sábado, 13 de enero de 2024

Mitos, Leyendas y Embustes (Enasayo Historicos)=CARLOS CHALBAUD ZERPA

 

Mitos, Leyendas y Embustes (Ensayos Históricos)

Juan Vicente Gómez

Rubén González



Durante el gobierno de la Rehabilitación Nacional, el Presidente Gómez tuvo doce ministros de Instrucción Pública, todos ellos funcionarios públicos eficaces y algunos se distinguieron como intelectuales famosos, científicos, de renombre y juristas y codificadores de gran valía.

Bastaría citar a los doctores Samuel Darío Maldonado, José Gil Fortoul, Felipe Guevara Rojas y Rubén González.

Nadie ha descrito mejor la arquitectura de la educación venezolana en este período que el Licenciado Rafael Hernández Heres, quien ha dedicado su vida a escribir en muchos volúmenes la historia de la Instrucción Pública en Venezuela.

En estos 27 años de dictadura se diseñaría una nueva organización educativa y se redactaría la legislación para disciplinar la organización de la instrucción y dar a la misma el carácter de servicio público y por tal el fortalecimiento de la presencia del estado en este sector de la vida nacional.

Los proyectos de modificación y modernización de la educación, considerados como muy adelantados en los inicios del siglo XX, lesionaban intereses particulares y de grupo, especialmente en el claustro de la Universidad de Caracas, con inusitadas renuncias de catedráticos y huelgas estudiantiles que obligaron al Gobierno al cierre de la Institución.

Sin embargo, por lo que se refiere a la Universidad de Los Andes, para el Presidente Gómez y su Ministro de Instrucción el Dr. Rubén González, debe existir siempre una memoria de reconocimiento y gratitud.

Desde su despacho, el Dr. González por instrucciones precisas del Presidente Gómez, redactó y refrendó un Decreto Ejecutivo, en 1928, para proceder a construir en la ciudad de Mérida los edificios requeridos para el funcionamiento de la Universidad de Los Andes y proveerla de todas las instalaciones, laboratorios y enseres que se requiriesen en las facultades y escuelas con miras a mejorar la enseñanza.

Esta protección del Presidente Gómez a la universidad andina, desde muchos años antes del decreto de 1928, hace contraste muy de bulto con la triste mezquindad de todos los gobiernos anteriores, según el acertado juicio del Dr. Gonzalo Picón Febres. Y el Pbro. Dr. José Humberto Quintero, Primer Cardenal de Venezuela, Arzobispo de Caracas y también Primer Doctor Honoris Causa de la Universidad de Los Andes, exclamará en un célebre discurso en el Aula Magna: “La voz de la conciencia me tacharía de injusto y de cobarde si, por un sentimiento pusilánime ante posibles criticas, callara a estas alturas de mi crónica que, en el presente siglo, la Universidad halló en el último de los césares democráticos uno de esos gigantes protectores. Sin hablar del restablecimiento de de las facultades de Medicina, Farmacia y Agrimensura que habían sido clausuradas por el Presidente Castro, ni de la creación de la facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas, ni de los ricos laboratorios y gabinetes con que la dotara, ni de los millares de modernos libros para la biblioteca, ni del notable aumento de los honorarios profesionales, basta recordar las repetidas y frecuentes ayudas con destino a las reparaciones y adecentamiento de la antigua casa, la ampliación de ellas con nuevas dependencias y, por fin, la total reconstrucción de la misma, para advertir con evidencia la larga e innegable protección que a la Universidad dispensó el Presidente Gómez durante su gobierno. Y esta conducta aparece tanto más valiosa cuanto que diametralmente contrasta con la de todos sus antecesores en el sillón presidencial, entre los cuales había algunos que hasta ostentaban títulos académicos, mientras que aquél apenas si había frecuentado la escuela de primeras letras en su campesina niñez. Sobre este formidable caudillo nacional, tanto por su cercanía en el tiempo como porque aún arden vivas pasiones en su contra, no puede todavía pronunciar su veredicto el justiciero tribunal de la Historia. Cuando la hora de dictar ese definitivo fallo se acerque, la Universidad de Los Andes habrá de concurrir a los estrados para ocupar sitio, no entre los acusadores, sino entre los testigos de descargo, porque así lo imponen de consuno a la nobleza, la verdad y la justicia. Y el historiador por antonomasia de la Universidad de Los Andes, considerará al Presidente Gómez como el gran benefactor de la Institución.

