viernes, 9 de enero de 2026

Mitos, Leyendas y Embustes (Enasayo Historicos)

 EL PLEITO CON EL DIABLO

Carlos Chalbaud Zerpa

 


En el mes de septiembre de 1807, el joven Simón de Bolívar de 24 años de edad, tuvo una desagradable controversia con su pariente político, un año mayor que él, licenciado Antonio Nicolás Briceño por cuestión de unos linderos en sus haciendas, donde se fueron a las manos y a las armas y dirimir posteriormente la cuestión en los tribunales.

El trágico Briceño, popularmente denominado “El Diablo”, estaba casado con doña María de los Dolores Jerez Aristeguieta y Gedler prima doble de Bolívar y a raíz de ese litigio y a su actuación posterior ha sido considerado por algunos historiadores como belicoso, impertinente y majadero; mientras que otros han tildado al joven Bolívar de petulante, a quien la razón no le asistía en la reyerta de inaudita violencia que ambos protagonizaron.

Es el caso, refiere el historiador Don Vicente Dávila, que estando Antonio Nicolás el día 24 del citado mes en su posesión de “Cúpira”, colindante con la hacienda “La Concepción” de Yare propiedad de Bolívar, se presentó éste acompañado de tres amigos y un grupo de esclavos, en son de trabajo y de agresión también, pues venían los negros armados de azadas, palos y machetes.

Al aviso de que éstos invadían sus tierras, haciendo roza dentro de ella con objeto de abrirse una zanja para el desagüe de una fábrica de añiles, Briceño al punto acudió con sus propios esclavos a fin de rechazar a los de Bolívar en la invasión.

Según los testigos presentados posteriormente por Bolívar en el litigio que promovió en mayo de 1808 contra Briceño, en la discusión, este último apuntó con su pistola al pecho del primero, quien tuvo que arrojarse sobre Briceño logrando apartar de si el arma trayéndose enredada la cadena del sable del agresor.

Parece que todo quedó momentáneamente en reconciliación y para disipar el desagrado de la querella, Bolívar propuso un baile que se llevó a cabo en la noche del mismo día, al que concurrieron Briceño y su señora.

La danza, que fue su compañera en las campañas: lo era de igual modo en los altercados con sus vecinos, cuando pretendía a mano armada abrirse la vía que necesitaba para la industria de sus añiles.

La fiesta no arregló el pleito, porque el día siguiente Briceño recibió una carta de Bolívar quien lo conminaba a cederle el callejón que necesitaba para el tránsito de su hacienda y la oficina del añil así como el desagüe en las tierras de su pertenencia y en caso contrario acudir a los tribunales, prevalido como estaba en ser amigo del Gobierno y tener el cargo de Teniente del Batallón de Milicias de Blancos de Aragua.

No consintiendo Briceño a las pretensiones de Bolívar, por mayo de 1808 supo en su hacienda de “Cúpira’, que había orden de prisión para él y embargo de sus bienes a instancia de su contendor.Al punto partiose Briceño a Caracas, y abogado como que era de su ilustre Colegio presentó su defensa. En ella demostró que él fue provocado por Bolívar en virtud de ser éste quien necesitaba abrirse el callejón dentro de su finca de cacao, lo que trato por fuerza llevar a cabo. Que se había opuesto a ello porque no convenía a su propiedad. Y para evitar altercados en lo sucesivo, había vendido, cosa de dos meses, las tierras del enojoso litigio.

Viéndose además envuelto en lances de injuria, Briceño recusó al Asesor del Gobierno y declaraba el agravio que le habían causado al decretar su arresto y embargar sus bienes contraviniendo las leyes, que por su nacimiento y profesión le concedían el privilegio de no ser detenido sino en crímenes que merecieran pena aflictiva y además protestaba porque el susodicho asesor era inquilino de Bolívar. Todo lo que era cierto. No debemos olvidar que Briceño había estudiado Filosofía en Mérida con su deudo el Dr. Cristóbal Mendoza; terminó sus estudios en la Universidad de Caracas, se recibió como Abogado en la Real Audiencia de Bogotá y practicó pasantías en esta ciudad, además de Cartagena de Indias, Maracaibo y Caracas en bufetes de notables jurisconsultos, para luego incorporarse en el Colegio de Abogados de la misma capital de Venezuela. Conocía, pues, las leyes al dedillo.

El nuevo asesor nombrado por el Gobierno dictaminó que ante los alegatos de Briceño y el profundo silencio de Bolívar, se admitía la información que ofrecía aquél y se mandaba en consecuencia a suspender la orden de prisión. Además no existían suficientes pruebas de parte de Bolívar, de cuyos escritos se desprendía que Briceño había sido el atacado en sus posesiones, tratando sólo de rechazar al invasor.

