TESTIMONIOS DE MÉRIDA SIGLO XIX
RICHARD BACHE (1822-1823)
MÉRIDA EN RUINAS (II)
Cuando el teniente Bache llego a Mérida,
el 28 de diciembre de 1822, la ciudad tenía entre ocho y diez mil habitantes.
De aquel bello centro urbano, rico y próspero del país, solamente quedaban
ruinas después de transcurridos diez años del terremoto y de la guerra; muchos
de los antiguos pobladores de la hermosa ciudad yacían sepultados en los escombros de las iglesias y las casa
que se vinieron abajo en cosa de instantes; entre los el templo que fungía de
catedral fueron entonces encontrados los restos mortales de un obispo, con toda
seguridad el Ilmo. Hernández Milanés, que fuera enterrado a la carrera y sin
ceremonial, en aquel sitio al día siguiente del sismo en medio de gran
consternación. Para aquellos días, el gobernador de la Provincia de Mérida era
el Cnel. Juan Antonio Paredes, el Jefe Militar del Departamento el Cnel. Carlos
Castelli Goffi, de origen italiano, el obispo era el Dr. Rafael Lasso de la
Vega y el rector del Seminario el Dr. José de la Cruz Olivares. Para entonces
no existía la Universidad, y la independencia de Venezuela, a un año y medio de
la batalla de Carabobo, no estaba consolidada. En efecto, tomada la ciudad en 5
de enero por el Gral. Francisco Tomás Morales, quien había sido nombrado
Capitán General de Venezuela por el Gobierno Español, Paredes y Castelli se
vieron en la necesidad de abandonar a Mérida con sus exiguas tropas, dejándola
a merced del invasor. Por supuesto que
nuestro viajero, que había salido de Trujillo, rumbo a Mérida, el 23 de
diciembre, a lomo de mula, junto a sus acompañantes, también tomó las de
Villadiego el 30 de diciembre. He aquí su relato:
Diciembre 25.- Como todo el mundo estaba
dedicado a cumplir con sus deberes religiosos, no pudimos partir antes de las
diez de la mañana. Después de un recorrido de veinticuatro millas, llegamos a
la aldehuela india de Timotes a las 8 p.m. Los habitantes estaban ya entregados
al reposo, y nos costó algún trabajo descubrir la alcaldía, no obstante, nada
conseguimos con ello, pues el alcalde o estaría ausente o se mostraba renuente
a franqueamos la entrada. Fue esta la única vez en que creímos advertir algo
así como poca voluntad para recibirnos,
y lo atribuimos a lo tardío de la hora. Al igual que otros cristianos cuando se
encuentran en apuros, y en vista de que no teníamos acceso a la alcaldía, buscamos
la ayuda de la iglesia. Tocamos la puerta, la cual nos fue abierta por el
padre, quien nos dejó de hacernos algunas preguntas un tanto estólidas acerca
de lo imprevisto de nuestra llegada, ya
que bien podía darse cuenta de que estábamos sujetos a las largas que nos daban los alcaldes y a las
naturales dificultades del camino. Nos metimos en la hamaca sin haber cenado, y
pasamos una noche bastante ingrata, acosados por el frío.
De acuerdo con una ley de la República
de Colombia, se consideran de fiesta nacional los días 25, 26 y 27 de diciembre.
El primero está consagrado a celebrar la independencia, el segundo es el
aniversario de la Unión y de la Constitución, y el tercero se dedica a
conmemorar los triunfos de los patriotas y a rendir tributo a quienes murieron
en la defensa armada de la república. Las ceremonias que se realizan en cada
uno de los dichos días son las apropiadas a los diferentes acontecimientos que
se desea rememorar.
Aún cuando teníamos vivo interés en
partir a hora temprana, pronto hubimos de convencernos de que sería vana toda tentativa para seguir la marcha
antes que pasaran las fiestas, aun a
riesgo de que nuestro próximo anfitrión también nos sermoneara su llegábamos a
solicitar albergue a hora avanzada de la noche.
