viernes, 9 de enero de 2026

Mitos, Leyendas y Embustes (Enasayo Historicos)

 EL PLEITO CON EL DIABLO

Carlos Chalbaud Zerpa

 


En el mes de septiembre de 1807, el joven Simón de Bolívar de 24 años de edad, tuvo una desagradable controversia con su pariente político, un año mayor que él, licenciado Antonio Nicolás Briceño por cuestión de unos linderos en sus haciendas, donde se fueron a las manos y a las armas y dirimir posteriormente la cuestión en los tribunales.

El trágico Briceño, popularmente denominado “El Diablo”, estaba casado con doña María de los Dolores Jerez Aristeguieta y Gedler prima doble de Bolívar y a raíz de ese litigio y a su actuación posterior ha sido considerado por algunos historiadores como belicoso, impertinente y majadero; mientras que otros han tildado al joven Bolívar de petulante, a quien la razón no le asistía en la reyerta de inaudita violencia que ambos protagonizaron.

Es el caso, refiere el historiador Don Vicente Dávila, que estando Antonio Nicolás el día 24 del citado mes en su posesión de “Cúpira”, colindante con la hacienda “La Concepción” de Yare propiedad de Bolívar, se presentó éste acompañado de tres amigos y un grupo de esclavos, en son de trabajo y de agresión también, pues venían los negros armados de azadas, palos y machetes.

Al aviso de que éstos invadían sus tierras, haciendo roza dentro de ella con objeto de abrirse una zanja para el desagüe de una fábrica de añiles, Briceño al punto acudió con sus propios esclavos a fin de rechazar a los de Bolívar en la invasión.

Según los testigos presentados posteriormente por Bolívar en el litigio que promovió en mayo de 1808 contra Briceño, en la discusión, este último apuntó con su pistola al pecho del primero, quien tuvo que arrojarse sobre Briceño logrando apartar de si el arma trayéndose enredada la cadena del sable del agresor.

Parece que todo quedó momentáneamente en reconciliación y para disipar el desagrado de la querella, Bolívar propuso un baile que se llevó a cabo en la noche del mismo día, al que concurrieron Briceño y su señora.

La danza, que fue su compañera en las campañas: lo era de igual modo en los altercados con sus vecinos, cuando pretendía a mano armada abrirse la vía que necesitaba para la industria de sus añiles.

La fiesta no arregló el pleito, porque el día siguiente Briceño recibió una carta de Bolívar quien lo conminaba a cederle el callejón que necesitaba para el tránsito de su hacienda y la oficina del añil así como el desagüe en las tierras de su pertenencia y en caso contrario acudir a los tribunales, prevalido como estaba en ser amigo del Gobierno y tener el cargo de Teniente del Batallón de Milicias de Blancos de Aragua.

No consintiendo Briceño a las pretensiones de Bolívar, por mayo de 1808 supo en su hacienda de “Cúpira’, que había orden de prisión para él y embargo de sus bienes a instancia de su contendor.Al punto partiose Briceño a Caracas, y abogado como que era de su ilustre Colegio presentó su defensa. En ella demostró que él fue provocado por Bolívar en virtud de ser éste quien necesitaba abrirse el callejón dentro de su finca de cacao, lo que trato por fuerza llevar a cabo. Que se había opuesto a ello porque no convenía a su propiedad. Y para evitar altercados en lo sucesivo, había vendido, cosa de dos meses, las tierras del enojoso litigio.

Viéndose además envuelto en lances de injuria, Briceño recusó al Asesor del Gobierno y declaraba el agravio que le habían causado al decretar su arresto y embargar sus bienes contraviniendo las leyes, que por su nacimiento y profesión le concedían el privilegio de no ser detenido sino en crímenes que merecieran pena aflictiva y además protestaba porque el susodicho asesor era inquilino de Bolívar. Todo lo que era cierto. No debemos olvidar que Briceño había estudiado Filosofía en Mérida con su deudo el Dr. Cristóbal Mendoza; terminó sus estudios en la Universidad de Caracas, se recibió como Abogado en la Real Audiencia de Bogotá y practicó pasantías en esta ciudad, además de Cartagena de Indias, Maracaibo y Caracas en bufetes de notables jurisconsultos, para luego incorporarse en el Colegio de Abogados de la misma capital de Venezuela. Conocía, pues, las leyes al dedillo.

El nuevo asesor nombrado por el Gobierno dictaminó que ante los alegatos de Briceño y el profundo silencio de Bolívar, se admitía la información que ofrecía aquél y se mandaba en consecuencia a suspender la orden de prisión. Además no existían suficientes pruebas de parte de Bolívar, de cuyos escritos se desprendía que Briceño había sido el atacado en sus posesiones, tratando sólo de rechazar al invasor.

Bolívar viéndose descubierto en el intento de hacer apresar a su colindante, que ya no lo era por la venta de la finca en cuestión, resolvió ausentarse de Caracas al campo, y revocar los poderes que había otorgado a su hermano don Juan Vicente de Bolívar y a su tío Don Francisco Palacios y Blanco, oficiales de milicias, de quienes estaba de parte la justicia aunque no lo estuvo en este caso.

En consecuencia, continua señalando don Vicente Dávila, Briceño suplicó al Tribunal, “que desamparada la acusación, se sirviese en virtud de la ley declararle por libre de la demanda propuesta por Bolívar, condenar a éste en costas, costos y perjuicios que por este motivo justificare haber sufrido, en la pena pecuniaria, y darlo por infamado para siempre, mandándosele imponer silencio, y haciendo los demás pronunciamientos que fuesen de justicia”.

Tal vez en este asunto, añade Vicente Dávila, hubo algo más que un simple litigio de heredades. Bien conocida era la moralidad de Bolívar en cuestiones de faldas. Recién venido de Europa, visitaba con frecuencia a su prima Dolores, mujer de Briceño; y la cortesanía de los hombres, aun sin ser tenorios como Bolívar, casi siempre comienza por las primas. Seguros estamos de que esta suposición, en vista de un documento leído, en un Expediente General del registro Público, en nada deslustra el honor de la dama al creer fuese cortejada por su deudo, más tarde el Don Juan Libertador.

Lo cierto es que de los enemigos que se le imputaban a Bolívar, entre los personajes que figuraron durante los años de 1810 y 1811, se encontraba el licenciado Antonio Nicolás Briceño, por diferentes motivos.

