sábado, 10 de enero de 2015

TRAVESURAS Y PICARDÍAS DE NICOLASON DE LAS SIERRAS NEVADAS



TRAVESURAS

Y PICARDÍAS

DE NICOLASON

DE LAS

SIERRAS NEVADAS


(Dedicado a las señoras que se fastidian en la casa)











Tomás Francisco Carreño
Cronista Oficioso de las Sierras Nevadas

El autor es un cronista oficioso de las Sierras Nevadas de Mérida. Venezuela.
Desconocemos la fecha de nacimiento y creemos que aún vive.
De su persona y de sus actividades profesionales conocemos muy poco.
Dejamos al lector la investigación correspondiente a este autor.





CARTA DEDICATORIA
Gentiles señoras que os fastidiáis en vuestras casas:
A vosotras de quienes nadie se ocupa y para quienes nadie pergeña unas cuartillas, dedico este libro que espero os sirva de alegre distracción.
Reúne el mismo las aventuras ocurridas a un perillán de mi pueblo, enmarcadas en ellas en medio de personajes y costumbres que existieron en estas Sierras Nevadas en los últimos cincuenta años.
Muchos de cuanto refiero no es mío, porque prestado lo he tomado de otros, sin llegar al vulgar plagio ni al saqueo indecente.
Decía Virgilio, el gran poeta latino, Cisne de Mantua y Autor de la Envida, que muchas de las perlas por él ensartadas habían sido sacadas de stercore Ennil.
Puedo decir yo lo mismo.
Muchas de las joyas que en este libro encontraréis han sido por mí espulgadas de los textos de escritores vernáculos.
Excusadme, gentiles amigas, por haber tornado algunos trozos de dichas obras.
Dejad pues, a un lado todo afán, y cuando el ánimo se desembarace de vuestros pesares, tomad en vuestras delicadas manos mi librillo y leedlo con interés y simpatía. Esto, es lo único que os compensará de tantos trabajos.
T.F.C.
MCMXXXVI

CARTA POR LA CUAL EL CENSOR
DE LA DIÓCESIS SOLICITA
AL MUY VENERABLE VICARIO PROVISOR
QUE SE NIEGUE LA LICENCIA
A LA PRESENTE OBRA.
Hemos leído con atención y desagrado un manuscrito enviado por Su reverencia, denominado TRAVESURAS Y PICARDÍAS DE NICOLASON DE LAS SIERRAS NEVADAS que escribió Tomás Francisco Carreño.
El estilo es torpe, chabacano e incorrecto, el contenido soez y la finalidad inconfesable, tal como conviene a los bribones, rufianes y bellacos.
Por estas razones y por muchísimas otras, creemos que Su Reverencia, es obsequio a nuestra Religión y en aras de las buenas costumbres, debe negar al autor de la licencia para imprimirlo y, en el caso de ser publicado, prohibirse desde los púlpitos su perniciosa lectura.
En la Ciudad de las Sierras Nevadas, a los veinte días del mes de enero de mil novecientos treinta y seis.
       


