miércoles, 30 de septiembre de 2026

RICHARD BACHE (1822-1823)

 TESTIMONIOS DE MÉRIDA SIGLO XIX

RICHARD BACHE (1822-1823)

MÉRIDA EN RUINAS (II)

CARLOS CHALABAUD ZERPA

Cuando el teniente Bache llego a Mérida, el 28 de diciembre de 1822, la ciudad tenía entre ocho y diez mil habitantes. De aquel bello centro urbano, rico y próspero del país, solamente quedaban ruinas después de transcurridos diez años del terremoto y de la guerra; muchos de los antiguos pobladores de la hermosa ciudad yacían sepultados  en los escombros de las iglesias y las casa que se vinieron abajo en cosa de instantes; entre los el templo que fungía de catedral fueron entonces encontrados los restos mortales de un obispo, con toda seguridad el Ilmo. Hernández Milanés, que fuera enterrado a la carrera y sin ceremonial, en aquel sitio al día siguiente del sismo en medio de gran consternación. Para aquellos días, el gobernador de la Provincia de Mérida era el Cnel. Juan Antonio Paredes, el Jefe Militar del Departamento el Cnel. Carlos Castelli Goffi, de origen italiano, el obispo era el Dr. Rafael Lasso de la Vega y el rector del Seminario el Dr. José de la Cruz Olivares. Para entonces no existía la Universidad, y la independencia de Venezuela, a un año y medio de la batalla de Carabobo, no estaba consolidada. En efecto, tomada la ciudad en 5 de enero por el Gral. Francisco Tomás Morales, quien había sido nombrado Capitán General de Venezuela por el Gobierno Español, Paredes y Castelli se vieron en la necesidad de abandonar a Mérida con sus exiguas tropas, dejándola a merced del invasor. Por  supuesto que nuestro viajero, que había salido de Trujillo, rumbo a Mérida, el 23 de diciembre, a lomo de mula, junto a sus acompañantes, también tomó las de Villadiego el 30 de diciembre. He aquí su relato:

Diciembre 25.- Como todo el mundo estaba dedicado a cumplir con sus deberes religiosos, no pudimos partir antes de las diez de la mañana. Después de un recorrido de veinticuatro millas, llegamos a la aldehuela india de Timotes a las 8 p.m. Los habitantes estaban ya entregados al reposo, y nos costó algún trabajo descubrir la alcaldía, no obstante, nada conseguimos con ello, pues el alcalde o estaría ausente o se mostraba renuente a franqueamos la entrada. Fue esta la única vez en que creímos advertir algo así como poca  voluntad para recibirnos, y lo atribuimos a lo tardío de la hora. Al igual que otros cristianos cuando se encuentran en apuros, y en vista de que no teníamos acceso a la alcaldía, buscamos la ayuda de la iglesia. Tocamos la puerta, la cual nos fue abierta por el padre, quien nos dejó de hacernos algunas preguntas un tanto estólidas acerca de lo imprevisto de  nuestra llegada, ya que bien podía darse cuenta de que estábamos sujetos a las  largas que nos daban los alcaldes y a las naturales dificultades del camino. Nos metimos en la hamaca sin haber cenado, y pasamos una noche bastante ingrata, acosados por el frío.

De acuerdo con una ley de la República de Colombia, se consideran de fiesta nacional los días 25, 26 y 27 de diciembre. El primero está consagrado a celebrar la independencia, el segundo es el aniversario de la Unión y de la Constitución, y el tercero se dedica a conmemorar los triunfos de los patriotas y a rendir tributo a quienes murieron en la defensa armada de la república. Las ceremonias que se realizan en cada uno de los dichos días son las apropiadas a los diferentes acontecimientos que se desea rememorar.

Aún cuando teníamos vivo interés en partir a hora temprana, pronto hubimos de convencernos de que sería  vana toda tentativa para seguir la marcha antes que pasaran las  fiestas, aun a riesgo de que nuestro próximo anfitrión también nos sermoneara su llegábamos a solicitar albergue a hora avanzada de la noche.

Después de la misa se congregaron en la plaza, encabezados por el padre y los alcaldes, todos los vecinos que pudieron obtener algún caballo, ya fuese a título de préstamo o incluso robado. La cabalgata llegó hasta la puerta d la iglesia, donde recibieron la bandera nacional, además de las de Venezuela y Cundinamarca, los dos departamentos anteriores que ahora están unidos para formar la república consolidada. El padre y los alcaldes pasearon las banderas por todo el pueblo, seguidos por el grupo de jinetes y por una rudimentaria orquesta en la que intervenían dos tambores y pífanos indígenas. Luego de haber depositado los pabellones en la iglesia, los jinetes se dividieron dos grupos, a cuya cabeza iban respectivamente el párroco y el primer alcalde, y ocupando cada uno de ellos una de las esquinas de la misma cuadra de la plaza, comenzaron a atravesarla diagonalmente. Tan pronto como se ponía en movimiento uno de los contendientes, el otro partía también  a todo galope, la diversión consistía  en cruzar velozmente por el centro antes que el adversario, en forma un tanto similar al juego de marro. Este ejercicio de equitación continuó durante largo tiempo, pues los que habían triunfado atravesando con ventaja la plaza en aquel certamen de velocidad proseguían infatigablemente el mismo juego, retornando al lugar de partida. Por último, efectuaron diversas evoluciones similares a las maniobras  de tipo militar que se exhiben en nuestros circos.