Caída la Primera República, dispersos los patriotas y encargado el Capitán de Navío Domingo Monteverde de pacificar la Colonia, tanto Bolívar como Briceño decidieron entrar al país para restablecer la libertad y la independencia, pese al encono que mutuamente se tenían, partiendo desde la frontera de la nueva Granada.

No lograron entenderse y cada uno decidió invadir a Venezuela por su propia cuenta. Bolívar tenía todas las razones y todas las de ganar, mientras que Briceño todas las de perder.

Estando Bolívar en Cúcuta en compañía del general del Castillo, Briceño respondió a las crueldades de los españoles con una declaración de guerra a muerte. Ya en San Cristóbal, en territorio venezolano, aprehendió y fusiló a dos pacíficos vecinos que no tenían otra culpa que haber nacido en España. Pero no contento con esto, les cortó las cabezas y se las envió en sendos cajones a Bolívar y Castillo, el 9 de abril de 1813, acompañadas de cartas cuyas primeras líneas estaban escritas con sangre de las propias víctimas. Es de suponer que los destinatarios palidecieron de horror y devolvieron indignados el presente.

La esposa de Briceño, doña María de los Dolores, que le había acompañado hasta la frontera, le escribía cartas que han sido tildadas por los cronistas patriotas unilaterales como tiernas y amorosas. Vamos a reproducir una, de la dulce y amorosa cónyuge, muy digna mujer de “El Diablo”, que nunca es transcrita en su totalidad. Dice así: “Mi estimado Nicolás: Recibí la que me hiciste con este mismo propio y te digo que he tenido varias razones con Doña Carmen Ramírez sobre el hecho de las cabezas remitidas, haciéndole ver las ventajas que podemos experimentar con sólo la ejecución de estas dos cabezas: que lo que nos hacía daño era que se pusieran con dichitos y murmuraciones, donde lo oyeron ellos mismos.

En fin, ha habido de todo: unos aprueban tu hecho, que creo que en el interior se han alegrado infinito. Girardot lo ha aprobado con aquella satisfacción de todo hombre orgulloso y que o quiere que otro le superite; Tejera lo mismo, lo ha celebrado. Y en una palabra eres el coco de estos lugares, en términos que el viejo Mesa dice que no está seguro ni al lado de Bolívar, sino debajo de su cama. Y yo bien contenta.

Ignacita te da besitos y te manda una cajita de dulces de leche. A Don Cristóbal le supliqué que te pusiera las noticias que supiere porque yo no sé nada. Y soy tuya. Dolores”

Antonio Nicolás Briceño sería fusilado por los españoles en Barinas el 15 de junio y su cuerpo descuartizado; y Bolívar entraría triunfante a Caracas como Libertador el 6 de agosto.

Este, en una carta al Presidente de la Unión Granadina fechada en Mérida el 30 de mayo de 1813, cuando ya sabía de la suerte corrida por Briceño dirá lo siguiente: “V.E. verá que la inobediencia de este intruso militar, lo ha conducido a su ruina y quizá a la muerte, arrastrando tras sí a todos los imprudentes y desgraciados que tuvieron la mala suerte de seguirle a una expedición desesperada, sin armas de fuego, sin municiones, sin cartuchos, y aun sin valor”.

Bien sabía Bolívar, sin embargo, dirá Vicente Dávila, que en el pecho de su émulo, como en el suyo propio, todo podía caber menos la falta de valor.

Añade el historiador que este resentimiento ni aun pasados los años se extinguió en el ánimo de Don Simón. Es tradicional en la familia Briceño que en año de 1826 cuando Bolívar regresaba del Perú a contener al indómito Gral. Páez, acaeció el incidente que se narra.

Vivía en Maracaibo Pedro Fermín Briceño, hermano de Antonio Nicolás, en cuya habitación llamada la Casa Fuerte se aloja el ilustre huésped.

Al contemplar un retrato del hombre de la guerra a muerte, se expresó Bolívar ante la señora de Briceño, la maracaibera Doña Rosa Valbuena, con entusiasmo del valor, audacia e inteligencia del cuñado, pero al llegar a la tragedia de su muerte exclamó, que dado lo indomable de su carácter, habían hecho bien los españoles en ejecutarte, porque si no él se hubiera visto en la necesidad de hacerlo.

ln promptu le replicó la hija de la casa, sobrina de Antonio Nicolás, “O él a usted, ciudadano Libertador”. Era el aguijón del áspid que se clava, al defenderse, en el imprudente que la pisa.

La frase del terremoto

En torno al movimiento sísmico catastrófico del año de 1812 y la presencia de Bolívar, se han tejido muchas leyendas. Así, el escritor alemán Gerbard Masur en su voluminosa biografía sobre El Libertador, lo coloca sobre las ruinas, a medio vestir, daga en mano, corriendo de un lado a otro y haciendo cuanto estaba a su alcance para rescatar a los heridos de entre los escombros. También se abalanzó sobre una gran multitud agrupada en la plaza pública escuchando la arenga de un fraile. Al ser interrumpida su reunión los fanáticos pidieron que la venganza celestial cayera sobre Bolívar si persistía en inmiscuirse. Este, espoleado por algunos adeptos que se encontraban en la muchedumbre, sacó la espada y derribó al fraile de su improvisado púlpito. En caso necesario estaba dispuesto a matarlo. Algunos soldados que se hallaban cerca ayudaron a Bolívar a dispersar la excitada multitud y prosiguió entonces sus incansables esfuerzos por prestar socorro.