  DESCRIPCIÓN DE LA PUEBLA DONDE NACÍ,
DE CÓMO APRENDÍ EL ALFABETO
Y SUPE EN CARNE PROPIA
QUE LA LETRA CON SANGRE ENTRA
Según contaba mi madre, vi la luz en esta Villa el mismísimo día en que la ciudad vio por primera vez la luz eléctrica. De esto hace ya bastantes años, porque han de saber ustedes que esta urbe montañesa, acunada entre cordilleras, tuvo luz eléctrica primero que la capital del país, gracias a las torrenteras del río Mucujún y al ímpetu de un hombre de empresa.
Hasta entonces, salvo algunas casas que utilizaban la iluminación con carburo y acetileno, en la mayoría de las otras las tinieblas se ahuyentaban con velas. Las hubo de sebo, de cera y de incillo, hasta que el Sr. Troconis trajo a hombros una máquina para fabricar las estearicas que graciosamente se denominaban “Velas Rayos X”.
Mi nacimiento fue precedido de hechos notables como un pavoroso terremoto que dejó varios centenares de muertos y del establecimiento del telégrafo y el teléfono que, en lugar de los llantos, fueron recibidos con flores, de música y pólvora.
También por aquellos años hicieron su aparición nubes de langostas procedentes de Barinas, que se espantaban con gritería y ruidos de latas, y bandadas de zancudos, que hasta entonces desconocidos que entraron por el abra del Chama.
La ciudad que mi niñez recuerda era, en verdad, una puebla grande con ocho calles longitudinales empedradas y aceras enlosadas donde la lluvia, y la humedad y el frío hacían crecer gran variedad de musgos. Todas las casas eran edificadas de tapia y techadas con tejas, en cuyos aleros existían canalejas de latón con gárgolas que vomitaban, casi constantemente, para el medio de la calzada, el agua de los copiosos y frecuentes aguaceros.
En la plaza mayor sobresalían la Catedral con torre de mampostería, donde el reloj daba las horas, el Palacio Municipal, la Casa de la Universidad y la Cárcel. Donde mi padre picaba el pasto a las mulas y caballos de la tropa y bañaba, con agua fría, en horas de la madrugada, a los pobres presos que por lo general eran locos y borrachos.
Marcada el centro de la plaza una pila de piedra labrada, depósito de inmundicias y único ornato de mi querida Salamanca Andina, como acostumbraban llamar a mi pueblo los doctos de la universidad y del colegio episcopal.
Tortuosos senderos denominados cuestas daban acceso, por rápidas pendientes a las riberas de los frígidos cuatro ríos. Las cuestas y barrancas servían de basureros y letrinas públicas, además de ser, en algunos casos, caminos reales. Abundaban en ellas perros y gallinas muertos. Recorrerlas a pie, especialmente de noche, era una osadía, porque se corría el riesgo  de hundirse repentinamente, hasta el tobillo, en una buena plasta, dejada como recuerdo por algún fornido labrador a quien la necesidad imperiosa no le dio tiempo de vaciar  sus tripas en otro lugar más resguardado.
Por la calle de los Baños se tomaba la Cuesta de Los Cocos, que terminaba en las márgenes del río Milla, cuyas aguas fama tenían de ser más tibias.
Allí acudían las lavanderas, con la ropa de los habitantes ribereños, a sacarle el sucio a punta de jabón de la tierra y a fuerza de golpes contra las piedras.
En determinados días de los meses calurosos, los “blancos” de la ciudad hacían cayapas para irse abañar a dicho río en pozancos construidos por los muchachos. La esporádica peregrinación iba provista de cestas que contenían botellas de brandy para los maridos y golosinas, tales como melindres y conservas de leche, para las matronas.
Los hombres se bañaban en pelota y las mujeres en camiseta, en un pozo distante, lejos de las miradas de los faunos andinos.
Eran, pues esos baños, tímida evocación de las prácticas termales leídas en Suetonio y fugaz motivo de jolgorio naturalista, que no dejaba de producir las más acerbas críticas entre beatas y camanduleros quienes, además de considerar aquella tonta expresión como un libertinaje, opinaban que sí era muy cierto que la concha guardaba el palo, aquellas inmersiones en las linfas que bajaban de los páramos eran, consiguiente, perjudiciales para la salud del cuerpo humano.
Así era mi pueblo.
Aislado, Conventual, Agrario.
El Diablo salía de noche.
Los caudillos políticos amedrentaban a los revoltosos con la amenaza constante de un castillo lejano donde los grillos y la disentería hacían desastres entre los cautivos, y los venerables obispos se valían de un arma aún más temida como lo era la excomunión.
Secuestrada de la actividad y del mayor conocimiento y relaciones que procura a cualquiera ciudad su proximidad al mar –decía un amigo- vive mi ciudad, como si dijéramos aislada, independiente, recogida en el silencio y entregada a la poética soledad de sus hermosos campos: acariciada por las frescas y fecundas brisas de la Sierra Nevada, que a modo de poderoso atalaya colocado allí por la naturaleza, parece resguardar con sus moles plateadas e inaccesibles aquel encantador rincón del mundo en donde se producen todos los frutos y se goza de un clima delicioso.
