sábado, 10 de enero de 2026

Mitos, Leyendas y Embustes (Ensayos Históricos)

 LAS DAMAS DE BOLIVAR

Carlos Chalbaud Zerpa

Existe la general creencia que las esposas de los hombres que han regido en nuestro país, a partir de la declaración de la independencia, fueron damas muy felices gracias al poder embriagante o a las riquezas de que gozaron sus maridos; igualmente se piensa lo mismo de aquellas señoras que se desempeñaron como novias o mancebas de los mismos personajes.

Si revisamos la historia íntima de ellas, hasta las primeras décadas del siglo XX, llegamos a la conclusión de que quizás fueron más los tiempos de adversidad que los de holganza, y que la mayor parte de dichas damas fueron víctimas del monstruo de la fatalidad, la desventura, la desgracia, los saqueos de sus casas, las crueles enfermedades, la persecución política, los días agobiadores y las noches de miseria en el destierro.

Pareciera como si un sino trágico fuera inherente a la posición que ocuparon al lado, o muy cerca, de nuestros gobernantes.

Sobre el tema de las primeras damas de Venezuela, titulo este prestado del norteamericano ‘first lady” que refiriéndose a las del siglo XIX escribió un excelente ensayo el notable escritor venezolano don Antonio Reyes y que abarca desde doña María Teresa Rodríguez del Toro y Alaiza, esposa del Libertador hasta doña Zoila Rosa Martínez, la cónyuge del Gral. Cipriano Castro; así como también existe el magnifico libro de la señora Ermila Troconis de Veracoechea sobre el mismo argumento.

 Acerca de los amores de Bolívar, señaladamente doña Manuela Saez de Thorne, puede consultarse las biografías de Víctor W. Von Hagen y Alfonso Rumazo González, así como La Historia Constitucional de Venezuela de José Gil Fortoul, la biografía de Bolívar de Indalecio Lievano Aguirre y la obra Las Ibañez de Jaime Duarte French; y en relación a las compañeras más importantes del Gral. Juan Vicente Gómez, es conveniente leer el libro El Misterio de Miraflores, sobre el asesinato del Gral. Juan Crisóstomo Gómez, firmado por Pablo Sulbaran.

 

María Teresa Rodríguez del Toro y Alaiza



Aunque Bolívar no fue presidente de Venezuela, asumió la dictadura durante la Segunda República en 1813, fue posteriormente Jefe Provisional de la Republica, con sede en Angostura en 1817; y luego Presidente de la Gran Colombia y Director Supremo del Ejército, nombrado por el Congreso reunido también en la ciudad angostureña en 1819.

A su esposa la conoció Bolívar en Madrid, cuando su primer viaje a España en 1800.En una carta a su tío Esteban Palacios Sojo le dice que se ha apasionado de una señorita de las más bellas circunstancias y recomendables prendas, como lo es su señora doña Teresa Toro (así la llama a secas), hija de un paisano y aún pariente, con quien determino contraer alianza. La novia era española, prima lejana suya, dos años mayor que el contrayente e hija de don Bernardo Rodríguez del Toro y Ascanio, natural de Caracas y doña Benita de Alaiza y Medrano, ya difunta, natural de Valladolid. Había nacido en la capital española el 15 de octubre de 1781; no era hermosa y tampoco rica como el novio, de tal manera que si por parte de él fue un matrimonio por amor, por el de ella fue de necesidad y de interes. El enlace, con el joven caraqueño de 19 años se efectuó, en horas vespertinas, el 26 de mayo de 1802, en la misma ciudad mandrílense en la Iglesia Parroquial de San José, en la intimidad de la familia, porque la casa donde vivía el padre de la novia, no era ni grande ni cómoda.

Casada ella con uno de los jóvenes americanos más acaudalados, pues Bolívar era propietario de un cuantioso mayorazgo y otros bienes adquiridos por herencia, no aportó ni dote ni bienes, de donde se deduce que, su padre era un noble arruinado.