Un testigo presencial del cataclismo, el historiador Francisco Javier Yanes, aunque de oídas en cuanto a la actitud de Bolívar, escribe que pocos momentos después del temblor un fraile de Santo Domingo, nombrado fray Felipe Mota predicó en la plaza de su convento, que aquel espantoso sacudimiento era un castigo visible del cielo, por haber desconocido al que estaba destinado por Dios para gobernar a estos pueblos, y que habiendo concedido dos años para el arrepentimiento continuaban en pecado. El coronel Bolívar que oyó la plática del fraile le acusó inmediatamente al gobierno provincial, que con algunos miembros del tribunal de justicia, se habían reunido en la plaza mayor y habiendo mandado que compareciese para juzgarle incontinenti, se le hizo cargo de su exceso, a lo que contestó que había anunciado al pueblo que el terremoto era un castigo de la justicia divina por los pecados públicos como en otro tiempo lo había sido el fuego que destruyó a Sodoma y Gomorra. Uno de los votantes fue del sentir que merecía la pena capital como sedicioso; pero los otros lo condenaron a estrecha reclusión, privado de todo trato y comunicación y así se ejecutó. Sin embargo, los ministros de la Religión continuaron repitiendo, en sus multiplicadas pláticas, que el temblor había sido un castigo justo del cielo, y con cierto énfasis y alusiones misteriosas, hacían entender al vulgo que era por la independencia y aún se vio que los patriotas más exaltados practicaron actos de ridícula penitencia para aplacar la ira del cielo. El médico doctor Rafael Villarreal, el mismo que primero gritó contra Emparan el 19 de abril, fue uno de los miles de muertos. Pero de que hubo frailes fusilados, los hubo. Los adictos a la causa del rey obraban ya con descaro, y el Generalísimo Miranda dispuso el arresto y expulsión de ciertas personas determinadas, entre las que se comprendía al Arzobispo de Caracas, y para el arresto de éste, inventario y secuestro de sus bienes, y conducción a La Guaira. comisionó al canónigo Cortés Madariaga y al propio Francisco Javier Yánes, comunicando órdenes precisas al gobernador militar, coronel José Félix Ribas, para que cumpliese inmediatamente aquellas  resoluciones, que no llegarán  a verificarse por las reflexiones que el segundo comisionado hizo al Gobernador y al Generalísimo. Pero el Coronel Paz del Castillo remitió la causa que había seguido a dos eclesiásticos, el doctor don Marín González y don J. López, que con dictamen del Licenciado Antonio Nicolás Briceño (El Diablo) fue determinada, condenándolos a muerte por estar convencidos legalmente de haber predicado y obrado contra la Independencia que habían jurado; conmoviendo los pueblos de Caracas y Camatagua, y el Generalísimo Miranda confirmó la sentencia y mandó que se ejecutase. Los dos sacerdotes fueron fusilados en el sitio del juego de pelota. Eran los inicios de la Guerra a Muerte.

El Dr. José Domingo Díaz, notable médico caraqueño, condiscípulo e inicialmente amigo de Bolívar y los Salias, fue testigo presencial. en la plaza de San Jacinto, junto con el futuro Libertador, del desastre del cataclismo, del cual dejó constancia diez y siete años más tarde en su libro “Recuerdos sobre la Rebelión de Caracas”, citado por los historiadores patriotas cuando les convenía y silenciado o vilipendiado cuando sus juicios eran adversos a Bolívar y sus lugartenientes.

Díaz, egresado de la Real y Pontificia Universidad de Caracas, dice el médico historiador Dr. Ricardo Archila, es uno de los más notables galenos de fines de Coloniaje; primer Médico de Ciudad de Caracas; iniciador de lo bibliografía científica venezolana; principal factor de la propagación masiva de la vacunación antivariólica; precursor en el terreno de nuestra incipiente Sanidad y precursor de la administración hospitalaria; en pocas palabras, el auténtico médico en función social.

Por su exacerbado realismo y su tenaz oposición a la independencia venezolana ha sido catalogado de anti-héroe, de anti-patriota, de anti-Bolívar, pero añade el Dr. Archila que la historia de nuestra gesta libertadora continuará siendo incompleta mientras no se estudien y se contrasten los personajes de ambos lados.

El Dr. Díaz refiere en sus recuerdos, publicados en Madrid en 1829, que eran las cuatro de la tarde del 26 de marzo; el cielo de Caracas estaba extremadamente claro y brillante: una calma inmensa aumentaba la fuerza de un calor insoportable; caían algunas gotas de agua sin verse la menor nubes que las arrojase. Salió de su casa para la Santa Iglesia Catedral. Como cien pasos antes de llegar a la plaza de San Jacinto comenzó la tierra a moverse con un ruido espantoso; corrió entonces hacia aquella: algunos balcones de la casa de Correos cayeron a sus pies al entrar en ella, se situó fuera del alcance de la ruina de los edificios, y allí vio caer sobre sus fundamentos la mayor parte de aquel templo , entre el polvo y la muerte vio la destrucción de una ciudad que era el encanto de los naturales y de los extranjeros. A aquel ruido inexplicable sucedió el silencio de los sepulcros. En aquel momento se hallaba solo en medio de la plaza y de la ruina; oía los alaridos de los que morían dentro del templo; subió por los escombros y entró en su recinto. Todo fue obra de un instante. Allí vio cuarenta personas, o hechas pedazos, o prontas a espirar por las ruinas. Volvió a subirlas y jamás se olvidaría este momento. En lo más elevado encontró a Don Simón de Bolívar, que en mangas de camisa trepaba por ellas para hacer el mismo examen. En su semblante estaba pintado sumo terror, o la suma desesperación. Le vio y le dirigió estas impías y extravagantes palabras: Si se opone la naturaleza; lucharemos contra ella, y la haremos que nos obedezca. La plaza estaba ya llena de personas que lanzaban los más penetrantes alaridos.

Es discutible que Bolívar, levantado por Simón Rodríguez bajo los pensamientos doctrinarios del “Emilio” de Rousseau y sus sentimientos y respeto por la naturaleza, haya pronunciado aquella frase que le adjudica el Dr. Díaz para hacerlo aparecer como descreído, irreverente y escéptico. Por otra parte, el joven Bolívar conocía al Barón de Humboldt, por quién sentía una gran admiración y era también un respetuoso amante de la naturaleza.

Sea como fuere, la frase acuñada por el furibundo libelista José Domingo Díaz, tuvo éxito y es siempre citada, favorablemente, desde  Felipe Larrazábal quien la considera reveladora de un alcance y de una perspicacia superiores, hasta  Salvador de Madariaga que estimó que Bolívar sobre aquél montón de ruinas fue ese día el único hombre que habló el lenguaje del porvenir.

miércoles, 7 de enero de 2026

La historia del gran viajero Edward Whymper

 

El 04 de enero de 1880 Edward Whymper, Jean Antoine Carrel y Louis Carrel consiguen efectuar la primera ascensión al Chimborazo.

