lunes, 12 de enero de 2015
sábado, 10 de enero de 2015
TRAVESURAS Y PICARDÍAS DE NICOLASON DE LAS SIERRAS NEVADAS
TRAVESURAS
Y PICARDÍAS
DE NICOLASON
DE LAS
SIERRAS NEVADAS
(Dedicado a
las señoras que se fastidian en la casa)
Tomás Francisco Carreño
Cronista Oficioso de las Sierras
Nevadas
El autor es un
cronista oficioso de las Sierras Nevadas de Mérida. Venezuela.
Desconocemos la fecha
de nacimiento y creemos que aún vive.
De su persona y de sus
actividades profesionales conocemos muy poco.
Dejamos al lector la
investigación correspondiente a este autor.
CARTA DEDICATORIA
Gentiles señoras que os
fastidiáis en vuestras casas:
A
vosotras de quienes nadie se ocupa y para quienes nadie pergeña unas
cuartillas, dedico este libro que espero os sirva de alegre distracción.
Reúne el
mismo las aventuras ocurridas a un perillán de mi pueblo, enmarcadas en ellas
en medio de personajes y costumbres que existieron en estas Sierras Nevadas en
los últimos cincuenta años.
Muchos
de cuanto refiero no es mío, porque prestado lo he tomado de otros, sin llegar
al vulgar plagio ni al saqueo indecente.
Decía Virgilio, el gran poeta latino, Cisne de Mantua y Autor de la Envida, que muchas de las perlas por él ensartadas
habían sido sacadas de stercore Ennil.
Puedo
decir yo lo mismo.
Muchas
de las joyas que en este libro encontraréis han sido por mí espulgadas de los
textos de escritores vernáculos.
Excusadme, gentiles
amigas, por haber tornado algunos trozos de dichas obras.
Dejad pues, a un lado
todo afán, y cuando el ánimo se desembarace de vuestros pesares, tomad en
vuestras delicadas manos mi librillo y leedlo con interés y simpatía. Esto, es
lo único que os compensará de tantos trabajos.
T.F.C.
MCMXXXVI
CARTA
POR LA CUAL EL CENSOR
DE
LA DIÓCESIS SOLICITA
AL
MUY VENERABLE VICARIO PROVISOR
QUE
SE NIEGUE LA LICENCIA
A
LA PRESENTE OBRA.
Hemos leído con
atención y desagrado un manuscrito enviado por Su reverencia, denominado TRAVESURAS Y PICARDÍAS DE NICOLASON DE LAS
SIERRAS NEVADAS que escribió Tomás Francisco Carreño.
El estilo es torpe,
chabacano e incorrecto, el contenido soez y la finalidad inconfesable, tal como
conviene a los bribones, rufianes y bellacos.
Por estas razones y
por muchísimas otras, creemos que Su Reverencia, es obsequio a nuestra Religión
y en aras de las buenas costumbres, debe negar al autor de la licencia para
imprimirlo y, en el caso de ser publicado, prohibirse desde los púlpitos su
perniciosa lectura.
En la Ciudad de las
Sierras Nevadas, a los veinte días del mes de enero de mil novecientos treinta
y seis.
DESCRIPCIÓN DE LA PUEBLA DONDE NACÍ,
DE CÓMO APRENDÍ EL ALFABETO
Y SUPE EN CARNE PROPIA
QUE LA LETRA CON SANGRE ENTRA
Según contaba mi
madre, vi la luz en esta Villa el mismísimo día en que la ciudad vio por
primera vez la luz eléctrica. De esto hace ya bastantes años, porque han de
saber ustedes que esta urbe montañesa, acunada entre cordilleras, tuvo luz
eléctrica primero que la capital del país, gracias a las torrenteras del río
Mucujún y al ímpetu de un hombre de empresa.
Hasta entonces, salvo
algunas casas que utilizaban la iluminación con carburo y acetileno, en la
mayoría de las otras las tinieblas se ahuyentaban con velas. Las hubo de sebo,
de cera y de incillo, hasta que el Sr. Troconis trajo a hombros una máquina
para fabricar las estearicas que graciosamente se denominaban “Velas Rayos X”.