Muy enamorada de su marido, llegó a Venezuela hacia el mes de junio de 1802, y aunque agasajada por la aristocracia criolla, no dejó de despertar envidias, odios y celos, así como fue considerada una intrusa por las familias caraqueñas con hijas casaderas que veían en el mozo Simón un excelente partido.

Fue a vivir, después de una corta permanencia en Caracas, con su marido a la hacienda de San Mateo, donde la felicidad duró apenas ocho meses, porque el 23 de enero de 1803, víctima de la fiebre amarilla o un paludismo pernicioso, era enterrada en la Capilla de la Santísima Trinidad de la Catedral de Caracas.

Muchos años más tarde, Bolívar confesaría a Perú de Lacroix que había querido tanto a su mujer, que su muerte le hizo jurar no volverse a casar. Y no lo hizo. Se conjetura, anota Gil Fortoul, que acaso porque conservaba inmaculado el recuerdo de su primer amor o quizás porque en la vertiginosa carrera de su existencia no podía ya haber descanso, sino para amores volubles.

Aunque tildado por biógrafos trasnochados como superhombre y Semidiós de América, Bolívar era un ser humano con todas las virtudes y defectos de un hombre genial, en quien destacaron sus dotes de guerrero, internacionalista y estadista; hasta el punto que en su tiempo, su nombre circulaba entre los pueblos de Europa- sin excluir España- como sinónimo de Libertad. Con el nombre de Bolívar en los labios, en canciones patrióticas, tomaron a París los revolucionarios de 1830.

Sus queridas le acompañaron siempre en Caracas, en Angostura, en Bogotá, en Lima, en Quito y aún en las campañas. En Caracas se le oía decir por el año de 1814, que prefería el Purgatorio al Paraíso porque allí estaba seguro de encontrar a sus primas las Aristeguietas, hermosas muchachas de genio alegre y muy independiente. Bien es cierto, continúa Gil Fortoul, que más de una vez su pasión amorosa le sirvió de Providencia. En 1815, hallándose en Kingston, la circunstancia de quedarse a dormir en casa de una amiga le salvó de que lo asesinase su propio esclavo, el cual dio de puñaladas a un oficial que por aquella noche ocupaba su hamaca; y el 25 de septiembre de 1828, escapó de los conjurados de Bogotá merced a las trazas que se dio su querida para hacerlo saltar por el balcón.

De 1813 a 1819, su favorita fue doña Josefina Machado. Algunos de sus tenientes debieron a complacencias de sus mujeres y hermanas con el Libertador, no menos que a su bravura en los combates, sus grados y honores militares. Soublette entre ellos, fue un hermano demasiado complaciente.

Josefina Machado



Era bella, pertenecía a una de las mejores familias de Caracas y parece que fue su novia en 1813. Sufrió todos los infortunios y las miserias de la Guerra a Muerte y se vio en la necesidad de huir del país en compañía de su madre y una hermana, para vivir en medio de estrecheces y penalidades en las islas del Caribe. Convertida posteriormente en amante de Bolívar fue blanco de maledicencias por parte de los caraqueños y de aclamaciones por las tropas patriotas que la denominaban la Señorita Pepa. Perdidamente enamorada del Libertador, fue correspondida por éste hasta 1819. En los azarosos años de 1813 y 18l4, cuando Boves y Morales arrasaban pueblos y ciudades, damas venezolanas de la más refinada sociedad se ocultaron en bosques para luego pasar a las islas antillanas donde, para poder comer, se veían obligadas a bordar, fabricar dulces o tocar el arpa en los bailes de los negros isleños, mientras sus padres, esposos y hermanos seguían al ejército republicano.

En aquel holocausto, estas distinguidas damas, entre quienes se encontraba Josefina Machado, sacrificaron su belleza y su juventud y se vieron obligadas a alimentarse de pescado, yuca y plátano.

Por culpa de la señorita Pepa, faltó poco para que fracasara la primera expedición de Haití, en 1816, por un retraso en el barco que conducía a la amante a Margarita.

