miércoles, 30 de septiembre de 2026

RICHARD BACHE 1822-1823

 

TESTIMONIOS DE MÉRIDA SIGLO XIX

RICHARD BACHE

1822-1823

(PRIMERA PARTE)

CARLOS CHALABAUD ZERPA

Poco se conoce sobre la vida de Richard bache. Era hijo de los norteamericanos Benjamín y Margaret H. de Bache. Nació en 1784 y falleció en 1848. Cuando su madre enviudó volvió a casar con el Cnel. William Duane, el joven Bache vino a ser como el hijo adoptivo de aquél y le acompañó en su viaje por la Gran Colombia.

Era teniente del cuerpo de artillería de los Estados Unidos y tenía en mientes incorporarse a las fuerzas militares de la República de Colombia para contribuir a la emancipación de Suramérica tal como sus abuelos lo habían hecho para lograr la libertad de su patria. Sin embargo, cuando su padrastro y su media hermana Isabel pisaron nuestras tierras, la guerra de independencia se hallaba en sus etapas finales y fue así como a los 36 años de edad abandonó sus pretensiones y realizó el mismo viaje de sus parientes, del la Guaria a Cúcuta, de esta ciudad a Cartagena, vía Pamplona, Tunja, Bogotá, Honda, Turbaco y el océano Atlántico, para regresar en una pequeña goleta a Nueva York. Para entretener las horas de ocio y complacer los deseos de un hermano, puso en orden los interesantísimos apuntes que había escrito durante su largo viaje; consultó las obras de Humboldt, Depons y Oviedo y Baños y con sencillez, espíritu analítico y sinceridad publicó en Filadelfia en 1827 un libro que tituló: “Notes on Colombia taken in the year 1822-23, with an Itinerary of the route form Caracas to Bogotá and a Appendix. By an oficer of the United States Army. Pholadelphia. H. C. Carey & I. Lea-Cheanut Street.

Aunque este libro, como el que escribió  el Cnel. Duane ambos valiosísimos ya habían sido reseñados por el gran bibliófilo venezolano don Manuel Segundo Sánchez en su bibliografía. Ángel Raúl Villasana y publicados por el Instituto Nacional de Hipódromos en Caracas, gracias al interés del Dr. Luis Pastori en la serie “Viajeros”, el de Bache en 1982 y el de Duane en 1968. El libro “Venezuela” de Stevers duerme, sin ser traducido en la Biblioteca Nacional de Venezuela, desde 1888 sin que haya despertado el más mínimo interés por ninguna institución.

En forma de diario, Bache va dando cuenta de todas las ciudades, poblaciones, aldeas y parajes que va recorriendo, desde que desembarca en La Guaira en medio de una tempestad y donde consiguió negros y mestizos, casi desnudos, en medio de una pobreza extrema y un común denominador de calamidades, miseria y despoblación, secuelas de la larga guerra a muerte, el terremoto de 1812, la ignorancia y las enfermedades endémicas como la fiebre amarilla. Debido a la guerra había muchas mujeres y muy pocos hombres y una notable diversidad de castas a pesar de la igualdad que teóricamente había traído la fementida libertad. Eran comunes de inválidos con lacras repugnantes y los soldados descalzos: la falta de comodidades era absoluta y el calor sofocante; iguanas muy grandes pululaban en las calles enmontadas y llenas de escombros. Proliferaban los mendigos, tullidos y saltimbanquis. A las niguas y las pulgas que atormentaban a los pobladores, se sumaba un ciego fanatismo religioso.

Caracas era una confusa masa de edificaciones con techos rojos. La quinta parte de la ciudad estaba en ruinas, debido al terremoto. Las ceremonias religiosas eran humillantes para un ser racional y absolutamente extemporáneas que se imponían mediante la bayoneta de soldados fanáticos y malignos. En los aledaños se veían floridos jardines, plantaciones de cafetos sombreados por árboles  de extraño ramaje (bucares), elegantes matas de plátano agobiadas por racimos de su deliciosa fruta, prósperos cañamelares y aromáticos bosquecillos de naranjos. A pesar de la penuria, en el mercado se conseguían muchas vituallas para quienes podían adquirirlas, tales como carne de res, marrano, gallina, pavo, pato, chivo, cordero y en los puertos pescado; granos, arroz, papas, ocumo, yuca, ñame, apio, batatas, zanahoria, tomates, cebollas, repollos, pimentones, naranjas, piñas, melones corrientes y de agua, lechozas, guanábanas y  chirimoyas, pero no mangos que apenas fueron introducidos desde Trinidad al Oriente del país a mediados del siglo XVIII y eran desconocidos en Caracas, aunque en Cumaná y Margarita ya habían sido plantados. También se vendían pan, arepas y casabe, plátanos y cambures, quesos blancos pero no mantequilla, azúcar refinada y papelón, manteca de marrano, cacao, café y tabacos.