En el Paraninfo de la Universidad, existía un magnífico retrato al oleo del Dr. Rubén González pintado por el artista Marcos Bontá y colocado entre la galería de los fundadores y rectores según Decreto Rectoral y disposición universitaria del Rector Gonzalo Bernal de 1928.

Este retrato fue sustraído, inexplicablemente, de su lugar por un funcionario estulto en tiempos del Rector Pachano, al igual que otro de Don Andrés Bello, hecho por el Cardenal Quintero y que figuraba en sitio de honor.

Quizás represente Gómez el puente de transición entre dos épocas, entre dos Venezuelas diferentes. La del último cuarto del siglo decimonono y la que apuntaba desde las primeras décadas del vigésimo, no como feudo del Gómez prepotente sino como parte de un mundo cuyas convulsiones se agudizaron en la Primera Guerra Mundial.

Viniendo del mundo estrecho de una Venezuela provinciana, desgastada en luchas intestinas y acuciadas por inenarrables estrecheces, a Gómez le fue poco menos que imposible tener una visión continental y mundial. Como muchos otros que lo antecedieron, y no pocos de los que han venido después de él, Gómez se enclaustró en el círculo de los lisonjeros y cedió a la tentación y asedio de las intrigas para defenderse liquidando.

Contra todo lo que se diga, Gómez es una estampa apasionante en nuestra historia. Cuando no hay más a quien inculpar de los fracasos y frustraciones de Venezuela, aún se acusa a Gómez porque así conviene a quienes por más de cuatro décadas estuvieron posteriormente maltratando a Venezuela.

A setenta y cinco años de su muerte todavía no hay suficiente perspectiva histórica para juzgarlo con justicia y con verdad. Porque es el nuestro un pueblo desmemoriado y  proclive a tergiversar o dejar que le distorsionen su propia historia.

Recientemente han aparecido dos obras sobre el Dictador que esclarecen muchas cosas y las colocan en su justo puesto; son “Gómez, el tirano liberal”, impresa en 1990 y “Juan Vicente Gómez, aproximación a una biografía”, editada en 1994, escritas respectivamente por los notables historiadores Manuel Caballero y Tomás Polanco Alcántara.

En el año 1993, se dieron cita en los salones de un importante centro financiero de Caracas representantes de la banca, el comercio, la intelectualidad y la política, para asistir a la presentación de la obra de un conocido artista que contenía una colección de dibujos del rostro del Gral. Juan Vicente Gómez, símbolo de nuestra historia contemporánea.

La edición del libro fue patrocinada por el Fondo Editorial del Museo de Arte Contemporáneo y una principal entidad bancaria.

Millonarios, eruditos, escritores y hombres públicos alabaron la visión del Benemérito y brindaron en un cóctel por la aparición de un nuevo Gómez para el año 2000.

Porque Gómez no fue un accidente en nuestra historia. Como figura protagónica es un reto sin respuesta todavía, en un contraste de luces y de sombras que quizás no ha encontrado intérpretes exactos.

A fines de noviembre de 1995 el escultor Manuel de la Fuente viajó a Maracay a inaugurar el monumento en bronce que le hizo al General Juan Vicente Gómez por encargo del gobernador Tablante de Aragua. Medía más de dos metros y había sido colocado en el Museo de la Aviación. La estatua fue hecha en Mérida y llevada a su destino en un avión de la Fuerza Aérea. Sobran los comentarios.



 

viernes, 12 de enero de 2024

Mitos, Leyendas y Embustes (Enasayo Historicos) CARLOS CHALBAUD ZERPA

 JUAN VICENTE GOMEZ

Ministros Brillantes.