En efecto, señala Indalecio Liévano Aguirre, cuando Bolívar-gracias al franco apoyo de Petión- adquiría el completo dominio de las fuerzas revolucionarias, hasta el punto de poder negarse a que Bermúdez formara parte de la expedición ocurrió algo que, dadas las características de su temperamento, debía conducirle a una seria distracción de su voluntad; la llegada de una carta de Josefina Machado, quien desde Santo Thomas le pedía la aguardara en los Cayos, pues estaba resuelta a correr a su lado los riesgos de las campañas futuras. Aunque la espera de Josefina suponía demora de la partida, después de considerar Bolívar el asunto con Brión, enemigo de todo aplazamiento, ordenó detener la marcha.

Una semana trascurrió en vano; por causas que el no podía explicarse, la señorita Machado no llegó, y ante la presión de Brión, quien veía en esta demora un motivo de escándalo para la oficialidad, tuvo que ceder y ordenó la salida. El 31 de marzo de 1816, seis goletas cargadas con las armas y municiones proporcionadas por Petión se alejan ron del puerto con el propósito de enfrentarse a los 10.000 ó 12.000 soldados de que disponía Morillo en continente.

Cuando la pequeña armada arribó a las proximidades de la isla La Beata, Bolívar supo casualmente que Josefina había llegado a Los Cayos pocas horas después de su partida; esta noticia le desesperó en un principio y finalmente le llevó a detener por segunda vez la expedición. Llamó a Brión a su camarote y a pesar de su resistencia, logró convencerle del deseado aplazamiento, mientras uno de los barcos regresaba en busca de la señorita Machado. La goleta Constitución con Soublette y Anzoátegui a bordo, fue destacada de la escuadra e hizo rumbo a Los Cayos. Tres días después, tres días que muchos consideraron perdidos para el éxito de la empresa, Bolívar con alegría divisó en el horizonte, iluminado por las luces del atardecer, las líneas inconfundib1es de la esperada nave.

Durante la permanencia de Bolívar en Angostura, su querida oficial lo fue la señorita Pepa.

Quiso ella seguirlo a la Nueva Granada, pero estaba gravemente enferma de tuberculosis y según se cuenta, víctima de una hemoptisis falleció en la desierta y lejana Achaguas en 1820.

Bernardina Ibañez.



Cuando victorioso en la batalla de Boyacá, Bolívar entró en Santa Fe de Bogotá el 10 de agosto de 1819, la población le organizó una posterior entrada solemne y oficial el 18 de septiembre bajo una lluvia de flores y repiques de campanas. En compañía de Santander y Anzoátegui fue recibido por el alto clero, en el atrio de la catedral. Asistieron de rodillas a un Te Deum y luego en la plaza, atestada de gente, se cantó un himno en honor del Libertador. Veinte doncellas vestidas de blanco, todas muy bellas y muy jóvenes, se presentaron trayendo en sus manos una corona y decoraciones. Una de ellas, la más hermosa, casi una niña, colocó sobre sus sienes la corona de laurel. Era la señorita Bernardina Ibañez quien vino a ocupar el lugar que había correspondido en 1813, a su entrada a Caracas, la señorita Josefina Machado.

Prendado de ella se cansó de escribirle sin obtener una respuesta afirmativa, por estar enamorada del oficial patriota caraqueño Ambrosio Plaza, quien había acompañado al Libertador en la campaña para liberar a Venezuela en 1813; estuvo en Mérida y Trujillo, intervino en los combates de Niquitao y los Horcones y entró entre aclamaciones a Caracas después de recibir ovaciones en Valencia y la Victoria. Fue digno compañero de Girardot en Bárbula y estuvo presente en las batallas de Vigirima y Araure. Presente en la segunda batalla de La Puerta; había hecho la campaña del Magdalena y las del Llano y estuvo en el sitio de Cartagena. Entró triunfate a Bogotá después de la batalla de Boyacá, cuando conoció a Bernardina.

