LAS DAMAS DE BOLIVAR
Carlos Chalbaud Zerpa
Existe la
general creencia que las esposas de los hombres que han regido en nuestro país,
a partir de la declaración de la independencia, fueron damas muy felices
gracias al poder embriagante o a las riquezas de que gozaron sus maridos;
igualmente se piensa lo mismo de aquellas señoras que se desempeñaron como
novias o mancebas de los mismos personajes.
Si revisamos
la historia íntima de ellas, hasta las primeras décadas del siglo XX, llegamos
a la conclusión de que quizás fueron más los tiempos de adversidad que los de
holganza, y que la mayor parte de dichas damas fueron víctimas del monstruo de
la fatalidad, la desventura, la desgracia, los saqueos de sus casas, las
crueles enfermedades, la persecución política, los días agobiadores y las
noches de miseria en el destierro.
Pareciera
como si un sino trágico fuera inherente a la posición que ocuparon al lado, o
muy cerca, de nuestros gobernantes.
Sobre el tema
de las primeras damas de Venezuela, titulo este prestado del norteamericano
‘first lady” que refiriéndose a las del siglo XIX escribió un excelente ensayo
el notable escritor venezolano don Antonio Reyes y que abarca desde doña María
Teresa Rodríguez del Toro y Alaiza, esposa del Libertador hasta doña Zoila Rosa
Martínez, la cónyuge del Gral. Cipriano Castro; así como también existe el
magnifico libro de la señora Ermila Troconis de Veracoechea sobre el mismo
argumento.
Acerca de los amores de Bolívar, señaladamente
doña Manuela Saez de Thorne, puede consultarse las biografías de Víctor W. Von
Hagen y Alfonso Rumazo González, así como
María Teresa Rodríguez del Toro y Alaiza
Aunque
Bolívar no fue presidente de Venezuela, asumió la dictadura durante
A su esposa
la conoció Bolívar en Madrid, cuando su primer viaje a España en 1800.En una
carta a su tío Esteban Palacios Sojo le dice que se ha apasionado de una
señorita de las más bellas circunstancias y recomendables prendas, como lo es
su señora doña Teresa Toro (así la llama a secas), hija de un paisano y aún
pariente, con quien determino contraer alianza. La novia era española, prima
lejana suya, dos años mayor que el contrayente e hija de don Bernardo Rodríguez
del Toro y Ascanio, natural de Caracas y doña Benita de Alaiza y Medrano, ya
difunta, natural de Valladolid. Había nacido en la capital española el 15 de
octubre de 1781; no era hermosa y tampoco rica como el novio, de tal manera que
si por parte de él fue un matrimonio por amor, por el de ella fue de necesidad
y de interes. El enlace, con el joven caraqueño de 19 años se efectuó, en horas
vespertinas, el 26 de mayo de 1802, en la misma ciudad mandrílense en
Casada ella
con uno de los jóvenes americanos más acaudalados, pues Bolívar era propietario
de un cuantioso mayorazgo y otros bienes adquiridos por herencia, no aportó ni
dote ni bienes, de donde se deduce que, su padre era un noble arruinado.
Muy enamorada
de su marido, llegó a Venezuela hacia el mes de junio de 1802, y aunque
agasajada por la aristocracia criolla, no dejó de despertar envidias, odios y celos,
así como fue considerada una intrusa por las familias caraqueñas con hijas
casaderas que veían en el mozo Simón un excelente partido.
Fue a vivir,
después de una corta permanencia en Caracas, con su marido a la hacienda de San
Mateo, donde la felicidad duró apenas ocho meses, porque el 23 de enero de
1803, víctima de la fiebre amarilla o un paludismo pernicioso, era enterrada en
Muchos años
más tarde, Bolívar confesaría a Perú de Lacroix que había querido tanto a su
mujer, que su muerte le hizo jurar no volverse a casar. Y no lo hizo. Se
conjetura, anota Gil Fortoul, que acaso porque conservaba inmaculado el
recuerdo de su primer amor o quizás porque en la vertiginosa carrera de su
existencia no podía ya haber descanso, sino para amores volubles.
