miércoles, 3 de octubre de 2012

LA SIERRA NEVADA DE MERIDA

CAPITULO CUARTO
PARTE UNO

La Sierra. El Picacho del Toro. Panoramas. Consideraciones retrospectivas. La Patria Chica. Digresiones sentimentales. El buitre hambriento. La cuenca merideña y la abra de las Pampas. Perfil lejano del Lago de Maracaibo. Influencia de lo grande en las ideas. Comparaciones. Apostillas lacónicas. Banquete de nieve. El descenso. Otra vez en nuestra ciudad triste. Conclusión.

Enmudecimos de admiración. Aquello era algo fantástico ¡Y qué silencio! ¡Y qué paz! ¡Y qué quietud más abrumadora! Las nieves del Toro incrustadas en abismos insondables, en cavernas profundas, en despeñaderos abruptos, en los millares de grutas que esbozan desde lejos el perfil de la Cordillera, y la masa mayor de ellas en una concavidad gigantesca, donde bien pudieron haber tenido su campamento los centauros, nos hicieron sentir casi un vértigo de sorpresa, de asombro, del que volvimos cuando ya sentados sobre su altura incomparable, empezamos a charlar, a descansar de la fatigosa subida, a medir la campaña que habíamos realizado y a darle rienda suelta a nuestra exultación, rayana en el delirio. Los aparatos fotográficos funcionaron de seguida, y nos entregamos a la contemplación del panorama más soberbio que imaginarse puede y que se mira desde allí como animado por un temblor de fulgores.
Allá, entre la bruma, como un jardín diminuto y hábilmente demarcado, veíamos a Mérida, con sus torres viejas, sus plazas umbrías, sus calles derechas y sin gente, sus tejados llenos de musgo y de olvido, su Llano Grande, que es como un caprichoso y extenso tapiz de esmeraldas, sus haciendas teñidas de verde oscuro y arrullada por el himno constante de sus ríos. Allá estaba la ciudad de nuestros más caros recuerdos, la Patria Chica, rodeada de su fértil país encantador. Y es que Mérida representa nuestro pasado y nuestro presente: Lo que se llevan las horas, como bien puntualiza en su comedia Felipe Sassone. Ella es nuestros abuelos, nuestros padres, nosotros mismos, nuestra propia vida, que apegada al medio ambiente de la tierruca y atada a todos sus detalles y a todas sus cosas con fuerte cadena de sensibles eslabones espirituales, se funde y resplandece en el concepto armónico de la Patrias Grande.


 Ante la vista del solariego nido que incubó los ensueños que nutrieron con su savia idealista nuestros cerebros, sentimos agolpase en la memoria diversas consideraciones retrospectivas, y ese sentimiento que es en lo más  recóndito de nuestro ser dulzura y amor inmensos, y que nos lleva con su ardor tanto al romanticismo decantado como el más valiente y sereno heroísmo, tuvo vibraciones elocuentes. ¡Que de recuerdos! Recuerdos que son nuestra vida pretérita, nuestra vida de terruño querido, del lugar donde se nos formó el corazón, donde nacieron y evolucionaron con vigor nuestros afectos y florecieron nuestras blancas ilusiones en sonrisas de felicidad, para cambiarse luego en crespones de luto, en sollozante congoja; donde en cada piedra, en cada árbol, en cada recodo de los caminos, están sepultadas las ingenuas fulguraciones de nuestra fantasía juvenil; donde vivimos por primera vez ondear el viento, como una lumbrarada de colores, la bandera de la Patria, al compás del redoble marcial de los tambores, del grito quejumbroso de las cornetas y de las notas sentidas y heroicas de Gloria al bravo pueblo, donde corríamos detrás de las pintadas mariposas, y era nuestro compañero leal y cariñoso el perro amado, y un martirio el aprender las lecciones de la escuela; donde jugábamos a la guerra en los prados bellísimos de La Isla y hacíamos fiesta de verano en los pozos de Albarregas, y nos encaminábamos plenos de júbilo a desenterrar ídolos de los indios en el lejano peñasco de El Campanario; donde revestidos de monaguillos atormentábamos a las monjas de San Francisco, nos burlábamos del sacristán y poníamos en tela de juicio la honorabilidad intachable de capellán; donde las fiestas pascuales encendían en nuestro pecho estrellas de satisfacción y de ansiedad, y presenciábamos al són del cuatro alegre, y entre estallidos de los cohetes, las paraduras del Niño Jesús en el vecindario pintoresco de Otrabanda, donde rompió el capullo de nuestros primeros amores, en la esquina o la plazuela cercanas al portón de nuestra casa, y dimos las primeras serenatas a la novia; donde conquistamos los primeros lauros académicos, y nos enseñó la abuela el decálogo de civismo refiriéndose episodios de olvidadas gestas próceras, donde lloramos de amargura y de dolor inmensos, en oyendo tocar a muerto por nuestros padres las mismas viejas campanas de la Catedral, que otras veces sonaran para nosotros repiques rebosantes de contento; donde la confraternidad lugareña, el calor de la familia, la vetusta casona con su patio florido de margaritas, rosas y claveles, la fuentecilla clara que pasa por debajo de los limoneros de la huerta, el humo del hogar que se disipa en el aire al despuntar la aurora y la vaca taciturna y mañanera que llega al potrero a bramar en la puerta del corral, formaron en nuestra conciencia ese relieve perdurable, que acaso ni la muerte logre borrar, donde en arribando de ausencias más o menos largas, nos encontramos con elementos nuevos, con la ley constante de la renovación, y si preguntamos por las personas que nos eran familiares y queridas, se nos contesta muy naturalmente: «murió… han muerto… murió hace cinco años»; de donde salimos una madrugada a peregrinar y a buscarnos la vida por el mundo, unos para no volver jamás… y los otros para regresar al cabo de los años ya envejecidos, con los cabellos blancos, sin fuerzas para proseguir la lucha y trayendo como recompensa de las fatigas y el destierro un  puñado de decepciones en el alma, a sentir el último beso del rincón del amado, y a hacer compañía con nuestros huesos, en la tranquila soledad del cementerio de El Espejo, a los que vivieron con nosotros y en nosotros sobre la tierra, a los que fueron amor de nuestros amores, y que, según San Juan, veremos y conoceremos en Palestina, el último día del Apocalipsis.
¡Qué triste es recordar los días de la infancia y de la juventud! Ante la meditación de ese poema, las lagrimas acuden a los ojos y los nublan de tétricos pesares… Cuando lejos, muy lejos de mis montañas nativas, he añorado el tiempo que se fue para siempre, el que viví en ellas sin cuidado y con el alma llena d entusiasmo, al amparo del techo bajo el cual discurrió la honradez de mis antepasados, he experimentado dolorosa y honda nostalgia y en un torvo gesto de pesimismo he sentido contraérseme el rostro…
Después de un rato de reposo, impulsados una ambición que bien merecía el epíteto de loca, resolvimos apurar el último jalón. Nos faltarían unos quince metros para cabalgar, como bien pudiera decirse, sobre la cresta cortante, sobre la cúspide agresiva, porque allí no puede permanecerse  de pie, sino como a horcajadas. Asiéndonos fuertemente de las piedras, que algunas veces producían arañazos en nuestras manos curtidas, con un gran trabajo, escalamos el límite hechicero.
Desde allí gozamos un espectáculo mudo, dantesco, grandioso. Estábamos rodeados por precipicios  de nieve, de granito, de inmensidad pasmosa, de belleza rutilante, que mirábamos absortos abultarse, a medida que nuestros ojos se familiarizaban con las cosas hurañas de la Sierra.