De izq. a der.: General Juan Vicente Gómez, don Antonio Pimentel, doctor Antonio José Cárdenas, general Francisco Colmenares Pacheco, doctor Rubén González y doctor Pedro Manuel Arcaya. Hangares del campo de aviación de Palo Negro, Maracay, 1930. Fotógrafo desconocido. Archivo Hermanos Dupouy Gomez. Cortesía del doctor Pedro Manuel Arcaya, hijo.

Gómez integró sus ministerios con la flor y nata de los venezolanos que entonces descollaban en el pequeño mundo de nuestra cultura. Quien sabe si algo más de la primera década gomecista fue de luna de miel con los hombres del pensamiento y de la pluma.

Desde la época de la primera presidencia del General Páez, quien escogió para gobernar a los civiles más notables de su tiempo, dignos del elogio por la manera honesta como manejaron el tesoro público, ningún otro mandatario había seleccionado personalidades tan importantes para sus gabinetes como lo hizo el General Gómez.

Con nombres y apellidos allí está la historia para confirmarlo. Muchos de los venezolanos que posteriormente han tenido figuración relevante en los cuadros de la vida doméstica tienen cercanos ancestros gomecistas en sus padres y abuelos que se identificaron sin reservas con Gómez y medraron y se enriquecieron a su sombra.

Los posteriores gobernantes a Gómez, como el General López Contreras y el General Medina Angarita, no pudieron desprenderse de los personeros y colaboradores de un régimen que había durado 27 años, más aún cuando ambos presidentes procedían del mismo. El gomecismo prácticamente duró hasta el 18 de octubre de 1945 y a pesar de ello, en el gobierno del General Pérez Jiménez y posteriormente en los gobiernos democráticos, hijos de connotados gomecistas desempeñaron altos cargos en la administración pública.

Es la pequeña historia que nunca se olvida.

No fue el poder para Gómez un capricho estéril, voluptuoso y pasivo.

Quiérase o no, dio ejemplo de austeridad y hasta de cierta integridad moral de acuerdo a su mentalidad y formación. Quien sabe si a él no se le puede pedir lo que a otros si es dable exigirles, porque se supone que fueron mejores modelados para el ejercicio del poder, sobre todo en función democrática.

Gómez emprendió tareas formidables, algunas de ellas casi desmesuradas para los recursos menguados con que entonces contaba.

Se ha repetido hasta la saciedad que el General Gómez se consolidó y permaneció en el poder debido a la explotación del petróleo que comenzó en Venezuela durante su mandato y que se convirtió en un servil gobernante al servicio de los intereses internacionales.

Es difícil conjeturar lo que hubiese ocurrido si los hechos no suceden como acontecieron. Es probable que aparecieran caudillos regionales que fragmentaran el país en feudos o republiquitas que hubiesen sido ocupados militarmente por potencias extranjeras europeas como Alemania, Italia e Inglaterra o “protegidos” por tropas norteamericanas como sucedió en Panamá, Puerto Rico, Nicaragua y Cuba. El general Gómez garantizaría a los señores del petróleo la explotación del subsuelo sin alteraciones del orden público, guerras civiles, huelgas ni revoluciones. Entre los años de 1909 y 1910 estuvo en Venezuela el geólogo inglés y experto en el mundo petrolero Mr. Leonard Dalton, miembro distinguido de la Sociedad Geográfica de Inglaterra, quien recorrió casi todo el país y dejó un interesantísimo libro denominado “Venezuela”, editado en 1912 en Londres y que casi nadie conoció entre nosotros. En el mismo, dice que después del coup d’état dado por el General Gómez en 1908,el nuevo presidente demostró gran interés en promover el bienestar general de la nación y en estimular el comercio a cuyo efecto designó cónsules ante países donde no existía ninguno en los tiempos de Guzmán Blanco; estimuló al capital extranjero para contribuir al desarrollo de los recursos nacionales, siempre que ello no perjudicase lo derechos de los venezolanos; y, sobre todo, el espíritu del país en general, fatigado de las cincuenta revoluciones de los últimos ochenta años, era entonces contrario a nuevas guerras civiles, y se mostraba partidario de que se mantuviera la paz interior de cuyos beneficios ya comenzaba a disfrutar.