En todas las ciudades, pueblos y aldeas del país se efectúan deportes análogos, que sólo varían de acuerdo con las preferencias y los mayores o menores recursos económicos de la comunidad. Tuvimos la mala suerte de encontrarnos, para presenciar aquellas celebraciones, en una de las aldeas más pobres de la república. En  Bogotá las ceremonias tuvieron gran pompa, y en ellas se invirtieron cuantiosas sumas. En dicha ciudad actuaron cuatro grupos, en competencia similar a la descrita, en representación de las cuatro partes del mundo. Me informaron que algunos de los trajes con que se ataviaron los que hacían de asiáticos valían más de mil pesos. Aparte de esos ejercicios de equitación, y de muchos otros actos, hubo diversas demostraciones de agilidad y destreza, como las carreras de cintas en las que se atravesaba un anillo con la lanza, a pleno galope, o se decapitaba con el sable a efigies puestas a lo largo del trayecto. En el certamen de jinetes ganó el premio un representante de América, lo que produjo considerable entusiasmo.

Diciembre 26.- Los festivales celebrados en Timotes no nos permitieron salir hasta esta tarde a las 4 p.m. Llegamos a La Puerta (12 millas) después de las siete. Es una mísera aldehuela formada por unas veinticinco chozas.

Diciembre 27.- después de nuestra partida de La Puerta, a las 7 a.m. atravesamos una elevada montaña, llamada páramo. En la cumbre nos encontramos con un viento intenso, penetrante y helado, desde ahí se domina, sin embargo, una perspectiva muy amplia, pero de aspecto sumamente desolado. En efecto, no se divisa un solo lugar populoso o aldea de pintoresca apariencia, ni el menor vestigio de habitaciones o seres humanos, sino el áspero sendero de dificultoso tránsito, por4 viandantes devotos y fatigados, y las cuales son los únicos testigos que llevan a nuestro ánimo la convicción de no hallamos solos en el mundo.

Mientras se cruza el páramo, el viento –cuyo ímpetu, por no encontrar obstáculo en su carrera, es a veces tan fuerte que casi no deja avanzar y hace el temor de que pueda cobrar mayor violencia aún aquel elemento de la naturaleza, invisible e inaudible, y barremos de la faz de la tierra. Aquellas estupendas masas de rocas, así como su altura y si lejanía, le dan al hombre la sensación de su completa insignificancia. Convencido así el viajero de la absoluta impotencia del hombre cuando no forma parte de un conglomerado social, procura no alejarse de sus compañeros de ruta, para estar en capacidad de ofrecer o recibir ayuda, y penetrado de un temeroso sentimiento de humildad y de genuina devoción, acelera en silencio el ritmo de la marcha,  ansioso de ganar al fin la tierra feraz y guarnecida de algún oculto valle, animado por el bullicio de sus moradores, a objeto de recuperar, en este ámbito ya más reducido, la importancia como individuo que había perdido en las alturas y ensalzar desde sitio más seguro el inmenso poderío de los árbitros de la creación.

La única vegetación que existe en esas cumbres de tristes soledades es una especie de verbasco gigantesco, más o menos del tamaño de un hombre, con el cual guarda también cierto parecido cuando se le contempla  a distancia. No se distingue árbol alguno que obstruya la visión del panorama; montaña abajo, se columbran las rocas apiladas unas siempre otras sobre otras en la más caótica confusión; incluso puede seguirse a simple vista la dirección de las distintas estribaciones y el curso ondulante de los ríos serranos –que lucen como una vena de plata en lo hondo de los valles- con tanta precisión como si se tratara de trazos delineados en un mapa topográfico.

Luego de cruzar el páramo llegamos a la una a Mucuchíes, la próxima aldea (15 millas). Aunque es un lugar bastante extenso, lo único notable que tiene es una iglesia de grandes dimensiones. El Alcalde estaba ausente, pero había dejado instrucciones para nuestro albergue. Se nos puso a elegir entre la propia casa de dicho funcionario y otra adyacente, que se encontraba desocupada, la cual preferimos para no ocasionar molestias a la familia. La cena de esa tarde y el desayuno del día siguiente nos fueron traídos de la casa del alcalde. Como la temperatura era bastante fría, renunciamos a las hamacas y dormimos en armaduras de cama, formada por toscos largueros de madera, y cubiertos con un cuero seco, fuertemente templado en sentido transversal y claveteado con tachuelas. En esta la única clase de lecho que se encuentra en toda la ruta. Cuando estábamos ya de camino a la mañana siguiente, nos encontramos con el alcalde, quien nos abordó cortésmente, preguntándonos si estábamos satisfechos de las atenciones recibidas.

Diciembre 28.- Salimos de Mucuchíes a las 9 a.m. y llegamos a la ciudad de Mérida (28 millas) a las 6 p.m. después de a travesar las aldeas de Mucurubá y Tabay.

