EL PLEITO CON EL DIABLO
Carlos Chalbaud Zerpa
En el mes de
septiembre de 1807, el joven Simón de Bolívar de 24 años de edad, tuvo una
desagradable controversia con su pariente político, un año mayor que él,
licenciado Antonio Nicolás Briceño por cuestión de unos linderos en sus
haciendas, donde se fueron a las manos y a las armas y dirimir posteriormente
la cuestión en los tribunales.
El trágico
Briceño, popularmente denominado “El Diablo”, estaba casado con doña María de
los Dolores Jerez Aristeguieta y Gedler prima doble de Bolívar y a raíz de ese
litigio y a su actuación posterior ha sido considerado por algunos
historiadores como belicoso, impertinente y majadero; mientras que otros han
tildado al joven Bolívar de petulante, a quien la razón no le asistía en la
reyerta de inaudita violencia que ambos protagonizaron.
Es el caso,
refiere el historiador Don Vicente Dávila, que estando Antonio Nicolás el día
24 del citado mes en su posesión de “Cúpira”, colindante con la hacienda “
Al aviso de
que éstos invadían sus tierras, haciendo roza dentro de ella con objeto de
abrirse una zanja para el desagüe de una fábrica de añiles, Briceño al punto
acudió con sus propios esclavos a fin de rechazar a los de Bolívar en la
invasión.
Según los
testigos presentados posteriormente por Bolívar en el litigio que promovió en
mayo de 1808 contra Briceño, en la discusión, este último apuntó con su pistola
al pecho del primero, quien tuvo que arrojarse sobre Briceño logrando apartar
de si el arma trayéndose enredada la cadena del sable del agresor.
Parece que
todo quedó momentáneamente en reconciliación y para disipar el desagrado de la
querella, Bolívar propuso un baile que se llevó a cabo en la noche del mismo
día, al que concurrieron Briceño y su señora.
La danza, que
fue su compañera en las campañas: lo era de igual modo en los altercados con
sus vecinos, cuando pretendía a mano armada abrirse la vía que necesitaba para
la industria de sus añiles.
La fiesta no
arregló el pleito, porque el día siguiente Briceño recibió una carta de Bolívar
quien lo conminaba a cederle el callejón que necesitaba para el tránsito de su
hacienda y la oficina del añil así como el desagüe en las tierras de su
pertenencia y en caso contrario acudir a los tribunales, prevalido como estaba
en ser amigo del Gobierno y tener el cargo de Teniente del Batallón de Milicias
de Blancos de Aragua.
No
consintiendo Briceño a las pretensiones de Bolívar, por mayo de 1808 supo en su
hacienda de “Cúpira’, que había orden de prisión para él y embargo de sus
bienes a instancia de su contendor.Al punto partiose Briceño a Caracas, y abogado
como que era de su ilustre Colegio presentó su defensa. En ella demostró que él
fue provocado por Bolívar en virtud de ser éste quien necesitaba abrirse el
callejón dentro de su finca de cacao, lo que trato por fuerza llevar a cabo.
Que se había opuesto a ello porque no convenía a su propiedad. Y para evitar
altercados en lo sucesivo, había vendido, cosa de dos meses, las tierras del
enojoso litigio.
Viéndose
además envuelto en lances de injuria, Briceño recusó al Asesor del Gobierno y
declaraba el agravio que le habían causado al decretar su arresto y embargar
sus bienes contraviniendo las leyes, que por su nacimiento y profesión le
concedían el privilegio de no ser detenido sino en crímenes que merecieran pena
aflictiva y además protestaba porque el susodicho asesor era inquilino de
Bolívar. Todo lo que era cierto. No debemos olvidar que Briceño había estudiado
Filosofía en Mérida con su deudo el Dr. Cristóbal Mendoza; terminó sus estudios
en
El nuevo
asesor nombrado por el Gobierno dictaminó que ante los alegatos de Briceño y el
profundo silencio de Bolívar, se admitía la información que ofrecía aquél y se
mandaba en consecuencia a suspender la orden de prisión. Además no existían
suficientes pruebas de parte de Bolívar, de cuyos escritos se desprendía que
Briceño había sido el atacado en sus posesiones, tratando sólo de rechazar al invasor.
Bolívar
viéndose descubierto en el intento de hacer apresar a su colindante, que ya no
lo era por la venta de la finca en cuestión, resolvió ausentarse de Caracas al
campo, y revocar los poderes que había otorgado a su hermano don Juan Vicente
de Bolívar y a su tío Don Francisco Palacios y Blanco, oficiales de milicias,
de quienes estaba de parte la justicia aunque no lo estuvo en este caso.
En
consecuencia, continua señalando don Vicente Dávila, Briceño suplicó al
Tribunal, “que desamparada la acusación, se sirviese en virtud de la ley
declararle por libre de la demanda propuesta por Bolívar, condenar a éste en
costas, costos y perjuicios que por este motivo justificare haber sufrido, en
la pena pecuniaria, y darlo por infamado para siempre, mandándosele imponer
silencio, y haciendo los demás pronunciamientos que fuesen de justicia”.
Tal vez en
este asunto, añade Vicente Dávila, hubo algo más que un simple litigio de
heredades. Bien conocida era la moralidad de Bolívar en cuestiones de faldas.
Recién venido de Europa, visitaba con frecuencia a su prima Dolores, mujer de
Briceño; y la cortesanía de los hombres, aun sin ser tenorios como Bolívar,
casi siempre comienza por las primas. Seguros estamos de que esta suposición,
en vista de un documento leído, en un Expediente General del registro Público,
en nada deslustra el honor de la dama al creer fuese cortejada por su deudo,
más tarde el Don Juan Libertador.
Lo cierto es
que de los enemigos que se le imputaban a Bolívar, entre los personajes que
figuraron durante los años de 1810 y 1811, se encontraba el licenciado Antonio
Nicolás Briceño, por diferentes motivos.
Caída
No lograron
entenderse y cada uno decidió invadir a Venezuela por su propia cuenta. Bolívar
tenía todas las razones y todas las de ganar, mientras que Briceño todas las de
perder.
Estando
Bolívar en Cúcuta en compañía del general del Castillo, Briceño respondió a las
crueldades de los españoles con una declaración de guerra a muerte. Ya en San
Cristóbal, en territorio venezolano, aprehendió y fusiló a dos pacíficos
vecinos que no tenían otra culpa que haber nacido en España. Pero no contento
con esto, les cortó las cabezas y se las envió en sendos cajones a Bolívar y
Castillo, el
La esposa de
Briceño, doña María de los Dolores, que le había acompañado hasta la frontera,
le escribía cartas que han sido tildadas por los cronistas patriotas
unilaterales como tiernas y amorosas. Vamos a reproducir una, de la dulce y
amorosa cónyuge, muy digna mujer de “El Diablo”, que nunca es transcrita en su
totalidad. Dice así: “Mi estimado Nicolás: Recibí la que me hiciste con este
mismo propio y te digo que he tenido varias razones con Doña Carmen Ramírez
sobre el hecho de las cabezas remitidas, haciéndole ver las ventajas que
podemos experimentar con sólo la ejecución de estas dos cabezas: que lo que nos
hacía daño era que se pusieran con dichitos y murmuraciones, donde lo oyeron
ellos mismos.
En fin, ha
habido de todo: unos aprueban tu hecho, que creo que en el interior se han
alegrado infinito. Girardot lo ha aprobado con aquella satisfacción de todo
hombre orgulloso y que o quiere que otro le superite; Tejera lo mismo, lo ha
celebrado. Y en una palabra eres el coco de estos lugares, en términos que el
viejo Mesa dice que no está seguro ni al lado de Bolívar, sino debajo de su
cama. Y yo bien contenta.
Ignacita te
da besitos y te manda una cajita de dulces de leche. A Don Cristóbal le
supliqué que te pusiera las noticias que supiere porque yo no sé nada. Y soy
tuya. Dolores”
Antonio
Nicolás Briceño sería fusilado por los españoles en Barinas el 15 de junio y su
cuerpo descuartizado; y Bolívar entraría triunfante a Caracas como Libertador
el 6 de agosto.
Este, en una
carta al Presidente de
Bien sabía
Bolívar, sin embargo, dirá Vicente Dávila, que en el pecho de su émulo, como en
el suyo propio, todo podía caber menos la falta de valor.
Añade el
historiador que este resentimiento ni aun pasados los años se extinguió en el
ánimo de Don Simón. Es tradicional en la familia Briceño que en año de 1826
cuando Bolívar regresaba del Perú a contener al indómito Gral. Páez, acaeció el
incidente que se narra.
Vivía en
Maracaibo Pedro Fermín Briceño, hermano de Antonio Nicolás, en cuya habitación
llamada
Al contemplar
un retrato del hombre de la guerra a muerte, se expresó Bolívar ante la señora
de Briceño, la maracaibera Doña Rosa Valbuena, con entusiasmo del valor,
audacia e inteligencia del cuñado, pero al llegar a la tragedia de su muerte
exclamó, que dado lo indomable de su carácter, habían hecho bien los españoles
en ejecutarte, porque si no él se hubiera visto en la necesidad de hacerlo.
ln promptu le
replicó la hija de la casa, sobrina de Antonio Nicolás, “O él a usted,
ciudadano Libertador”. Era el aguijón del áspid que se clava, al defenderse, en
el imprudente que la pisa.