El pueblo se embriagaba con guarapo de caña fermentado, tan fuerte como la cerveza y las clases pudientes importaban para su consumo aceite de oliva, aceitunas, alcaparras, aguardiente de caña (ron), de uva (brandy), de cereales (whisky), cerveza, ginebra, licores, vinos tintos, blancos y claretes de champaña, de Madeira, moscateles y otros vinos dulces.

Los paseos a las haciendas vecinas se hacían a caballo y estas eran una especie de paraíso terrenal. El 28 de octubre Día de San Simón se celebraba una fiesta en honor de Bolívar con misa solemne en la catedral, revista de la tropa y banda de música, toros coleados y salvas de artillería, casas engalanadas con colgaduras de damasco y banderas tricolores, sarao conmemorativo, cena, música y baile, todo presidido por el general Soublette que se desempeñaba como intendente de la ciudad. Había además teatro con comedias, pésimamente representadas, donde no faltaban los santos y los ángeles. Peroratas interminables a la hora de los brindis con vinos claretes y champañas de la casas de los ricos como el Marqués del Toro.

Algunas señoritas de la alta sociedad, además de blancas y bellas, unían a sus numerosas prendas personales el conocimiento del inglés y del francés. Para entonces la República de Colombia estaba dividida departamentos, provincias y cantones.

El departamento Maturín (antes Orinoco) tenía por capital a Maturín con las provincias de Cumaná, Guayana (capital Angostura) Barcelona y Margarita (capital  La Asunción). El Departamento Venezuela tenía por capital Caracas, con las provincias de Carcas y Carabobo, capital Valencia. El Departamento de Apure, capital Barinas con las provincias de Barinas y Apure (capital Achaguas). El Departamento del Zulia, capital Maracaibo con las provincias de Maracaibo, Coro, Mérida y Trujillo. La provincia de Mérida tenía dos cantones de Mérida, Mucuchíes, Ejido, Bailadores, La Grita, San Cristóbal y Táchira. El Departamento de Boyacá, capital Tunja con las provincias de Tunja, Pamplona, Socorro y Casanare. El Departamento de Cundinamarca  capital Bogotá con las provincias de Bogotá. Antioquia, Mariquita y Neiva. El Departamento de Magdalena, capital Cartagena con las provincias Cartagena, santa Marta y Río Hacha. El Departamento del Cauca, capitán Popayán con las provincias de Popayán, Chocó, Pasto y Buenaventura. El Departamento del Istmo, capital Panamá con las provincias de Panamá y Veragua. El Departamento del Ecuador, capital Quito con las provincias de Pichincha, Imbabura y Chimborazo. El Departamento de Asuay, capital Cuenca con las provincias de Cuenca, Loja, Bracamoros y Mainas. Y el Departamento de Guayaquil, capital Guayaquil con las provincias de Guayaquil y Manabí.

Por otra parte, el pueblo de Caracas mostraba una gran inclinación por las formas externas de la religión, menudeaban las festividades litúrgicas, con su caudal de gastos, pompa y dispendio de tiempo. Según pudo averiguar el cronista, tales fiestas ocupaban ciento cuarenta días del año, sin contar los domingos y las patrióticas, de modo que si se incluían los otros días de descanso, resultaba que más de la mitad del año era tiempo perdido para la industria.

Los aristócratas, como el Conde de Tovar y el Marqués del Toro, que aún continuaban ennobleciendo a la sociedad de Caracas, eran objeto de las mayores distinciones, pues “el amor y la confianza” de sus paisanos era la mejor recompensa por su desinteresada consagración a los intereses de la patria. El Marqués del Toro, en aquellos años de penuria  (1822) dio un célebre festín  con que agasajó a un numeroso grupo de invitados, el cual duró veinte días, estimándose el gasto diario en mil pesos que entonces era juna fortuna, mientras que los que habían empuñado una lanza o un machete para lograr la independencia  pasaban toda clase de necesidades.

El viaje por Venezuela comprendió las siguientes poblaciones, además de La Guaira y Caracas: Antímano, El Consejo, La Victoria, San Mateo, Turmero, Maracay, San Joaquín, Guacara, Valencia, Campo de Carabobo, Tinaquillo, El Tinaco, San Carlos, Camoruco, Cabudare, Barquisimeto, Quíbor, El Tocuyo, Humocaro Bajo, Agua Obispos, Carache, Santa Ana, Trujillo, Valera, La Puerta, Timotes, Mucuchíes, Tabay, Mérida, Ejido, San Juan, Lagunillas, Estanques, Bailadores (hoy Tovar), La Villa de Bailadores, La Grita, El Cobre, Táriba, San Cristóbal, Capacho, San Antonio, El Rosario, Cúcuta y de aquí rumbo a Bogotá.