Mi nacimiento fue
precedido de hechos notables como un pavoroso terremoto que dejó varios
centenares de muertos y del establecimiento del telégrafo y el teléfono que, en
lugar de los llantos, fueron recibidos con flores, de música y pólvora.
También por aquellos
años hicieron su aparición nubes de langostas procedentes de Barinas, que se
espantaban con gritería y ruidos de latas, y bandadas de zancudos, que hasta
entonces desconocidos que entraron por el abra del Chama.
La ciudad que mi
niñez recuerda era, en verdad, una puebla grande con ocho calles longitudinales
empedradas y aceras enlosadas donde la lluvia, y la humedad y el frío hacían
crecer gran variedad de musgos. Todas las casas eran edificadas de tapia y
techadas con tejas, en cuyos aleros existían canalejas de latón con gárgolas
que vomitaban, casi constantemente, para el medio de la calzada, el agua de los
copiosos y frecuentes aguaceros.
En la plaza mayor
sobresalían la Catedral con torre de mampostería, donde el reloj daba las
horas, el Palacio Municipal, la Casa de la Universidad y la Cárcel. Donde mi
padre picaba el pasto a las mulas y caballos de la tropa y bañaba, con agua
fría, en horas de la madrugada, a los pobres presos que por lo general eran
locos y borrachos.
Marcada el centro de
la plaza una pila de piedra labrada, depósito de inmundicias y único ornato de
mi querida Salamanca Andina, como acostumbraban llamar a mi pueblo los doctos
de la universidad y del colegio episcopal.
Tortuosos senderos
denominados cuestas daban acceso, por rápidas pendientes a las riberas de los
frígidos cuatro ríos. Las cuestas y barrancas servían de basureros y letrinas
públicas, además de ser, en algunos casos, caminos reales. Abundaban en ellas
perros y gallinas muertos. Recorrerlas a pie, especialmente de noche, era una
osadía, porque se corría el riesgo de
hundirse repentinamente, hasta el tobillo, en una buena plasta, dejada como
recuerdo por algún fornido labrador a quien la necesidad imperiosa no le dio
tiempo de vaciar sus tripas en otro
lugar más resguardado.
Por la calle de los
Baños se tomaba la Cuesta de Los Cocos, que terminaba en las márgenes del río
Milla, cuyas aguas fama tenían de ser más tibias.
Allí acudían las
lavanderas, con la ropa de los habitantes ribereños, a sacarle el sucio a punta
de jabón de la tierra y a fuerza de golpes contra las piedras.
En determinados días
de los meses calurosos, los “blancos” de la ciudad hacían cayapas para irse
abañar a dicho río en pozancos construidos por los muchachos. La esporádica
peregrinación iba provista de cestas que contenían botellas de brandy para los
maridos y golosinas, tales como melindres y conservas de leche, para las
matronas.
Los hombres se
bañaban en pelota y las mujeres en camiseta, en un pozo distante, lejos de las
miradas de los faunos andinos.
Eran, pues esos
baños, tímida evocación de las prácticas termales leídas en Suetonio y fugaz
motivo de jolgorio naturalista, que no dejaba de producir las más acerbas
críticas entre beatas y camanduleros quienes, además de considerar aquella
tonta expresión como un libertinaje, opinaban que sí era muy cierto que la
concha guardaba el palo, aquellas inmersiones en las linfas que bajaban de los
páramos eran, consiguiente, perjudiciales para la salud del cuerpo humano.
Así era mi pueblo.
Aislado, Conventual,
Agrario.
El Diablo salía de
noche.
Los caudillos
políticos amedrentaban a los revoltosos con la amenaza constante de un castillo
lejano donde los grillos y la disentería hacían desastres entre los cautivos, y
los venerables obispos se valían de un arma aún más temida como lo era la
excomunión.
Secuestrada de la
actividad y del mayor conocimiento y relaciones que procura a cualquiera ciudad
su proximidad al mar –decía un amigo- vive mi ciudad, como si dijéramos
aislada, independiente, recogida en el silencio y entregada a la poética
soledad de sus hermosos campos: acariciada por las frescas y fecundas brisas de
la Sierra Nevada, que a modo de poderoso atalaya colocado allí por la
naturaleza, parece resguardar con sus moles plateadas e inaccesibles aquel
encantador rincón del mundo en donde se producen todos los frutos y se goza de
un clima delicioso.
Cuando mudé los
dientes de leche, mi madre creyó oportuno mandarme a la escuela parroquial. Así
fue como acordóse con mi padre para que me comprase una cartilla, una pizarra y
un par nuevo de alpargatas.
Tocóme por maestro la
flor de los verdugos. Muerto esta ya cuando esta página escribo y debe ahora
penar eternamente, por todo cuanto sufrir me hizo, en la quinta paila del
infierno.
Sus armas pedagógicas
lo eran la palmeta y una asombrosa habilidad que tenía en sus dedos de monstruo
para sacarnos “el gato”, operación esta última que consistía en desmenuzarnos
los músculos del brazo, produciéndonos martirios indecibles.
Lo único que podíamos
hacer sus desdichados discípulos, cuando nos sacaba “el gato”, era derramar
lágrimas, y sacarle a él en voz baja, para que no nos oyera, su putísima señora
madre,
Tras cuatro años de
inolvidables torturas ya sabía yo leer de corrido en el Libro de Mantilla, conocía las cuatro reglas y era capaz de
decorar, es decir, podía recitar de memoria cortos trozos de la Historia Sagrada y la Urbanidad de Carreño.
Para los muchachos
pobres que en esa puebla crecimos, pocos eran las diversiones, bastantes las
obligaciones y muchas las amarguras que pasábamos entre la férula de padres y
maestros y la aguja, calentada al rojo vivo en la llama de la vela, con la cual
nos sacaban las niguas de los dedos de los pies.
Trompos, musarañas y
metras jugábamos en la Serranía Santa. En agosto, cuando soplaba el viento,
elevábamos cometas en los potreros, y nos desafiábamos, unos a otros, con runches
de bordes afilados hechos con tapas aplastadas. Atrapábamos pececillos vivos en
los pozos de los ríos por medio de botellas a las cuales desfondábamos el culo
con un clavo. Nos hartábamos de moras, naranjas, guamas, pomarrosas y cambures
en las campiñas del Milla, la Otrabanda, Santa Catalina y San Jacinto, y los
más gandules de nosotros subíamos a las copas de los árboles frondosos a robar
nidos de pájaros.
La materia prima de
las golosinas que comíamos era el papelón, con el cual se hacían conservas de
coco, cucas, quesadillas y caramelos.
A veces, escuchábamos
palabras tales como melindres, alfajores, alfeñiques, suspiros y sollozos y
otras variedades de dulces en cuya confección entraban el azúcar refinado, la
clara de huevo y las ñemas, ingredientes vedados a nosotros los conchabados,
mandaderos y sirvientes.
Chicos aún para
portar armas blancas como navajas y cuchillos, nuestros instrumentos para
atacar y defendernos eran las piedras. Las pequeñas, redondas y lisas como
huevos de paloma, que siempre llevábamos en el bolsillo en prudencial cantidad,
eran disparadas con silenciosa habilidad por medio de hondas que llamábamos
flechas; con ellas ahuyentábamos perros, quebrábamos faroles, bajábamos y
matábamos papáoles.
Las grandes del
tamaño de puños, eran lazadas con toda la fuerza del brazo y podían descalabrar
un enemigo a cincuenta varas, despachar un puerco o desamar de su peinilla a un
policía.
Estas mismas piedras,
relucientes como gemas, amorosamente seleccionadas en la orillas del
Albarregas, eran en épocas navideña y cubierta por nosotros con una mezcla de
engrudo, clorato y flor de azufre y envueltas en papel de seda de colores
vistosos.
Arrojadas, cuesta
abajo por la calzada, detonaban, repetidas veces, como la mejores recámaras o
las más perfectas culebrinas.
Gusto daba echarle a
un perro bravo una de estas piedras entre las patas o. entre las zapatillas a
una beata, en el atrio de la iglesia, cuando salía de la misa de cinco.