En 1917 Venezuela exportó apenas 427.000 bolívares en petróleo contra una exportación de 800.000 bolívares en papelón, 9.253.000 bolívares en cueros de res, 3.972.000 bolívares en cueros de chivo, 6.685.000 bolívares en azúcar, 24.291.000 bolívares en cacao y 42.780.000 bolívares en café.

En los años siguientes, si bien las exportaciones petroleras aumentaron, también lo hicieron los renglones tradicionales antes mencionados y para entonces el General Gómez estaba muy seguro en el poder.

Será solamente en el año de 1926 cuando el valor de las exportaciones petroleras ascenderá al 62% y ya habían transcurrido 18 años de la era gomecista; y claro está que esta bonanza le permitió modernizar el ejército por él creado en beneficio de la paz y sus propios intereses y emprender obras entonces desconocidas.

Gómez acometió tareas formidables, algunas de ellas casi desmesuradas para los recursos menguados con que entonces se contaba.

Aparte de alguna estrategia personal para proteger su mandato, se propuso darle a Venezuela un sistema de vías terrestres; ya en la segunda mitad de la década del veinte era una realidad la Gran Carretera Trasandina cuya vigencia y utilidad alcanzan el presente. También los Llanos y el Oriente fueron beneficiarios de ese empeño, quizás en menos escala que el Centro o Los Andes. El presidente Soublette solía decir, con negro humorismo que los caminos de Venezuela, convertidos en barriales por las lluvias, eran apisonados por los cascos de los burros y secados por los rayos del sol .La situación no había cambiado mucho cuando Gómez tomó el poder.

Se propuso liberar a Venezuela de una ominosa deuda externa que venía desde años remotos y había brindado coyuntura a las apetencias internacionales para agraviar nuestra integridad y soberanía; y lo logró, disponiendo de irrisorios presupuestos. Como el mejor tributo a la memoria del Libertador, en el Primer Centenario de su muerte, Gómez canceló para el 17 de diciembre de 1930, hasta el último centavo de las obligaciones externas de Venezuela.

Resolvió crear la Hacienda Pública, prácticamente inexistente hasta su mandato, y encontró en Román Cárdenas el hombre apropiado. Le dio todo su apoyo; y se admite que los esquemas diseñados entonces tuvieron dilatada vigencia hasta el punto de que no pocos de los postulados de aquel tiempo han llegado hasta nosotros

Se planteó garantizar el orden público y acabar con el bandolerismo que azotaba la tierra adentro, como secuela de las contiendas civiles y logró ese objetivo aunque haya que admitir que procedió con mano dura, a veces excesiva, pero explicable en función de los tiempos. Es posible que la ley del rigor hubiera atenuado las audacias de follones, bellacos y pícaros, en los tiempos de Gómez. Pero es innegable que el ciudadano común se sentía más seguro, mientras no asumiera posiciones de rechazo al régimen, que ese era otro cantar.

En medio de una férrea dictadura, y gracias a la bonanza petrolera, logra modernizar al país.

Juan Vicente Gómez, dirá su opositor y víctima don Alejandro E. Trujillo, fue un producto sorprendente y admirable del pueblo venezolano. Sus vicios y sus virtudes-que también las tuvo-como aquellos, grandes y desproporcionadas, esparcidos están los unos y las otras, en los rasgos salientes y predominantes que tuvo la mayoría de sus ciudadanos.

Todo lo dicho no implica que la era de Gómez hubiese sido ideal.

Para explicar el fracaso o los errores de los gobernantes siempre suele decirse que no tuvieron en el momento preciso los colaboradores apropiados. O que sus consejeros se convirtieron en aduladores de oficio, exaltando las aberraciones para no comprometerse.

Eso pudo pasarle a Gómez. Y no hay que escandalizarse por ello, puesto que  bajo el signo de la democracia se registraron y se impusieron las mismas situaciones, agravadas y desde luego inexplicables.

Gómez cometió muchos y sensibles errores. Es el riesgo inevitable de los dictadores y de los partidos que reducidos a una camarilla prepotente y abusadora, se perpetúan en el poder o  lo manejan a discreción en un lapso convencional.

De una filosofía y lógica primitiva, como que se había forjado luchando a brazo partido para sobrevivir en un medio duro y limitado, Gómez fue radical con sus enemigos. O con aquellos que creía entorpecían su gestión de gobierno, que suponía la mejor como todos los que alcanzan el poder. Ni daba ni pedía cuartel. De allí la cárcel, los grillos y las torturas, que tampoco fueron invención suya en cuanto a la utilización sino que eran práctica común en la Venezuela de mediados del siglo XIX, siendo natural que a lo largo de 27 años y ya en pleno siglo XX, los excesos hubieran sido mayores y el repudio mucho más obvio.

Se ha repetido hasta la saciedad que en materia de instrucción pública los resultados del gobierno gomecista fueron negativos, que el presupuesto destinado a las escuelas era muy pobre y que la Universidad Central estuvo clausurada diez años.

No debe olvidarse que a pesar del decreto guzmancista de la instrucción pública primaria, gratuita y obligatoria en 1870, en los tiempos cuando Gómez tomó el poder el pueblo venezolano era analfabeto e ignorante.

jueves, 11 de enero de 2024

Mitos, Leyendas y Embustes (Ensayos Históricos) CARLOS CHALBAUD ZERPA

 Mitos, Leyendas y Embustes (Ensayos Históricos)

JUAN VICENTE GÓMEZ


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“En las últimas décadas del siglo XX, y señaladamente entre 1975 y 1995, se había suscitado en Venezuela una gran curiosidad por estudiar la vida, obra y gobierno del Gral. Juan Vicente Gómez, especialmente el por qué logro mantenerse 27 años en el poder.

Así lo señalaba el Dr. Pedro Manuel Arcaya U. en un articulo publicado en el diario “El Nacional” de Caracas.

Unos escritores atribuyeron su larga permanencia a su habilidad, otros a la calidad de sus colaboradores de alto nivel como no los tuvo nunca presidente alguno, y otros más atrevidos, como en una novela, a sus supuestos poderes ocultos y dominio de la brujería.

En Las décadas finiseculares mencionadas, se publicaron en nuestro país más libros y ensayos sobre el general Gómez que acerca de cualquier otro personaje histórico autóctono, exceptuando al propio Libertador, cuyo bicentenario natalicio se había celebrado en 1983.

En el mes de noviembre de 1985, nos dedicamos a revisar la copiosa bibliografía gomecistas, cuando se acercaba el cincuentenario de la muerte del sorprendente dictador vernáculo; y durante varias noches mantuvimos en nuestra biblioteca largas conversaciones sobre el tema con el director del diario “El Vigilante”, Pbro. Licdo. Eccio Rojo Paredes. Ambos platicamos también varias veces sobre el Presidente Gómez con personas doctas y sensatas como mi padre Eloi Chalbaud Cardona y el Rector de La ‘Universidad de Los Andes” Doctor Pedro Rincón Gutiérrez. El fallo no fue negativo; y luego de serias disquisiciones lo plasmamos en una semblanza recordatoria que, sin firma, publicamos en el mencionado periódico, en sus paginas centrales, el 17 de diciembre de aquel año.

La misma, con algunas modificaciones oportunas, es la que ahora reproducimos, como un homenaje afectuoso al inolvidable sacerdote amigo fallecido.

Ante la incredulidad, el asombro, la duda y el desconcierto los venezolanos de hace media centuria se estremecieron al conocer la noticia de la muerte del General Gómez.

Más de un cuarto de siglo de vigencia omnímoda y absoluta, aferrado al poder que él había modelado a talante, le confería a su recia personalidad, una aureola de leyenda que inducía a multitud de venezolanos a poner en tela de duda su desaparición física, a pesar del tiempo.

