TESTIMONIOS DE MÉRIDA
SIGLO XIX
CORONEL WILLIAM DUANE (SEGUNDA PARTE)
VIAJE A LA GRAN COLOMBIA
1822-1823
CARLOS CHALABAUD ZERPA
LA CIUDAD DE MÉRIDA LA SIERRA
NEVADA
En la ruta que seguíamos, de suave declive, la presencia del trigo
ya era un indicio de clima templado; sin embargo, a medida que bajábamos, el
calor se hacía más intenso. Las montañas que teníamos a la izquierda torcían
hacia el sureste, y eran más elevadas que las situadas a nuestra derecha, cuya base
guardaba cierta semejanza con las de los
valles de Aragua, al proyectarse en promontorios de breve extensión, que
sobresalían en mayor o menor grado de la cordillera principal. Mientras
dábamos vueltas en torna a uno de
aquellos riscos protuberantes, observamos que el terreno a la izquierda se iba
poniendo más llano y uniforme cubierto de grandes fragmentos de rocas
diseminadas aquí y allá, estaba sembrado de árboles con gran profusión de
flores, que les daban el aspecto de los denominados corrientemente “bola de
nieve” (Hydrambea hortensis). El paso lento entre las rocas que se alzaban a la
izquierda del camino y el farallón a la derecha, se había tornado muy angosto,
al salir de él, vimos varias pequeñas chozas de grato aspecto, bañadas por el
sol, y a cuyo frente crecían floridos algodoneros. Una chiquilla de ocho a diez
años de edad cruzó saltando el camino al acercarnos nosotros, y comenzó a
subir, con la agilidad de una cabra, por las rocas al pie de aquellos árboles,
sembrados en estrechos intervalos entre una y otra. La planta tenía
aproximadamente la altura de un manzano común, pero de tallo muy erguido; entre
el suelo y las ramas inferiores habrían unos cinco pies. Eran variables tanto
en extensión como la altura de las ramas, cuya figura rematada más bien en
forma oval, que en cono agudo. Al ver que la chiquilla levaba dos pequeños
cestos en el brazo donde iba colocando aparte las flores que cogía, hice alto
hasta que hubo concluido su tarea y la seguía a través del campo. Las flores
recogidas hasta llenar los cestos eran de dos clases: uno de ellos contenía las
cápsulas de algodón, ya maduras, que sólo requerían exponerse al sol para
desprenderlo y limpiarlo; en el otro habían sido separadas las que estaban
menos hechas, y que luego habrían de ponerse una sobre una capa de algodón
limpio, blanco como la nieve, hasta que se completara su proceso de maduración
bajo la luz solar. La muchacha acompañada de otras mujeres se sentó sobre una
estera y continuó sus labores con gran despreocupación. Con los pulgares abría
dos cápsulas al mismo tiempo, mientras con el índice hacía caer las semillas en
un cesto colocado al efecto. Luego tomaba, con el producto de cada cápsula, una
capa larga y delgada, sobre la cual iba acumulando otras en orden sucesivo; cuando
la pila alcanzaba el tamaño deseado, la retorcía en forma de nudo, la colocaba
al lado de las otras, y la tapaba.
Aun cuando estos no eran los primeros algodoneros que contemplaba
durante la ruta, hasta entonces no los había
observado con tanto detenimiento. De no andar con los tratados de
botánica son muy deficientes en lo que respecta a las informaciones que traen
sobre dicha planta. En algunos de ellos se
expresan ciertas dudas de que el algodón sea producto por árboles de
altura igual a la del manzano corriente, por ser anual la planta que lo produce
en Macedonia y en los Estados Unidos. Es evidente que el algodonero se
beneficiaría con procedimientos agrícolas más cuidadosos, pero actualmente no
es objeto de cultivo alguno; el árbol nace de la semilla, y al alcanzar la
madurez, se convierte en productor perpetuo, además de las dos cosechas
anuales, la de primavera y la de otoño.