viernes, 14 de septiembre de 2012

Testimonios de Mérida



Testimonios de Mérida
Fray Pedro de Aguado
1560

EL PRIMER HISTORIADOR
Fray Pedro de Aguado, reconocido como el primero de los historiadores de Venezuela, nació en Valdemoro, villa de la provincia de Madrid, en 1538. No se sabe a ciencia cierta quiénes eran sus padres y dónde estudió. En 1560 vino a las Indias, al Nuevo reino de Granada como misionero franciscano y llegó a ser provincial de la orden. Tuvo injerencia en los asuntos políticos, sociales y religiosos del reino granadino y se lo tuvo por buen teólogo, matemático e historiador.
En 1576 regresó a España llevando consigo escrita buena parte de su Historia del Nuevo Reino de Granada y los apuntes de la Historia de Venezuela que redactó en la península, entre 1575 y 1585. Estas obras son consideradas como el primer trabajo histórico organizado sobre las regiones de Colombia y Venezuela. Aguado, según su propia confesión, tuvo a la mano los originales de  una historia que había iniciado el padre Medrano, quien falleció en 1569 en la expedición al mítico Dorado los Jiménez de Quesada,  y usó además como fuentes importantes las relaciones directas, testimonios personales y sus propias experiencias  como misionero, así como también las obras de López de Gomera y Cieza de León. A su vez, cronistas e historiadores de su época y más indios, tales como Gonzalo Jiménez  de Quesada, el padre Lucas Fernández de Piedrahita, Fray Pedro Simón y don José de Oviedo y Baños supieron de las obras de Aguado, las consultaron y utilizaron en propio beneficio.
El autor no tuvo suerte en ver sus obras publicadas, a pesar de haber obtenido una real  cédula de Felipe II que autorizaba la impresión de ellas.
La Recopilación Historial referente a la Historia de la Provincia de Santa Marta, sólo fue publicada por el Gobierno de Colombia en 1906; y aunque parezca mentira, la Historia de la antigua Gobernación de Venezuela, escrita en 1581, apenas fue dada a la luz por el Gobierno del Gral. Juan Vicente Gómez, entre los años 1913 y 1915 bajo la supervisión de la Academia Nacional de la Historia. La historia fray Aguado, a partir de la fecha de su publicación, vino a dilucidar muchos datos imprecisos sobre la fundación y mudanzas de la Ciudad de Mérida que prácticamente hasta 1915 eran demasiado confusos. El  Dr. Tulio Febres Cordero, cuando escribió el primer tomo de las “Décadas de la Historia de Mérida”, basó sus apreciaciones en las “Noticias Historiales” de  Fray Pedro Simón, por desconocer la de Aguado, motivo que lo indujo a cometer errores fáciles de disculpar. Aguado visitó personalmente  muchos de los lugares historiados, tuvo a la vista manuscritos originales y escuchó relatos de los sucesos de los labios de los mismos autores de la conquista. La exactitud del trabajo de Aguado se ha ido comprobando posteriormente a su publicación con documentos de aquellos que poco a poco se han descubierto, y por cuanto concierne a la fundación  de Mérida, por el célebre proceso judicial seguido por la Real Audiencia de Santa Fe contra el capitán Juan Rodríguez Xuárez.

DEL DESCUBRIMIENTO DE LAS SIERRAS NEVADAS DONDE HOY ESTA POBLADA MERIDA

En el Libro III, Capitulo X, luego de haber descrito Aguado en su Historia de Venezuela  el triste fin de Francisco de Carvajal y su ceiba, pasa a referirnos los orígenes de la ciudad del Tocuyo, y de cómo el gobernador Juan Pérez de Tolosa envió a su hermano, a descubrir las Sierras Nevadas, donde hoy está Mérida, del Nuevo reino.
“Después de haber el gobernador Tolosa muerto a Carvajal en la forma dicha, luego procuró que aquel alojamiento donde Carvajal estaba, ya que de alguna manera tenia forma de pueblo, se hiciese perpetuase, para que toda aquella gente española que allí estaba, por ir a buscar su sustento a otra parte, ni fuesen fuese causa de mayores daños; y así procuró que se avecindasen y tomasen solares y estancias, y él nombró e hizo nombramiento de alcaldes y regidores que tuviesen a cargo la administración de la república, que en adelante se intituló ciudad; y éste es el fundamento y principio de la ciudad del Tocuyo, famosa en aquella gobernación por estos sus infelices principios.
De la fundación de este pueblo lo que he hallado por opinión más cierta aunque algunos la atribuyen al capitán Francisco de Carvajal, por haber sido el propio pueblo el sitio de su alojamiento y haberse conservado y permanecido allí algunos días, otros le atribuyen a Villegas, que se halló con Carvajal por su teniente; pero como en esto vaya poco, cada cual podrá arrimarse a quien tuviere él afición. Sólo sobre él diré que según parece, el Tocuyo fue poblado en el año de 1547, y aquel propio año fue muerto Carvajal; yo tengo que la muerte de Carvajal fue primero que la población del Tocuyo, según me han informado algunos que en aquella tierra están, y por esto me afirmo en mi opinión de que el gobernador Tolosa la pobló, el cual así mismo repartió a los naturales que por allí cerca había, entre los que quisieron ser vecinos y moradores de la ciudad del tocuyo. Como la gente española que allí había era mucha, y todos no se podían sustentar en aquel pueblo, a persuasión de algunas personas, ordenó el gobernador que un hermano suyo, llamado Alonso Pérez de Tolosa, fuese con una parte de la gente que allí había, a descubrir la provincia de Sierras Nevadas, desde el presente está poblada la ciudad de Mérida, del Nuevo Reino; aunque otros ancianos de los que en aquel tiempo se hallaron allí, certifican  que no salió Alonso Pérez del Tolosa con gente del Tocuyo a este efecto, sino que persuadido e inducido por el gobernador por un Cristóbal Rodríguez que había estado en el Reino de que le seguiría aquella gobernación muy gran provecho y utilidad de que hubiese camino por donde se tratasen y comunicasen los vecinos de ella con los del Reino, envió a su hermano a que descubriese este camino.
Que sea de la una  o de la otra manera, por la comisión del gobernador salió del Tocuyo o la ciudad nombrada, Alonso Pérez de Tolosa, con cien hombres, entre los cuales iba el capitán Diego de Losada, más por administrador y gobernador de la persona  de Alonso Pérez que por soldado, porque como este capitán era persona grave y de mucha experiencia en cosas de Indias, fue por el propio gobernador rogado que fue con su hermano para encaminarle  y regirle en lo que había de hacer, dándole título de maese de campo. Caminaron por la vía del río del Tocuyo arriba ciertas jornadas, y dejándolo a mano izquierda, atravesaron cierta serranía que hay por allí, y fueron a dar por las vertientes de los llanos, a otro río que en lengua de los indios es llamado Cacaribacoa, por donde acabaron de salir a lo llano. Este río entiendo ser el que ahora comúnmente  llaman Guanaguanare, por el  cual acabamos de bajar a lo llano, por donde caminaron en seguimiento de su jornada; y en llegando al paraje de las Sierras Nevadas, que desde lo llano suben, quisieron los capitanes  atravesar para con más brevedad dar con la información que iban a buscar, porque en aquel tiempo y mucho después no dejó de ser soberbia aquella información, hasta que después, descubriéndola y poblándola los del Nuevo reino el año de 1558, vieron cuán poca y miserable era.
No faltaron muchos soldados que con intención de acercarse al Reino, para ver si se podían meter en él, contradijeron  esta entrada y subida por la Sierra Nevada, poniendo a ella muy grandes inconvenientes, como  de cierto los había, porque con hacer ya cerca de diez años  que está aquella provincia poblada de españoles, los de Mérida jamás por esta parte por donde esta gente intentaba subir, han podido bajar caballos a lo llano por la aspereza y maleza.de las sierras y estrechos caminos que por allí hay, que aun con dificultad los caminos a pie. Pasó la gente adelante sin detenerse en ninguna parte hasta llegar  al río de Apure, a la ribera del cual se alojaron; y como a los naturales que por allí había poblados le pareciese poca gente para la que otras veces habían visto pasar por allí, y además de eso los viesen estar con algún reposo, procuraron, como se suele decir, tentarse las corazas; y juntándose todos los naturales de aquella provincia en concierto y orden de guerra, vinieron a dar muy de mañana sobre los españoles, los cuales, como hasta entonces no habían recibido alguna alteración  de los indios, estaban con más descuido del que se requería  y era permitido a gente que estaba entre enemigos; lo cual hubiera de ser causa  de que recibiesen algún notable daño; pero como todos los más eran ya hombres ya hechos a las alteraciones y tumultos con que los indios suelen acometer a sus enemigos, no se turbaron, mas tomando con toda destreza las armas, los detuvieron, aunque con algún daño, porque les hirieron españoles y les mataron un soldado, pero juntándose la mayoría de los nuestros con sus armas en las manos fácilmente fueron rebatidos y ahuyentándolos los indios con harto daño que recibieron, porque además de los que corriendo sangre iban heridos de los alcances que les hacían los de a caballo, que entre indios suelen ser más dañino, quedaron actualmente muertos gran parte de aquellos bárbaros, que con sus cuerpos desnudos y rústicas y flacas armas, les parecía que por haber usado de aquella industria de tomar la mañana tenían ya la victoria en casa; pero ellos quedaron tan hostigados que no sólo no volvieron los propios a acometer a los nuestros, sino que en mucha distancia de tierra que turba de gente de aquella nación , no hubo indio que tomase armas en la mano ni osase asomarse a gritar dese lo alto de los cerros, que es cosa muy usada, entre ellos.
Descansaron en este alojamiento los españoles, donde les fue dada esta guasábara, algunos días para curar sus heridas”.

martes, 4 de septiembre de 2012

Testimonios de Mérida



Testimonios de Mérida
Dr. Carlos Calbaud Zerpa
Capítulo Primero, Tema 1

Cómo nos vieron los cronistas

Juan Maldonado 
1559
- Posiblemente la más antigua descripción de la primitiva ciudad de Mérida fue escrita en 1559 por Juan Maldonado al Presidente de la Real Audiencia de Santa Fé de Bogotá, en ocasión del proceso seguido al capitán Juan Rodríguez Xuárez por haber extralimitado las facultades que se le dieron, fundando la ciudad de Mérida sin las licencias necesarias, además de cometer un sinnúmero de atropellos.
Como se presume, Rodríguez Xuárez, natural de Mérida de Extremadura de España, asentó en el año de 1.558, a media legua de la población de Lagunillas, y donde hoy está San Juan, un pueblo de minas al cual le dio el nombre de su ciudad natal. Debido a que los aborígenes no lo dejaron en paz un momento, ni él a ellos, se vio en la obligación de trasladar la puebla, poco tiempo después, valle arriba hasta la Sierras Nevadas, en el extremo de la altiplanicie que hoy conocemos como Santiago dela Punta; y meses más tarde el comendador Martín López teniente de Huan Maldonado y por instrucciones de éste, por parecerle cosa necesaria a la salud común de los españoles e indios, mudó la ranchería y purblo a la parte más alta y superior de la mesa de Tatuy, frente a la Sierra Nevada, en parte muy acomodada y de mejor temple que donde la había dejado el Capitán Rodríguez Xuárez, donde actualmente se encuentra.
Juan Maldonado, oriundo de Salamanca según algunos autores y de Ávila de acuerdo con otros, Fundó además en 1.561 la ciudad de San Cristóbal a orillas de un río que denominó Tormes, como se llama también el que bordea la ciudad salamanquina y que hoy los tachirenses apelan Torbes.
Rodríguez Xuárez no debía ser ningún dechado de virtudes, porque el fiscal del proceso en su contra, García Valverse, hace las siguientes y gravísimas  acusaciones: “incendiario de mieses”, pueblos de indios y de los mismos indios, porque el  susodicho quemó muchos indios vivos en sus propias casas y bohíos  y así mismo sobre acechanzas y caso pensado alevosamente mató muchos indios, tomándoles sus tierras, casas y mujeres e hijos, y a otros indios que en sus bohíos tenía los aperreó e hizo comer de los perros para que estas crueldades sanasen entre los dichos indios y de noche estando salvas y seguros de los dichos en sus casas y bohíos los rancheaban  y tomaban y empalaban  vivos a donde en los palos puestos estaban tres y cuatro días en morir, naturalmente  de la cual murieron muchos. Devastó y destruyó, robó y tomó de noche y de día muchas comidas de los dichos indios, corrompiendo y dando causa que corrompiesen y tomases por la fuerza muchas indias, muchachas vírgenes  y el susodicho se ponía y hacía poner a los soldados en los caminos de los indios que estuviesen en sala para matar, tomar y prender y así mató y prendió muchos, de manera que el dicho Juan Rodríguez Xuárez es homicida voluntarioso, alevoso, incendiario, raptor de doncellas y vírgenes, salteador de los caminos, de populador de las mieses, comidas y campos, todos los delitos le están probados y es notorio..”.
Por su parte¸ Rodríguez Xuárez, en la Probanza que presentó a la Real Audiencia, para refutar las acusaciones que aparecen en su Carta Judicial y justificar sus procederes, titula a Juan Maldonado de enemigo acérrimo y de ser hombre inquieto, desasosegado y mendaz; y a los compañeros de  aventura e infortunio que declararon en el  proceso en su contra los tilda de delincuentes y asesinos, levantiscos y desertores, malhechores, disolutos e infames, viciosos, obscenos y sucios, malas lenguas y chocarreros, bulliciosos y juglares, envidiosos y alborotadores , ladrones y borrachos, además de  ser amigos íntimos del infame Maldonado y hombres de mala fama y de mal vivir. En  resumen, la escoria y la hez de la España de Felipe II.
Quizás no le faltaban razones a Cervantes, cuando en una de sus novelas ejemplares, “El Celoso Extremeño”, tildaba a las Indias de “efugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores –a quien llaman ciertas los peritos en el arte-, añagaza general de mujeres libres, engaña común de muchas y remedio particular de pocos”.
Por las reciprocas y gravísimas acusaciones que se hacen entre sí Maldonado, Rodríguez  Xuárez  y  sus respectivas conmilitones, el lector que revise detenidamente el expediente que consta de mil treinta y seis folios, llegará a la lamentable conclusión de que los fundadores y primitivos pobladores de la ciudad de Mérida eran todos unos bandidos despiadados, embusteros empedernidos, seres crueles, caterva de sanguinarios, hombres codiciosos y pervertidos emparentados con hienas y chacales.
El clima y la mansedumbre aportada en los genes por las mujeres aborígenes, con quienes se unieron los invasores, debieron atemperar  el carácter y corregir los vicios en los descendientes, porque en 1.750 el Padre don Basilio Vicente de Oviedo, las encontró “de ingenios excelentes, pues los más que se aplican a los letras salen aventajados y son agudos y perspicaz despejados, armables y festivos y aun picados de briosos y hay muchas familias nobles descendientes de los conquistadores.

La transcripción de la carta de Maldonado para el Presidente de la Real Audiencia, fechada el 23 de febrero de 1559, se refiere a la Mérida establecida en La Punta y dice así: “Muy alta y muy poderosa y serenísima señor. Como por Vuestra Alteza me fue mandada, salí a esta su Provincia de Sierras Nevadas en busca de Juan  Rodríguez Xuarez, vecino de Pamplona y de los españoles que con él habían salido juntamente con los servidores de Vuestra Alteza en este viaje y en la distancia que hay desde la ciudad de Pamplona hasta aquí,  aunque se halló mucha tierra, no se vieron sino una muy pocos naturales y créese fue la causa haber pasado  poco antes  dicho Juan Rodríguez  d que en algo quedarían amedrentados; tiénese por noticia y relación de los dichos españoles que vinieron con Juan  Rodríguez  de que hay alguna cantidad de indios poblaciones en el dicho camino hasta llegar aquí, las cuales no quise ocuparme a ver por no  detenerme; antes pasé por algunas de ellas de camino y sin salir nosotros a estorbar ni impedir a los dichos naturales en parte alguna, aunque por mí fue deseado para dar parte a Vuestra Alteza de llamarlos y ofrecerles la paz; juzgase que habrá desde la dicha ciudad  de Pamplona a esta ranchería donde hallé los españoles, treinta y cinco leguas de camino; está este asiento de ranchería al pie de una sierra nevada encima de una sabana, donde corre un río de algún caudal que parece descender  de las dichas sierras, lleva las vertientes  hacia la Laguna de Maracaibo; el lugar parece sano aunque podría ser más arriba hallarse mejor en la comarca de este asiento y ranchería, donde hay  tierra doblada de sierras y por un lado parece ensancharse hacia delante rumbo a los llanos hay pocos naturales y poblaciones que ya haya visto, y así parece que el repartimiento a depósito que en vuestro real nombre se entremetió a hacer el dicho Juan  Rodríguez, porque daba a los soldados de veinte a treinta bohíos de repartimiento, aunque entre él y otros de allegados y favoritos se habían tomado lo mejor y la mayos parte de lo que había de esta tierra que serán tres o cuatro entre quienes la repartió; la maña que tuvo en dar a las cédulas verá Vuestra Alteza, siendo servido, por dos que envíe con la información que hice; he tenido por noticia de los españoles y naturales que aquí estaban que hay otras sierras nevadas pasadas estas que están avista están vistas y descubiertas y se juzga estar cerca, y que ante las unas y las otras dan relación los indios; hay muchos naturales y buena tierra, y estos tienen ropa y mantas de oro, pero no se sabe de cierto y así mismo por otros bandas, que saliendo de aquí se cree que habrá buena tierra; la Laguna de Maracaibo, según me han informado españoles que llegaron a las ciénagas de ella, está cerca de aquí; trajeron después que yo llegué cantidad de sal y muestras de oro y joyas aunque muy poco…”.
Maldonado prosigue su carta, participando al Presidente de la Real Audiencia que ha hecho preso a Rodríguez Xuárez como se lo había ordenado y lo remitía custodiado por doce  hombres a Bogotá así como por el Alcalde de Pamplona y dos sujetos más de confianza, con sus armas y caballos. Con los vasallos y servidores que llevaba consigo y con los soldados que habían venido con Rodríguez Xuárez, había entonces en la ranchería ciento doce hombres.
Mudada entonces la puebla al sitio actual, en la meseta de los tatuyes, sus habitantes se dividieron en dos facciones.
“La rivalidad declarada entre los dos fundadores-anota Tulio Febres Cordero- que no volvieron a residir más en Mérida, quedó sin embargo viva entre sus  principales tenientes y soldados, que vinieron a ser los primeros  y más notables vecinos de la ciudad de las Sierras Nevadas, en la cual tomó con los años tal fuerza esta llama de discordia, que retardó mucho la prosperidad a que estaba llamada por la excelencia de su clina, la incomparable fertilidad de su vasto territorio y la mansedumbre y laboriosidad de los indios”.
“El bando o partido de Rodríguez Xuárez tomó el nombre de Gavirias, por el apellido de capitán Pedro García de Gaviria, segundo de aquel en sus jornadas, hombre notable y valeroso, natural de la villa de Mondragón en Guipúzcoa, descendiente de la casa de Gaviria de la villa de Guevara, veterano en las guerras de España y conquistador muy distinguido en las Américas; y el bando contrario, llamado de las Cerradas tomó por jefe y caudillo al capitán Hernando Cerrada, natural de Higuera de Vargas en España, hombre también de poder y de influencia, que vino por segunda de Maldonado y lo acompañó en sus conquistas y nueva fundación de Mérida”.