Cuando cumplí los
once, mi madre me sacó de la escuela, con gran beneplácito de mi parte y me empleo
como conchabado en una casa de ricos. Mi paga consistía en la comida, dos mudas
de ropa al año y un peso al mes que mi padre convertía, el mismo día que lo
cobraba, en una damesana de miche claro.
Mis deberes
estribaban en hacer los mandados, barrer los corredores y la caballeriza y
complacer los pequeños caprichos de mis amos. Limitadas tareas que a nadie
herniaban y que me hicieron ganar varias libras de peso, porque las sobras que
mis amos dejaban en la mesa, aunque sobras, eran sabrosas y por otra parte, en
las compras diarias siempre me quedaba un cobre negro o una buena ñapa.
Tenían mis amos un
hijo llamado el niño Marcelino, sumamente estudioso, a quien le daban las altas
horas de la noche leyendo novelas y mirando las ilustraciones de unas revistas
que venían escritas en franchute.
Conoció el interés
por los libros, que yo también tenía, y fue así como me dio en préstamo los
cuentos de Calleja y la Vida del Buscón.
He de confesar que
más aprendí como conchabado que como alumno de la escuela parroquial y que a no
ser por las condiciones sociales que reinaban en mi pueblo, yo también hubiera
sido bachiller como el niño Marcelino; pero la única hacienda de mi padre era
el sueldo que le pagaban en la cárcel y la única dote de mi madre era una gran habilidad
para hacer los sábados hallacas y chicha, que vendía los lunes en un
ventorrillo en el mercado.
Cuando en la
universidad, el rector confirió el título al niño Marcelino, a mí la vida ya me
había graduado en otros menesteres.
DESCANSE EN PAZ, QUERIDO AMIGO
Puede decirse,sin ambages,que el Dr. Carlos Chalbaud Zerpa, por su obra escrita sobre la Sierra Nevada que el visitaba todas las semanas, para envolverse en sus dulces paisajes y bellezas haciendolas espiritu,historia y arte,pertenece ya, a la misma estirpe de aquellos esclarecidos exploradores y naturistas que en nuestras excelsas alturas estuvieron mas cerca de las estrellas.
sábado, 3 de enero de 2015
LA HISTORIA DE MÉRIDA. LIBRO SÉPTIMO.
LA HISTORIA DE MÉRIDA
CARLOS CHALBAUD ZERPA.
CARLOS CHALBAUD ZERPA.
LIBRO SÉPTIMO.
CAPITULO
CUADRAGÉSIMO SÉPTIMO
LA SIERRA NEVADA
LA VOZ DEL
CRONISTA.
Contaba Tulio
Febres Cordero, el cronista por excelencia de las Sierras Nevadas, que el libro
inédito de la mitología andina, escrito con la pluma resplandeciente de un
águila blanca en la noche triste de la decadencia muisca -cuando la raza de
zipa cayó humillada a los pies del hijo de Pelayo y los hombres barbados de
allende los mares vinieron a poblar las desnudas crestas de los Andes- narra
que las hijas de Chía, las vírgenes del Motatán que sobrevivieron a los bravos
timotes en la defensa de su suelo, congregadas en las cumbres solitarias del
Gran Páramo, se sentaron a llorar la ruina de su pueblo y la desventura de su
raza.
La nieve de los
años, como la nieve que cae en los páramos, cayó sobre las vírgenes y las
petrificó a lo largo, convirtiéndolas en esos grupos de piedras blanquecinas
que coronan las alturas y que los indios venezolanos veneran en silencio,
llenos de sobrecogimiento y de terror.
Encastillados en
sus montañas, maliciosos y desconfiados por naturaleza y siempre en actitud
alerta, los indios de la Cordillera vivían como sus primitivos ascendientes. Y
así -refiere el historiador vernáculo Eduardo Picón Lares- les encontraron los
conquistadores españoles, quizás el día siguiente de haber oído por la noche,
sobrecogidos de temor, la quejumbre agorera de la paloma que era para ellos
presagio de infortunio y muerte.