Muy interesantes son las descripciones de tipo general, relacionadas con ciudades, pueblos, aldeas, iglesias y casas particulares, todos erigidos en conformidad con un proyecto monótono y homogéneo y que a continuación reproducimos:

“Puesto que las ciudades, pueblos y aldeas de la República de Colombia, así como los edificios públicos y privados, están construidos en su totalidad de acuerdo a un plan uniforme, resulta apropiado intentar una descripción general de los mismos. En caso de que alguna construcción  especifica presente luego ciertas particularidades se consignará en cada caso la observación correspondiente.

Ciudades, pueblos y aldeas. De modo casi invariable, las calles están trazadas a cordel,  cruzándose recíprocamente  en ángulo recto y formando en su mayor parte, en los puntos de intersección manzanas de trescientos a quinientos pies por cada lado. Estas  calles tienen de veinte a veinticinco pies de ancho y se encuentran graciosamente pavimentadas con redondos guijarros, salvo en los pueblos o aldeas. El empedrado tiene declive hacia el centro, por el cual fluye casi siempre un diáfano arroyuelo, cuyas aguas abastecen el consumo doméstico, dando un lindo aspecto y mucha frescura a las calles. Las pavimentadas aparecen extremadamente limpias no porque sean barridas con frecuencia sino a causa de una encomiable disposición municipal que prohíbe arrojar en ellas aquellas basuras malolientes que no pueden ser arrastradas por el arroyo. Los frentes de las casas, al igual que las calles se ven muy aseados, pero en los corra les situados al fondo de las residencias se observan repugnantes montones d inmundicias acumuladas allí durante años y que podrían resultar perniciosas para la salubridad pública en un clima tan cálido, si no fuera por la absoluta sequedad de la atmósfera y por los constantes esfuerzos de ciertos peculiares encargados de remover tales desperdicios y cuyo voraz e inescrupuloso apetito atraído por más asquerosos alimentos, estas aves rapaces, llamadas gallinazos y perteneciente a la especie de los buitres, presentan en su aspecto una mezcla de cuervo y del mílano septentrionales. Al parecer se ha celebrado una suerte de convenio tácito entre tales bípedos y aquellos otros que carecen de los atractivos del plumaje, según el cual se le otorga protección a los primeros a cambio de sus servicios. En consecuencia los dejan vivir en paz, se ponen muy mansos y se les ve posados en todo momento en el caballete de los tejados.

Según se infiere, la primera medida de tipo general que debía adoptarse al fundar una ciudad era trazar una plaza de trescientos a quinientos pies. Uno d sus lados se destina a la iglesia; el fondero para el cabildo y en otro si se trata de un pueblo dotado de  guarnición militar, se construye un cuartel para la tropa. Como puede advirtiese, dichas tres jerarquías tiene su sede en lugar preeminente , y se pone de relieve, el asignársele tres de los lados del cuadrilátero político y municipal, su íntima  relación y el apoyo y respaldo que deben  prestarse unas a otras. El poder del Estado garantizado por esta organización cohesiva, estuvo en capacidad de hacer frente a lo largo de tres siglos, a todo intento de usurpación que partiera del cuarto costado de la plaza, al que puede darse el nombre del pueblo, por ser el que lo ocupaba.

En muchas aldeas, la plaza es la única construcción existente. En otras sólo está cercada a medias, sin embargo y por insignificante que sea cualquier villorio, jamás le falta una iglesia cuyas considerables dimensiones revelan palmaria desproporción  con el resto de lo ya edificado. A medida que la aldea va creciendo, se extienden a su vez los lados de la plaza hasta convertirse poco a poco en calles. Cuando el aumento de población lo requiera o por imponerlo así el celo religioso, se procede a fabricar otra iglesia, dotándola de su respectiva plaza, a la que se le da por común el mismo nombre asignado al segundo templo, para distinguirla en esta forma de la primitiva plaza mayor. La nueva plaza se convierte en el  centro de la pequeña comunidad que habita en sus alrededores y en el núcleo de cualquier división municipal en barrios o parroquias. El mismo procedimiento se continúa aplicando hasta que la villa adquiere la categoría de una ciudad y como Caracas y Bogotá llega a contar a veces en su seno con seis u ocho plazas.

En las aldeas de menor importancia, la plaza no pasa de ser un simple solar lleno de hierbas, atravesado por un hilo de agua. En ella pastan a todo su talante las mulas, caballos, burros o bueyes de los vendedores del mercado, quienes así los vigilan de cerca mientras realizan sus menudas transacciones  comerciales. Si el pueblo llega a cobrar mayor importancia, el terreno de la plaza es allanado y pavimentado y alguna hermosa fuente de piedra viene a hacer las veces del prístino arroyuelo.

Además de servir para la revistas militares, procesiones religiosas, ejecuciones, festividades, coleadas de toros y otros espectáculos públicos, la plaza se utiliza también como mercado. En la planta baja de las residencia particulares la circundan, los locales están ocupados en su mayor parte por pulperías, en donde hacen sus compras los vendedores del mercado, después de dar salida a sus frutos y artículos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario