TESTIMONIOS DE MÉRIDA SIGLO XIX
RICHARD BACHE
1822-1823
(PRIMERA
PARTE)
CARLOS
CHALABAUD ZERPA
Poco se conoce sobre la vida
de Richard bache. Era hijo de los norteamericanos Benjamín y Margaret H. de
Bache. Nació en 1784 y falleció en 1848. Cuando su madre enviudó volvió a casar
con el Cnel. William Duane, el joven Bache vino a ser como el hijo adoptivo de
aquél y le acompañó en su viaje por la Gran Colombia.
Era teniente del cuerpo de
artillería de los Estados Unidos y tenía en mientes incorporarse a las fuerzas
militares de la República de Colombia para contribuir a la emancipación de
Suramérica tal como sus abuelos lo habían hecho para lograr la libertad de su
patria. Sin embargo, cuando su padrastro y su media hermana Isabel pisaron nuestras
tierras, la guerra de independencia se hallaba en sus etapas finales y fue así
como a los 36 años de edad abandonó sus pretensiones y realizó el mismo viaje
de sus parientes, del la Guaria a Cúcuta, de esta ciudad a Cartagena, vía
Pamplona, Tunja, Bogotá, Honda, Turbaco y el océano Atlántico, para regresar en
una pequeña goleta a Nueva York. Para entretener las horas de ocio y complacer
los deseos de un hermano, puso en orden los interesantísimos apuntes que había
escrito durante su largo viaje; consultó las obras de Humboldt, Depons y Oviedo
y Baños y con sencillez, espíritu analítico y sinceridad publicó en Filadelfia
en 1827 un libro que tituló: “Notes on
Colombia taken in the year 1822-23, with an Itinerary of the route form Caracas
to Bogotá and a Appendix. By an oficer of the United States Army.
Pholadelphia. H. C. Carey & I. Lea-Cheanut Street.
Aunque este libro, como el
que escribió el Cnel. Duane ambos
valiosísimos ya habían sido reseñados por el gran bibliófilo venezolano don
Manuel Segundo Sánchez en su bibliografía. Ángel Raúl Villasana y publicados
por el Instituto Nacional de Hipódromos en Caracas, gracias al interés del Dr.
Luis Pastori en la serie “Viajeros”, el de Bache en 1982 y el de Duane en 1968.
El libro “Venezuela” de Stevers duerme, sin ser traducido en la Biblioteca
Nacional de Venezuela, desde 1888 sin que haya despertado el más mínimo interés
por ninguna institución.
En forma de diario, Bache va
dando cuenta de todas las ciudades, poblaciones, aldeas y parajes que va
recorriendo, desde que desembarca en La Guaira en medio de una tempestad y
donde consiguió negros y mestizos, casi desnudos, en medio de una pobreza
extrema y un común denominador de calamidades, miseria y despoblación, secuelas
de la larga guerra a muerte, el terremoto de 1812, la ignorancia y las
enfermedades endémicas como la fiebre amarilla. Debido a la guerra había muchas
mujeres y muy pocos hombres y una notable diversidad de castas a pesar de la
igualdad que teóricamente había traído la fementida libertad. Eran comunes de
inválidos con lacras repugnantes y los soldados descalzos: la falta de
comodidades era absoluta y el calor sofocante; iguanas muy grandes pululaban en
las calles enmontadas y llenas de escombros. Proliferaban los mendigos,
tullidos y saltimbanquis. A las niguas y las pulgas que atormentaban a los
pobladores, se sumaba un ciego fanatismo religioso.
Caracas era una confusa masa
de edificaciones con techos rojos. La quinta parte de la ciudad estaba en
ruinas, debido al terremoto. Las ceremonias religiosas eran humillantes para un
ser racional y absolutamente extemporáneas que se imponían mediante la bayoneta
de soldados fanáticos y malignos. En los aledaños se veían floridos jardines,
plantaciones de cafetos sombreados por árboles
de extraño ramaje (bucares), elegantes matas de plátano agobiadas por
racimos de su deliciosa fruta, prósperos cañamelares y aromáticos bosquecillos
de naranjos. A pesar de la penuria, en el mercado se conseguían muchas
vituallas para quienes podían adquirirlas, tales como carne de res, marrano,
gallina, pavo, pato, chivo, cordero y en los puertos pescado; granos, arroz,
papas, ocumo, yuca, ñame, apio, batatas, zanahoria, tomates, cebollas,
repollos, pimentones, naranjas, piñas, melones corrientes y de agua, lechozas, guanábanas
y chirimoyas, pero no mangos que apenas
fueron introducidos desde Trinidad al Oriente del país a mediados del siglo
XVIII y eran desconocidos en Caracas, aunque en Cumaná y Margarita ya habían sido
plantados. También se vendían pan, arepas y casabe, plátanos y cambures, quesos
blancos pero no mantequilla, azúcar refinada y papelón, manteca de marrano,
cacao, café y tabacos.