lunes, 20 de agosto de 2012

LA SIERRA NEVADA DE MERIDA


CAPITULO TERCERO

La montaña. Apreciaciones. La laguna de la Mistela. Noción de las distancias entre la gente serrana y la de las Pampas venezolanas. La lengua llanera. El páramo. Plantas parameñas. El almuerzo. El frailejón. Elogio. Las tierras frías. Agricultura. La trila de trigo. Las Quebraditas. Nuestro campamento. Recursos naturales. El espanto de la Sierra Nevada. Fenómeno de óptica. La cena. Noche de vigilia. Funciona el equipo de medicinas. Hueles y no s ámbar. El mal de páramo. La mañana. Camino de las cumbres. La cruz del Alto del Páramo de Los Nevados. Digresiones. Andar penoso. El llano de la Sierra. Un muerto que está vivo. Dificultades y trampa de cabestros. El portal inexpugnable. Ligera conclusión que trata del agua.
Cuando llegamos a la entrada de la montaña, encontramos a nuestros compañeros de a pie sentados sobre unas vigas, descansando, y nuestro fue motivo propicio para gritos, demostraciones cariñosas, palabras de alborozo y la mar de comentarios, todos ellos de un sabor agradable y juvenil. Las bestias de carga, como las de silla, marchaban un tanto despeadas, y un borrico la flaqueaban las piernas y se resistía caminar. La infantería sentía ya hambre, por el ejercicio asaz rudo y continuado que había realizado; pero como no era aún hora del almuerzo, y erigir campamento en aquel sitio nos habría ocasionado demora,  estando todavía tan lejos del páramo, convinimos de  común acuerdo en ponerle preparo a los reclamos del estómago  con un buen tónico espirituoso, y continuar la marcha.
La montaña es bellísima: tupida, complicada, obscura, y el prestigio de su virginidad la presenta de una manera problemática. Contemplamos  con placer los primeros árboles de saisai, mapora, tampaco grande, pino aparrado, laurel baboso, cedro, manteco, y dos o tres jardines de azucenas que en una falda muy fértil crecían. Además, las matas de curaba aparecían en todo su esplendor. Los helechos se extendían lozanos a la vera del sendero,  que exhibía en sus recodos húmedos diversas clases de musgos que imitaban tapices y alfombras de seda. Algunos arbustos sin hojas aparecían cubiertas por completo de copito blanco, y otros sostenían con orgullo de esas parásitas cuyas flores son de color violeta, de tanta estima y valor, o de esas otras que llaman torito y lluvia de oro. Parecíamos que un arco interminable de flores, bejucos, helechos, festones de musgo, palmas, encaje de gusanillo, ramas extrañas y otras cosas selváticas, sombreaba y hacía festejos a nuestro paso, pues los árboles y sus derivaciones, apretándose unos contra otros y entrelazando sus ramas, formaban una así como una avenida obscura, cerrada por encima a los rayos solares, que allí penetran apenas por los claros que dejan las hojas y aquella trama de salvaje laberinto. Muy a menudo percibíamos  olores a plantas medicinales y a resinas delicadas, y de trecho en trecho veíamos correr un hilo de agua purísima, o saltar una ardilla, o el vuelo precintado de un diostedé. Las pavas y los ariones volaban asustados al sentir nuestra algarabía revolucionaria, y pudimos sentir a plenitud, de tal manera que nos causo mareo, el almizcle tremendo con que nos regaló un pequeño y precioso mapurito. Algunos troncos, acaso seculares, nos infundían respeto, ya que cubiertos de barba de palo y llenos de agujeros y concavidades, donde tienen las hormigas su vivienda, semejaban esqueletos desnudos de alguna vieja raza de hércules en fuga. En  fin, estábamos en pleno bosque tropical, donde «torrentes caprichosos como mujeres que van y vienen, forman cascadas, se dividen, se juntan otra vez a través de rocas y guijarros de manera devertidísima  y sirven de pretexto a una porción de puentes en extremo pintorescos, » como dijo Teófilo Gautier de los Pirineos.
De sorpresa en sorpresa, colmados nuestros ojos y nuestros espíritus de las más vivas emociones, apareció el plena floresta la laguna de la Mistela, rodeada de árboles muy atacado por las parásitas, juncos esbeltos y pintadas flores, y en su espejo casi negro y misterioso se veían flotar algunos nenúfares raquíticos. Los cabellitos del diablo volaban a su alrededor y podría decirse que aquel paraje extraviado y medroso ha sido favorable por las noches, más de una vez, a los conciliábulos de las brujas, en las que todavía creen los tímidos y cándidos pobladores de aquel vecindario. El origen del nombre no necesita casi de explicaciones, pues como sus aguas de un color obscuro, que tira a negro, y hay una clase de bebida alcohólica de ese tinte, que han dado a llamar Místela, los indios, muy aficionados a este licor, encontraron las aguas brillantes y extrañas de la laguna semejantes en color a su aguardiente preferido, y así, se quedó bautizada Místela. Y no está demás consignar aquí, que los indígenas primitivos de los Andes tenían un respeto especial por las lagunas, tánto de las existentes en la comarca señalaban ritos fundamentales es su religión, derrotada después por los brazos potentes de la Cruz. Sobre las lagunas se han escrito leyendas preciosas, que impregnadas de un criollismo llano e intenso, han dado idea aproximada de una mitología por demás interesante y rara,
Hay un detalle muy curioso y común que se nota inmediatamente entre los campesinos, tanto de las Pampas venezolanas de los páramos, y es que para ellos está, tratándose de caminos y distancias, muy cerca. Poco después de haber dejado atrás la laguna de la Mistela, nos encontramos con unos nevadenses que bajaban al mercado de Mérida a vender dos marranos y dos sacos de arvejas, que conducía un manso buey. A estos sujetos preguntamos: «Amigos, ¿está muy lejos todavía el páramo?» Y nos contestaron respetuosamente: «No, señores blancos, allí mismito. Cogiendo esta travesía arriba y saliendo allá al filo, topan el páramo. Cuestión de un momento.» Atenidos a estas razones apresuramos la marcha, con objeto de abreviar tiempo, almorzar y descansar un poco. Culminamos… caminamos… Montaña y más montaña… Pasó media hora, pasó una hora, y el encantado páramo no aparecía. Y es que estos caminantes serranos no tienen noción precisa de las distancias, acaso por su costumbre de andar mucho y sin reposar. Cuando dicen a úno que para llegar a cualquier sitio le falta una legua de andadura, bien puede asegurarse que le faltan cuatro o cinco; y hay que ver las rabias que se pasan por tan sinceras, pero desacertadas declaraciones. Por eso, los viajeros novicios se han acostumbrado a preguntar a estas gentes, que todo lo encuentran cerca, si la lenguas de que hablan son llaneras, como que es sabido que las distancias en los Llanos, son medidas y apreciadas por los naturales con exceso, como quien mide una pieza de tela, dando a cada cuatro o cinco leguas, sólo el valor positivo de uno.
Como si se tratara de un descubrimiento maravilloso, después de atravesar la última ceja del monte y salvar unas irregularidades bastantes pronunciadas del terreno, casi simultáneamente y al unísono, nuestro labios articularon: ¡el Páramo! Había aparecido como una ensoñación florida, el breviario sublime en cuyas atrayentes y sugestivas páginas íbamos a descifrar los más dulces y armoniosos salmos. En cantados… No parecía sino que hubiésemos entrado en un extenso parque rusticano. Las matas de frailejón semejaban blancos vellones de finísima lana, y sostenían en su centro la graciosa vara que revienta a las caricias del sol, la niebla y el frío, en áureas estrellas taciturnas; los arbustos de romero enseñaban a la luz del mediodía alegre sus ramos de flores amarillas y rosadas, las albricias, con ese suave perfume indiano, impregnaban de olores el ambiente; las estrañas, con su vivo color de mantón andaluz, ponían sonrisa de feria en el sendero y en nuestras almas; los chivacúes, agobiados de maduros racimos de frutas casi negras, acogían con maternal cariño las bandadas de torcaces y de cíotes: el sinigüis, con sus manzanas diminutas y su madera dura como el acero, nos hizo recordar los días lejanos de la infancia, cuando veíamos llegar al buen viejo Genaro, a pregonar los lunes en el mercado, bastones tremendos y burdamente retorcidos del árbol famoso; la chilca, con esa propiedad milagrosa para aliviar los dolores de cabeza, se balanceaba donairosa por dondequiera; la  hierba de oso, cuyas raíces tomadas en infusión producen copiosísimos sudores, a ras de tierra, tenía fulguraciones de plata; la espaldilla, con su poder antibilioso, se destacaba de trecho en trecho como  agrupaciones de filetes de bronce; el jarillo, de cuya madera podrían crear os artistas perfectas  esculturas, lucía  su esbeltez aristocrática, el colorado, el huesito, toda aquella exposición acabada de cosas vegetales nos hacía sentir íntimos regocijos y la más fervorosa admiración.