Cuando mudé los dientes de leche, mi madre creyó oportuno mandarme a la escuela parroquial. Así fue como acordóse con mi padre para que me comprase una cartilla, una pizarra y un par nuevo de alpargatas.
Tocóme por maestro la flor de los verdugos. Muerto esta ya cuando esta página escribo y debe ahora penar eternamente, por todo cuanto sufrir me hizo, en la quinta paila del infierno.
Sus armas pedagógicas lo eran la palmeta y una asombrosa habilidad que tenía en sus dedos de monstruo para sacarnos “el gato”, operación esta última que consistía en desmenuzarnos los músculos del brazo, produciéndonos martirios indecibles.
Lo único que podíamos hacer sus desdichados discípulos, cuando nos sacaba “el gato”, era derramar lágrimas, y sacarle a él en voz baja, para que no nos oyera, su putísima señora madre,
Tras cuatro años de inolvidables torturas ya sabía yo leer de corrido en el Libro de Mantilla, conocía las cuatro reglas y era capaz de decorar, es decir, podía recitar de memoria cortos trozos de la Historia Sagrada y la Urbanidad de Carreño.
Para los muchachos pobres que en esa puebla crecimos, pocos eran las diversiones, bastantes las obligaciones y muchas las amarguras que pasábamos entre la férula de padres y maestros y la aguja, calentada al rojo vivo en la llama de la vela, con la cual nos sacaban las niguas de los dedos de los pies.
Trompos, musarañas y metras jugábamos en la Serranía Santa. En agosto, cuando soplaba el viento, elevábamos cometas en los potreros, y nos desafiábamos, unos a otros, con runches de bordes afilados hechos con tapas aplastadas. Atrapábamos pececillos vivos en los pozos de los ríos por medio de botellas a las cuales desfondábamos el culo con un clavo. Nos hartábamos de moras, naranjas, guamas, pomarrosas y cambures en las campiñas del Milla, la Otrabanda, Santa Catalina y San Jacinto, y los más gandules de nosotros subíamos a las copas de los árboles frondosos a robar nidos de pájaros.
La materia prima de las golosinas que comíamos era el papelón, con el cual se hacían conservas de coco, cucas, quesadillas y caramelos.
A veces, escuchábamos palabras tales como melindres, alfajores, alfeñiques, suspiros y sollozos y otras variedades de dulces en cuya confección entraban el azúcar refinado, la clara de huevo y las ñemas, ingredientes vedados a nosotros los conchabados, mandaderos y sirvientes.
Chicos aún para portar armas blancas como navajas y cuchillos, nuestros instrumentos para atacar y defendernos eran las piedras. Las pequeñas, redondas y lisas como huevos de paloma, que siempre llevábamos en el bolsillo en prudencial cantidad, eran disparadas con silenciosa habilidad por medio de hondas que llamábamos flechas; con ellas ahuyentábamos perros, quebrábamos faroles, bajábamos y matábamos papáoles.
Las grandes del tamaño de puños, eran lazadas con toda la fuerza del brazo y podían descalabrar un enemigo a cincuenta varas, despachar un puerco o desamar de su peinilla a un policía.
Estas mismas piedras, relucientes como gemas, amorosamente seleccionadas en la orillas del Albarregas, eran en épocas navideña y cubierta por nosotros con una mezcla de engrudo, clorato y flor de azufre y envueltas en papel de seda de colores vistosos.
Arrojadas, cuesta abajo por la calzada, detonaban, repetidas veces, como la mejores recámaras o las más perfectas culebrinas.
Gusto daba echarle a un perro bravo una de estas piedras entre las patas o. entre las zapatillas a una beata, en el atrio de la iglesia, cuando salía de la misa de cinco.
Cuando cumplí los once, mi madre me sacó de la escuela, con gran beneplácito de mi parte y me empleo como conchabado en una casa de ricos. Mi paga consistía en la comida, dos mudas de ropa al año y un peso al mes que mi padre convertía, el mismo día que lo cobraba, en una damesana de miche claro.
Mis deberes estribaban en hacer los mandados, barrer los corredores y la caballeriza y complacer los pequeños caprichos de mis amos. Limitadas tareas que a nadie herniaban y que me hicieron ganar varias libras de peso, porque las sobras que mis amos dejaban en la mesa, aunque sobras, eran sabrosas y por otra parte, en las compras diarias siempre me quedaba un cobre negro o una buena ñapa.
Tenían mis amos un hijo llamado el niño Marcelino, sumamente estudioso, a quien le daban las altas horas de la noche leyendo novelas y mirando las ilustraciones de unas revistas que venían escritas en franchute.
Conoció el interés por los libros, que yo también tenía, y fue así como me dio en préstamo los cuentos de Calleja y la Vida del Buscón.
He de confesar que más aprendí como conchabado que como alumno de la escuela parroquial y que a no ser por las condiciones sociales que reinaban en mi pueblo, yo también hubiera sido bachiller como el niño Marcelino; pero la única hacienda de mi padre era el sueldo que le pagaban en la cárcel y la única dote de mi madre era una gran habilidad para hacer los sábados hallacas y chicha, que vendía los lunes en un ventorrillo en el mercado.
Cuando en la universidad, el rector confirió el título al niño Marcelino, a mí la vida ya me había graduado en otros menesteres.