La etapa siguiente de nuestro viaje era la aldea de Tabay, situada
en una planicie en declive que se extendía a nuestros pies, mientras a lo
lejos, y a la izquierda, el turbulento Chama saltaba por sobre rocas, lleno de
estrépito y espuma al precipitarse hacia el suroeste. Llegamos a Tabay a las
dos, y allí almorzamos con las provisiones que llevábamos, como la
atmósfera era calidad, decidimos no
seguir viaje hasta las cuatro, de modo que casi anochecía cuando llegamos al
seco cauce del río Mucujún, cuyas fuentes están hacia el poniente, y que, en la
estación lluviosa, descarga sus crecidas aguas en el Chama. La altiplanicie que
sirve de asiento a Mérida, tiene como límite oriental este río, y para llegar a
la ciudad se hace necesario remontar durante cierto trecho el valle del
Mucujún, a fin de ganar el amplio sendero abierto en una loma perpendicular, por donde se va ascendiendo
gradualmente hasta la parte superior de la planicie, que se encuentra según
fuimos informados, a más de doscientos cuarenta pies sobre la llanura desde la
cual subimos.
El sargento se encaminó hacia la ciudad, que se divisaba a una
distancia aproximada de una milla, y nosotros le seguimos, y ya sabemos de que
en Mérida residían el gobernador y el estado mayor de la guarnición. El gobernador
Paredes ordenó que se nos albergara en una esplendida morada, en cuyos iluminados aposentos nos
aguardaban cómodos lechos para todos nosotros. Una hora después de llegar, se
nos sirvió una vena exquisita en una ancha mesa cubierta por fino mantel de
damasco. Nos atendieron los propios criados del gobernador, y el mayordomo nos
dijo que complaceríamos al general pidiendo la marca del vino que fuese de
nuestra preferencia. Uno de sus
edecanes, quien nos acompañó en la mesa, pasó la velada con nosotros, y
al presentarnos a nombre del gobernador sus felicitaciones por el feliz viaje que habíamos efectuado, nos comunicó
que dicho funcionario vendría a visitarnos al día siguiente. A eso de las diez
nos retiramos a descansar.
La casa que ocupamos en Mérida pertenecía al Estado, y era la mejor
conservada que habíamos visto después de nuestra salida de Valencia. Como el techo
era confortable, y yo sentía gran necesidad de reposo, no tenía la menor intención
de levantarme temprano, pero apenas habría amanecido cuando me despertaron
súbitamente gritos de “Fire, fire, fire” (incendio o fuego), voceados con tanta
claridad como los que suelen oírse en
Filadelfia. Me puse en pie precipitadamente, sin acertar por el momento a
precisar el lugar donde me hallaba, y sólo después de asomarme a la ventana que
daba a un patizuelo. Donde me acordé que me encontraba en Mérida. Ya volvía la espalda, todavía medio adormilado, cuando la misma voz chilló:
“Coronel Todd!, Coronel Todd!” Como yo sabía que el coronel estaba para
entonces en Bogotá, mi semblante debió reflejar de pronto lo corrido, que me
sentí al caer en la cuenta de que me había dejado sorprender por un loro. En
efecto. Y cuando pasó por Mérida hacia Bogotá, el coronel Todd se había alojado
en la misma residencia; durante los días en que estuvo que demorarse allí (a
causa de una indisposición de Mr. Adams) su secretario el coronel Lyster,
oficial del ejército de Colombia, enseñó traviesamente al loro a pronunciar
esas palabras. Había un par de dichas aves, ciertamente muy divertidas, sus
diálogos , en los que imitan la colérica discusión de dos mujeres, tenían un
efecto muy cómico por lo apropiado de las palabras y del tono. Aquel reposo
dominical me sentó admirablemente , y después de cambiar por completo de
indumentaria –pues aquí el clima es tan templado como en Caracas- me distraje
en escribir algunas cartas para gentes de mi país, así como para amigos en Caracas y ores regiones. En el
desayuno se nos sirvió café y chocolate, buena crema, pan de excelente calidad
y frutas abundantes y exquisitas, que yo prefería a todo lo demás. A las dos de
la tarde recibimos la visita del gobernador, acompañado de su séquito, y nos
dispensó el honor de almorzar con nosotros.