La cumbre del volcán Chimborazo es la más alejada del centro de la Tierra, y durante el siglo XIX se pensaba aún que esta era la elevación más alta del planeta. El primer hombre en alcanzar la cumbre del Chimborazo fue Edward Whymper, junto a los hermanos Louis y Jean-Antoine Carrel en 1880.


Whymper ascendió una segunda vez por un camino diferente el mismo año, con los dos ecuatorianos David Beltrán y Francisco Campaña

La historia del gran viajero Edward Whymper

El ambicioso montañero fue el primero en ascender muchos de los picos más altos de los Alpes, de las Montañas Rocosas y de los Andes, pero si pasó a la historia del alpinismo fue por conquistar el Cervino hace ahora 150 años.

Edward Whymper

Meritxell Álvarez Mongay 

14/8/2015

Rey de los Alpes

Edward Whymper (1840-1911) fue el alpinista más famoso y controvertido de la edad de oro del montañismo, aunque hasta los 20 años el londinense no vio -y mucho menos escaló- otros picos que no fueran los que se alzaban en libros. De joven soñaba con ser explorador polar; pero, siendo el segundo de once hermanos en una familia de clase media victoriana,le tocó heredar el oficio del padre sin rechistar, por poco emocionante que le resultara el arte de grabar. Además, se le daba bien esto de dibujar.

El destino del artista cambia cuando un editor le encarga ilustraciones pintorescas de montaña y le envía a una región entonces casi tan apasionante como su anhelado Ártico: los Alpes. Fascinado, regresa allí todos los veranos yse convierte en un escalador obstinado. Emblemáticos cuatromiles se rinden por primera vez a sus pies, pero es el inconquistable Cervino el que obsesiona al aventajado neófito del alpinismo. Dicen que es inaccesible, que en su cima hay una ciudad en ruinas donde moran genios y espíritus... Quizá por eso el macizo se le resiste; quizá por eso cuatro miembros del equipo mueren en el descenso, tras coronar aquellos 4.478 trágicos metros. Unas avalanchas de críticas agrian el carácter ya de por sí huraño del montañero solitario.

La aventura de Whymper continuó al otro lado del Atlántico: viajó en una expedición científica a Groenlandia y siguió coleccionando primeras ascensiones en los Andes y en las Rocosas. Pero sus últimas montañas las subió de nuevo en los Alpes, antes de encerrarse enfermo en su habitación del Grand Hotel Couttet de Chamonix, eligiendo la dramática belleza de estos paisajes para morir.


Aunque no es la montaña más alta de los Alpes, los 4.478 metros del Cervino -Matterhorn para los suizos- no se conquistaron hasta hace ahora 150 años. Después de varios intentos fallidos, el 14 de julio de 1865 Edward Whymper alcanza la cima por el valle de Zermatt, adelantándose al grupo de alpinistas italianos que venían pisándole las botas, guiados por Jean-Antoine Carrel. Esta y otras hazañas alpinas las narra en "Scrambles Amongst the Alps in the Years 1860-1869", ilustrado con grabados del propio autor. El siguiente texto corresponde a fragmentos del libro "La conquista del Cervino" (editorial Desnivel).

Salimos de Zermatt el 13 de julio de 1865 a las cinco y media, en una mañana despejada y sin una sola nube. Éramos ocho en total: Croz, Peter El Viejo y sus dos hijos, lord F. Douglas, Hadow, Hudson y yo. Para asegurar un buen ritmo de marcha, un extranjero y un montañés caminaban juntos. El joven Taugwalder fue mi compañero y andaba bien, orgulloso de participar en la expedición y de demostrar sus facultades. Las botas de vino también quedaron entre las cosas que yo transportaba y, durante el día, después de cada trago, las rellenaba en secreto con agua, de manera que en la siguiente parada parecían más llenas que antes. Esto se consideraba un buen presagio y poco menos que un milagro.

El primer día no pretendíamos ascender mucho, y fuimos subiendo tranquilamente. Recogimos las cosas que quedaban en la capilla del Schwarzsee a las ocho y veinte de la mañana y seguimos a lo largo del escarpe que une el Hörnli con el Cervino. A las once y media llegamos a la base del pico, entonces abandonamos el escarpe y trepamos algunos salientes hacia la ladera oriental. Ya estábamos a buena altura en la montaña y nos asombró descubrir que algunos lugares que desde Riffel o incluso desde el glaciar Furggen parecían enteramente impracticables, eran tan fáciles que podíamos correr por ellos.


Antes de las doce habíamos encontrado un buen sitio para la tienda, a una altura de 3.350 metros. Croz y el joven Peter se adelantaron para ver qué había más arriba, con el fin de ahorrar tiempo a la mañana siguiente. [...] Pasamos las restantes horas del día tumbados al sol, haciendo dibujos y recogiendo muestras, y, cuando el sol se puso, ofreciendo en su despedida una promesa gloriosa para el día siguiente, volvimos a la tienda para prepararnos para la noche. Hudson hizo té, yo café, y luego nos retiramos cada uno a su saco de dormir. [...]

Antes del amanecer del día 14 nos reunimos fuera de la tienda y nos pusimos en marcha inmediatamente, en cuanto hubo suficiente luz para moverse. El joven Peter vino con nosotros como guía y su hermano regresó a Zermatt. Seguimos la ruta que había sido adoptada el día anterior y en pocos minutos doblamos el largo saliente que impedía la vista de la cara oriental desde la plataforma de nuestra tienda. Ante nosotros apareció toda esa gran ladera, elevándose unos 900 metros en forma de una enorme escalinata natural. Algunas partes eran más fáciles y otras menos, pero no tuvimos que detenernos ni una sola vez ante un impedimento serio, porque, cuando encontrábamos un obstáculo delante, siempre podíamos superarlo por la derecha o por la izquierda. Durante la mayor parte del camino no hubo necesidad de usar la cuerda y a veces guiaba Hudson y otras yo.A las seis y veinte habíamos alcanzado una altura de 3.900 metros y nos detuvimos media hora. Luego continuamos el ascenso sin pausas hasta las diez menos cinco, cuando paramos cincuenta minutos a 4.267 metros de altura. 