Para atacar y
defenderse a la vez, prosigue el historiógrafo, construyen fuertes de piedras
en las mesetas y cumbres de los montes, cavaron profundamente sus contornos y
anegaron el terreno que los circundaba. Iban a la pelea con entusiasmo
patriótico, cantando himnos guerreros, a los que coreaban con ruidosa gritería
y celebraban sus triunfos con las mayores de mostraciones de contento. Pero
cuando salían derrotados, les prendían fuego 1 a sus pueblos, huían a los
bosques con gran abatimiento o se sepultaban vivos en hoyos que abrían en las
alturas, donde morían abrazados a sus ídolos. Eran muy ardídosos para la
acción, en la que su valor rayaba en la temeridad. Y si hubieran dispuesto de
armas iguales a las de los españoles, les habrían vencido, pues además de
hallarse en su tierra, a la que conocían palmo a palmo, sus filas podían llegar
a miles de combatientes, aparte de tener catadura resistente y aguantadora y
contar con recursos de que sus enemigos carecían.
Hace relativamente
poco tiempo, unos parameños que trabajaban en el mantenimiento del sistema
teleférico, y que se aventuraron por estrechos y ásperos caminillos del pico El
Toro, jamás explorados, hallaron en una gruta natural vecina a la cumbre, de
acceso muy difícil, dos esqueletos de personas adultas junto a otro de un
infante.
Los restos tenían
cuatrocientos años de edad, y de los dos esqueletos grandes, bastante
conservados, uno pertenecía a una mujer.
Un antropólogo de
la Universidad de Los Andes, quien examinó los huesos suministrados por
nosotros, llegó a la conclusión de que se trataba de seres pre-colombinos. Junto
al macabro hallazgo se encontraron, una vasijita de barro, de incuestionable
manufactura indígena, y trozos de le carbonizada, como si hubiesen hecho fuego
para tratar de calentarse.
Quien sabe cuál
fue el drama vivido por esta familia indígena, hace más de cuatro siglos, en la
Sierra Nevada; pues nunca nadie podrá decimos, a ciencia cierta, si fueron
víctimas de un crimen por rivalidades tribales, objeto del castigo de un piache
iracundo y vengativo, o la resultante del abatimiento que les causó la derrota
infligida por las huestes del Capitán Fundador Juan Rodríguez Suárez, el
Caballero de la Capa Roja.
Quizás esta mujer
aborigen, cuyos huesos reposan ahora en la Universidad de Los Andes, fue la
primera dama que excursionó por la Sierra Nevada.
Y allá mudé, en el
vestinquero desolado, abrazada fuertemente a su hijito y junto a su marido,
perteneciente, con probabilidad, a los indios Mirripuyes.
LA PENUMBRA DEL
COLONIAJE.
Difícilmente el
conquistador se imaginó que aquellas cúspides, resplandecientes en las mañanas
de diciembre ante la luz del sol, serían algún día motivo de una codicia
diferente, enaltecedora y sublime.
Los vergeles, y
las minas que escondían celosamente los filones auríferos, se encontraban
distantes de los páramos solitarios y las cumbres empinadas.
Los descendientes
del extremeño, los hijosdalgo de solar conocido, se dedicarán al reparto de
tierras e indios.
“Entre tanto, en
la colonia silenciosa, no alumbra el claro sol del medio día. Ahora hay
penumbra. Cirios encendidos. Incensarios. Sordo rumor de voces apagadas. Como
un ronroneo. Son las abejas místicas que están melificando en su oración.
Dominicos. Agustinos, Jesuitas, Monjas clarisas, Franciscanos, Hospitalarios.
Mientras Gavinas y Cerradas se dividen en dos bandos, en indomable pugna por
los bienes materiales
La preocupación
científica del Rey de España por los territorios ultramarinos, sometidos a
coloniaje, fue escasa.
La América, para
muchos españoles peninsulares, es definida, en boca de Cervantes, como refugio
y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto
de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores, añagaza general de mujeres
libres, engaño común de muchos y remedio particular de pocos.
“No conviene a la
Corona de España que se ilustre a los americanos”, dizque susurraba el Rey
Carlos IV.