Pisábamos sobre un terreno de color negro y un  tanto pedregoso, y en donde la vegetación en su mayor parte está formada por arbolitos que denuncian los efectos de la altura,  arbustos de hojas menuditas, brillantes y de consistencia de pergamino, plantas herbáceas, de entre las cuales el díctamo,  fragante y huraño, es el príncipe fastuoso, y de cuyas hojas pastan los venados al rayar el sol, según vieja leyenda, y se hace un aguardiente de ramas de exquisito gusto. En las dehesas, el ganado, muy peludo y arisco, pacía de una hierba enana y dura,  que es la única que por allí crece. No se veían casas, ni bohíos, ni alma viviente; ni se oía cantar pájaro alguno, sino zumbar pausado y monótono de uno que otro abejón de los que suelen cruzar por el espacio, muy de tarde en tarde, y que se refugian por las noches en los huecos de los árboles cuyos troncos comienza a pudrirse.
Nos sentamos a almorzar en una explanada preciosa. Serían las dos de la tarde. El cansancio nos agobiaba y sentíamos alguna dificultad para respirar, el viento silbaba impetuosamente en las cañadas y removía el polvo de los atajos, que en columnas densas, caía luego como una clámide gris sobre los riscos, sobre los prados, sobre la propia estepa berroqueña. La comida campestre se sirvió sobre blancas hojas de frailejón. Los peones nos trajeron una fiambrera, de allí tomamos lo que mejor nos convino y apeteció, alternando con un buen moscatel de la festiva tierra malagueña. Las hojas de frailejón nos sirvieron también de servilletas. Y, ¿qué es el Frailejón? En ciencia, el nombre de esta planta es Espeletía, cuya utilidad y belleza, sólo los ingenios como el de Cervantes podrían condensar. La Providencia, sabia y portentosa en sus obras, colocó la fecunda y noble mata en los climas fríos, para abrigo del caminante y orgullo de la naturaleza.
Hay tres clases de frailejón: el ordinario  y el común, que vegeta hasta el comienzo de los páramos; y el plateado, que se nutre casi de guijarros, y el dorado, que crece a alturas de más de cuatro mil metros. Y cada uno de ellos tiene sus usos y aplicaciones prácticas. El ordinario produce una resina de olor intenso, que al quemarse, tiene el mismo aroma de incienso. Yo he visto, en las fiestas populares de pascua, quemar resina de frailejón delante de los pesebres como un homenaje de sinceridad campesina al divino profeta de Nazaret. Esta misma resina se usa además  en emplastos, en pegados en las plantas de los pies, curan los resfriados y preservan al organismo de ellos; para alimentar candiles y prender el hogar en los ranchos de la gente pobre, y también en preparaciones farmacéuticas. Sus hojas, que son  como de lana o de seda, por la pelusa gruesa que las cubre, son empleadas por los lugareños para envolver la mantequilla, los huevos y el queso que traen de sus hatos para el consumo urbano. Pero donde la utilidad del frailejón levanta su bandera salvadora, es donde los rigores del frío azotan a los pobladores de la extensión yerma o a los que por allí con diligencia o necesidad transitan. Se emplea para almohadas y colchones que conservan el calor de una manera prodigiosa. Los troles en que duermen los indios parameños están cubiertas de estas hojas, y es increíble el bienestar que se  siente reposando sobre ellas, aun cuando haya una temperatura de cuatro a cinco grados bajo cero, es decir, no se siente el frío; más, cuando la planta está recién cortada, el olor de su resina mantiene el sentido del olfato en constante estado de irritación, que impide el dormir bien. El frailejón plateado y el dorado, por su delicadeza y selección, por las dificultades y trabajos que se pasan para encontrarle y el valor artístico que tiene, se usa para adornar los nacimientos por nochebuena, lo cual constituye una costumbre típica de nuestra región, y de él se hacen figuras preciosas que de admirarse tienen, para los alteres del Corpus y otras festividades tanto religiosas como profanas.
Hermanos de los peñascos, de la nieve, del díctamo, de los cóndores, de los venados, de los conejos, el frailejón resplandece en el misterio de os Andes como el símbolo más alto del silencio, de l a belleza, de la soledad y de la altura, porque no es él como la nieve, que a pesar de su recogimiento solo, se muestra a todo el mundo en su montura pulida de ateridas rocas; ni como el cóndor, que vemos volar pausadamente sobre el risco lejano; ni como el perfil intocado de la Cordillera, que vemos perderse como una línea lapislázuli en el azul precioso de los cielos; él no se exhibe, hay que buscarlo, y humilde y generoso en su mutismo, se esconde en las cañadas, en las grutas, en las grietas hondas donde la naturaleza oculta la verdad en un profundo abismo.
Muy en breve escuchábamos nuevamente las pisadas lentas de nuestras cansadas caballerías sobre los pedruscos de la interminable travesía, siempre en repecho. A medida que íbamos subiendo, más nos azotaba el viento, un viento glacial, de muerte, que se nos filtraba hasta los huesos, y sentíamos con más intensidad la presión atmosférica. Al salir a la  cima  de un peñasco, ya internados en el ramal de la Cordillera que hacia el Noreste presenta los páramos de El Loro, Escagüey, La Corcovada y El Caballo, pudimos contemplar con limpidez de cromo toda la extensión de las tierras frías. Como garzas extendidas sobre el verde esmeralda de la campiña, se destacaban los pueblos de Tabay, Mucurubá, Mucuchíes y el villorio de Cacote, en una abra inmensa, que tiene por valladares de defensa, por un lado, la crestería gallarda de la Sierra, y por el otro, la cadena de montañas que empieza más allá del Pan de Azúcar y muere a las puertas de Mérida, en el cerro de La Cruz. Toda la agricultura de este terreno es la que corresponde  los climas fríos: trigo, papas, maíz enano, cebollas y cebollinas, manzanilla, malvavisco, cebada, centeno, mostaza y nabo; y parece que la finca rural denominada San Jerónimo, es el punto donde queda definida la desigualdad del clima, pues allí todavía crecen el café, el plátano y la caña dulce, pero de una manera lenta, perezosa y raquítica. Las hojas del café son menudas y un tanto amarillas, y las cosechas tardías y escasas; al plátano no le «sucede fecunda prole,» sino a muchos esfuerzos de los labriegos, y la caña apenas se emplea para pasto de las bestias, porque no crece, y la esperanza e su miel aborta en la propia maraña endeble de sus raíces.
Distraídos permanecimos largo rato atisbando la  faena de la trilla del trigo, que aunque lejos de nosotros, podíamos distinguir claramente. Dentro del corral de una heredad limitada, se realizaba la agreste jornada. Sabido es que nuestros procedimientos agrícolas de hoy, y principalmente en el interior de la República, son los mismos que emplearon los antiguos griegos y romanos, y que por cierto son muy divertidos y extraños para el espectados nuevo. Pues bien, veíamos un círculo formado con piedras mal acomodadas, o sea lo que se llama la éra. Dentro del círculo, que era de tierra bien pisada y limpia, estaban regados los haces de trigo y parados en actitud resignada unos cinco caballos o yeguas flacas, que evocaban el sueño faraónico; y gritaba un muchacho, con un largo mandador en la diestra mano, y corrían las bestias, y sucedía mucha veces que el viento que Dios llegaba tarde a contemplar la labor de la trilla. Entonces un hombre, que esperaba con su pala al hombro de veleidades de la naturaleza, para hacer su oficio de separar el trigo de las granzas, se cruzaba de brazos, y descansaban los pobres animalitos, y callaba el muchacho arriero… Y así les dejamos nosotros, que perdimos de vista la labranza al internarnos en un recodo del sendero.
Ya al caer de la tarde arribamos a Las Quebraditas, y resolvimos hacer allí noche, no obstante querer algunos de nuestros camaradas seguir la marcha y acampar en un llano que se encuentra más arriba y que está al abrigo de los vientos. El hombre que nos servía de baquiano objetó, muy discretamente, que en el llano no había agua, y fue lo bastante para que desistiéramos de toda tentativa de avance.
Las Quebraditas están en un lugar recóndito de la Sierra. Son dos fuentecillas heladas que bajan de las entrañas mismas de las rocas y se reunen humildemente en una meseta que se deriva de una falda y que limita el camino. Estábamos pisando a muchos más de cuatro mil metros de altura, rodeados de asperezas por todas partes y ateridos de frío, alguien sacó un espejo de bolsillo por satisfacer la curiosidad de ver como andaban sus facciones, y contagiando el grupo expedicionario de la misma curiosidad, fueron desfilando todas nuestras fisionomías por el cristal gentil; y cuál no sería nuestra sorpresa al encontrarnos con nuestros rostros rubicundos, resecos, tostados y maltratados horriblemente por el sol y la potencia cortante y salvaje del viento silbador.

    
 Con el objeto de que no nos sorprendiera la obscuridad del crepúsculo, desensillamos nuestras pobres cabalgaduras, se apearon a cargas, instalamos las tiendas de campaña, cubrimos el suelo de hojas de frailejón y sobre ellas tendimos unas mantas, abrigos y almohadas de lana. En fin, todo estaba listo para descansar. Después sacamos los comestibles, entre los que descollaba un maldito paté fole gras, que saboreamos deleitosamente y que a  altas horas de la noche nos tenía a todos con retortijones de estómago y dolor de cabeza. Habíamos llevado también una lámpara o reverbero Primus, pero llegado el momento de utilizarle, no funcionó; y como apretaba más y más el frío, hasta ponernos a temblar las quijadas, y necesitábamos tomar algo caliente como café, y no veíamos en aquel yermo leña alguna, preguntamos a los peones qué podríamos hacer en semejante trance, y adelantándose uno de ellos, dijo que en un zanjón que por allí cerca estaba, había de unos arbustos que ardían recién cortados y daban muy buena y confortable lumbre. Inmediatamente salió un piquete de valientes a buscar el arbolito salvador, y en verdad que la madera, colmada de resina, ardía en seguida, pudiendo nosotros preparar una hoguera, calentarnos, hacer café y sentarnos alrededor de ella a charlar fraternalmente y a contar historias robinsonescas.
Estando en esto, y un tanto cubiertos por la neblina, que en aquel se pasea como tratando de ocultar con su manto de tristeza el enigma impenetrable del silencio, nos llamó la tención Carbonell. Acudimos solícitos a su llamamiento, y pudimos observar lo que él había descubierto y que nos cuenta así: «Como uno de nosotros ganase el vértice de una colina cercana, en tanto me daba desde el campamento a observar detalles del paraje helado, en mirando hacia el punto en donde el alpinista dejara su bestia, ví a ésta y al caballero revestido de proporciones desmesuradas: se habían estirado exageradamente; esan enormes en la neblina y contra los reflejos del sol..» Y es este el tan temido y nunca bien ponderado Espanto de la Sierra Nevada que nos refiere el señor Goering en el estudio descriptivo de su ascensión a la Cordillera Andina; espanto que ha servido de pretexto para urdir leyendas espeluznantes y que es tradicional entre los pobladores y supersticiosos de aquellos lugares, quienes le cuentan y oyen contar como si se tratara de algo sobrenatural, cuando en realidad no es otra cosa que tan lindo fenómeno de óptica, producido por la descomposición de la luz.
Ya era de noche… Mientras  comíamos, un hombre iba y venía trayendo leña para alimentar la hoguera, por lo verde de la madera, chirriaba desapaciblemente, produciéndonos una impresión como esa que se experimenta al presenciar la cremación de cadáveres. Terminada la cena, que se redujo a fiambres, y que masticábamos y nos hacían en la boca el efecto de pedazos de hielo, por lo frío que estaban, tomamos un poco de café asentado, y nos dimos a la tarea de saltar por encima de la hoguera y de correr a su alrededor para calentarnos el cuerpo. No parecía sino que habíamos vuelto locos, o que interpretando fielmente las costumbres de los indios prehistóricos, celebrábamos con nuestra danza espectral la bajada del Ches. En la obscuridad de la noche, las llamaradas de fuego y nuestras humanidades casi dentro de ellas e iluminadas por su resplandores, cuyo color avieso no puede precisarse, daban, aunque de un modo pálido, una noción aproximada del infierno.
A las ocho nos dirigimos a las tiendas de campaña para descansar y dormir. La noche que pasamos no podría nunca describirse con exactitud. ¡Un  horror! En el patio del centro que sostenía loa tienda, colgamos un farolillo de luz muy mortecina, y nos tendimod en luengo sobre el suelo, caso pegados unos a oreos, como sardinas humanas; nos envolvimos la cabeza con grandes pañuelos y nos arropamos con exceso de mantas y abrigos, que siendo de lana, no nos conservaban el calor. Parecía que el frío circulaba por debajo de la tierra como una corriente mortal. Sumidos en una especie de letargo, con los ojos cerrados y estornudando, por la irritación que nos producía la resina del frailejón en las fosas nasales, guardamos silencio, que vino a interrumpir el rodar estrepitoso y pesado de una piedra, que  pasó rozando los cordeles que sostenían en estacas los pliegues de la tienda. Un borrico fue el autor de lo que pudo haber tenido un desenlace fatal. Amarrado a una piedra, tiraba del cabestro y volvía a tirar el pobre filósofo, para ir a guarnecerse en otro sitio de los dientes felinos del frío, hasta que su labor falseó el peñasco y lo echó cuesta abajo…
De allí en adelante no tuvimos tranquilidad. No podíamos conciliar el sueño, ni permanecer por más tiempo inactivos soportando una temperatura de menos de cero grados. Los alimentos  nos habían caído al estómago como un plomo, y algunos se quejaban de dolor de cabeza. Como movidos por un resorte nos levantamos todos, menos el baquiano, que acostumbrado a esta vida, dormía y roncaba a pierna suelta como un león. Encendimos la hoguera otra vez. Funcionó el pequeño equipo de medicinas, y los indigestos tomaron Bicarbonato de Soda con Elixir Paregórico. Eran solamente las diez y media de aquella noche de vigilia, interminable, cuyo recuerdo vivirá eternamente en nuestras conciencias. El Pico de La Columna, allí cerca, a nuestra derecha, con su blanca corona de inmaculadas nieves, nos vigilaba, como ofendido en su honor, en su imperio, en su belleza; en el cielo aparecía salpicado de refulgentes luceros y los aerolitos surcaban por el espacio de cuando en cuando, completando con su reguero de luz de opulencia de aquella decoración universal; de abajo, de las cañadas hondas, subía hasta nosotros el aroma de las plantas silvestres; el rumor de Las Quebraditas, apenas perceptible, se nos antojaba el diálogo secreto de invisibles nigromantes, y nuestras bestias entumecidas y sin comer, semejaban mitológicos hipogrifos…
«¡A calentarse, mis amigos!» Articuló una voz trémula, y fuimos todos a sentarnos cerca de la hoguera. Hicimos tres o cuatro veces café, nos fumamos yo no sé cuántos cigarrillos, disparamos nuestras armas, cuya denotaciones produjeron espantoso ruido de cataclismo, y narrando especies con muy buena sombra, esperamos el día… Las constelaciones de Orión y El Toro y el centelleo de las Prévades, eran nuestra brújula y reloj.
La falta de sueño, el cansancio que nos agobiaba, la comida ingesta, los efectos del frío y de la altitud, produjeron en algunos de nosotros desórdenes marcados en la normalidad fisiológica. Recuerdo ahora, que ya a las tres de la madrugada empezaron a sentir los explotadores los primeros síntomas del mal de páramo o mal de montaña, es decir, palidez profunda acompañado de sudores,  dolores fuertes de cabeza, náuseas, mareos, vómitos… y algo más. Nos faltaba oxígeno… La intervención médica se impuso, y funcionó por segunda vez el pequeño equipo de medicinas. Los enfermos tomaron Agua del Carmen, Bicarbonato de Soda, Elixir Paregórico, fricciones de Agua de Colonia e inhalaciones de Amoniaco, y muchos se decidieron por llevar en la boca una buena comida de Chimó, que es remedio eficaz para combatir el mal de páramo, usándose en emplastos y parches que se aplican en las plantas de los pies y deytás de las orejas. A propósito de este menjurje indiano, dice Tulio Febres Cordero: «Una de las cosas que ha singularizado a la comarca merideña desde tiempos muy remotos, es el uso del tabaco en forma de jalea, extracto conocido con los nombres indígenas de mo y chimó. Se le da este último nombre cuando dicho extracto, ya aliñado y preparado, está en condiciones de usarlo, lo que se hace poniendo en la boca una pequeña cantidad de él hasta que se deslíe, provocando la salivación. De suerte que a los modos universales de hacer el uso del tabaco, en rollos o tabacos propiamente dichos, en picadura y cigarrillos para fumar, en pasta para mascar y en polvo para sorber, debe agregarse el chimó o tabaco líquido de los aborígenes de las Sierras Nevadas, que aun tiene muchos adoradores, y constituye una de nuestras industrias más antiguas.»Uno de los atacados por el mal, que regresaba del lado de Las Quebraditas, pasó cerca de mí, y aguantando la respiración, tuve que decirle con las clásicas palabras: «hueles, y no a ámbar.» Sabido es que el «frío de la mañana que ya venía, o que Sancho hubiese cenado cosas lenitivas, o que fuese cosa natural (que es lo que más se debe creer),» lo que dio motivo al célebre escudero para agregar a la aventura de los mazos de batán, uno de los detalles que la hacen más interesante.