Fundada en 1558 por Juan Rodríguez Suárez. Mérida está bellamente situada en una altiplanicie, con latitud norte de 8° 10´ y longitud Este de 3° 10´ 30” en relación al meridiano de Washington. A una altura aproximada de cuatrocientos pies sobre los riachuelos Mucujún, Albarregas y Chama, que la riegan en las tres cuartas partes de su perímetro. Aunque aquí los llaman ríos, no son navegables; en verano aparecen  como burbujeantes arroyos, y el invierno se convierten en impetuosos torrentes.

La ciudad tiene de ocho a diez mil habitantes. Fue en otro tiempo uno de los centros urbanos más ricos y hermosos del país, pero quedó totalmente destruido por el terremoto de 1812. Un gran sector permanece todavía en ruinas y muchos de los antiguos moradores yacen sepultados bajo los escombros de sus viviendas. Poco después de nuestra llegada, fueron encontrados e inhumados los restos mortales de un obispo. Cerca de la ciudad se ve una profunda grieta, ocasionada por la misma convulsión telúrica que derribó casas y edificios.

En las afueras hay parcelas cercadas, desinadas al cultivo de la cebada y del maíz para el forraje; Como las tapias de estos sembrados son por lo general muy altas, de color pardusco, y construidas con tierra apisonada, presentan un lúgubre aspecto, las calles, trazadas a cordel, son muy limpias; están bien empedradas, y por ellas corre una acequia de límpidas aguas.

Lo más notable es el majestuoso aspecto que ofrecen las montañas vecinas, cuya cumbre está cubierta de nieves perpetuas, y a la que denominan la Sierra Nevada de Mérida. El pico más alto alcanza 15.201 pies sobre el nivel del mar. Después de cruzar cálidas hondonadas de las tierras bajas, donde fuimos víctimas  de un valor excesivo, resulta muy refrescante columbrar aquella estupenda cima de  brillo deslumbrador.

La contemplación de esta cúspide nevada me trae a la imaginación el recuerdo de mi comarca nativa, cuyas dilatadas extensiones estarán probablemente envueltas, en esta época del año, por un manto de análoga blancura. Sin embargo,  mis paisanos no disfrutan, como estas gentes, de la ventaja de poder cosechar, al mismo tiempo que la nieve estimula sus  energías, la carga dorada de los naranjos y aspirar los balsámicos soplos de la primavera.

No puedo tampoco dejar de pensar en que estamos en los días finales del año. No obstante, es tal la fuerza de la asociación de ideas y de los hábitos tradicionales, que aun cuando me doy perfecta cuenta de que estamos en diciembre, y de que mis labios nombran este mes a cada paso, me parece faltar cierta convicción interna al respecto, y como todo lo que rodea son factores que se confabulan para crear esa falsa impresión, pronto vuelvo a pensar que estoy gozando de las delicias de la temporada estival. Se produce así en nuestro espíritu  una ligera desazón, a causa de la necesidad de tener que recurrir constantemente a un esfuerzo mental para llegar a una conclusión  satisfactoria, la cual –apenas alcanzaba- queda destruida por la impresión del ambiente que efectivamente nos rodea. Esta sensación se la explicarán fácilmente quienes, al visitar tierra extrañas, se  sorprendan al ver salir el sol por occidente; o a aquellos que, después de dormir la siesta en el interior de una diligencia, observan con alarma que el desprevenido y testarudo cochero se empeña en llevarlos atropelladamente en dirección contraria a la que se propone seguir.

Hay fuentes termales en las montañas de Mérida y una mina de  plata en sus inmediaciones, que está hoy sin explorar. En otros tiempos, se extraía cobre y plata en la costa de  Caracas, pero estas minas se hallan actualmente abandonadas. La lavadura es el único procedimiento que hoy se utiliza en la República de  Colombia para la obtención de metales preciosos.

Se nos proporcionó un albergue excelente, y recibimos la visita del gobernador militar, del intendente de la provincia, del obispo, de diversos sacerdotes y de los principales habitantes de la ciudad.

La fría temperatura nocturna nos incomodó bastante, e aunque el mercurio  sólo marcaba 69°.

En mi aposento se alzaba un pequeño altar, bella y graciosamente decorado con la efigie en cera de la Virgen y el Niño, adornado con flores recién cortadas, posiblemente por las manos de nuestra linda anfitriona, quien hacía objeto a estas imágenes de su íntima y cotidiana adoración.

En cuanto a su marido, y a juzgar por las apariencias, el altar ante el cual debía mostrar mayor devoción sería la criolla gallera, pues en el corral vimos una larga hilera de osos gallináceos que constituyen el modelo de “intrépido soldado y gallardo gentilhombre”, cada uno atado por un pata, y los cuales eran sometidos a entrenamiento para alcanzar en la palestra la muerte o la victoria. Los  colombianos son muy aficionados a tal deporte, que les ocasiona no pocas pérdidas de tiempo y de dinero.

Este vicio popular fue especialmente estimulado por el régimen anterior, a causa de la cuantiosa renta percibida por el Estado, proveniente de los gravámenes aplicados a las galleras.

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