Tenemos que volver ahora a los siete italianos que habían salido de Breuil el 11 de julio. Habían pasado cuatro días desde su partida y nos atormentaba la posibilidad de que pudieran alcanzar la cima antes que nosotros. Durante todo el camino habíamos estado hablando de ellos e incluso varias veces había surgido la falsa alarma a la voz de "¡Hombres en la cima!". Cuanto más subíamos, mayor se hacía nuestro nerviosismo. ¿Y si éramos vencidos en el último momento? La pendiente se suavizó, pudimos desencordarnos por fin, y Croz y yo nos adelantamos corriendo alocadamente hasta sofocarnos. A las dos menos veinte de la tarde el mundo estaba a nuestros pies y el Cervino era conquistado. ¡Hurra! No se veía ni una sola pisada. [...] Los demás habían llegado, así que volvimos al extremo septentrional de la cresta. Croz sacó el palo de la tienda y lo plantó en el punto más alto. [...]

El día era uno de esos de calma y claridad superlativas que suelen preceder al mal tiempo. La atmósfera estaba en completa tranquilidad y sin una sola nube ni vapores. Las montañas, a cincuenta o incluso cien millas, parecían cercanas y se recortaban nítidamente. Todos sus detalles de aristas, riscos, nieves y glaciares aparecían perfectamente definidos. Gratos pensamientos de antiguos días felices acudían a la memoria mientras reconocíamos viejas formas familiares. Ni uno solo de los picos de los Alpes quedaba oculto. [...] Había bosques oscuros y siniestros, y praderas brillantes y vivaces, bulliciosas cataratas y lagos tranquilos, tierras fértiles y páramos desolados, llanuras soleadas y mesetas heladas. Había formas muy abruptas y perfiles delicados, audaces precipicios perpendiculares y suaves pendientes onduladas, montañas rocosas y montañas nevadas, sombrías y solemnes o brillantes bajo la nieve blanca, con muros, torretas, pináculos, pirámides, conos y espiras. Había todas las combinaciones que el mundo puede ofrecer y todo el contraste que un corazón puede desear. Permanecimos más de una hora en la cumbre... Una hora pletórica de gloriosa vida. Transcurrió rápidamente y comenzamos a preparar el descenso.

LA ASCENSIÓN AL CHIMBORAZO

 LA ASCENSIÓN AL CHIMBORAZO.

Carlos Chalbaud Zerpa

La gloria de Bolívar no necesita ni de mentiras ni de exageraciones. Una presunta ascensión a la cumbre de 6.300 metros del volcán del Chimborazo. la más alta montaña de Ecuador, y un escrito apócrifo sobre la supuesta empresa, atribuido a su pluma ni acrecientan ni amenguan su fama.

En efecto, es tradición que, en 1822 Bolívar por el lado oriental de la montaña, subió hasta su cima o por lo menos llegó hasta las nieves, donde hay una piedra que lleva su nombre.

A mediados de diciembre de 1821 se puso en marcha desde Bogotá, a través de Cali, Popayán y Pasto para llegar a Quito: y desde aquí descender a través de un abra de la cordillera andina al puerto de Guayaquil, en el Océano Pacífico. Esta campaña del Sur perseguía pacificar a Pasto, liberar a Quito e incorporar a Guayaquil a la República de Colombia.

Al pasar el Guáitara refiere O’Leary en sus Memorias, se entra en la provincia de los Pastos, una de las planicies más elevadas del globo, encerrada entre dos ramales de la cordillera de los Andes. Bolívar, verdadero amante de la naturaleza, se encantó con su viaje a Quito. Contemplando las elevadas cimas del Yana Urca, Cotacache, Imbabura y Pichincha cubiertas de nieve perpetua, a pesar de estar situadas bajo la línea equinoccial. Los pintorescos valles de Ibarra y Otavalo le deleitaron tanto como lo entristecieron, al recordar que el lamentable estado de su país natal le había compelido a cambiar las dulces y útiles tareas del filósofo por los arduos deberes y la azarosa vida del soldado. En esta bella porción de Colombia se goza de todos los climas, y en el espacio de pocas leguas se producen con abundancia los frutos más preciados de distintas zonas. En ninguna otra provincia ha sido la naturaleza más pródiga en sus dones que en la de Quito.

El 16 de junio entró en aquella ciudad, y fue recibido como era de esperarse, con el entusiasmo de sus habitantes por la causa de la independencia. Los transportes de su alegría solo pueden compararse a su gratitud al héroe que ellos veían por la primera vez, y a quien Colombia debía su existencia política y Quito su libertad.

Seis meses había durado aquella proeza extraordinaria.

A comienzos de julio decidió llegar hasta Guayaquil, con el fin de entrevistarse con el general San Martín. El camino atravesaba uno de los paisajes más bellos del mundo. Su biógrafo Gerhard Masur refiere que el contraste entre los picos de los Andes, con sus crestas de nieves eternas, y la lozanía de la naturaleza tropical inspiraron a Bolívar.

Entre Ambato y Riobamba la vista del Chimborazo es majestuosa.

Empero la leyenda de que ascendió a la cúspide de dicha montaña en un día no se funda en la realidad. Para realizar semejante hazaña habría tenido que ser un alpinista excepcional. Bolívar no estuvo jamás en el Chimborazo y el himno cuya composición se le atribuye es una falsificación, además mala. “Ml delirio sobre el Chimborazo’ esta considerado por muchos suramericanos como una de las grandes composiciones poéticas del Libertador. Hasta Lecuna la ha incluido en su colección. Sin embargo, no existen pruebas de que Bolívar haya ascendido alguna vez al Monte Chimborazo; ni él ni ninguno de sus amigos o ayudantes lo mencionan. Por supuesto, Bolívar pudo haber escrito el “delirio” sin haber estado en el Monte Chimborazo, pero el himno difiere por completo de sus demás producciones. El estilo, el vocabulario y las ideas no son los de Bolívar, sino los de un imitador. Además, “el delirio” fue publicado después de su muerte, en 1833 y 1842, lo que hace aún más dudosa su autenticidad. En 1945, en Quito, se publicó un manuscrito que se considera el texto original del “delirio’. Sin embargo, la letra no es de Bolívar, ni pertenece a ninguno de sus secretarios.