Bolívar viéndose descubierto en el intento de hacer apresar a su colindante, que ya no lo era por la venta de la finca en cuestión, resolvió ausentarse de Caracas al campo, y revocar los poderes que había otorgado a su hermano don Juan Vicente de Bolívar y a su tío Don Francisco Palacios y Blanco, oficiales de milicias, de quienes estaba de parte la justicia aunque no lo estuvo en este caso.

En consecuencia, continua señalando don Vicente Dávila, Briceño suplicó al Tribunal, “que desamparada la acusación, se sirviese en virtud de la ley declararle por libre de la demanda propuesta por Bolívar, condenar a éste en costas, costos y perjuicios que por este motivo justificare haber sufrido, en la pena pecuniaria, y darlo por infamado para siempre, mandándosele imponer silencio, y haciendo los demás pronunciamientos que fuesen de justicia”.

Tal vez en este asunto, añade Vicente Dávila, hubo algo más que un simple litigio de heredades. Bien conocida era la moralidad de Bolívar en cuestiones de faldas. Recién venido de Europa, visitaba con frecuencia a su prima Dolores, mujer de Briceño; y la cortesanía de los hombres, aun sin ser tenorios como Bolívar, casi siempre comienza por las primas. Seguros estamos de que esta suposición, en vista de un documento leído, en un Expediente General del registro Público, en nada deslustra el honor de la dama al creer fuese cortejada por su deudo, más tarde el Don Juan Libertador.

Lo cierto es que de los enemigos que se le imputaban a Bolívar, entre los personajes que figuraron durante los años de 1810 y 1811, se encontraba el licenciado Antonio Nicolás Briceño, por diferentes motivos.

Caída la Primera República, dispersos los patriotas y encargado el Capitán de Navío Domingo Monteverde de pacificar la Colonia, tanto Bolívar como Briceño decidieron entrar al país para restablecer la libertad y la independencia, pese al encono que mutuamente se tenían, partiendo desde la frontera de la nueva Granada.

No lograron entenderse y cada uno decidió invadir a Venezuela por su propia cuenta. Bolívar tenía todas las razones y todas las de ganar, mientras que Briceño todas las de perder.

Estando Bolívar en Cúcuta en compañía del general del Castillo, Briceño respondió a las crueldades de los españoles con una declaración de guerra a muerte. Ya en San Cristóbal, en territorio venezolano, aprehendió y fusiló a dos pacíficos vecinos que no tenían otra culpa que haber nacido en España. Pero no contento con esto, les cortó las cabezas y se las envió en sendos cajones a Bolívar y Castillo, el 9 de abril de 1813, acompañadas de cartas cuyas primeras líneas estaban escritas con sangre de las propias víctimas. Es de suponer que los destinatarios palidecieron de horror y devolvieron indignados el presente.

La esposa de Briceño, doña María de los Dolores, que le había acompañado hasta la frontera, le escribía cartas que han sido tildadas por los cronistas patriotas unilaterales como tiernas y amorosas. Vamos a reproducir una, de la dulce y amorosa cónyuge, muy digna mujer de “El Diablo”, que nunca es transcrita en su totalidad. Dice así: “Mi estimado Nicolás: Recibí la que me hiciste con este mismo propio y te digo que he tenido varias razones con Doña Carmen Ramírez sobre el hecho de las cabezas remitidas, haciéndole ver las ventajas que podemos experimentar con sólo la ejecución de estas dos cabezas: que lo que nos hacía daño era que se pusieran con dichitos y murmuraciones, donde lo oyeron ellos mismos.

En fin, ha habido de todo: unos aprueban tu hecho, que creo que en el interior se han alegrado infinito. Girardot lo ha aprobado con aquella satisfacción de todo hombre orgulloso y que o quiere que otro le superite; Tejera lo mismo, lo ha celebrado. Y en una palabra eres el coco de estos lugares, en términos que el viejo Mesa dice que no está seguro ni al lado de Bolívar, sino debajo de su cama. Y yo bien contenta.

Ignacita te da besitos y te manda una cajita de dulces de leche. A Don Cristóbal le supliqué que te pusiera las noticias que supiere porque yo no sé nada. Y soy tuya. Dolores”

Antonio Nicolás Briceño sería fusilado por los españoles en Barinas el 15 de junio y su cuerpo descuartizado; y Bolívar entraría triunfante a Caracas como Libertador el 6 de agosto.