Desde 1908 hasta 1935 Venezuela, que apenas contaba en su dilatada geografía una escasa población de tres millones de habitantes, a lo sumo, no había tenido otra voz de mando que la del General Gómez.

Taimado, intuitivo y tenaz, el hombre enigmático de La Mulera, financista de la invasión de Castro y su mesnada de sesenta hombres, apenas había sabido superar el ostracismo político a que le sometió su compadre, tras las jornadas memorables que se iniciaron en el Táchira para concluir en la batalla de Tocuyito que le abre a Don Cipriano el camino de Caracas.

Después, y hasta 1903, vendrían las hazañas de Gómez como Jefe Expedicionario que traduciría en loas exageradas a sus triunfos para honrar a Castro, el hombre de las proclamas inflamadas. En Ciudad Bolívar extinguió Gómez, de una vez por todas, las trágicas llamaradas de nuestras contiendas civiles, encendidas por generales bárbaros y ambiciosos, amos de montoneras improvisadas.

Luego, el retiro discreto en los Valles de Aragua.

Ya desde entonces se perfila Maracay como el reducto del futuro César. El ámbito de tierras feraces despierta de nuevo los ancestros campesinos de Gómez a la par que le sirve de ambiente propicio para recoger descontentos y frustrados, percibir el eco de las intrigas caraqueñas y rumiar sus proyectos de cara al porvenir.

No fue la espera ansiosa ni desatentada, como una carrera contra el tiempo, bajo el apremio del medio siglo cumplido que pesaba sobre los hombros de Gómez, cuando dio el zarpazo final que venía a ser como el inicio de su apoteosis, de su auténtico ingreso en la historia del país.

Vale la pena destacar que el periplo vital de Juan Vicente Gómez se inicia y concluye entre dos fechas insertas raigalmente en los anales de Venezuela.Nace el 24 de julio de 1857. Y muere el 17 de diciembre de 1935. Coincidencia, o lo que se quiera, porque parece no haber recurso para el desmentido, lo cierto es que esas dos efemérides son también las que enmarcan el orto y ocaso del Padre de la Patria.

Cinco años de aislamiento voluntario, que para muchos pudo ser casi olvido, discurrieron antes del 19 de diciembre de 1908.

El riñón enfermo de Castro, ahíto de los privilegios y placeres del poder, en el escenario de una sociedad zalamera y alcahueta-como siempre ha sido, determinó el viaje de El Cabito. No encontró gente confiable entre sus áulicos y volvió los ojos al compadre que multiplicaba y apacentaba rebaños en las dehesas aragüeñas. Castro se acordó de las andanzas y aventuras desde la frontera hasta Caracas. Y encontró el prototipo de la lealtad en el compadre a quien Doña Zoila llamaba confianzudamente para que le capara un gato.

Requerido por un afecto convencional, casi desvaído en el tiempo, Gómez volvió a la escena política para quedarse en la función vicaria del Presidente viajero que zarpó de la Guaira en un paquebote francés.

En Caracas quedaban, en agitada comparsa las intrigas, las ambiciones, y la tentación del poder personificadas en los paniguados del jefe que jamás vieron en Gómez un riesgo para sus manejos.

Lo consideraban zafio, manejable, torpe, instrumento apropiado para la toma del mando, seguros de que podrían deshacerse de él con la misma facilidad con que aspiraban a colocarlo en la cúpula del poder como una marioneta.

En los primeros días de diciembre se fue Castro en un viaje sin retorno.

Cinco días antes de las navidades de aquel año, Venezuela tenía nuevo Presidente, en medio de escarceos verbales para pergeñar una aparente legalidad. Se quedaron con la carabina al hombro los políticos de alto coturno que jugaron la carta de Gómez para derrocar a Castro, en un intento de breve transición. Y comenzó un período de progresiva consolidación, de ejercicio contundente del Poder que sólo había de culminar cumplida ya la tercera parte del siglo XX.