Históricamente, en 1746, los académicos franceses Charles Marie de la Condamine y Pierre Bouguer exploraron las faldas del Chimborazo hasta una altura de 4.750 metros. En 1802 el naturalista alemán Alexander von Humboldt y su compañero de viajes el francés Aimé Bonpland, unidos al ecuatoriano Carlos Montúfar, intentaron la ascensión de la montaña y parece ser que llegaron a una altura de 5.700 metros; y en 1831 el francés Boussingault en compañía del coronel norteamericano Hall hizo dos escalamientos hasta los mismos límites alcanzados por Humboldt y Bonpland.

En 1880, el notable alpinista inglés Edward Whymper y los valdostanos Louis y Jean-Antoine Carrel, después de varios días de borrascas y peligros, lograron finalmente pisar la cumbre, ascensión que repitieron seis meses más tarde.

Los partidarios del ascenso y de la autoría del “Delirio” se han enfrascado en bizantinas discusiones con quienes niegan una y otra cosa. Entre los primeros se destaca el escritor Ángel Grisanti quien aseveraba que Bolívar si escaló el Chimborazo y escribió su Delirio en Riobamba; mientras que en el otro bando se destacó don Luis López de Mesa que afirmaba que un mediocre falsificador de Bolívar llevó a la caricatura el seudo delirio del Chimborazo.

Sea como fuere, esta discutida obra no puede incluirse en la antología bolivariana al lado de páginas magistrales como el Manifiesto de Cartagena, la Carta de Jamaica y el Discurso ante el Congreso de Angostura.



 

miércoles, 24 de diciembre de 2025

EL TERREMOTO DE 1875 EN TIERRAS TACHIRENSES

 EL TERREMOTO DE 1875 EN TIERRAS TACHIRENSES DESCRITO POR EL EXPLORADOR Y GEOGRAFO ALEMAN WILHELM SIEVERS.



José Antonio Pulido-Zambrano.

El 18 de mayo de 1875, un evento sísmico de magnitud 7.4 en la escala de Richter sacudió la frontera entre Colombia y Venezuela, dejando una huella imborrable de destrucción. El epicentro en Cúcuta desencadenó una catástrofe que se sintió con especial virulencia en esta ciudad y en San Cristóbal, y otras poblaciones del Táchira.

Para comprender la magnitud de este desastre natural, recurrimos a las valiosas observaciones del científico y geógrafo Wilhelm Sievers. En 1885, diez años después del terremoto, Sievers recorrió la región tachirense desde Arboledas hasta San Cristóbal, atravesando la depresión de Cúcuta. Sus detalladas anotaciones sobre los estratos de la Cordillera se complementaron con los testimonios directos de quienes vivieron el cataclismo.

En sus propias palabras, Sievers descartó teorías infundadas sobre el origen del terremoto: “De todas maneras la causa del terremoto de Cúcuta se debe a razones tectónicas; no se justifica atribuir su causa a volcanes que no existen en la región o a derrumbamientos de tierra en las grandes cavernas subterráneas, teoría descartada hoy como causa de grandes catástrofes” (p. 64).

El terremoto, aunque con epicentro en Cúcuta, se manifestó con menor intensidad en los terrenos sedimentarios de los valles de la gran cuenca. Sievers observó cómo las cordilleras graníticas circunvecinas actuaron como un freno natural a la propagación de las ondas destructivas. Esta particularidad sugiere que el sismo fue relativamente superficial o que, siendo un poco más profundo, liberó su mayor fuerza en los terrenos arenosos y poco consistentes del epicentro. La aguda mirada de Sievers también identificó dislocaciones a ambos lados de la vega del Pamplonita, plasmadas en sus mapas y cortes de la región.

Su recorrido en 1885 reveló el impacto diferenciado en las poblaciones tachirenses. San Antonio del Táchira, según sus palabras, “había caído totalmente como víctima del terremoto. Este se cebó aquí casi tanto como en Cúcuta y en pocos momentos convirtió en ruinas esta importante ciudad. Gracias a la catástrofe, se cuenta hoy San Antonio, entre las más hermosas ciudades de la cordillera de Mérida. Sus calles son anchas, con plazas espaciosas” (p.90-91).

Capacho experimentó una división similar a la de la Villa del Rosario. Sievers anotó: “Solamente una aldea se halla en la altura, Capacho, que hasta el año 1875 formaba una sola población. Desde entonces se dividió en dos colonias: Capacho Viejo y Capacho Nuevo. El terremoto de Cúcuta no perdonó a Capacho y como consecuencia, un cierto número de habitantes se desplazó a un sitio más adelante, camino de San Cristóbal, y pobló a Capacho Nuevo, la que dejó atrás a la ciudad madre, Capacho Viejo, pues todo el comercio se hace ahora por Capacho Nuevo” (p.93).

La población de Táriba también “sufrió daños enormes” (p. 86).



San Cristóbal sintió el rigor del terremoto, de manera especial en su zona sur y suroccidental, el centro del comercio. “A san Cristóbal también la afectó el terremoto de una manera igualmente severa sobre todo la parte Sur y Suroccidental (centro del comercio). El lado Norte y Nororiental se salvó en parte de los muchos destrozos. En la parte primera se ven aún ruinas considerables, como las de la Iglesia de San Juan Bautista, cuya reconstrucción se ha iniciado” (p.87).

Sievers añadió una perspectiva general sobre la desolación en la región: “Aquí en el Táchira solamente encontraba uno infelicidad y miseria, puesto que esta región también movía a compasión por lo duro de la sacudida. No solamente San Antonio y El Rosario fueron destruidas totalmente, sino que también la región de San Cristóbal fue fuertemente dañada: Capacho quedó totalmente arruinada; Lobatera, Michelena, Colón, Ureña, Borotá y Táriba en gran parte; la mitad de San Cristóbal desapareció; con sus dos iglesias en la parte Sur de la ciudad” (p. 178).

Resulta notable el contraste con otras poblaciones cercanas: “Pocos destrozos ocurrieron en La Grita, Tovar y Mérida, aunque en todos ellos el temblor se sintió fuertemente. Es de notar la particularidad de que Rubio situada entre Cúcuta, Capacho y San Cristóbal fue así como una isla en medio de un mar de destrucción” (p.61).