Este, en una carta al Presidente de la Unión Granadina fechada en Mérida el 30 de mayo de 1813, cuando ya sabía de la suerte corrida por Briceño dirá lo siguiente: “V.E. verá que la inobediencia de este intruso militar, lo ha conducido a su ruina y quizá a la muerte, arrastrando tras sí a todos los imprudentes y desgraciados que tuvieron la mala suerte de seguirle a una expedición desesperada, sin armas de fuego, sin municiones, sin cartuchos, y aun sin valor”.

Bien sabía Bolívar, sin embargo, dirá Vicente Dávila, que en el pecho de su émulo, como en el suyo propio, todo podía caber menos la falta de valor.

Añade el historiador que este resentimiento ni aun pasados los años se extinguió en el ánimo de Don Simón. Es tradicional en la familia Briceño que en año de 1826 cuando Bolívar regresaba del Perú a contener al indómito Gral. Páez, acaeció el incidente que se narra.

Vivía en Maracaibo Pedro Fermín Briceño, hermano de Antonio Nicolás, en cuya habitación llamada la Casa Fuerte se aloja el ilustre huésped.

Al contemplar un retrato del hombre de la guerra a muerte, se expresó Bolívar ante la señora de Briceño, la maracaibera Doña Rosa Valbuena, con entusiasmo del valor, audacia e inteligencia del cuñado, pero al llegar a la tragedia de su muerte exclamó, que dado lo indomable de su carácter, habían hecho bien los españoles en ejecutarte, porque si no él se hubiera visto en la necesidad de hacerlo.

ln promptu le replicó la hija de la casa, sobrina de Antonio Nicolás, “O él a usted, ciudadano Libertador”. Era el aguijón del áspid que se clava, al defenderse, en el imprudente que la pisa.

La frase del terremoto

En torno al movimiento sísmico catastrófico del año de 1812 y la presencia de Bolívar, se han tejido muchas leyendas. Así, el escritor alemán Gerbard Masur en su voluminosa biografía sobre El Libertador, lo coloca sobre las ruinas, a medio vestir, daga en mano, corriendo de un lado a otro y haciendo cuanto estaba a su alcance para rescatar a los heridos de entre los escombros. También se abalanzó sobre una gran multitud agrupada en la plaza pública escuchando la arenga de un fraile. Al ser interrumpida su reunión los fanáticos pidieron que la venganza celestial cayera sobre Bolívar si persistía en inmiscuirse. Este, espoleado por algunos adeptos que se encontraban en la muchedumbre, sacó la espada y derribó al fraile de su improvisado púlpito. En caso necesario estaba dispuesto a matarlo. Algunos soldados que se hallaban cerca ayudaron a Bolívar a dispersar la excitada multitud y prosiguió entonces sus incansables esfuerzos por prestar socorro.

Un testigo presencial del cataclismo, el historiador Francisco Javier Yanes, aunque de oídas en cuanto a la actitud de Bolívar, escribe que pocos momentos después del temblor un fraile de Santo Domingo, nombrado fray Felipe Mota predicó en la plaza de su convento, que aquel espantoso sacudimiento era un castigo visible del cielo, por haber desconocido al que estaba destinado por Dios para gobernar a estos pueblos, y que habiendo concedido dos años para el arrepentimiento continuaban en pecado. El coronel Bolívar que oyó la plática del fraile le acusó inmediatamente al gobierno provincial, que con algunos miembros del tribunal de justicia, se habían reunido en la plaza mayor y habiendo mandado que compareciese para juzgarle incontinenti, se le hizo cargo de su exceso, a lo que contestó que había anunciado al pueblo que el terremoto era un castigo de la justicia divina por los pecados públicos como en otro tiempo lo había sido el fuego que destruyó a Sodoma y Gomorra. Uno de los votantes fue del sentir que merecía la pena capital como sedicioso; pero los otros lo condenaron a estrecha reclusión, privado de todo trato y comunicación y así se ejecutó. Sin embargo, los ministros de la Religión continuaron repitiendo, en sus multiplicadas pláticas, que el temblor había sido un castigo justo del cielo, y con cierto énfasis y alusiones misteriosas, hacían entender al vulgo que era por la independencia y aún se vio que los patriotas más exaltados practicaron actos de ridícula penitencia para aplacar la ira del cielo. El médico doctor Rafael Villarreal, el mismo que primero gritó contra Emparan el 19 de abril, fue uno de los miles de muertos. Pero de que hubo frailes fusilados, los hubo. Los adictos a la causa del rey obraban ya con descaro, y el Generalísimo Miranda dispuso el arresto y expulsión de ciertas personas determinadas, entre las que se comprendía al Arzobispo de Caracas, y para el arresto de éste, inventario y secuestro de sus bienes, y conducción a La Guaira. comisionó al canónigo Cortés Madariaga y al propio Francisco Javier Yánes, comunicando órdenes precisas al gobernador militar, coronel José Félix Ribas, para que cumpliese inmediatamente aquellas  resoluciones, que no llegarán  a verificarse por las reflexiones que el segundo comisionado hizo al Gobernador y al Generalísimo. Pero el Coronel Paz del Castillo remitió la causa que había seguido a dos eclesiásticos, el doctor don Marín González y don J. López, que con dictamen del Licenciado Antonio Nicolás Briceño (El Diablo) fue determinada, condenándolos a muerte por estar convencidos legalmente de haber predicado y obrado contra la Independencia que habían jurado; conmoviendo los pueblos de Caracas y Camatagua, y el Generalísimo Miranda confirmó la sentencia y mandó que se ejecutase. Los dos sacerdotes fueron fusilados en el sitio del juego de pelota. Eran los inicios de la Guerra a Muerte.