DESCANSE EN PAZ, QUERIDO AMIGO


Puede decirse,sin ambages,que el Dr. Carlos Chalbaud Zerpa, por su obra escrita sobre la Sierra Nevada que el visitaba todas las semanas, para envolverse en sus dulces paisajes y bellezas haciendolas espiritu,historia y arte,pertenece ya, a la misma estirpe de aquellos esclarecidos exploradores y naturistas que en nuestras excelsas alturas estuvieron mas cerca de las estrellas.

sábado, 3 de enero de 2015

LA HISTORIA DE MÉRIDA. LIBRO SÉPTIMO.



LA HISTORIA DE MÉRIDA
CARLOS CHALBAUD ZERPA.
LIBRO SÉPTIMO.
CAPITULO CUADRAGÉSIMO SÉPTIMO
LA SIERRA NEVADA

LA VOZ DEL CRONISTA.
Contaba Tulio Febres Cordero, el cronista por excelencia de las Sierras Nevadas, que el libro inédito de la mitología andina, escrito con la pluma resplandeciente de un águila blanca en la noche triste de la decadencia muisca -cuando la raza de zipa cayó humillada a los pies del hijo de Pelayo y los hombres barbados de allende los mares vinieron a poblar las desnudas crestas de los Andes- narra que las hijas de Chía, las vírgenes del Motatán que sobrevivieron a los bravos timotes en la defensa de su suelo, congregadas en las cumbres solitarias del Gran Páramo, se sentaron a llorar la ruina de su pueblo y la desventura de su raza.
La nieve de los años, como la nieve que cae en los páramos, cayó sobre las vírgenes y las petrificó a lo largo, convirtiéndolas en esos grupos de piedras blanquecinas que coronan las alturas y que los indios venezolanos veneran en silencio, llenos de sobrecogimiento y de terror.
Encastillados en sus montañas, maliciosos y desconfiados por naturaleza y siempre en actitud alerta, los indios de la Cordillera vivían como sus primitivos ascendientes. Y así -refiere el historiador vernáculo Eduardo Picón Lares- les encontraron los conquistadores españoles, quizás el día siguiente de haber oído por la noche, sobrecogidos de temor, la quejumbre agorera de la paloma que era para ellos presagio de infortunio y muerte.
Para atacar y defenderse a la vez, prosigue el historiógrafo, construyen fuertes de piedras en las mesetas y cumbres de los montes, cavaron profundamente sus contornos y anegaron el terreno que los circundaba. Iban a la pelea con entusiasmo patriótico, cantando himnos guerreros, a los que coreaban con ruidosa gritería y celebraban sus triunfos con las mayores de mostraciones de contento. Pero cuando salían derrotados, les prendían fuego 1 a sus pueblos, huían a los bosques con gran abatimiento o se sepultaban vivos en hoyos que abrían en las alturas, donde morían abrazados a sus ídolos. Eran muy ardídosos para la acción, en la que su valor rayaba en la temeridad. Y si hubieran dispuesto de armas iguales a las de los españoles, les habrían vencido, pues además de hallarse en su tierra, a la que conocían palmo a palmo, sus filas podían llegar a miles de combatientes, aparte de tener catadura resistente y aguantadora y contar con recursos de que sus enemigos carecían.
Hace relativamente poco tiempo, unos parameños que trabajaban en el mantenimiento del sistema teleférico, y que se aventuraron por estrechos y ásperos caminillos del pico El Toro, jamás explorados, hallaron en una gruta natural vecina a la cumbre, de acceso muy difícil, dos esqueletos de personas adultas junto a otro de un infante.
Los restos tenían cuatrocientos años de edad, y de los dos esqueletos grandes, bastante conservados, uno pertenecía a una mujer.
Un antropólogo de la Universidad de Los Andes, quien examinó los huesos suministrados por nosotros, llegó a la conclusión de que se trataba de seres pre-colombinos. Junto al macabro hallazgo se encontraron, una vasijita de barro, de incuestionable manufactura indígena, y trozos de le carbonizada, como si hubiesen hecho fuego para tratar de calentarse.
Quien sabe cuál fue el drama vivido por esta familia indígena, hace más de cuatro siglos, en la Sierra Nevada; pues nunca nadie podrá decimos, a ciencia cierta, si fueron víctimas de un crimen por rivalidades tribales, objeto del castigo de un piache iracundo y vengativo, o la resultante del abatimiento que les causó la derrota infligida por las huestes del Capitán Fundador Juan Rodríguez Suárez, el Caballero de la Capa Roja.