Aunque
tildado por biógrafos trasnochados como superhombre y Semidiós de América,
Bolívar era un ser humano con todas las virtudes y defectos de un hombre
genial, en quien destacaron sus dotes de guerrero, internacionalista y
estadista; hasta el punto que en su tiempo, su nombre circulaba entre los
pueblos de Europa- sin excluir España- como sinónimo de Libertad. Con el nombre
de Bolívar en los labios, en canciones patrióticas, tomaron a París los revolucionarios
de 1830.
Sus queridas
le acompañaron siempre en Caracas, en Angostura, en Bogotá, en Lima, en Quito y
aún en las campañas. En Caracas se le oía decir por el año de 1814, que
prefería el Purgatorio al Paraíso porque allí estaba seguro de encontrar a sus
primas las Aristeguietas, hermosas muchachas de genio alegre y muy
independiente. Bien es cierto, continúa Gil Fortoul, que más de una vez su pasión
amorosa le sirvió de Providencia. En 1815, hallándose en Kingston, la
circunstancia de quedarse a dormir en casa de una amiga le salvó de que lo
asesinase su propio esclavo, el cual dio de puñaladas a un oficial que por
aquella noche ocupaba su hamaca; y el 25 de septiembre de 1828, escapó de los
conjurados de Bogotá merced a las trazas que se dio su querida para hacerlo
saltar por el balcón.
De
Josefina Machado
Era bella,
pertenecía a una de las mejores familias de Caracas y parece que fue su novia
en 1813. Sufrió todos los infortunios y las miserias de
En aquel
holocausto, estas distinguidas damas, entre quienes se encontraba Josefina Machado,
sacrificaron su belleza y su juventud y se vieron obligadas a alimentarse de
pescado, yuca y plátano.
Por culpa de
la señorita Pepa, faltó poco para que fracasara la primera expedición de Haití,
en 1816, por un retraso en el barco que conducía a la amante a Margarita.
En efecto,
señala Indalecio Liévano Aguirre, cuando Bolívar-gracias al franco apoyo de Petión-
adquiría el completo dominio de las fuerzas revolucionarias, hasta el punto de
poder negarse a que Bermúdez formara parte de la expedición ocurrió algo que,
dadas las características de su temperamento, debía conducirle a una seria
distracción de su voluntad; la llegada de una carta de Josefina Machado, quien
desde Santo Thomas le pedía la aguardara en los Cayos, pues estaba resuelta a
correr a su lado los riesgos de las campañas futuras. Aunque la espera de
Josefina suponía demora de la partida, después de considerar Bolívar el asunto
con Brión, enemigo de todo aplazamiento, ordenó detener la marcha.
Una semana
trascurrió en vano; por causas que el no podía explicarse, la señorita Machado
no llegó, y ante la presión de Brión, quien veía en esta demora un motivo de escándalo
para la oficialidad, tuvo que ceder y ordenó la salida. El 31 de marzo de 1816,
seis goletas cargadas con las armas y municiones proporcionadas por Petión se alejan
ron del puerto con el propósito de enfrentarse a los 10.000 ó 12.000 soldados
de que disponía Morillo en continente.
Cuando la
pequeña armada arribó a las proximidades de la isla
Durante la
permanencia de Bolívar en Angostura, su querida oficial lo fue la señorita Pepa.
Quiso ella
seguirlo a
Bernardina Ibañez.
Cuando
victorioso en la batalla de Boyacá, Bolívar entró en Santa Fe de Bogotá el 10
de agosto de 1819, la población le organizó una posterior entrada solemne y
oficial el 18 de septiembre bajo una lluvia de flores y repiques de campanas.
En compañía de Santander y Anzoátegui fue recibido por el alto clero, en el
atrio de la catedral. Asistieron de rodillas a un Te Deum y luego en la plaza,
atestada de gente, se cantó un himno en honor del Libertador. Veinte doncellas
vestidas de blanco, todas muy bellas y muy jóvenes, se presentaron trayendo en
sus manos una corona y decoraciones. Una de ellas, la más hermosa, casi una
niña, colocó sobre sus sienes la corona de laurel. Era la señorita Bernardina
Ibañez quien vino a ocupar el lugar que había correspondido en
Prendado de
ella se cansó de escribirle sin obtener una respuesta afirmativa, por estar
enamorada del oficial patriota caraqueño Ambrosio Plaza, quien había acompañado
al Libertador en la campaña para liberar a Venezuela en 1813; estuvo en Mérida
y Trujillo, intervino en los combates de Niquitao y los Horcones y entró entre
aclamaciones a Caracas después de recibir ovaciones en Valencia y
Se cuenta que
antes de la batalla de Carabobo, el general O’ Leary le preguntó al Gral.