Desde la ventana del comedor, y directamente hacía el sur, se alzaba
ante nuestros ojos la Sierra Nevada de Mérida, con tanta nitidez que daba la
impresión de estar a menos de dos millas de distancia. Aunque la nieve nunca
está ausente de sus altísimos picachos, para aquel momento había quedado al
descubierto, en mayor medida que de ordinario, la cara suroccidental de la
serranía, y se distinguía su negra superficie. En el límite de la nieve se
destacaban claramente enormes peñascos, cuyo perfil era acentuado por la
siembra de sus bordes verticales. Parecía que hubiera ocurrido un
desprendimiento en aquellos enormes precipicios , y que las rocas que cedieron
se habían despeñado más abajo, donde también eran visibles. En la tarde
anterior el gobernador había enviado arrieros y mulas para traer nieve de
aquellas alturas. El hielo, puesto en bandejas sobre la mesa, hizo más gustoso
el excelente vino que paladeamos, el cual resultaba singularmente apetecible y
delicioso a causa de la templada temperatura de la ciudad. Se estima que las
blanqueadas cumbres de la sierra quedan
a unas cinco millas en línea recta: pero la distancia efectiva del recorrido
hasta la línea de congelación es de siete.
El alcalde era un caballero inglés, el mayor Hodgkinson, quien había
servido en varias campañas, tenía un carácter comunicativo y no favoreció con
toda suerte de atenciones. El comandante militar de la provincia, el coronel
Carlos Castelli, nativo de la Saboya, los movimientos de tropas de Morales. Nos
hizo una visita, manifestándonos que el gobernador temía que pudieran
presentársenos algunas dificultades en el camino, pues se suponía que el
general español había ocupado posiciones en la única ruta que podíamos utilizar
para nuestro viaje; que si preferiríamos demorarnos algún tiempo en Mérida,
ello significaría un tiempo en Mérida, ello significaría un placer para el
gobernador, pero que en caso contrario se nos asignaría una escolta, a cuyo
efecto me daría una orden para el comandante de San Juan de Lagunillas a fin de
que suministrase los soldados requeridos y que ella sería igualmente valedera
para los comandantes de las sucesivas
plazas hasta que llegásemos a Pamplona. Dicha orden nos fue entregada
amablemente, en vísperas de nuestra partida, por el propio coronel Castelli,
quien se vio obligado a salir entes que nosotros con el objeto de allegar
tropas que se unieran con las emplazadas más al sur, para expulsar de la provincia al
enemigo.
Fuimos informados con la visita de varias distinguidas
personalidades, entre ellas muchas del clero secular, quienes se mostraron
ardientes partidarios de la revolución y muy interesados en obtener
informaciones acerca de los Estados Unidos. Se manifestaron un tanto
sorprendidos cuando les dijimos, en contestación a sus preguntas, que a pesar
de existir allí tantas sectas religiosas, todas vivían en perfecta armonía, y
que el clero no llevaba ningún traje especial que lo distinguiera de los legos;
que, los sacerdotes católicos vestían en forma análoga a los de otras sectas, y
que el Congreso, el cual tenía capellanes a su servicio, los elegía sin
discriminación alguna; católicos y calvinistas, luteranos y unitarios. Esto último
les produjo gran asombro, y especialmente el hecho de que las discusiones
doctrinarías no provocaran graves disensiones, intervención de las autoridades
públicas ni animosidad entre los contendientes, al menos en mayor grado que
cualesquiera otros debates de índole civil o política. Añadí que por haber otra
explicación más convincente, ello debía atribuirse a efecto del sistema representativo que, fundado
en la igualdad de los hombres dentro de la sociedad, establecía separación
entre los asuntos del otro mundo y los de aquél en que vivíamos; y así, al
dejar que cada quien sólo tuviese que rendir cuentas ante el cielo de sus
opiniones religiosas, los hombres se tomaban más tolerantes y liberales, ya que
sus convicciones de tipo sectario no ejercían ninguna influencia para darle
mayor o menor valimiento, en relación con las de los demás conciudadanos a su
capacidad efectiva de sufragio. También revelaron singular admiración cuando
les refería que el Dr. Franklin había sido propuesto como candidato para primer
obispo católico de los Estados Unidos, y que ya había recibido del Papa el
respectivo nombramiento. Varios de los ciudadanos presentes aplaudieron aquellas
instituciones que propiciaban una concordia tan general, y fueron apoyados por
algunos de los clérigos. Uno de estos le dijo a otro de sus colegas: “¿Qué
pensaría Fulano de Tal, si escuchara semejante cosa?”.