Quizás esta mujer aborigen, cuyos huesos reposan ahora en la Universidad de Los Andes, fue la primera dama que excursionó por la Sierra Nevada.
Y allá mudé, en el vestinquero desolado, abrazada fuertemente a su hijito y junto a su marido, perteneciente, con probabilidad, a los indios Mirripuyes.
LA PENUMBRA DEL COLONIAJE.
Difícilmente el conquistador se imaginó que aquellas cúspides, resplandecientes en las mañanas de diciembre ante la luz del sol, serían algún día motivo de una codicia diferente, enaltecedora y sublime.
Los vergeles, y las minas que escondían celosamente los filones auríferos, se encontraban distantes de los páramos solitarios y las cumbres empinadas.
Los descendientes del extremeño, los hijosdalgo de solar conocido, se dedicarán al reparto de tierras e indios.
“Entre tanto, en la colonia silenciosa, no alumbra el claro sol del medio día. Ahora hay penumbra. Cirios encendidos. Incensarios. Sordo rumor de voces apagadas. Como un ronroneo. Son las abejas místicas que están melificando en su oración. Dominicos. Agustinos, Jesuitas, Monjas clarisas, Franciscanos, Hospitalarios. Mientras Gavinas y Cerradas se dividen en dos bandos, en indomable pugna por los bienes materiales
La preocupación científica del Rey de España por los territorios ultramarinos, sometidos a coloniaje, fue escasa.
La América, para muchos españoles peninsulares, es definida, en boca de Cervantes, como refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores, añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio particular de pocos.
“No conviene a la Corona de España que se ilustre a los americanos”, dizque susurraba el Rey Carlos IV.
De esta frase célebre atribuida a dicho monarca se hicieron eco Baralt, Codazzi, Arístides Rojas y Caracciolo Parra, entre otros historiadores. Sin embargo no hay pruebas fehacientes de que el Rey la pronunciase.
Tulio Febres Cordero, en una rectificación histórica, señala que la imputación es temeraria y no es caritativo agravar más los cargos que justamente le hace a la historia por otros respectos y que ya anteriormente hemos señalado.
Y España no manda científicos a ilustrar a los americanos, sencillamente porque carecía de ellos.
Empero, pese a los ataques en contra la corona española de los sostenedores de la llamada Leyenda Negra; y a la defensa, muchas veces demasiado generosa, de quienes compartieron la tesis de la Leyenda Dorada; “España, dice Rufino Blanco Fombona, dio lo que tenía. Pobre fue siempre en hombres de Estado, en hacendistas, en buenos y pulcros administradores de la cosa pública; fértil en burócratas inescrupulosos, en jueces de socaliña, en oligarquías que pusieron su conveniencia por encima de la conveniencia de la Nación. ¿Cómo iba a damos España lo que no tenía? ¿Cómo culpar a los conquistadores de ser como por herencia, por educación, por tradición, por oficio, por época y por medio tenían que ser?”
Y Ángel Grisanti señala que algunos historiadores tratan de explicarse el atraso científico de Venezuela, recordando las opiniones de Humboldt, José Domingo Díaz y Morillo, acerca de la inclinación de los venezolanos a la política y a las empresas guerreras, rasgos morales éstos que predominan sobre cualesquiera otros del espíritu; pero proceso orgánico, o ígnea fragua igualmente, de cuyo seno surgieron, para deslumbrar a la América y al mundo, los insignes guerreros, estadistas y políticos que, capitaneados por Miranda, Bolívar y Sucre, con su ingenio, su heroísmo y su desinterés forjaron la emancipación del continente, y mostraron con la reunión del Congreso de Panamá, principios más avanzados sobre arbitraje obligatorio, y nociones más amplias y humanas sobre el derecho de gentes.
Andrés Bello, además, podría por la universalidad de sus conocimientos, resarcir y justificar ese pasado oscuro y anónimo de nuestro país en el Régimen colonial. Un genio no se forja sino en siglos, y Venezuela engendró por lo menos, cuatro hombres geniales en el siglo décimo octavo: Miranda, en la diplomacia y la política; Bolívar, en la guerra; Sucre, en la estrategia y en la administración, y Bello mismo en la literatura y en las ciencias. Diríase que tan larga gestación fue necesaria para tan descomunal alumbramiento.