Cedeño en qué pensaba al verlo taciturno; y éste le contestó que meditaba en el
bonito muerto que haría Plaza; a lo cual, Plaza que escuchaba, replicó rápidamente:
y yo estaba reflexionando en cual será la bárbara temeridad que le llevará a
usted a su fin,
Cuando
Bolívar conoció a Bernardina, él tenía 34 años y ella no más de trece. Lo consideraba
un viejo. Ella en cambio era tenida por la jovencita más bella de Bogotá y, además
de Plaza, tenía grandes enamorados como lo eran el joven liberal Florentino Gonzáles
y el mozo acaudalado Miguel Saturnino Uribe.
Ambrosio
Plaza en el año de 1821 no regresó a Bogotá en busca de su novia. Murió en la
batalla de Carabobo, en el sitio mas expuesto de la contienda, tal como Urías,
el oficial de las tropas del rey David.
En Carabobo,
Plaza no entró inicialmente en contienda y pidió permiso al Libertador para
entrar en el combate, lo mismo que había exigido Cedeño que tampoco había
peleado. Ambos encontraron la muerte.
Según el
historiador Vicente Lecuna, el coronel Plaza, acompañado por el edecán Ibarra
que le había llevado la orden de embestir, avanzó sobre dos batallones españoles
y al tratar de rendir al del Infante recibió una descarga y cayó gravemente
herido; trasladado en muy mal estado a Valencia murió al día siguiente.
De tal manera
que no era general como siempre se ha repetido ni murió en el campo de batalla.
Bolívar en el parte de la acción lo denomina el coronel Plaza.
Muerto Plaza,
Bolívar la cortejó con mayor vehemencia y la llamaba en sus cartas la
“melindrosa y más melindrosa bella Bernardina”.
Bernardina y
sus bellas hermanas, patriotas, nacionalistas y de pensamiento francamente
liberal, se fueron paulatinamente alejando del Libertador, sobre todo cuando se
convirtió en dictador y rompió sus relaciones con Santander y establecieron
vínculos más estrechos con los jóvenes patriotas revolucionarios que
constituyeron ideológicamente el grupo de los conjurados que en septiembre de
1828 intentaron asesinarlo. El objeto de los conspiradores era destruir el
régimen, apoderarse de la persona de Bolívar y sus ministros, vencer las
resistencias que pudieran encontrar en algunos grupos de las fuerzas armadas; y
poner enseguida a la cabeza gobierno a Santander, a quien consideraban el Jefe
Constitucional de
Otra mujer,
Manuelita Saenz, le salvo la vida y la conspiración fracasó.
Entre los conspiradores
que penetraron armados hasta la habitación del Libertador, cuando este ya había
huido por una ventana, se encontraba Florentino González, de apenas veinte y
tres años de edad. Según parece fue él quien impidió que uno de los sicarios
rematase al edecán Ibarra de un sablazo y así mismo evitó que un exoficial de
artillería llamado José López (alias Lopote) que había sido dado de baja por
mala conducta, tratase de golpear y matar a la bellísima señora que espada en
mano había salido a hacerles frente. González, uno de los más ardientes
conspiradores dióle un empellón al tal López, echándole en cara la villanía de ofender
a una débil mujer.
Catorce de
los comprometidos fueron condenados a muerte, entre ellos el general Padilla,
el protagonista de la batalla naval de Maracaibo, quien fue fusilado y luego
colgado por el cuello y que no había tenido conocimiento de la conjura.
Uno de los
más enardecidos y culpables, era desde luego Florentino González mozo de gran
talento, y fue también condenado a muerte. Se le conmutó la pena por su prisión
en un castillo, encadenado y con grillos y más tarde fue dejado en libertad.
