tenido noticia, dícele Aguirre, del brío y coraje que asisten a vuestra merced y he sabido así mismo que las dichas cualidades las usa vuestra merced con la espada en la mano para defender la causa del Rey vuestro señor, lo cual me conturba y apesara. Se muestra orgulloso vuestra merced por ser hijo de una cacica india y dice amar tiernamente a la gente de su raza, ¿mas, cómo puede hacerlo sirviendo a quienes dan esclavitud, tormento y muerte a sus hermanos de sangre? Los capitanes y ministros del Rey que oprimen estos lugares de Venezuela, alimentan sus perros con entrañas de los indios que se las sacan vivos, atan a sus prisioneros a los árboles y luego los queman, los entierran en la arena hasta el cuello y los dejan morir de sed, los arrastran amarrados a la cola de un caballo, les asan los pies y manos con plomo derretido, los descuartizan y empalan con increíble saña, todo lo cual vio vuestra merced por vista de ojos cuando lo hizo en su presencia el malva do extremeño Juan Rodríguez Suárez. Yo convido a vuestra merced a cobijarse bajo nuestra bandera y pelear juntos contra el rey español, procurando alcanzar la libertad de los indios, de los negros y de todos los hombres humanos que en esta parte del mundo viven...”

El destino impedirá que el Capitán de la Capa Roja y Lope de Aguirre, El Peregrino, midan sus fuerzas.

Los caciques de los caracas, teques y taramainas, una vez más fortalecidos, en la espesura de la selva esperan pacientes y confiados el paso de Rodríguez Suárez y su gente.

De improviso, de todas partes surgen guerreros aborígenes y llueven flechas, y después de tres días de lucha muy reñida, el Capitán y sus camaradas son implacablemente exterminados.

Los conquistadores se fueron extinguiendo poco a poco. Aquella generación violenta, sanguinaria, heroica, dirá Rufino Blanco Fombona, que había vivido con el hierro en la mano, murió, puede decirse, con el hierro en el pecho, ya en guerra con los indios, ya en guerras de unos contra otros, ya ajusticiados por el Gobierno español.

“Los más fieles, aunque no los más ilustres, fueron artimañosamente puestos a distancia de toda actividad política y militar. Otros pasaron el resto de su vida oscuramente, solicitando mercedes reales y probando, para tratar de obtenerlas, los méritos contraídos durante la conquista”.

No era Rodríguez Suárez de aquellos hombres que se doblegaban ante el Rey para mendigar favores que les permitiesen una vejez sin privaciones: un honroso retiro militar o una jugosa jubilación, como diríamos hoy.

Escapado de la Justicia Real y también de perecer en una contienda civil contra sus propios compañeros de aventuras, no tenía otro destino que morir con el hierro en el pecho en guerra contra los indios.

Correrán silenciosamente los años.

Y desaparecidos los dos Juanes Conquistadores, en la puebla erigida al pie de la Sierra Nevada se mantendrá vivo el rencor que entre si se profesaban.

Lo alimentarán, al calor de la pasión de la sangre hispánica, durante siglos, los hijos y los nietos de sus compañeros de aventuras que se llamarán Gavinas y Cerradas.

Estos dos bandos irreconciliables serán, en el transcurrir del tiempo, los realistas y patriotas, los godos y liberales, los legalistas y continuistas, centralistas y federales, anverso y reverso de la misma medalla, que dirimirán a plomo las cosas materiales.

Y en nuestros tiempos actuales, utilizando la prensa, como Juan Cerrada y Juan Gaviria, serán la expresión regional de pugnas partidistas entre copeyanos y adecos por mantenerse en el Poder.