Se cuenta que antes de la batalla de Carabobo, el general O’ Leary le preguntó al Gral. Cedeño en qué pensaba al verlo taciturno; y éste le contestó que meditaba en el bonito muerto que haría Plaza; a lo cual, Plaza que escuchaba, replicó rápidamente: y yo estaba reflexionando en cual será la bárbara temeridad que le llevará a usted a su fin,

Cuando Bolívar conoció a Bernardina, él tenía 34 años y ella no más de trece. Lo consideraba un viejo. Ella en cambio era tenida por la jovencita más bella de Bogotá y, además de Plaza, tenía grandes enamorados como lo eran el joven liberal Florentino Gonzáles y el mozo acaudalado Miguel Saturnino Uribe.

La Ibañez nunca casó con Plaza, como lo sostiene el historiador Augusto Mijares, porque tanto Bolívar como Santander, admirados y enamorados de la bella Bernardina, le negaron el permiso para contraer nupcias.

Ambrosio Plaza en el año de 1821 no regresó a Bogotá en busca de su novia. Murió en la batalla de Carabobo, en el sitio mas expuesto de la contienda, tal como Urías, el oficial de las tropas del rey David.

En Carabobo, Plaza no entró inicialmente en contienda y pidió permiso al Libertador para entrar en el combate, lo mismo que había exigido Cedeño que tampoco había peleado. Ambos encontraron la muerte.

Según el historiador Vicente Lecuna, el coronel Plaza, acompañado por el edecán Ibarra que le había llevado la orden de embestir, avanzó sobre dos batallones españoles y al tratar de rendir al del Infante recibió una descarga y cayó gravemente herido; trasladado en muy mal estado a Valencia murió al día siguiente.

De tal manera que no era general como siempre se ha repetido ni murió en el campo de batalla. Bolívar en el parte de la acción lo denomina el coronel Plaza.

Muerto Plaza, Bolívar la cortejó con mayor vehemencia y la llamaba en sus cartas la “melindrosa y más melindrosa bella Bernardina”.

Bernardina y sus bellas hermanas, patriotas, nacionalistas y de pensamiento francamente liberal, se fueron paulatinamente alejando del Libertador, sobre todo cuando se convirtió en dictador y rompió sus relaciones con Santander y establecieron vínculos más estrechos con los jóvenes patriotas revolucionarios que constituyeron ideológicamente el grupo de los conjurados que en septiembre de 1828 intentaron asesinarlo. El objeto de los conspiradores era destruir el régimen, apoderarse de la persona de Bolívar y sus ministros, vencer las resistencias que pudieran encontrar en algunos grupos de las fuerzas armadas; y poner enseguida a la cabeza gobierno a Santander, a quien consideraban el Jefe Constitucional de la Nación, para que dispusiese de la suerte de los usurpadores, si es que ya no habían muerto.

Otra mujer, Manuelita Saenz, le salvo la vida y la conspiración fracasó.



Entre los conspiradores que penetraron armados hasta la habitación del Libertador, cuando este ya había huido por una ventana, se encontraba Florentino González, de apenas veinte y tres años de edad. Según parece fue él quien impidió que uno de los sicarios rematase al edecán Ibarra de un sablazo y así mismo evitó que un exoficial de artillería llamado José López (alias Lopote) que había sido dado de baja por mala conducta, tratase de golpear y matar a la bellísima señora que espada en mano había salido a hacerles frente. González, uno de los más ardientes conspiradores dióle un empellón al tal López, echándole en cara la villanía de ofender a una débil mujer.

Catorce de los comprometidos fueron condenados a muerte, entre ellos el general Padilla, el protagonista de la batalla naval de Maracaibo, quien fue fusilado y luego colgado por el cuello y que no había tenido conocimiento de la conjura.

Uno de los más enardecidos y culpables, era desde luego Florentino González mozo de gran talento, y fue también condenado a muerte. Se le conmutó la pena por su prisión en un castillo, encadenado y con grillos y más tarde fue dejado en libertad.

Mientras sucedían todas estas cosas, el apuesto galán Uribe sedujo a Bernardina, y cuando ella debía tener unos 27 años, en el año de 1834, dio a luz una niña de este don Juan que enamoraba a todas las muchachas para dejarles como recuerdo un hijo. La muchachita nació en la clandestinidad y la madre la entregó, para su crianza, a las monjas de un convento.