Mientras
sucedían todas estas cosas, el apuesto galán Uribe sedujo a Bernardina, y cuando
ella debía tener unos 27 años, en el año de 1834, dio a luz una niña de este
don Juan que enamoraba a todas las muchachas para dejarles como recuerdo un
hijo. La muchachita nació en la clandestinidad y la madre la entregó, para su
crianza, a las monjas de un convento.
Florentino
siguió enamorado de
Miguel Saturnino
Uribe legitimaría la niña de Bernardina, sin decir en el documento quien era la
madre. Ya señorita y llamada doña Carmen Uribe, casaría con don Carlos
Michelsen, quien fuera Presidente de Colombia.
Posteriormente
a la disolución de
No son
difíciles de imaginar los sufrimientos de Bernardina, primero al saber que su
novio había muerto en Carabobo, luego al tener que recluir su primogénita en un
convento para callar un pecado y por último al conocer que su nuevo
pretendiente había sido condenado al último suplicio por el tribunal nombrado
por Bolívar, su antiguo cortejador, y posteriormente recluido en los calabozos del
Castillo de Bocachica, aherrojado y sin poder ver la luz del sol.
Por algo dice
un refrán que, la suerte de las feas, las bonitas la desean.
A partir de
su matrimonio con Florentino González, la vida de la bella Bernardina se
hundirá en el silencio. De la unión nacerán dos niñas gemelas; una de ellas casará
con un marino francés quien regresara a su patria donde se le perderá el rastro;
y la otra ingresará en un convento.
Bernardina
falleció en Valparaíso, en 1864.
En esa aldea
grande que era entonces Bogotá, y en la señorial Lima, los paréntesis de actividad
política y guerrera los dedicaba el Libertador, según Gil Fortoul a intrigas
amorosas, que en no raras ocasiones llegaron al delirio.
En aquellas
poblaciones, parafraseando a López Michelsen, era una constante los chimes, la
vida pacata, las envidias pueblerinas; constante histórica durante el primer
siglo de vida independiente. La hermosura, el poder, la riqueza atrajeron sobre
sus poseedores las centellas de la maledicencia. Además, en épocas de
transición, de cataclismos sociales, nadie tiene derecho a tirar la primera
piedra.
Fue entonces
cuando empezó a flaquear el organismo de Bolívar y a decaer su genio. Desde
1822, una mujer ocupaba lugar absorbente en la vida pasional del héroe; mujer
única en esta época, así por su carácter aventurero como por su afición a
ejercicios varoniles, y tanto por su soberbia en desdeñar ciertas convenciones
sociales cuanto por su brillante inteligencia. Llamábase Manuela Sáenz. Casada
en Quito con un medico inglés, de apellido Thorne, le abandono allí para seguir
al Libertador en todas sus campañas. El inglés, excéntrico, le suplicaba sin
cesar que volviese a unírsele. A menudo le enviaba grandes cantidades de dinero,
que ella no aceptó nunca, y al fin la instituyó heredera de toda su fortuna.
Léase una de
las respuestas de doña Manuela, en la que aparecen ambos pintados con
ingeniosos toques:
“ no, no, no más, hombre de Dios! ¿Por qué
hacerme usted escribir, faltando a mi resolución? Vamos, ¿qué adelanta usted,
sino hacerme pasar por el dolor de decirle mil veces no? Señor, usted es
excelente, es inimitable, jamás diré otra cosa sino lo que es usted; pero mi
amigo, dejar a usted por el general Bolívar es algo: dejar a otro marido sin
las cualidades de usted, sería nada. ¿Y usted cree que yo, después de ser la
querida de este general por siete años, y con la seguridad de poseer su corazón,
prefiera ser la mujer del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, o sea de
Manuela Saenz
era nacida en Quito, muy hermosa, cultivada, violenta, apasionada y sensual.
Desde muy jovencita había escandalizado a la sociedad quiteña con sus
desplantes y su vida independiente no sujeta a con formalidades. Bolívar la
conoció en la propia ciudad de Quito en junio de 1822 y desde entonces vivieron
juntos prácticamente como marido y mujer. Ella lo acompañó en sus largas
campañas y en las situaciones más difíciles hasta pocos meses antes de la
muerte del héroe, cuando enfermo y decepcionado abandonó a Bogotá rumbo a la
costa atlántica.