La frase del terremoto
En torno al
movimiento sísmico catastrófico del año de 1812 y la presencia de Bolívar, se
han tejido muchas leyendas. Así, el escritor alemán Gerbard Masur en su
voluminosa biografía sobre El Libertador, lo coloca sobre las ruinas, a medio
vestir, daga en mano, corriendo de un lado a otro y haciendo cuanto estaba a su
alcance para rescatar a los heridos de entre los escombros. También se abalanzó
sobre una gran multitud agrupada en la plaza pública escuchando la arenga de un
fraile. Al ser interrumpida su reunión los fanáticos pidieron que la venganza
celestial cayera sobre Bolívar si persistía en inmiscuirse. Este, espoleado por
algunos adeptos que se encontraban en la muchedumbre, sacó la espada y derribó
al fraile de su improvisado púlpito. En caso necesario estaba dispuesto a
matarlo. Algunos soldados que se hallaban cerca ayudaron a Bolívar a dispersar
la excitada multitud y prosiguió entonces sus incansables esfuerzos por prestar
socorro.
Un testigo
presencial del cataclismo, el historiador Francisco Javier Yanes, aunque de
oídas en cuanto a la actitud de Bolívar, escribe que pocos momentos después del
temblor un fraile de Santo Domingo, nombrado fray Felipe Mota predicó en la
plaza de su convento, que aquel espantoso sacudimiento era un castigo visible
del cielo, por haber desconocido al que estaba destinado por Dios para gobernar
a estos pueblos, y que habiendo concedido dos años para el arrepentimiento
continuaban en pecado. El coronel Bolívar que oyó la plática del fraile le
acusó inmediatamente al gobierno provincial, que con algunos miembros del
tribunal de justicia, se habían reunido en la plaza mayor y habiendo mandado
que compareciese para juzgarle incontinenti, se le hizo cargo de su exceso, a
lo que contestó que había anunciado al pueblo que el terremoto era un castigo
de la justicia divina por los pecados públicos como en otro tiempo lo había
sido el fuego que destruyó a Sodoma y Gomorra. Uno de los votantes fue del
sentir que merecía la pena capital como sedicioso; pero los otros lo condenaron
a estrecha reclusión, privado de todo trato y comunicación y así se ejecutó.
Sin embargo, los ministros de
El Dr. José
Domingo Díaz, notable médico caraqueño, condiscípulo e inicialmente amigo de
Bolívar y los Salias, fue testigo presencial. en la plaza de San Jacinto, junto
con el futuro Libertador, del desastre del cataclismo, del cual dejó constancia
diez y siete años más tarde en su libro “Recuerdos sobre
Díaz,
egresado de
Por su
exacerbado realismo y su tenaz oposición a la independencia venezolana ha sido
catalogado de anti-héroe, de anti-patriota, de anti-Bolívar, pero añade el Dr.
Archila que la historia de nuestra gesta libertadora continuará siendo
incompleta mientras no se estudien y se contrasten los personajes de ambos
lados.
El Dr. Díaz
refiere en sus recuerdos, publicados en Madrid en 1829, que eran las cuatro de
la tarde del 26 de marzo; el cielo de Caracas estaba extremadamente claro y
brillante: una calma inmensa aumentaba la fuerza de un calor insoportable;
caían algunas gotas de agua sin verse la menor nubes que las arrojase. Salió de
su casa para
Es discutible
que Bolívar, levantado por Simón Rodríguez bajo los pensamientos doctrinarios
del “Emilio” de Rousseau y sus sentimientos y respeto por la naturaleza, haya
pronunciado aquella frase que le adjudica el Dr. Díaz para hacerlo aparecer
como descreído, irreverente y escéptico. Por otra parte, el joven Bolívar
conocía al Barón de Humboldt, por quién sentía una gran admiración y era
también un respetuoso amante de la naturaleza.
Sea como
fuere, la frase acuñada por el furibundo libelista José Domingo Díaz, tuvo
éxito y es siempre citada, favorablemente, desde Felipe Larrazábal quien la considera
reveladora de un alcance y de una perspicacia superiores, hasta Salvador de Madariaga que estimó que Bolívar
sobre aquél montón de ruinas fue ese día el único hombre que habló el lenguaje
del porvenir.

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