Florentino siguió enamorado de la Ibáñez, y casó con ella 6 años después de muerto el Libertador, en 1836.

Miguel Saturnino Uribe legitimaría la niña de Bernardina, sin decir en el documento quien era la madre. Ya señorita y llamada doña Carmen Uribe, casaría con don Carlos Michelsen, quien fuera Presidente de Colombia.

Posteriormente a la disolución de la Gran Colombia, Florentino González fue destacado político y constitucionalista. Figuró como uno de los más grandes jurisconsultos de Hispanoamérica y residió en París, Argentina y Chile y publicó varias obras sobre derecho y otros temas, así como sus célebres Memorias, donde se refiere a la conjura de septiembre contra el gobierno de Bolívar, Una vez muerto el Libertador el Presidente de la Nueva Granada, José Ignacio Márquez, rehabilitó a los conjurados.

No son difíciles de imaginar los sufrimientos de Bernardina, primero al saber que su novio había muerto en Carabobo, luego al tener que recluir su primogénita en un convento para callar un pecado y por último al conocer que su nuevo pretendiente había sido condenado al último suplicio por el tribunal nombrado por Bolívar, su antiguo cortejador, y posteriormente recluido en los calabozos del Castillo de Bocachica, aherrojado y sin poder ver la luz del sol.

Por algo dice un refrán que, la suerte de las feas, las bonitas la desean.

A partir de su matrimonio con Florentino González, la vida de la bella Bernardina se hundirá en el silencio. De la unión nacerán dos niñas gemelas; una de ellas casará con un marino francés quien regresara a su patria donde se le perderá el rastro; y la otra ingresará en un convento.

Bernardina falleció en Valparaíso, en 1864.

En esa aldea grande que era entonces Bogotá, y en la señorial Lima, los paréntesis de actividad política y guerrera los dedicaba el Libertador, según Gil Fortoul a intrigas amorosas, que en no raras ocasiones llegaron al delirio.

En aquellas poblaciones, parafraseando a López Michelsen, era una constante los chimes, la vida pacata, las envidias pueblerinas; constante histórica durante el primer siglo de vida independiente. La hermosura, el poder, la riqueza atrajeron sobre sus poseedores las centellas de la maledicencia. Además, en épocas de transición, de cataclismos sociales, nadie tiene derecho a tirar la primera piedra.

Fue entonces cuando empezó a flaquear el organismo de Bolívar y a decaer su genio. Desde 1822, una mujer ocupaba lugar absorbente en la vida pasional del héroe; mujer única en esta época, así por su carácter aventurero como por su afición a ejercicios varoniles, y tanto por su soberbia en desdeñar ciertas convenciones sociales cuanto por su brillante inteligencia. Llamábase Manuela Sáenz. Casada en Quito con un medico inglés, de apellido Thorne, le abandono allí para seguir al Libertador en todas sus campañas. El inglés, excéntrico, le suplicaba sin cesar que volviese a unírsele. A menudo le enviaba grandes cantidades de dinero, que ella no aceptó nunca, y al fin la instituyó heredera de toda su fortuna.

Léase una de las respuestas de doña Manuela, en la que aparecen ambos pintados con ingeniosos toques:

