viernes, 23 de octubre de 2026

TESTIMONIOS DE MÉRIDA SIGLO XIX CORONEL WILLIAM DUANE (SEGUNDA PARTE) VIAJE A LA GRAN COLOMBIA 1822-1823

 

TESTIMONIOS DE MÉRIDA

SIGLO XIX

CORONEL WILLIAM DUANE (SEGUNDA PARTE)

VIAJE A LA GRAN COLOMBIA


1822-1823

CARLOS CHALABAUD ZERPA


LA CIUDAD DE MÉRIDA LA SIERRA NEVADA

En la ruta que seguíamos, de suave declive, la presencia del trigo ya era un indicio de clima templado; sin embargo, a medida que bajábamos, el calor se hacía más intenso. Las montañas que teníamos a la izquierda torcían hacia el sureste, y eran más elevadas que las situadas a nuestra derecha, cuya base guardaba cierta  semejanza con las de los valles de Aragua, al proyectarse en promontorios de breve extensión, que sobresalían en mayor o menor grado de la cordillera principal. Mientras dábamos  vueltas en torna a uno de aquellos riscos protuberantes, observamos que el terreno a la izquierda se iba poniendo más llano y uniforme cubierto de grandes fragmentos de rocas diseminadas aquí y allá, estaba sembrado de árboles con gran profusión de flores, que les daban el aspecto de los denominados corrientemente “bola de nieve” (Hydrambea hortensis). El paso lento entre las rocas que se alzaban a la izquierda del camino y el farallón a la derecha, se había tornado muy angosto, al salir de él, vimos varias pequeñas chozas de grato aspecto, bañadas por el sol, y a cuyo frente crecían floridos algodoneros. Una chiquilla de ocho a diez años de edad cruzó saltando el camino al acercarnos nosotros, y comenzó a subir, con la agilidad de una cabra, por las rocas al pie de aquellos árboles, sembrados en estrechos intervalos entre una y otra. La planta tenía aproximadamente la altura de un manzano común, pero de tallo muy erguido; entre el suelo y las ramas inferiores habrían unos cinco pies. Eran variables tanto en extensión como la altura de las ramas, cuya figura rematada más bien en forma oval, que en cono agudo. Al ver que la chiquilla levaba dos pequeños cestos en el brazo donde iba colocando aparte las flores que cogía, hice alto hasta que hubo concluido su tarea y la seguía a través del campo. Las flores recogidas hasta llenar los cestos eran de dos clases: uno de ellos contenía las cápsulas de algodón, ya maduras, que sólo requerían exponerse al sol para desprenderlo y limpiarlo; en el otro habían sido separadas las que estaban menos hechas, y que luego habrían de ponerse una sobre una capa de algodón limpio, blanco como la nieve, hasta que se completara su proceso de maduración bajo la luz solar. La muchacha acompañada de otras mujeres se sentó sobre una estera y continuó sus labores con gran despreocupación. Con los pulgares abría dos cápsulas al mismo tiempo, mientras con el índice hacía caer las semillas en un cesto colocado al efecto. Luego tomaba, con el producto de cada cápsula, una capa larga y delgada, sobre la cual iba acumulando otras en orden sucesivo; cuando la pila alcanzaba el tamaño deseado, la retorcía en forma de nudo, la colocaba al lado de las otras, y la tapaba.

Aun cuando estos no eran los primeros algodoneros que contemplaba durante la ruta, hasta entonces no los había  observado con tanto detenimiento. De no andar con los tratados de botánica son muy deficientes en lo que respecta a las informaciones que traen sobre dicha planta. En algunos de ellos se  expresan ciertas dudas de que el algodón sea producto por árboles de altura igual a la del manzano corriente, por ser anual la planta que lo produce en Macedonia y en los Estados Unidos. Es evidente que el algodonero se beneficiaría con procedimientos agrícolas más cuidadosos, pero actualmente no es objeto de cultivo alguno; el árbol nace de la semilla, y al alcanzar la madurez, se convierte en productor perpetuo, además de las dos cosechas anuales, la de primavera y la de otoño.