Después de la misa se congregaron en la
plaza, encabezados por el padre y los alcaldes, todos los vecinos que pudieron
obtener algún caballo, ya fuese a título de préstamo o incluso robado. La
cabalgata llegó hasta la puerta d la iglesia, donde recibieron la bandera
nacional, además de las de Venezuela y Cundinamarca, los dos departamentos
anteriores que ahora están unidos para formar la república consolidada. El
padre y los alcaldes pasearon las banderas por todo el pueblo, seguidos por el
grupo de jinetes y por una rudimentaria orquesta en la que intervenían dos
tambores y pífanos indígenas. Luego de haber depositado los pabellones en la
iglesia, los jinetes se dividieron dos grupos, a cuya cabeza iban
respectivamente el párroco y el primer alcalde, y ocupando cada uno de ellos
una de las esquinas de la misma cuadra de la plaza, comenzaron a atravesarla
diagonalmente. Tan pronto como se ponía en movimiento uno de los contendientes,
el otro partía también a todo galope, la
diversión consistía en cruzar velozmente
por el centro antes que el adversario, en forma un tanto similar al juego de
marro. Este ejercicio de equitación continuó durante largo tiempo, pues los que
habían triunfado atravesando con ventaja la plaza en aquel certamen de
velocidad proseguían infatigablemente el mismo juego, retornando al lugar de
partida. Por último, efectuaron diversas evoluciones similares a las
maniobras de tipo militar que se exhiben
en nuestros circos.
En todas las ciudades, pueblos y aldeas
del país se efectúan deportes análogos, que sólo varían de acuerdo con las
preferencias y los mayores o menores recursos económicos de la comunidad.
Tuvimos la mala suerte de encontrarnos, para presenciar aquellas celebraciones,
en una de las aldeas más pobres de la república. En Bogotá las ceremonias tuvieron gran pompa, y
en ellas se invirtieron cuantiosas sumas. En dicha ciudad actuaron cuatro
grupos, en competencia similar a la descrita, en representación de las cuatro
partes del mundo. Me informaron que algunos de los trajes con que se ataviaron
los que hacían de asiáticos valían más de mil pesos. Aparte de esos ejercicios de
equitación, y de muchos otros actos, hubo diversas demostraciones de agilidad y
destreza, como las carreras de cintas en las que se atravesaba un anillo con la
lanza, a pleno galope, o se decapitaba con el sable a efigies puestas a lo
largo del trayecto. En el certamen de jinetes ganó el premio un representante
de América, lo que produjo considerable entusiasmo.
Diciembre 26.- Los festivales celebrados
en Timotes no nos permitieron salir hasta esta tarde a las 4 p.m. Llegamos a La
Puerta (12 millas) después de las siete. Es una mísera aldehuela formada por
unas veinticinco chozas.
Diciembre 27.- después de nuestra
partida de La Puerta, a las 7 a.m. atravesamos una elevada montaña, llamada
páramo. En la cumbre nos encontramos con un viento intenso, penetrante y
helado, desde ahí se domina, sin embargo, una perspectiva muy amplia, pero de
aspecto sumamente desolado. En efecto, no se divisa un solo lugar populoso o
aldea de pintoresca apariencia, ni el menor vestigio de habitaciones o seres
humanos, sino el áspero sendero de dificultoso tránsito, por4 viandantes devotos
y fatigados, y las cuales son los únicos testigos que llevan a nuestro ánimo la
convicción de no hallamos solos en el mundo.
Mientras se cruza el páramo, el viento
–cuyo ímpetu, por no encontrar obstáculo en su carrera, es a veces tan fuerte
que casi no deja avanzar y hace el temor de que pueda cobrar mayor violencia
aún aquel elemento de la naturaleza, invisible e inaudible, y barremos de la
faz de la tierra. Aquellas estupendas masas de rocas, así como su altura y si
lejanía, le dan al hombre la sensación de su completa insignificancia.