“ no, no, no más, hombre de Dios! ¿Por qué hacerme usted escribir, faltando a mi resolución? Vamos, ¿qué adelanta usted, sino hacerme pasar por el dolor de decirle mil veces no? Señor, usted es excelente, es inimitable, jamás diré otra cosa sino lo que es usted; pero mi amigo, dejar a usted por el general Bolívar es algo: dejar a otro marido sin las cualidades de usted, sería nada. ¿Y usted cree que yo, después de ser la querida de este general por siete años, y con la seguridad de poseer su corazón, prefiera ser la mujer del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, o sea de la Santísima Trinidad? Si algo siento es que no haya sido usted mejor para haberlo dejado. Yo sé muy bien que nada puede unirme a él bajo los auspicios de lo que Usted llama honor. ¿Me cree Usted menos honrada por ser él mi amante y no mi marido? ¡Ah! yo no vivo de las preocupaciones sociales inventadas para atormentarse mutuamente. Déjeme Usted, mi querido inglés. Hagamos otra cosa: en el cielo nos volveremos a casar; pero en la tierra, no. ¿Cree Usted malo este convenio? Entonces diría yo que era muy descontento. En la patria celestial pasaremos una vida angélica y toda espiritual (pues como hombre es Usted pesado). Allá todo será a la inglesa, porque la vida monótona está reservada a su nación (en amores, digo, pues en lo demás, ¿quiénes más hábiles para el comercio y la marina?). El amor les acomoda sin placeres; la conversación sin gracia, y el caminando despacio; el saludar con reverencias; el levantarse y sentarse con cuidado; la chanza sin risa; éstas formalidades son divinas; pero yo miserable mortal, que me río de mi misma, de Usted y de esas severidades inglesas, ¡que mal me iría en el cielo!,tan mal como si fuera a vivir en Inglaterra o Constantinopla; pues los ingleses me deben el concepto de tiranos con las mujeres, aunque no lo fue usted conmigo, pero sí más celoso que un portugués. Eso no lo quiero yo, ¿no tengo buen gusto? Basta de chanzas: formalmente y sin reírme, con toda la seriedad, verdad y pureza de una inglesa, digo que no me juntaré más con Usted. Usted anglicano y yo atea, es el más fuerte impedimento religioso: el que estoy amando a otro es el mayor y más fuerte. ¿No ve usted con que formalidad pienso? Su invariable amiga.- Manuela.

Manuela Saenz era nacida en Quito, muy hermosa, cultivada, violenta, apasionada y sensual. Desde muy jovencita había escandalizado a la sociedad quiteña con sus desplantes y su vida independiente no sujeta a con formalidades. Bolívar la conoció en la propia ciudad de Quito en junio de 1822 y desde entonces vivieron juntos prácticamente como marido y mujer. Ella lo acompañó en sus largas campañas y en las situaciones más difíciles hasta pocos meses antes de la muerte del héroe, cuando enfermo y decepcionado abandonó a Bogotá rumbo a la costa atlántica.

Doña Manuela, al abrazarlo estrechamente para despedirse, fue la única que creyó que su amante volvería y que volvería pronto.

El Libertador montó a caballo, con el sombrero en la mano, con la enfermedad que lo llevaría a la tumba dibujada en su rostro. Partía para siempre de la capital granadina y cuando pasaba por la plaza principal, una chusma de canallas, azuzada por sus enemigos políticos lo despidieron gritándole el vil apodo con el cual lo denominaban los liberales: “Longaniza, longaniza!”.

El Gobierno bogotano exigió a doña Manuela la entrega del archivo secreto del Libertador, a lo cual ella respondió de la siguiente manera: “En contestación a la reconvención de usted, digo no tener nada absolutamente en mi poder que pertenezca al Gobierno. Es cierto que he recibido papeles que sin mi consentimiento los condujeron a la Secretaría de Relaciones Interiores, los mismos que me fueron entregados por el señor ministro Osorio, porque pertenecían particularmente a S.E. el Libertador. Ni los papeles ni los libros no los entregaré, a menos que me prueben por una ley que este señor está fuera de ella”. Admirable respuesta.

Muerto Bolívar fue injuriada, calumniada, vilipendiada y vituperada de la manera más infame. Se le amenazó con la cárcel y el destierro y los mismos políticos que consideraban a los ecuatorianos, peruanos y bolivianos como “hermanos” la trataron a ella de “extranjera”. La patria suya, decía doña Manuela, era todo el continente puesto que había nacido bajo la línea ecuatorial.

Expatriada de Nueva Gra nada y del Ecuador, tuvo que ir a recluirse al miserable puerto ballenero de Paita, población desolada en el Pacífico, con una sola calle y un muelle, a mil kilómetros de Lima. Era un desierto desolado, sin árboles, con empinados farallones, sin lluvias y con un clima abrasador, con chozas de pescadores y casas de adobe. Era un destierro en toda la acepción de la palabra y sitio de confinamiento para políticos revoltosos y revolucionarios.