Algunas damas de la ciudad vinieron a visitar a mi hija, y la
invitaron a que pasara cierto tiempo en Mérida. Para tratar de convencerla, le
aseguraron que no hallaría ninguna otra comarca de la república de Colombia que
fuese tan hermosa como la de Mérida, ni que disfrutara de clima tan benigno. En
efecto. El termómetro marcaba en esos días 70°. Fahrenheit, o sea una
temperatura inferior a la de Caracas, donde la media es 78, la cual registraba
68 en Bogotá cuando estuvimos en dicha ciudad.
Al consignar el curioso aspecto que ofrecían los ribazos del
Motatán, hice alusión a la altiplanicie de Mérida y a sus escarpadas laderas.
La ciudad está construida más o menos a milla y media del extremo meridional de
la planicie, enfrente del cual al impetuoso Chama corre su quebrado cauce, en
dirección al suroeste, al pie de la sierra cubierta de nieve. Si bien las
calles de Mérida, que se cruzan en ángulo recto, son muy estrechas, por su
centro corre un arroyo de límpidas aguas, para cuya conducción existen canales
muy bien trazados de dos o más pies de ancho, recubierto por baldosas en los
distintos cruces, que le dan a la ciudad gran frescura y limpieza. No vi
ninguna casa que tuviera más de un piso, y todavía estaban intactas las ruinas
producidas por el terremoto de 1812, las cuales sólo habían sido removidas de
las calles. Unas cuantas semanas antes de nuestra llegada habían sido
exhumados, para darles religiosa sepultura a los restos del obispo, quien quedó enterrado entre los escombros, junto
con todo el cabildo eclesiástico, al derrumbarse, los muros de tierra de su
templo. Las paredes de las casas de igual que en las demás regiones del país,
son de tapia, o sea de tierra apisonada hasta darle forma a los muros. Las
cifras sobre la mortalidad producida por el sismo han sido aquí tan abultadas
como las referencias a Caracas; y la
diferencia entre la cifra actual de población y la existente antes del
movimiento, aunque los fanáticos enemigos de la emancipación se hayan esforzado
en llevar a los ánimos la impresión de que aquél fue una señal de la venganza
divina contra la revuelta de las
colonias. Lo cierto es que esta ciudad ha padecido considerablemente a
consecuencia de las depredaciones cometidas por los españoles, y que una gran
parte de los vecinos ya se habían trasladado a los valles surorientales, meridionales y
occidentales antes de ocurrir el terremoto. Ahora bien, se ha insistido en
achacar a las muertes ocasionadas por este último la disminución de la
población, lo que sólo obedece en realidad a dichas migraciones internas. Debo
hacer constar que siempre he tratado de “determinar cifras demográficas
aproximadas en los parajes recorridos por mí, pero es evidente que, en materia
de información tan importante, no puede prestarse entera confianza a los
resultados obtenidos de investigaciones efectuadas necesariamente en forma
transitoria y eventual.
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