Por su parte, el historiador Hermes García Guzmán, en su visita a la región en 1890, ofreció una visión complementaria. Según su perspectiva, “el Terremoto de 1875 – expresa el historiador-, cuyo epicentro fue Cúcuta realizó daños parciales en las poblaciones de San Antonio, Ureña, Lobatera, Michelena, Capacho, Colón, Borotá, Táriba, San Cristóbal y otras poblaciones de la cordillera de Mérida. En el Táchira “sobreexistieron, en general, líneas de edificios en pie, conservando las poblaciones su forma” (p.173).



Sobre San Antonio, ubicada a doce kilómetros de San José de Cúcuta, señaló que “el temblor la diezmó en sus construcciones, pero no la removió en sus cimientos” (p.336), dejando sus edificios “falseados y desquiciados” (p. 449). Ureña también sufrió una “destrucción parcial” (p. 338).



Fuente:

García Guzmán, Hermes. Anotaciones. En: Ramírez, Jesús Emilio. S. J. (1975). El terremoto de Cúcuta. Cien años después. Editora Desarrollo. Cúcuta, Colombia.

Sievers, Wilhelm. Cordillere von Mérida. Eduard Holzel. Wien, 1888. 238 p.

Sievers, Wilhelm. Venezuela. L. Friederichsen und Co. Hamburg. 1888. 359 p.










jueves, 29 de mayo de 2025

MI COMPADRE BENJAMIN EN SUS OCHENTA PRIMAVERAS

 Matria bailadorense (26)


Benjamín Oballos Ramírez: cronista y juglar de Bailadores
En sus 80 años, entre momentos difíciles y felices.

Dedicado a su hija Doris y a su comadre Duilia Santana

“Agricultor y poeta. Hasta pareciera que ambas tareas no pudieran conjugarse a un tiempo y es que Benjamín Oballos es perenne trova del labriego bailadorense”

Ramón Sosa Pérez. Prólogo del libro inédito Poemas de mi pueblo




Si alguien tiene sobradas razones para llamarlo cronista trovador de Bailadores es Don Benjamín Oballos. A eso ha dedicado su vida, a cantarle a Bailadores y su gente. Coincido con Ramón Sosa Pérez, al aseverar que: “Benjamín Oballos es un cronista ingénito. Su labor de compilador de la historia menuda de su pueblo, le reserva ya un puesto de privilegio en la historia reciente de Bailadores” y es que Don Benjamín ha escrito más historias en verso que todos los cronistas juntos, sin falsear nada, sus cuentos provienen de los díceres del pueblo, por eso sus crónicas son auténticas y llevan el sello de la originalidad en su forma de narrarlas.

¿Quién no conoce en Bailadores a Don Benjamín Oballos?, sus decimas han alcanzado para todos y servido para todo. La mayoría las recuerda con cariño y las guardan con devoción, otros las recogieron y botaron muertos de la arrechera.




En su primer y único libro publicado hasta ahora, gracias a la bondad del gobernador Don Germán Monzón Salas, en abril de 1983 -después de siete años de espera- y al apoyo de su comadre Duilia Santana fue reeditado por la ULA, en febrero de 1984. Ambas ediciones con prólogo de Alberto Arvelo, fechado en Mérida en abril de 1976. Poemas del agricultor bailadorense Benjamín fue acogido con singular beneplácito por los lectores, como el mismo autor lo señala en nota de la reedición: “Un 99% del público está de acuerdo y me felicita… y el 1% está no está de acuerdo más que todo por la planificación familiar…” inserta en las páginas 86 y 87 con la advertencia “Este poema es prohibido venderlo, regalarlo y leerlo a menores de edad”, al final de la acotación señala tajantemente: “El que no le guste mi obra que la queme”

El poemario esta signado por la querencia del autor por el pueblo que lo vio nacer hace 80 años, el 23 de mayo de 1945, en el sitio del Rincón de los Álvarez, en el hogar de Froilán Oballos y Josefina Ramírez. A los 2 años sus padres se separaron y su papá lo llevó a vivir en casa de sus abuelos Eufemiano Oballos y Eraclia de Oballos. Su infancia y posteriormente su adolescencia y juventud fue errabunda, triste y solitaria. Cuenta Benjamín, en dos páginas autobiográficas, que cuando tenía 11 años: “Dos señores del pueblo que fueron de paseo y me vieron donde nono, le dijeron a nona que me botara para el río; que eso era vergonzoso tener ese muchachito en la casa (porque era muy feo) pero nona Eraclia no atendió lo que los señores le decían” En 1956 su papá se casó de nuevo y vinieron tiempos borrascosos hasta que Benjamín decidió hacer vida propia trabajando en casa de Rufo Márquez y Carlos Julio Mora donde como él mismo cuenta “…me enamoré de la sirvienta que trabajaba allá, la joven Yolanda Ramírez; me casé con ella” con Doña Yolanda a pesar de las limitaciones encontró el amor hasta su muerte y vinieron los hijos: Florencio, Lourdes, Doris, Zenaida, Benjamín, Nectario, Ana Yolanda, Luis Alberto y tres que murieron.

“Con fecha cinco de enero/ del año setenta y dos/ voy a decir otra historia/ de este pueblito de Dios/” (pág. 122) así inicia su primera décima escrita de Las aguinaldas antiguas de Bailadores que estrenó cantando en la Casa Cural. Benjamín solía hacer sus composiciones mientras labraba la tierra y se hizo famoso vendiéndolas las copias en Bailadores, Tovar, Santa Cruz y El Vigía. Los primeros versos que le leí, me los facilitó su comadre Irma Mora, la Décima del atorao: “Este mudo murió santo/ de todo se arrepintió/ menos del tolete de plátano/ que ese fue el que lo atoró,/ toda la vida fue negro/ y el día de la muerte blanquió” (pág. 70), que estaba escrita en un lenguaje llano y sin rebusques que llegaban al pueblo. Recuerdo que vivía pendiente cada vez que aparecía una nueva décima, porque seguramente ella me refería a un dato histórico por contrastar.