EL Gran Ausente.

La conquista de las cumbres de la Sierra Nevada fue realizada, en el transcurso de un siglo, por naturalistas que no ascendían solamente por el placer de hacerlo.
Todos ellos fueron amigos o herederos espirituales de un hombre, que el
5 de junio de 1799 se embarcó, siguiendo las huellas de Colón, para descubrir
e investigar las tierras del otro lado del Océano, cuya naturaleza había
quedado ignorada desde su Descubrimiento. “Fausta fecha en la Historia de las
ciencias cuyas metas son la investigación del Cosmos!”
Este personaje extraordinario, que apasiona a sus contemporáneos europeos y los hace viajar a las regiones equinocciales del Nuevo Continente es el Barón de Humboldt; sin objeción, el sabio más eminente que nos haya visitado. Esta acotación -anota uno de sus admiradores- tendría sólo relevancia puramente especulativa si no la demarcan un señalamiento para nosotros superior: Humboldt ha fundado el estudio de nuestra tierra y, en cierta forma, nos ha enseñado a amar esa tierra. Este hecho le confiere una vecindad familiar que lo hermana a la geografía de nuestro espíritu.
Pero Humboldt, quien visita a Cumaná, la península de Araya, las misiones de los indios Chaimas, el Valle de Caripe y la Cueva del Guácharo; se embarca hacia La Guaira; vive en Caracas y asciende a La Silla en compañía de su inseparable colaborador Bonpland; aquel sabio que conoce luego los Valles de Aragua, el Lago de Tacarigua, el Samán de Güere y Puerto Cabello; y sigue hacia el Orinoco por la vía de Villa de Cura, San Juan de los Morros, El Sombrero, Calabozo y San Femando de Apure; este científico eminente que remonta el Río de las Siete Estrellas hasta llegar a los más inaccesibles raudales, no visita a Mérida por una contingencia que lamentaremos siempre.
Como una queja silenciosa y elocuente, allá en la Sierra Nevada, quedaron los picos Humboldt y Bonpland, emergiendo de La Corona; reconocimiento al sabio que desdeñó la cita, y sin embargo se ha quedado con nosotros para la eternidad.