El pueblo se embriagaba con
guarapo de caña fermentado, tan fuerte como la cerveza y las clases pudientes
importaban para su consumo aceite de oliva, aceitunas, alcaparras, aguardiente
de caña (ron), de uva (brandy), de cereales (whisky), cerveza, ginebra,
licores, vinos tintos, blancos y claretes de champaña, de Madeira, moscateles y
otros vinos dulces.
Los paseos a las haciendas
vecinas se hacían a caballo y estas eran una especie de paraíso terrenal. El 28
de octubre Día de San Simón se celebraba una fiesta en honor de Bolívar con
misa solemne en la catedral, revista de la tropa y banda de música, toros
coleados y salvas de artillería, casas engalanadas con colgaduras de damasco y
banderas tricolores, sarao conmemorativo, cena, música y baile, todo presidido
por el general Soublette que se desempeñaba como intendente de la ciudad. Había
además teatro con comedias, pésimamente representadas, donde no faltaban los
santos y los ángeles. Peroratas interminables a la hora de los brindis con
vinos claretes y champañas de la casas de los ricos como el Marqués del Toro.
Algunas señoritas de la alta
sociedad, además de blancas y bellas, unían a sus numerosas prendas personales
el conocimiento del inglés y del francés. Para entonces la República de
Colombia estaba dividida departamentos, provincias y cantones.
El departamento Maturín
(antes Orinoco) tenía por capital a Maturín con las provincias de Cumaná,
Guayana (capital Angostura) Barcelona y Margarita (capital La Asunción). El Departamento Venezuela tenía
por capital Caracas, con las provincias de Carcas y Carabobo, capital Valencia.
El Departamento de Apure, capital Barinas con las provincias de Barinas y Apure
(capital Achaguas). El Departamento del Zulia, capital Maracaibo con las
provincias de Maracaibo, Coro, Mérida y Trujillo. La provincia de Mérida tenía
dos cantones de Mérida, Mucuchíes, Ejido, Bailadores, La Grita, San Cristóbal y
Táchira. El Departamento de Boyacá, capital Tunja con las provincias de Tunja,
Pamplona, Socorro y Casanare. El Departamento de Cundinamarca capital Bogotá con las provincias de Bogotá.
Antioquia, Mariquita y Neiva. El Departamento de Magdalena, capital Cartagena
con las provincias Cartagena, santa Marta y Río Hacha. El Departamento del
Cauca, capitán Popayán con las provincias de Popayán, Chocó, Pasto y
Buenaventura. El Departamento del Istmo, capital Panamá con las provincias de
Panamá y Veragua. El Departamento del Ecuador, capital Quito con las provincias
de Pichincha, Imbabura y Chimborazo. El Departamento de Asuay, capital Cuenca
con las provincias de Cuenca, Loja, Bracamoros y Mainas. Y el Departamento de
Guayaquil, capital Guayaquil con las provincias de Guayaquil y Manabí.
Por otra parte, el pueblo de
Caracas mostraba una gran inclinación por las formas externas de la religión,
menudeaban las festividades litúrgicas, con su caudal de gastos, pompa y
dispendio de tiempo. Según pudo averiguar el cronista, tales fiestas ocupaban
ciento cuarenta días del año, sin contar los domingos y las patrióticas, de
modo que si se incluían los otros días de descanso, resultaba que más de la
mitad del año era tiempo perdido para la industria.
Los aristócratas, como el
Conde de Tovar y el Marqués del Toro, que aún continuaban ennobleciendo a la
sociedad de Caracas, eran objeto de las mayores distinciones, pues “el amor y
la confianza” de sus paisanos era la mejor recompensa por su desinteresada
consagración a los intereses de la patria. El Marqués del Toro, en aquellos
años de penuria (1822) dio un célebre
festín con que agasajó a un numeroso
grupo de invitados, el cual duró veinte días, estimándose el gasto diario en
mil pesos que entonces era juna fortuna, mientras que los que habían empuñado
una lanza o un machete para lograr la independencia pasaban toda clase de necesidades.
El viaje por Venezuela
comprendió las siguientes poblaciones, además de La Guaira y Caracas: Antímano,
El Consejo, La Victoria, San Mateo, Turmero, Maracay, San Joaquín, Guacara,
Valencia, Campo de Carabobo, Tinaquillo, El Tinaco, San Carlos, Camoruco,
Cabudare, Barquisimeto, Quíbor, El Tocuyo, Humocaro Bajo, Agua Obispos,
Carache, Santa Ana, Trujillo, Valera, La Puerta, Timotes, Mucuchíes, Tabay,
Mérida, Ejido, San Juan, Lagunillas, Estanques, Bailadores (hoy Tovar), La
Villa de Bailadores, La Grita, El Cobre, Táriba, San Cristóbal, Capacho, San
Antonio, El Rosario, Cúcuta y de aquí rumbo a Bogotá.