Doña Manuela,
al abrazarlo estrechamente para despedirse, fue la única que creyó que su
amante volvería y que volvería pronto.
El Libertador
montó a caballo, con el sombrero en la mano, con la enfermedad que lo llevaría
a la tumba dibujada en su rostro. Partía para siempre de la capital granadina y
cuando pasaba por la plaza principal, una chusma de canallas, azuzada por sus
enemigos políticos lo despidieron gritándole el vil apodo con el cual lo
denominaban los liberales: “Longaniza, longaniza!”.
El Gobierno
bogotano exigió a doña Manuela la entrega del archivo secreto del Libertador, a
lo cual ella respondió de la siguiente manera: “En contestación a la reconvención de usted, digo no tener nada
absolutamente en mi poder que pertenezca al Gobierno. Es cierto que he recibido
papeles que sin mi consentimiento los condujeron a
Muerto
Bolívar fue injuriada, calumniada, vilipendiada y vituperada de la manera más
infame. Se le amenazó con la cárcel y el destierro y los mismos políticos que
consideraban a los ecuatorianos, peruanos y bolivianos como “hermanos” la
trataron a ella de “extranjera”. La patria suya, decía doña Manuela, era todo
el continente puesto que había nacido bajo la línea ecuatorial.
Expatriada de
Nueva Gra nada y del Ecuador, tuvo que ir a recluirse al miserable puerto
ballenero de Paita, población desolada en el Pacífico, con una sola calle y un
muelle, a mil kilómetros de Lima. Era un desierto desolado, sin árboles, con
empinados farallones, sin lluvias y con un clima abrasador, con chozas de
pescadores y casas de adobe. Era un destierro en toda la acepción de la palabra
y sitio de confinamiento para políticos revoltosos y revolucionarios.
En un
edificio destartalado, sentada a su puerta, doña Manuela vendía tabaco y
cigarros a los marineros y hacía tejidos de punto. Vivía del recuerdo de
Bolívar y custodiaba celosamente sus cartas y remembranzas. Un día le llegó la noticia
del fusilamiento en el Ecuador de su hermano el general José María Sáenz, quien
se había opuesto a la secesión de su patria de
En ocasiones,
desde el vecino pueblo de Amotape, a caballo en una mula o en un burrito, la
visitaba otro entrañable amigo del Libertador, desterrado y en la mayor
indigencia. Contaba ochenta años y se llamaba don Simón Rodríguez.
En otra
oportunidad, fue a conocerla Giuseppe Garibaldi, héroe de la libertad del
Uruguay y de
A mediados de
noviembre de 1856 desembarcó un marinero con fiebres, que al poco tiempo murió
asfixiado por las flemas y pidiendo aire. Las autoridades locales desconocían
el mal que no era otro que la contagiosísima difteria. Pasados unos días se
desató una verdadera epidemia. Cuantos podían hacerlo huían. Los barcos se
negaban a recibir los habitantes por terror al contagio. Los que pudieron
hacerlo abandonaron el puerto miserable a pie, en mulas o en carretas, a través
del desierto, hacia otros pueblos o aldeas de tierra adentro.
Cuando la enfermedad
llegó a su punto álgido no hubo tiempo para entierros individuales y los
sepultureros enmascarados, sacaban de las pobres casas los muertos en un
carretón y los arrojaban a una fosa común. Tras ellos llegaba un lúgubre
personaje alto y flaco, que fungía de inspector de salubridad, reunía los
enseres, ropas y otras pertenencias de los fallecidos por la plaga, los lanzaba
a la calle y les daba fuego. Doña Manuela, inválida, tuvo que permanecer en el
pueblo infestado. Primero fallecieron sus dos servidoras y después su vieja
esclava y compañera. Luego murió doña Manuela, víctima de la cruel enfermedad,
el 23 de noviembre de 1856.
La abominable
e infernal plaga perdonó a muy pocos.
Envuelta en
una hamaca fue llevada en el carretón a una fosa común abierta al pie de los
farallones; y tan pronto como fue retirado el cadáver, sus pertenencias
personales fueron echadas a la calle e incineradas; en una pira que devoraron
las llamas fueron acumulados sus ropas, cuadros, medallas y un cofre revestido
de cuero con todas las cartas del Libertador que ella conservaba con amor,
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