Convencido así el viajero de la absoluta impotencia del hombre cuando no forma
parte de un conglomerado social, procura no alejarse de sus compañeros de ruta,
para estar en capacidad de ofrecer o recibir ayuda, y penetrado de un temeroso
sentimiento de humildad y de genuina devoción, acelera en silencio el ritmo de
la marcha, ansioso de ganar al fin la
tierra feraz y guarnecida de algún oculto valle, animado por el bullicio de sus
moradores, a objeto de recuperar, en este ámbito ya más reducido, la
importancia como individuo que había perdido en las alturas y ensalzar desde
sitio más seguro el inmenso poderío de los árbitros de la creación.
La única vegetación que existe en esas
cumbres de tristes soledades es una especie de verbasco gigantesco, más o menos
del tamaño de un hombre, con el cual guarda también cierto parecido cuando se
le contempla a distancia. No se
distingue árbol alguno que obstruya la visión del panorama; montaña abajo, se
columbran las rocas apiladas unas siempre otras sobre otras en la más caótica
confusión; incluso puede seguirse a simple vista la dirección de las distintas
estribaciones y el curso ondulante de los ríos serranos –que lucen como una
vena de plata en lo hondo de los valles- con tanta precisión como si se tratara
de trazos delineados en un mapa topográfico.
Luego de cruzar el páramo llegamos a la
una a Mucuchíes, la próxima aldea (15 millas). Aunque es un lugar bastante
extenso, lo único notable que tiene es una iglesia de grandes dimensiones. El
Alcalde estaba ausente, pero había dejado instrucciones para nuestro albergue. Se
nos puso a elegir entre la propia casa de dicho funcionario y otra adyacente,
que se encontraba desocupada, la cual preferimos para no ocasionar molestias a
la familia. La cena de esa tarde y el desayuno del día siguiente nos fueron
traídos de la casa del alcalde. Como la temperatura era bastante fría,
renunciamos a las hamacas y dormimos en armaduras de cama, formada por toscos
largueros de madera, y cubiertos con un cuero seco, fuertemente templado en
sentido transversal y claveteado con tachuelas. En esta la única clase de lecho
que se encuentra en toda la ruta. Cuando estábamos ya de camino a la mañana
siguiente, nos encontramos con el alcalde, quien nos abordó cortésmente,
preguntándonos si estábamos satisfechos de las atenciones recibidas.
Diciembre 28.- Salimos de Mucuchíes a
las 9 a.m. y llegamos a la ciudad de Mérida (28 millas) a las 6 p.m. después de
a travesar las aldeas de Mucurubá y Tabay.
Fundada en 1558 por Juan Rodríguez
Suárez. Mérida está bellamente situada en una altiplanicie, con latitud norte
de 8° 10´ y longitud Este de 3° 10´ 30” en relación al meridiano de Washington.
A una altura aproximada de cuatrocientos pies sobre los riachuelos Mucujún,
Albarregas y Chama, que la riegan en las tres cuartas partes de su perímetro.
Aunque aquí los llaman ríos, no son navegables; en verano aparecen como burbujeantes arroyos, y el invierno se
convierten en impetuosos torrentes.
La ciudad tiene de ocho a diez mil
habitantes. Fue en otro tiempo uno de los centros urbanos más ricos y hermosos
del país, pero quedó totalmente destruido por el terremoto de 1812. Un gran
sector permanece todavía en ruinas y muchos de los antiguos moradores yacen
sepultados bajo los escombros de sus viviendas. Poco después de nuestra
llegada, fueron encontrados e inhumados los restos mortales de un obispo. Cerca
de la ciudad se ve una profunda grieta, ocasionada por la misma convulsión
telúrica que derribó casas y edificios.
En las afueras hay parcelas cercadas,
desinadas al cultivo de la cebada y del maíz para el forraje; Como las tapias
de estos sembrados son por lo general muy altas, de color pardusco, y
construidas con tierra apisonada, presentan un lúgubre aspecto, las calles, trazadas
a cordel, son muy limpias; están bien empedradas, y por ellas corre una acequia
de límpidas aguas.