A lo largo de 27 años no hubo más jefe que Gómez. Casi tres décadas de violento contraste con la sucesión de caudillos efímeros e ineptos y de contiendas fraticidas, que habían llevado a Venezuela a una dolorosa y lamentable postración. Zamarro y astuto como era, Gómez manejó según las circunstancias el halago, los privilegios y la represión para cortar cabezas en aras de la unidad y de la integración del país que era modelo de caos y fragmentación.

El exilio, la ergástula y la prebenda se confabularon, ya desde los años germinales del gomecismo, para facilitar la tarea que se había impuesto el hombre fuerte y que era, por lo demás, imperativamente necesaria.

Venezuela no podía continuar desarticulada, sujeta a los caprichos y excesos de militares y politicastros de pésima ralea. De aquella selva de cabezas visibles tenía que descollar una diferente, que desplazara a las demás con visión de país nacional. De alguna manera.

Gómez asumió esa responsabilidad y puso manos a la obra. No esbozó teorías sino que fue al grano. El país requería un solo jefe. Y ese era él. Quienes trabajarán a su alrededor, desde la más alta hasta la más ínfima jerarquía oficial, brillarían con la luz que el quisiera prestarles. Dicen que no era letrado. Pero tampoco era un analfabeto, como lo quieren muchos. Le sobraba sentido común y poseía cualidades excepcionales para conocer y evaluar a los hombres. Por eso, despejaba la ruta de los militares de chafarote y de los políticos dudosos.

 

miércoles, 10 de enero de 2024

HISTORIA DE MERIDA-CARLOS CHALBAUD ZERPA

 CAPITULO QUINCUAGÉSIMO SEGUNDO

LITERATURA, ARTES PLÁSTICAS Y MÚSICA

MÚSICA


Los aborígenes que ocupaban el actual territorio del Estado Mérida eran pocos dados a la música y a las artes en general. Representaban algunas pantomimas y ejecutaban danzas muy simples. La música era monótona, melancólica y sencilla, producida por instrumentos de cañas, madera y barro cocido como la chirimía que era parecida a un clarinete, una especie de quena semejante a una flauta, ocarinas y pitos denominados fotutos que acompañaban rítmicamente con tamboriles y maracas.

Tambores y chirimías, tocados por las tribus de indios de casi toda la Provincia de Mérida, vestidos a su usanza, amenizaron los actos del 16 de septiembre de 1811 en la Plaza Mayor de Mérida, para celebrar el primer aniversario del pronunciamiento de Mérida por la Revolución del 19 de abril y jurar la Independencia absoluta de Venezuela.

Estos atabales, pitos y zampoñas también se escucharon en la misma plaza en enero de 1830, como manifestación de júbilo, cuando las autoridades republicanas paecistas supieron en la ciudad el fallecimiento del Libertador.

Para 1872 todavía existían bandas de música puramente indígena, constituidas por indios lagunilleros que tocaban en los días de fiesta, en las plazas públicas, sus aires sentimentales y tristes y entonaban cantos llenos de gravedad y pesadumbre.

En la Colonia, la música estuvo recluida en los templos y conventos, y en la catedral merideña indudablemente que hubo maestros de capilla y chantits. El territorio venezolano era pobre y por consiguiente la Corona no le prestaba la debida atención que merecían los ricos virreinatos de México y Perú, donde floreció este arte.

En los templos, durante todo el año litúrgico se cantaban los oficios religiosos en latín y para la época navideña, los villancicos en castellano.

Ya en el siglo XVIII de seguro existieron estudiantinas integradas por violines, guitarras, mandolinas, laúdes, bandurrias y tiples, que interpretaban música popular en fiestas, serenatas y parrandas.