La etapa siguiente de nuestro viaje era la aldea de Tabay, situada en una planicie en declive que se extendía a nuestros pies, mientras a lo lejos, y a la izquierda, el turbulento Chama saltaba por sobre rocas, lleno de estrépito y espuma al precipitarse hacia el suroeste. Llegamos a Tabay a las dos, y allí almorzamos con las provisiones que llevábamos, como la atmósfera  era calidad, decidimos no seguir viaje hasta las cuatro, de modo que casi anochecía cuando llegamos al seco cauce del río Mucujún, cuyas fuentes están hacia el poniente, y que, en la estación lluviosa, descarga sus crecidas aguas en el Chama. La altiplanicie que sirve de asiento a Mérida, tiene como límite oriental este río, y para llegar a la ciudad se hace necesario remontar durante cierto trecho el valle del Mucujún, a fin de ganar el amplio sendero abierto en  una loma perpendicular, por donde se va ascendiendo gradualmente hasta la parte superior de la planicie, que se encuentra según fuimos informados, a más de doscientos cuarenta pies sobre la llanura desde la cual subimos.

El sargento se encaminó hacia la ciudad, que se divisaba a una distancia aproximada de una milla, y nosotros le seguimos, y ya sabemos de que en Mérida residían el gobernador y el estado mayor de la guarnición. El gobernador Paredes ordenó que se nos albergara en una esplendida  morada, en cuyos iluminados aposentos nos aguardaban cómodos lechos para todos nosotros. Una hora después de llegar, se nos sirvió una vena exquisita en una ancha mesa cubierta por fino mantel de damasco. Nos atendieron los propios criados del gobernador, y el mayordomo nos dijo que complaceríamos al general pidiendo la marca del vino que fuese de nuestra preferencia. Uno de sus  edecanes, quien nos acompañó en la mesa, pasó la velada con nosotros, y al presentarnos a nombre del gobernador sus felicitaciones por el  feliz viaje que habíamos efectuado, nos comunicó que dicho funcionario vendría a visitarnos al día siguiente. A eso de las diez nos retiramos a descansar.

La casa que ocupamos en Mérida pertenecía al Estado, y era la mejor conservada que habíamos visto después de nuestra salida de Valencia. Como el techo era confortable, y yo sentía gran necesidad de reposo, no tenía la menor intención de levantarme temprano, pero apenas habría amanecido cuando me despertaron súbitamente gritos de “Fire, fire, fire” (incendio o fuego), voceados con tanta claridad como los que suelen  oírse en Filadelfia. Me puse en pie precipitadamente, sin acertar por el momento a precisar el lugar donde me hallaba, y sólo después de asomarme a la ventana que daba a un patizuelo. Donde me acordé que me encontraba  en Mérida. Ya volvía la espalda, todavía medio  adormilado, cuando la misma voz chilló: “Coronel Todd!, Coronel Todd!” Como yo sabía que el coronel estaba para entonces en Bogotá, mi semblante debió reflejar de pronto lo corrido, que me sentí al caer en la cuenta de que me había dejado sorprender por un loro. En efecto. Y cuando pasó por Mérida hacia Bogotá, el coronel Todd se había alojado en la misma residencia; durante los días en que estuvo que demorarse allí (a causa de una indisposición de Mr. Adams) su secretario el coronel Lyster, oficial del ejército de Colombia, enseñó traviesamente al loro a pronunciar esas palabras. Había un par de dichas aves, ciertamente muy divertidas, sus diálogos , en los que imitan la colérica discusión de dos mujeres, tenían un efecto muy cómico por lo apropiado de las palabras y del tono. Aquel reposo dominical me sentó admirablemente , y después de cambiar por completo de indumentaria –pues aquí el clima es tan templado como en Caracas- me distraje en escribir algunas cartas para gentes de mi país, así como para  amigos en Caracas y ores regiones. En el desayuno se nos sirvió café y chocolate, buena crema, pan de excelente calidad y frutas abundantes y exquisitas, que yo prefería a todo lo demás. A las dos de la tarde recibimos la visita del gobernador, acompañado de su séquito, y nos dispensó el honor de almorzar con nosotros.

Desde la ventana del comedor, y directamente hacía el sur, se alzaba ante nuestros ojos la Sierra Nevada de Mérida, con tanta nitidez que daba la impresión de estar a menos de dos millas de distancia. Aunque la nieve nunca está ausente de sus altísimos picachos, para aquel momento había quedado al descubierto, en mayor medida que de ordinario, la cara suroccidental de la serranía, y se distinguía su negra superficie. En el límite de la nieve se destacaban claramente enormes peñascos, cuyo perfil era acentuado por la siembra de sus bordes verticales. Parecía que hubiera ocurrido un desprendimiento en aquellos enormes precipicios , y que las rocas que cedieron se habían despeñado más abajo, donde también eran visibles. En la tarde anterior el gobernador había enviado arrieros y mulas para traer nieve de aquellas alturas. El hielo, puesto en bandejas sobre la mesa, hizo más gustoso el excelente vino que paladeamos, el cual resultaba singularmente apetecible y delicioso a causa de la templada temperatura de la ciudad. Se estima que las blanqueadas cumbres de la  sierra quedan a unas cinco millas en línea recta: pero la distancia efectiva del recorrido hasta la línea de congelación es de siete.

El alcalde era un caballero inglés, el mayor Hodgkinson, quien había servido en varias campañas, tenía un carácter comunicativo y no favoreció con toda suerte de atenciones. El comandante militar de la provincia, el coronel Carlos Castelli, nativo de la Saboya, los movimientos de tropas de Morales. Nos hizo una visita, manifestándonos que el gobernador temía que pudieran presentársenos algunas dificultades en el camino, pues se suponía que el general español había ocupado posiciones en la única ruta que podíamos utilizar para nuestro viaje; que si preferiríamos demorarnos algún tiempo en Mérida, ello significaría un tiempo en Mérida, ello significaría un placer para el gobernador, pero que en caso contrario se nos asignaría una escolta, a cuyo efecto me daría una orden para el comandante de San Juan de Lagunillas a fin de que suministrase los soldados requeridos y que ella sería igualmente valedera para los  comandantes de las sucesivas plazas hasta que llegásemos a Pamplona. Dicha orden nos fue entregada amablemente, en vísperas de nuestra partida, por el propio coronel Castelli, quien se vio obligado a salir entes que nosotros con el objeto de allegar tropas que se unieran con las emplazadas más  al sur, para expulsar de la provincia  al  enemigo.

Fuimos informados con la visita de varias distinguidas personalidades, entre ellas muchas del clero secular, quienes se mostraron ardientes partidarios de la revolución y muy interesados en obtener informaciones acerca de los Estados Unidos. Se manifestaron un tanto sorprendidos cuando les dijimos, en contestación a sus preguntas, que a pesar de existir allí tantas sectas religiosas, todas vivían en perfecta armonía, y que el clero no llevaba ningún traje especial que lo distinguiera de los legos; que, los sacerdotes católicos vestían en forma análoga a los de otras sectas, y que el Congreso, el cual tenía capellanes a su servicio, los elegía sin discriminación alguna; católicos y calvinistas, luteranos y unitarios. Esto último les produjo gran asombro, y especialmente el hecho de que las discusiones doctrinarías no provocaran graves disensiones, intervención de las autoridades públicas ni animosidad entre los contendientes, al menos en mayor grado que cualesquiera otros debates de índole civil o política. Añadí que por haber otra explicación más convincente, ello debía atribuirse a  efecto del sistema representativo que, fundado en la igualdad de los hombres dentro de la sociedad, establecía separación entre los asuntos del otro mundo y los de aquél en que vivíamos; y así, al dejar que cada quien sólo tuviese que rendir cuentas ante el cielo de sus opiniones religiosas, los hombres se tomaban más tolerantes y liberales, ya que sus convicciones de tipo sectario no ejercían ninguna influencia para darle mayor o menor valimiento, en relación con las de los demás conciudadanos a su capacidad efectiva de sufragio. También revelaron singular admiración cuando les refería que el Dr. Franklin había sido propuesto como candidato para primer obispo católico de los Estados Unidos, y que ya había recibido del Papa el respectivo nombramiento. Varios de los ciudadanos presentes aplaudieron aquellas instituciones que propiciaban una concordia tan general, y fueron apoyados por algunos de los clérigos. Uno de estos le dijo a otro de sus colegas: “¿Qué pensaría Fulano de Tal, si escuchara semejante cosa?”.