Al romper el día, el mal de páramo, que otros llaman soroche, se había generalizado. Pedro José Troconis y yo, que no sufrimos el acccidente, junto a dos peones, nos constituímos enfermeros y dispusimos las cosas de modo de que pudiésemos marchar cuanto antes. El desayuno mejoró mucho el estado de nuestros compañeros, y a las seis de la mañana, bajo el cielo pintado de arreboles y el trasnocho en nuestros rostros, subíamos lentamente, espoleando a nuestras jacas, que por lo muertas de hambre que estaban, no querían ganar la última y decisiva cuesta. El mismo cuyas piernas flaqueaban a la subida de la montaña, se puso levantisco, y tirando unas coces, y dando unos corcovos, y acompañándose con zambomba, echó la carga al suelo. Apoteosis. A pesar del mal de páramo, todos los allí presentes rompimos a reir, al contemplar los brincos y la bravata superflua del infeliz jumento.
Coronar la pendiente que está frente al Pico de La Columna, para caer luego sobre las rocas vivas que sirven de pedestal a las nieves del Toro, fue obra de una media hora de lentísima andadura. En este  sitio pudimos ver en el fondo del barranco una laguna, helada en sus orillas, y cuyas aguas parecían embrujadas. El baquiano nos contó leyendas inverosímiles y temibles de esta laguna, nos encareció que no le tirásemos piedras ni la molestáramos, porque se pondría brava y llovería, nevaría y nos quedaríamos todos petrificados y emparamados. Una sonrisa de piedad para el cándido creyente se dibujó en nuestros semblantes, y seguimos la marcha. La vegetación escaseaba. Sólo una que otra mata de colorado, adhiriéndose fuertemente a los peñascos, alzaba por allí su orgulloso heroísmo, y las cepas del frailejón plateado y dorado, que  medida que se asciende se notan revestidas de mayores proporciones. Allá en el fondo, columbramos el portachuelo del alto del Páramo de Los Nevados, señalado con una burda cruz de madera enclavada en una peaña de piedras colocadas de cualquier manera, que más bien parecía un cipo de lindero que otra cosa; pero de todos modos, la tal peaña tenía su arte echadizo. Y es que en los Andes es costumbre de los naturales colocar cruces en as cumbres de los páramos más transitados, como para indicar al viajero el término de una fatiga y el principio de otra, ya que en esas cruces mueren las pendientes o nacen las bajadas, según que vaya o venga el caminante de cualquier población, aldea o campo. También pueden verse de ellas, aunque más chicas, en aquellos lugares de los caminos donde han muerto o le han dado muerte a  algún cristiano, y que con el tiempo queda sepultadas entre los guijarros que todos y cada uno de los transeúntes es arrojan al pasar, como que por cada guijarro que caiga sobre la cruz, descansa el alma del muerto, si es que está penando, según dicen aquellos buenos carboneros de la fe. Cruces hay en la entradas de los pueblos, y sobre el monte más alto que se divisa desde sus plazas principales, y en casi todos los portales y patios de las casas del mismo rebaño que exalta su triunfo y le adora t llora ante ella de rodillas. Es curioso ver cómo algunas de estas cruces llevan escritas en latín aquellas trascedentales palabras de Memento, homo o Cristus regnat.
El Alto del Páramo de Los Nevados está situado entre el Pico de La Columna, que es el más elevado de la Sierra, y el del Toro. Allí tuvimos que dejas las bestias, amarradas a unas estacas y a dos viguetas qie sobre el suelo estaban, porque es imposible avanzar hacia las nieves a caballo. El paisaje que desde este sitio se contempla es hermosísimo. Un extenso territorio se abre a los ojos del espectador, es decir, el que comienza en las faldas de la Sierra y va  a morir en las lejanías abrasadas de las Pampas. Casi al pie de La Columna, pudimos distinguir la célebre laguna del Gallo, cuya abrigada posición y unas cavernas que adornan sus alrededores, han servido de campamento a los excursionistas que han llegado hasta la altura máxima de Venezuela: los 5.005 metros a que está La Columna sobre el nivel del mar.
Tomamos el derrotero de la derecha: una vereda para cabras, con el propósito de escalar el Picacho del  Toro, por detrás, que es la única manera que allí puede llegarse. Marchábamos todos a pie lentamente, respirando con mucha dificultad, descansando cada tres pasos y sintiendo las palpitaciones del corazón muy seguidas y fuertes; y tropezando aquí, cayendo allí, levantándonos más allá y tornando a caer, llegamos a un pequeño llano que se encuentra donde el peñón elegante, como cortado a pico, tiene su apoyo. Cuando vimos la mole de rocas casi inaccesibles, nos espantamos, pero alentados valientemente por los destellos del triunfo, ya próximo, vencimos nuestro desconcierto y la timidez y el estupor tornándose en tenaz resistencia y en decidido  empuje. En el llano, tendido en el suelo, sobre los rastros que habían dejado unos conejos y arropado con una manta, se quedó José Domingo Heder, vencido por el mal de páramo; y al empezar nuestros saltos peligrosos hacia arriba, el mismo mal acometió tan fuertemente a Carbonell, que hubo un momento en que creímos que no podría continuar la jornada. Sin embargo, el autor de Torreón de Ilusiones aportó una gran cantidad de energías, y pálido, con vómitos, tambaleando y sosteniéndose en un cayado de sinigüis, prosiguió imperturbable la marcha, con la estoicidad de los gladiadores romanos que iban a morir en e circo, con la confianza y rectitud de una espada de acero puro de Toledo. Los peligros se erguían y nos amenazaban por dondequiera con las fauces del abismo. Muchas veces, cuando pisábamos sobre una piedra, ésta se desprendí y rodaba abajo, produciendo estruendos de catástrofe. Al llegar a cierto punto, las rocas se presentaron infranqueables. No podíamos ascender. El baquiano, que conocía el paso, nos dijo que tendríamos que subir uno por uno y amarrados por la cintura. Hicimos una verdadera trampa de cabestros, que de haberse reventado, nuestro cerebros se habrían quedado pegados en el imperio de las piedras. Subió el baquiano, y con su ayuda, que fue la de tirar las cuerdas, pasó el primero de nosotros. Luego, la operación se practicó más fácilmente, pues con ellos dos a salvo, los demás circulamos rápidamente. Nos subían como si fuésemos maletas o equipajes de poco valor, hasta que le tocó su turno al último, que como no tenía quién le empujase de abajo para arriba, le sucedió lo que al mono de la banda. Nuestro pobre compañero arribó al desfiladero en que le estábamos esperando todo maltrecho, lleno de cardenales, injuriándonos y diciendo que a la bajada él sería de los primeros. Ni un arbolito, ni una mata de frailejón veíamos a nuestro paso, o mejor dicho, a nuestro calvario de saltos y tropiezos.  Había desaparecido toda vegetación. Parecía que las arterias iban a reventársenos y nuestras fuerzas flaqueaban, cuando Luis Alberto Ramírez exclamó: «¡Llegamos!» Ciertamente, habíamos llegado. Eran las ocho de la mañana Y todos fuimos pasando al pan nevado por entre unas grietas obscuras y profundas que sirven de portal inexpugnable al sagrario augusto donde reposa y ha de reposar, por los siglos de los siglos, la cristalización eucarística del agua, la buena hermana cuyo poema es el eje de equilibrio del mundo y el misterio siempre hermético de toda filosofía, pues el agua de los mares, de los ríos, de los torrentes y de la lluvia, es uno de los fundamentos sobre que descansan y se desarrollan los ideales de la  humanidad; ideales que vacilan, y dudan, y triunfan en el pensamiento y la observación de Fulton, en los experimentos de Platón, en la ciencia contemporánea de los sabios franceses y españoles como Pasteur y Ramón y Cajal, en la epopeya de los campos, en la poesía de Nervo, en la boca bermeja de fervor de Francisco de Asís, en los labios de Jesucristo enclavado en la cruz, porque de su deseo por el agua, que pidiera la fiebre ocasionada por las heridas, o la de místico sembrador de parábolas de vida y redención, fue que nacieron aquellas dulces, moribundas y angustiosas palabras que todavía nos lastiman el corazón.


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