Su impronta de cronista en verso está marcada en cada uno de sus cantos: Poema al pueblo de Bailadores: “Se quedó el Libertador/ en casa que es de Bolívar/ aunque nos llamen asívar/ este pueblo es triunfador” (pág. 57) Fiesta de San Isidro en Bailadores: “La reina Dalia Montoya/ por primera vez este año/ en el pueblo de Bailadores/ en la fiesta de agricultores/ Dalia dirige el rebaño” (pág. 80), que nos recuerda el reinado en honor a San Isidro del 15 de mayo de 1974 o del Incendio en el Rincón de la Laguna del 12/3/1972: “En el Rincón de la Laguna/ nace el agua de Tovar/ donde metieron candela/ a la reserva natural” (pág. 30) Poema a la Virgen de Candelaria, marzo 1977: “No sé si saldría en la prensa/ cuando en el siglo pasado/ el pueblo se vio atacado/ por un general del Centro/ el pueblo salió a su encuentro/ con piedras y palos seguía;/ la Virgen les repartía/ las armas allí gustosa/ y los contrarios gritaban/ que quieten esa mechosa” (pág. 108), ingenuamente se pregunta el poeta si tan singular noticia salió en la prensa, no lo asevera, pero como cosa curiosa de ese acontecimiento acaecido en 1892 se hizo eco el Boletín Diocesano de Mérida al considerarlo como un milagro de la virgen de Candelaria, el primero que esta registrado. Eso sucedió en la salida del camino de Agua Azul que venía desde La Capellanía, al repeler los villoros las fuerzas invasoras que los duplicaban en número vieron como delante de ellos iba la Gran Señora con su manto protegiéndolos y al otro día al entrar el sacristán a la iglesia vio con asombro como el manto de Nuestra Señora de Candelaria estaba agujereado por las balas.

En su narración están presentes las prácticas cotidianas Poema al bautizo de mi hijo Candelario: “Al terminarse la misa/ cantada que es la mayor,/ a un grupo de seis niñitos/ los llevan en procesión/ al tanque del bautisterio/ donde se ajuntan con Dios” (pág. 33) y más allá del acto religioso del 13/2/1972 queda descrita “La costumbre en Bailadores/ todo el tiempo ha continuao/ pa aquellos nuevos compadres/ una gallina han matao/ y miel de panela y miche/ también les han aprontao,/ esto se llama mistela/ que a muchos a emborrachao/ y en muchas partes también/ un buen baile han celebrao” (pág. 35)

Algunas décimas no fueron tan bien recibidas, pues evidenciaban a ciertos personajes. En la Décima del tramposo escrita en febrero de 1975, narra las mismas artimañas de hoy: “El que fía queda entumido/ malaya no tiene rabo/ ve pasar al que le debe/ y se hace el faro aporria/ le manda a parar el carro/ no para ese desgraciao” (pág. 46) y en definitiva un buen consejo a seguir: “El no fiarte me da pena/ el fiarte pena y pesar/ para no tener más penas/ lo mejor será no fiar” (pág. 47)




En el Poema a la muerte nos iguala a todos sin distingo: “La muerte es la única esperanza que tenemos/ pues nos llega seguro a pobre y rico/ arrebata los malos y los buenos/ se lleva el feo y elimina el bonito” y nos alerta que “La muerte es el único futuro/ volvernos Tierra es una eternidad/ aunque no piensen lo tenemos seguro/ unos más tarde y otros con brevedad” (pág. 99)

Al final del poemario no podían faltar los fragmentos de poemas políticos, que testimonian la falsedad de ayer como hoy. Los regalos que repartieron unos copeyanos en el 72, no sé si fue antes o después de la visita del Dr. Rafael Caldera a Bailadores el 24 de enero: “Es cierto y sin titubeo,/ es cosa hasta bergonzosa/ aquella ropa mugrosa/ que esa gente repartieron;/ el odio se merecieron;/ esos chiriles que edían/ más que todo a sobaquera/ como si los pobres/ unos presos que debían” (pág. 132)




Hasta aquí su primer poemario pleno de reminiscencias, saberes populares y denuncia oportuna. Don Benjamín siempre ha vivido de la agricultura. Con apenas sexto grado de instrucción primaria aprobada, sus versos han hecho reír y sufrir a unos cuantos letrados. Es una de las mentes más lúcidas que he conocido, su memoria es una computadora, se sabe de memoria una cantidad de poemas de los viejos cantores populares de Bailadores. Ya escribiré de ellos, porque lo hemos conversado y grabado.

Tiene un segundo poemario por publicar con una espera tan larga como la primera, aunque lo ordené, transcribí y digitalicé, me fue imposible publicarlo desde el Instituto Municipal de la Cultura (IMUCU), aspiro hacerlo en digital este año como regalo de sus 80. Valga la cuña. Se busca un mecenas que quiera patrocinarlo en digital, un rifero Villoro que son los que ahora tiene plata, las instituciones públicas están de limosna. Les adelanto la estructura dada: Historia de Bailadores en prosa y en verso. Entre el cuento y la leyenda; Acontecimientos históricos; Díceres del pueblo; Personajes de Bailadores; Entre mises; Origen de las palabras (Elujera, Per y huela y Concijurcia); Política internacional; Políticos de la IV; Políticos de la V; Problemas ambientales; Próceres; Sacerdocio e iglesia; Sepelios; Accidentes y tragedias; Aniversario de bodas; Acontecimientos educativos; Acontecimientos deportivos y Políticos de la VI (como un adelanto y a manera de colofón) Este otro libro Poemas de mi pueblo es una delicia y allí está contenida la historia viva de Bailadores, con prólogo del cronista y poeta Ramón Sosa Pérez y palabras de presentación del suscrito.




Sirva esta crónica, quizás un poco larga para extender mi abrazo solidario con Don Benjamín Oballos en sus 80 años, para recordarlo en su esencia que son sus versos. Con la alegría que ya recupero la vista gracias a la Misión Viva Venezuela y al Gabinete Cultural del estado Mérida, por eso lo vemos de nuevo a cuatro ojos recorriendo las calles de Bailadores, dando piropos a sus mujeres bellas. Ahora es que queda Don Benjamín para rato, con su amoroso corazón rebosante por Bailadores y su gente, con su estirpe de gran cronista en verso. No todos los pueblos tienen esa dicha de contar quien les cante en prosa y en verso. Bailadores es un pueblo afortunado al tenerlo entre sus hijos ilustres. Feliz cumpleaños amigo, que Dios le de mucha salud.





Néstor Abad Sánchez
Centro de Saberes Tovar, mayo 22 y 23, 2025
nestorabadsanchez@gmail.com