De esta frase
célebre atribuida a dicho monarca se hicieron eco Baralt, Codazzi, Arístides
Rojas y Caracciolo Parra, entre otros historiadores. Sin embargo no hay pruebas
fehacientes de que el Rey la pronunciase.
Tulio Febres
Cordero, en una rectificación histórica, señala que la imputación es temeraria
y no es caritativo agravar más los cargos que justamente le hace a la historia
por otros respectos y que ya anteriormente hemos señalado.
Y España no manda
científicos a ilustrar a los americanos, sencillamente porque carecía de ellos.
Empero, pese a los
ataques en contra la corona española de los sostenedores de la llamada Leyenda
Negra; y a la defensa, muchas veces demasiado generosa, de quienes compartieron
la tesis de la Leyenda Dorada; “España, dice Rufino Blanco Fombona, dio lo que
tenía. Pobre fue siempre en hombres de Estado, en hacendistas, en buenos y
pulcros administradores de la cosa pública; fértil en burócratas
inescrupulosos, en jueces de socaliña, en oligarquías que pusieron su
conveniencia por encima de la conveniencia de la Nación. ¿Cómo iba a damos
España lo que no tenía? ¿Cómo culpar a los conquistadores de ser como por
herencia, por educación, por tradición, por oficio, por época y por medio
tenían que ser?”
Y Ángel Grisanti
señala que algunos historiadores tratan de explicarse el atraso científico de
Venezuela, recordando las opiniones de Humboldt, José Domingo Díaz y Morillo,
acerca de la inclinación de los venezolanos a la política y a las empresas
guerreras, rasgos morales éstos que predominan sobre cualesquiera otros del
espíritu; pero proceso orgánico, o ígnea fragua igualmente, de cuyo seno
surgieron, para deslumbrar a la América y al mundo, los insignes guerreros,
estadistas y políticos que, capitaneados por Miranda, Bolívar y Sucre, con su
ingenio, su heroísmo y su desinterés forjaron la emancipación del continente, y
mostraron con la reunión del Congreso de Panamá, principios más avanzados sobre
arbitraje obligatorio, y nociones más amplias y humanas sobre el derecho de
gentes.
Andrés Bello,
además, podría por la universalidad de sus conocimientos, resarcir y justificar
ese pasado oscuro y anónimo de nuestro país en el Régimen colonial. Un genio no
se forja sino en siglos, y Venezuela engendró por lo menos, cuatro hombres
geniales en el siglo décimo octavo: Miranda, en la diplomacia y la política;
Bolívar, en la guerra; Sucre, en la estrategia y en la administración, y Bello
mismo en la literatura y en las ciencias. Diríase que tan larga gestación fue
necesaria para tan descomunal alumbramiento.
EL Gran Ausente.
La conquista de
las cumbres de la Sierra Nevada fue realizada, en el transcurso de un siglo,
por naturalistas que no ascendían solamente por el placer de hacerlo.
Todos ellos fueron
amigos o herederos espirituales de un hombre, que el
5 de junio de 1799
se embarcó, siguiendo las huellas de Colón, para descubrir
e investigar las
tierras del otro lado del Océano, cuya naturaleza había
quedado ignorada
desde su Descubrimiento. “Fausta fecha en la Historia de las
ciencias cuyas
metas son la investigación del Cosmos!”
Este personaje
extraordinario, que apasiona a sus contemporáneos europeos y los hace viajar a
las regiones equinocciales del Nuevo Continente es el Barón de Humboldt; sin
objeción, el sabio más eminente que nos haya visitado. Esta acotación -anota
uno de sus admiradores- tendría sólo relevancia puramente especulativa si no la
demarcan un señalamiento para nosotros superior: Humboldt ha fundado el estudio
de nuestra tierra y, en cierta forma, nos ha enseñado a amar esa tierra. Este
hecho le confiere una vecindad familiar que lo hermana a la geografía de
nuestro espíritu.