En un edificio destartalado, sentada a su puerta, doña Manuela vendía tabaco y cigarros a los marineros y hacía tejidos de punto. Vivía del recuerdo de Bolívar y custodiaba celosamente sus cartas y remembranzas. Un día le llegó la noticia del fusilamiento en el Ecuador de su hermano el general José María Sáenz, quien se había opuesto a la secesión de su patria de la Gran Colombia, otro la del asesinato y mutilación de su legítimo esposo James Thorne por una banda de enmascarados asalariados. Los bienes de su marido, que le pertenecía a ella legalmente, le fueron escatimados por albaceas ladrones, abogados corrompidos y jueces de socaliña. Doña Manuela, inválida por una caída que le fracturó una cadera, envejecida y hundida en la pobreza, veía pasar el tiempo tendida en una hamaca que sólo podía abandonar cuando caritativas personas la ayudaban a levantarse.

En ocasiones, desde el vecino pueblo de Amotape, a caballo en una mula o en un burrito, la visitaba otro entrañable amigo del Libertador, desterrado y en la mayor indigencia. Contaba ochenta años y se llamaba don Simón Rodríguez.

En otra oportunidad, fue a conocerla Giuseppe Garibaldi, héroe de la libertad del Uruguay y de la Unidad Italiana. Cuando en el barco en el cual se dirigía a Chile hizo escala en Paita, se enteró que allí vivía Manuela Sáenz y quiso de sus propios labios conocer los detalles íntimos de la vida de Bolívar. Desembarcó en dicho puerto, donde pasó el día. Fue amablemente recibido en casa por aquella afectuosa dama que estaba clavada al lecho por un ataque de parálisis que le impedía el uso de sus miembros; presa de fiebres palúdicas contraídas en Panamá, pasó la mayor parte del día en un sofá, junto al lecho de la señora. A Garibaldi le pareció Doña Manuelita la más amable y cordial matrona que jamás había visto. Había disfrutado de la amistad de Bolívar y conocía los más minuciosos detalles de su vida. Después de pasado el día con ella, que por contraste con tantos otros pasados con dolor y debilidad, aquel lo pudo llamar de delicioso en la interesante compañía de la inválida. Se despidió en el atardecer de ella muy emocionado. Los dos tenían lágrimas en los ojos, sabiendo con seguridad que era el último adiós en esta tierra.

A mediados de noviembre de 1856 desembarcó un marinero con fiebres, que al poco tiempo murió asfixiado por las flemas y pidiendo aire. Las autoridades locales desconocían el mal que no era otro que la contagiosísima difteria. Pasados unos días se desató una verdadera epidemia. Cuantos podían hacerlo huían. Los barcos se negaban a recibir los habitantes por terror al contagio. Los que pudieron hacerlo abandonaron el puerto miserable a pie, en mulas o en carretas, a través del desierto, hacia otros pueblos o aldeas de tierra adentro.

Cuando la enfermedad llegó a su punto álgido no hubo tiempo para entierros individuales y los sepultureros enmascarados, sacaban de las pobres casas los muertos en un carretón y los arrojaban a una fosa común. Tras ellos llegaba un lúgubre personaje alto y flaco, que fungía de inspector de salubridad, reunía los enseres, ropas y otras pertenencias de los fallecidos por la plaga, los lanzaba a la calle y les daba fuego. Doña Manuela, inválida, tuvo que permanecer en el pueblo infestado. Primero fallecieron sus dos servidoras y después su vieja esclava y compañera. Luego murió doña Manuela, víctima de la cruel enfermedad, el 23 de noviembre de 1856.

La abominable e infernal plaga perdonó a muy pocos.

Envuelta en una hamaca fue llevada en el carretón a una fosa común abierta al pie de los farallones; y tan pronto como fue retirado el cadáver, sus pertenencias personales fueron echadas a la calle e incineradas; en una pira que devoraron las llamas fueron acumulados sus ropas, cuadros, medallas y un cofre revestido de cuero con todas las cartas del Libertador que ella conservaba con amor,

 

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