Lo más notable es el majestuoso aspecto
que ofrecen las montañas vecinas, cuya cumbre está cubierta de nieves
perpetuas, y a la que denominan la Sierra Nevada de Mérida. El pico más alto
alcanza 15.201 pies sobre el nivel del mar. Después de cruzar cálidas
hondonadas de las tierras bajas, donde fuimos víctimas de un valor excesivo, resulta muy refrescante
columbrar aquella estupenda cima de
brillo deslumbrador.
La contemplación de esta cúspide nevada
me trae a la imaginación el recuerdo de mi comarca nativa, cuyas dilatadas
extensiones estarán probablemente envueltas, en esta época del año, por un
manto de análoga blancura. Sin embargo,
mis paisanos no disfrutan, como estas gentes, de la ventaja de poder
cosechar, al mismo tiempo que la nieve estimula sus energías, la carga dorada de los naranjos y
aspirar los balsámicos soplos de la primavera.
No puedo tampoco dejar de pensar en que
estamos en los días finales del año. No obstante, es tal la fuerza de la
asociación de ideas y de los hábitos tradicionales, que aun cuando me doy
perfecta cuenta de que estamos en diciembre, y de que mis labios nombran este
mes a cada paso, me parece faltar cierta convicción interna al respecto, y como
todo lo que rodea son factores que se confabulan para crear esa falsa
impresión, pronto vuelvo a pensar que estoy gozando de las delicias de la
temporada estival. Se produce así en nuestro espíritu una ligera desazón, a causa de la necesidad de
tener que recurrir constantemente a un esfuerzo mental para llegar a una
conclusión satisfactoria, la cual –apenas
alcanzaba- queda destruida por la impresión del ambiente que efectivamente nos
rodea. Esta sensación se la explicarán fácilmente quienes, al visitar tierra
extrañas, se sorprendan al ver salir el
sol por occidente; o a aquellos que, después de dormir la siesta en el interior
de una diligencia, observan con alarma que el desprevenido y testarudo cochero
se empeña en llevarlos atropelladamente en dirección contraria a la que se
propone seguir.
Hay fuentes termales en las montañas de
Mérida y una mina de plata en sus
inmediaciones, que está hoy sin explorar. En otros tiempos, se extraía cobre y
plata en la costa de Caracas, pero estas
minas se hallan actualmente abandonadas. La lavadura es el único procedimiento
que hoy se utiliza en la República de
Colombia para la obtención de metales preciosos.
Se nos proporcionó un albergue
excelente, y recibimos la visita del gobernador militar, del intendente de la
provincia, del obispo, de diversos sacerdotes y de los principales habitantes
de la ciudad.
La fría temperatura nocturna nos
incomodó bastante, e aunque el mercurio
sólo marcaba 69°.
En mi aposento se alzaba un pequeño
altar, bella y graciosamente decorado con la efigie en cera de la Virgen y el
Niño, adornado con flores recién cortadas, posiblemente por las manos de
nuestra linda anfitriona, quien hacía objeto a estas imágenes de su íntima y
cotidiana adoración.
En cuanto a su marido, y a juzgar por
las apariencias, el altar ante el cual debía mostrar mayor devoción sería la
criolla gallera, pues en el corral vimos una larga hilera de osos gallináceos
que constituyen el modelo de “intrépido soldado y gallardo gentilhombre”, cada
uno atado por un pata, y los cuales eran sometidos a entrenamiento para
alcanzar en la palestra la muerte o la victoria. Los colombianos son muy aficionados a tal
deporte, que les ocasiona no pocas pérdidas de tiempo y de dinero.
Este vicio popular fue especialmente
estimulado por el régimen anterior, a causa de la cuantiosa renta percibida por
el Estado, proveniente de los gravámenes aplicados a las galleras.
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