Pero Humboldt,
quien visita a Cumaná, la península de Araya, las misiones de los indios
Chaimas, el Valle de Caripe y la Cueva del Guácharo; se embarca hacia La Guaira;
vive en Caracas y asciende a La Silla en compañía de su inseparable colaborador
Bonpland; aquel sabio que conoce luego los Valles de Aragua, el Lago de
Tacarigua, el Samán de Güere y Puerto Cabello; y sigue hacia el Orinoco por la
vía de Villa de Cura, San Juan de los Morros, El Sombrero, Calabozo y San
Femando de Apure; este científico eminente que remonta el Río de las Siete
Estrellas hasta llegar a los más inaccesibles raudales, no visita a Mérida por
una contingencia que lamentaremos siempre.
Como una queja
silenciosa y elocuente, allá en la Sierra Nevada, quedaron los picos Humboldt y
Bonpland, emergiendo de La Corona; reconocimiento al sabio que desdeñó la cita,
y sin embargo se ha quedado con nosotros para la eternidad.
Codazzi y La Libertad.
Originalmente, el
pico Bolívar era denominado indistintamente Concha,
Peineta y Columna.
La actual Concha, para entonces, recibía el nombre de La
Garza.
Posteriormente se reservó para el hoy pico Bolívar el nombre de La
Columna y sin que
sepamos por qué La Garza pasó a ser denominada Concha
o Nieve Encerrada.
El primer
explorador que contempló en todo su esplendor las dos cimas gemelas de La
Corona lo fije el Dr. Alfredo Jahn, cuando pisó la cumbre de pico Espejo en
1910 y las designó con los nombres de Humboldt y Bonpland. Jahn acometió el
ascenso del Humboldt en 1911, bautizó su glaciar principal con el nombre de
Sievers y aseveró haber llegado a la cima. Este escalamiento fue puesto en
duda, por mucho tiempo, en base a una relación del baqueano Francisco Araque,
quien lo acompañé en la expedición. Araque, hasta el momento de su muerte, negó
la ascensión de Jahn. En 1915 el Dr. Jahn intentó escalar el Pico Bolívar desde
Pico Espejo, por la cresta suroccidental, siendo detenido por la segunda torre.
El Dr. Jahn dejó
importantes obras científicas sobre geografía, glaciología, enología y
botánica, así como trabajos acerca de alpinismo y excursionismo.
Entre los hombres
notables que encaminaron sus pasos hacia nuestras montañas, en los albores de
la República, figura el ilustre geógrafo italiano Agustín Codazzi, quien estuvo
en Mérida en el mes de diciembre de 1830.
Midió la altura de
El Toro, escribió un detallado estudio geográfico de la Provincia y dejó una
bien lograda descripción de la Ciudad de los Caballeros, que aparece en su obra
“Resumen de la Geografía de Venezuela”, hecha en Paris en 1841.
“Los picos de esta
tierra, dice el coronel Codazzi, al referirse a la cordillera merideña,
coronados de eterna nieve, las grandes masas de granito que salen de sus
flancos cortados perpendicularmente y la gigantesca mole que forma esta
majestuosa sierra, le dan un aspecto imponente. Sus blancas cimas a veces
cubierta de nubes, a veces relucientes con los rayos del sol, o envueltas en
niebla que las hace aparecer y desaparecer en pocos instantes, todo concurre a
dar a la sierra un carácter bello y sorprendente”.
“Mérida, en fin,
por los terrenos ricos que posee, por su clima sano, por su posición casi en el
centro de la provincia, en el camino que va a las demás de la República, será
algún día una de las más florecientes ciudades del interior, cuando la riqueza
de los particulares haya proporcionado caminos para facilitar el tránsito, y
que los grandes bosques estén cubiertos de haciendas y poblaciones”.
La geografía de
Codazzi, afirmaba Enrique Bernardo Núñez, es ya la de un país que ha
conquistado la libertad de comercio y aspira al fomento de su bienestar por
medio de las ciencias y las artes. Se escribe para mostrarle, a propios y
extraños, suelos y producciones tan variadas que sólo necesitan de inmigración
para convertirse en grandes emporios. Un país de tan excelente posición
geográfica, con tantos puertos y bahías, reclamaba voluntad, acción creadora.
El destino histórico, decía en síntesis aquella obra, es inseparable del
destino geográfico.
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