Algunas damas de la ciudad vinieron a visitar a mi hija, y la invitaron a que pasara cierto tiempo en Mérida. Para tratar de convencerla, le aseguraron que no hallaría ninguna otra comarca de la república de Colombia que fuese tan hermosa como la de Mérida, ni que disfrutara de clima tan benigno. En efecto. El termómetro marcaba en esos días 70°. Fahrenheit, o sea una temperatura inferior a la de Caracas, donde la media es 78, la cual registraba 68 en Bogotá cuando estuvimos en dicha ciudad.

Al consignar el curioso aspecto que ofrecían los ribazos del Motatán, hice alusión a la altiplanicie de Mérida y a sus escarpadas laderas. La ciudad está construida más o menos a milla y media del extremo meridional de la planicie, enfrente del cual al impetuoso Chama corre su quebrado cauce, en dirección al suroeste, al pie de la sierra cubierta de nieve. Si bien las calles de Mérida, que se cruzan en ángulo recto, son muy estrechas, por su centro corre un arroyo de límpidas aguas, para cuya conducción existen canales muy bien trazados de dos o más pies de ancho, recubierto por baldosas en los distintos cruces, que le dan a la ciudad gran frescura y limpieza. No vi ninguna casa que tuviera más de un piso, y todavía estaban intactas las ruinas producidas por el terremoto de 1812, las cuales sólo habían sido removidas de las calles. Unas cuantas semanas antes de nuestra llegada habían sido exhumados, para darles religiosa sepultura a los restos del obispo, quien  quedó enterrado entre los escombros, junto con todo el cabildo eclesiástico, al derrumbarse, los muros de tierra de su templo. Las paredes de las casas de igual que en las demás regiones del país, son de tapia, o sea de tierra apisonada hasta darle forma a los muros. Las cifras sobre la mortalidad producida por el sismo han sido aquí tan abultadas como las referencias a Caracas; y la  diferencia entre la cifra actual de población y la existente antes del movimiento, aunque los fanáticos enemigos de la emancipación se hayan esforzado en llevar a los ánimos la impresión de que aquél fue una señal de la venganza divina contra la revuelta  de las colonias. Lo cierto es que esta ciudad ha padecido considerablemente a consecuencia de las depredaciones cometidas por los españoles, y que una gran parte de los vecinos ya se habían trasladado  a los valles surorientales, meridionales y occidentales antes de ocurrir el terremoto. Ahora bien, se ha insistido en achacar a las muertes ocasionadas por este último la disminución de la población, lo que sólo obedece en realidad a dichas migraciones internas. Debo hacer constar que siempre he tratado de “determinar cifras demográficas aproximadas en los parajes recorridos por mí, pero es evidente que, en materia de información tan importante, no puede prestarse entera confianza a los resultados obtenidos de investigaciones efectuadas necesariamente en forma transitoria y eventual.

No hay comentarios:

Publicar un comentario