Muy interesantes son las
descripciones de tipo general, relacionadas con ciudades, pueblos, aldeas,
iglesias y casas particulares, todos erigidos en conformidad con un proyecto
monótono y homogéneo y que a continuación reproducimos:
“Puesto que las ciudades,
pueblos y aldeas de la República de Colombia, así como los edificios públicos y
privados, están construidos en su totalidad de acuerdo a un plan uniforme,
resulta apropiado intentar una descripción general de los mismos. En caso de
que alguna construcción especifica
presente luego ciertas particularidades se consignará en cada caso la
observación correspondiente.
Ciudades, pueblos y aldeas.
De modo casi invariable, las calles están trazadas a cordel, cruzándose recíprocamente en ángulo recto y formando en su mayor parte,
en los puntos de intersección manzanas de trescientos a quinientos pies por
cada lado. Estas calles tienen de veinte
a veinticinco pies de ancho y se encuentran graciosamente pavimentadas con
redondos guijarros, salvo en los pueblos o aldeas. El empedrado tiene declive
hacia el centro, por el cual fluye casi siempre un diáfano arroyuelo, cuyas
aguas abastecen el consumo doméstico, dando un lindo aspecto y mucha frescura a
las calles. Las pavimentadas aparecen extremadamente limpias no porque sean
barridas con frecuencia sino a causa de una encomiable disposición municipal
que prohíbe arrojar en ellas aquellas basuras malolientes que no pueden ser
arrastradas por el arroyo. Los frentes de las casas, al igual que las calles se
ven muy aseados, pero en los corra les situados al fondo de las residencias se
observan repugnantes montones d inmundicias acumuladas allí durante años y que
podrían resultar perniciosas para la salubridad pública en un clima tan cálido,
si no fuera por la absoluta sequedad de la atmósfera y por los constantes
esfuerzos de ciertos peculiares encargados de remover tales desperdicios y cuyo
voraz e inescrupuloso apetito atraído por más asquerosos alimentos, estas aves
rapaces, llamadas gallinazos y perteneciente a la especie de los buitres,
presentan en su aspecto una mezcla de cuervo y del mílano septentrionales. Al
parecer se ha celebrado una suerte de convenio tácito entre tales bípedos y
aquellos otros que carecen de los atractivos del plumaje, según el cual se le
otorga protección a los primeros a cambio de sus servicios. En consecuencia los
dejan vivir en paz, se ponen muy mansos y se les ve posados en todo momento en
el caballete de los tejados.
Según se infiere, la primera
medida de tipo general que debía adoptarse al fundar una ciudad era trazar una
plaza de trescientos a quinientos pies. Uno d sus lados se destina a la
iglesia; el fondero para el cabildo y en otro si se trata de un pueblo dotado
de guarnición militar, se construye un
cuartel para la tropa. Como puede advirtiese, dichas tres jerarquías tiene su
sede en lugar preeminente , y se pone de relieve, el asignársele tres de los
lados del cuadrilátero político y municipal, su íntima relación y el apoyo y respaldo que deben prestarse unas a otras. El poder del Estado
garantizado por esta organización cohesiva, estuvo en capacidad de hacer frente
a lo largo de tres siglos, a todo intento de usurpación que partiera del cuarto
costado de la plaza, al que puede darse el nombre del pueblo, por ser el que lo
ocupaba.
En muchas aldeas, la plaza es
la única construcción existente. En otras sólo está cercada a medias, sin
embargo y por insignificante que sea cualquier villorio, jamás le falta una
iglesia cuyas considerables dimensiones revelan palmaria desproporción con el resto de lo ya edificado. A medida que
la aldea va creciendo, se extienden a su vez los lados de la plaza hasta
convertirse poco a poco en calles. Cuando el aumento de población lo requiera o
por imponerlo así el celo religioso, se procede a fabricar otra iglesia, dotándola
de su respectiva plaza, a la que se le da por común el mismo nombre asignado al
segundo templo, para distinguirla en esta forma de la primitiva plaza mayor. La
nueva plaza se convierte en el centro de
la pequeña comunidad que habita en sus alrededores y en el núcleo de cualquier
división municipal en barrios o parroquias. El mismo procedimiento se continúa
aplicando hasta que la villa adquiere la categoría de una ciudad y como Caracas
y Bogotá llega a contar a veces en su seno con seis u ocho plazas.
En las aldeas de menor
importancia, la plaza no pasa de ser un simple solar lleno de hierbas,
atravesado por un hilo de agua. En ella pastan a todo su talante las mulas,
caballos, burros o bueyes de los vendedores del mercado, quienes así los
vigilan de cerca mientras realizan sus menudas transacciones comerciales. Si el pueblo llega a cobrar mayor
importancia, el terreno de la plaza es allanado y pavimentado y alguna hermosa
fuente de piedra viene a hacer las veces del prístino arroyuelo.
Además de servir para la
revistas militares, procesiones religiosas, ejecuciones, festividades, coleadas
de toros y otros espectáculos públicos, la plaza se utiliza también como mercado.
En la planta baja de las residencia particulares la circundan, los locales
están ocupados en su mayor parte por pulperías, en donde hacen sus compras los
vendedores del mercado, después de dar salida a sus frutos y artículos.
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