El Dr. José Domingo Díaz, notable médico caraqueño, condiscípulo e inicialmente amigo de Bolívar y los Salias, fue testigo presencial. en la plaza de San Jacinto, junto con el futuro Libertador, del desastre del cataclismo, del cual dejó constancia diez y siete años más tarde en su libro “Recuerdos sobre la Rebelión de Caracas”, citado por los historiadores patriotas cuando les convenía y silenciado o vilipendiado cuando sus juicios eran adversos a Bolívar y sus lugartenientes.

Díaz, egresado de la Real y Pontificia Universidad de Caracas, dice el médico historiador Dr. Ricardo Archila, es uno de los más notables galenos de fines de Coloniaje; primer Médico de Ciudad de Caracas; iniciador de lo bibliografía científica venezolana; principal factor de la propagación masiva de la vacunación antivariólica; precursor en el terreno de nuestra incipiente Sanidad y precursor de la administración hospitalaria; en pocas palabras, el auténtico médico en función social.

Por su exacerbado realismo y su tenaz oposición a la independencia venezolana ha sido catalogado de anti-héroe, de anti-patriota, de anti-Bolívar, pero añade el Dr. Archila que la historia de nuestra gesta libertadora continuará siendo incompleta mientras no se estudien y se contrasten los personajes de ambos lados.

El Dr. Díaz refiere en sus recuerdos, publicados en Madrid en 1829, que eran las cuatro de la tarde del 26 de marzo; el cielo de Caracas estaba extremadamente claro y brillante: una calma inmensa aumentaba la fuerza de un calor insoportable; caían algunas gotas de agua sin verse la menor nubes que las arrojase. Salió de su casa para la Santa Iglesia Catedral. Como cien pasos antes de llegar a la plaza de San Jacinto comenzó la tierra a moverse con un ruido espantoso; corrió entonces hacia aquella: algunos balcones de la casa de Correos cayeron a sus pies al entrar en ella, se situó fuera del alcance de la ruina de los edificios, y allí vio caer sobre sus fundamentos la mayor parte de aquel templo , entre el polvo y la muerte vio la destrucción de una ciudad que era el encanto de los naturales y de los extranjeros. A aquel ruido inexplicable sucedió el silencio de los sepulcros. En aquel momento se hallaba solo en medio de la plaza y de la ruina; oía los alaridos de los que morían dentro del templo; subió por los escombros y entró en su recinto. Todo fue obra de un instante. Allí vio cuarenta personas, o hechas pedazos, o prontas a espirar por las ruinas. Volvió a subirlas y jamás se olvidaría este momento. En lo más elevado encontró a Don Simón de Bolívar, que en mangas de camisa trepaba por ellas para hacer el mismo examen. En su semblante estaba pintado sumo terror, o la suma desesperación. Le vio y le dirigió estas impías y extravagantes palabras: Si se opone la naturaleza; lucharemos contra ella, y la haremos que nos obedezca. La plaza estaba ya llena de personas que lanzaban los más penetrantes alaridos.

Es discutible que Bolívar, levantado por Simón Rodríguez bajo los pensamientos doctrinarios del “Emilio” de Rousseau y sus sentimientos y respeto por la naturaleza, haya pronunciado aquella frase que le adjudica el Dr. Díaz para hacerlo aparecer como descreído, irreverente y escéptico. Por otra parte, el joven Bolívar conocía al Barón de Humboldt, por quién sentía una gran admiración y era también un respetuoso amante de la naturaleza.

Sea como fuere, la frase acuñada por el furibundo libelista José Domingo Díaz, tuvo éxito y es siempre citada, favorablemente, desde  Felipe Larrazábal quien la considera reveladora de un alcance y de una perspicacia superiores, hasta  Salvador de Madariaga que estimó que Bolívar sobre aquél montón de ruinas fue ese día el único hombre que habló el lenguaje del porvenir.

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