Codazzi y La Libertad.

Originalmente, el pico Bolívar era denominado indistintamente Concha,
Peineta y Columna. La actual Concha, para entonces, recibía el nombre de La
Garza. Posteriormente se reservó para el hoy pico Bolívar el nombre de La
Columna y sin que sepamos por qué La Garza pasó a ser denominada Concha
o Nieve Encerrada.
El primer explorador que contempló en todo su esplendor las dos cimas gemelas de La Corona lo fije el Dr. Alfredo Jahn, cuando pisó la cumbre de pico Espejo en 1910 y las designó con los nombres de Humboldt y Bonpland. Jahn acometió el ascenso del Humboldt en 1911, bautizó su glaciar principal con el nombre de Sievers y aseveró haber llegado a la cima. Este escalamiento fue puesto en duda, por mucho tiempo, en base a una relación del baqueano Francisco Araque, quien lo acompañé en la expedición. Araque, hasta el momento de su muerte, negó la ascensión de Jahn. En 1915 el Dr. Jahn intentó escalar el Pico Bolívar desde Pico Espejo, por la cresta suroccidental, siendo detenido por la segunda torre.
El Dr. Jahn dejó importantes obras científicas sobre geografía, glaciología, enología y botánica, así como trabajos acerca de alpinismo y excursionismo.
Entre los hombres notables que encaminaron sus pasos hacia nuestras montañas, en los albores de la República, figura el ilustre geógrafo italiano Agustín Codazzi, quien estuvo en Mérida en el mes de diciembre de 1830.
Midió la altura de El Toro, escribió un detallado estudio geográfico de la Provincia y dejó una bien lograda descripción de la Ciudad de los Caballeros, que aparece en su obra “Resumen de la Geografía de Venezuela”, hecha en Paris en 1841.
“Los picos de esta tierra, dice el coronel Codazzi, al referirse a la cordillera merideña, coronados de eterna nieve, las grandes masas de granito que salen de sus flancos cortados perpendicularmente y la gigantesca mole que forma esta majestuosa sierra, le dan un aspecto imponente. Sus blancas cimas a veces cubierta de nubes, a veces relucientes con los rayos del sol, o envueltas en niebla que las hace aparecer y desaparecer en pocos instantes, todo concurre a dar a la sierra un carácter bello y sorprendente”.
“Mérida, en fin, por los terrenos ricos que posee, por su clima sano, por su posición casi en el centro de la provincia, en el camino que va a las demás de la República, será algún día una de las más florecientes ciudades del interior, cuando la riqueza de los particulares haya proporcionado caminos para facilitar el tránsito, y que los grandes bosques estén cubiertos de haciendas y poblaciones”.
La geografía de Codazzi, afirmaba Enrique Bernardo Núñez, es ya la de un país que ha conquistado la libertad de comercio y aspira al fomento de su bienestar por medio de las ciencias y las artes. Se escribe para mostrarle, a propios y extraños, suelos y producciones tan variadas que sólo necesitan de inmigración para convertirse en grandes emporios. Un país de tan excelente posición geográfica, con tantos puertos y bahías, reclamaba voluntad, acción creadora. El destino histórico, decía en síntesis aquella obra, es inseparable del destino geográfico.