Un músico poco conocido, pero célebre en su tiempo, que se estableció en Mérida en 1836, fue el caraqueño José María Osorio, nacido en 1803 y quien además de ser el autor de la primera ópera que se compuso en Venezuela, se destacó como pedagogo, periodista, litógrafo, impresor, poeta, dibujante y humanista. Fue también creador de oberturas, zarzuelas, himnos, piezas instrumentales y obras litúrgicas además de fundador de una orquesta que intervenía en tertulias nocturnas literario-musicales y funciones religiosas. Dejó cuartetos para cuerdas, piezas sinfónicas, oficios de difuntos, oficios de Viernes Santo y la ópera El Maestro Rufo para orquesta de cuerdas, maderas, cobres y voces, publicada en litografía en 1847. También dejó escritos en litografía los Elementos del Canto Llano y Figurado, La Práctica de los Divinos Cánticos, el Directorio de la Catedral de Mérida (Práctica de los Divinos Cánticos que usa la Iglesia) y el Oficio de Difuntos en nuevo y fácil canto llano. Compuso además un Gran Funeral que fue interpretado en 1842 en honor del Libertador, cuando sus restos fueron trasladados a Caracas. Osorio falleció en Mérida en 1852.

La primera banda de instrumentos musicales de viento que se escuchó en Mérida fue la que dirigía en el Estado Táchira el señor Abel Briceño, quien la trajo a la ciudad en 1873 para tocar en el Monasterio de las Clarisas la fiesta de la Virgen de las Mercedes. La novedad nunca vista entusiasmó a los merideños y fue así como el Padre Zerpa, Vicario Capitular de la Diócesis y la Sociedad del Carmen se propusieron fundar una agrupación parecida; se estableció una escuela de música con 28 aprendices y se contraté como director al maestro español Mateo Trobat; los instrumentos musicales fueron pedidos a París y en 1876 se estrenó la Banda de Mérida en la fiesta de las Bodas de Plata de la mencionada sociedad carmelitana. Este conjunto musical, bajo diferentes directores, duró hasta principios de siglo XX, cuando en 1903 el Presidente Gral. Chalbaud Cardona creó la Banda Marcial del Estado, dirigida por el maestro Gil Antonio Gil, y que se llamó Restauradora.

Entre 1914 1930 hubo en Mérida algunas bandas particulares como las de Teófilo Ochea, Aquiles Rojas, Ramón Pirela y Rafael Rivas que interpretaban marchas militares y religiosas, valses, pasodobles y merengues; y eran contratadas para los actos oficiales públicos, las procesiones de las iglesias y los bailes de gala, por gobernantes, curas párrocos y presidentes de clubes sociales.

En Tovar fue nombrada la banda musical de Emilio Muñoz. (1867-1941).

La Banda Oficial del Estado fue establecida por el Presidente de Mérida, Gral. José R. Dávila en 1930, con motivo del Centenario de la Muerte del Libertador; su primer director lo fue nuevamente Gil Antonio Gil, músico trujillano que había pertenecido a la Banda Marcial de Caracas y que en 1911 compuso el Himno de Mérida. Esta banda fue reorganizada por el Presidente Dr. Hugo Parra Pérez en 1936, quien nombró director de la misma a José Rafael Rivas.

Rivas (1902-1982), nació en Mucutuy. Desde muchacho perteneció a diversos conjuntos musicales y fue director de la Banda del Estado Mérida durante 23 años, siendo acompañado como subdirector por Amador López Rivera. Esta banda oficial instituyó las retretras en la Plaza Bolívar los jueves y domingos, cuando no llovía, y se interpretaba música popular, intermezzos y oberturas de óperas y algunos trozos de compositores clásicos adaptados para instrumentos de viento.

Los ejecutantes de las bandas tenían que desempeñar otros oficios para poder subsistir y así unos eran sastres, otros zapateros, chóferes, albañiles, carpinteros o empleados públicos. El único que vivió exclusivamente para la música fue el maestro Rivas, quien además de valses, marchas, himnos, joropos, pasillos y fantasías, dejó varios hijos músicos entre quienes se han destacado Diógenes, Amílcar y Rubén Rivas.



Tres orquestas también existieron en Mérida en las primeras décadas del siglo XX; la de cuerdas y maderas de Juan de Dios Moreno, la Santa Cecilia del Pbro. Jeremías González, que interpretaba misas y música litúrgica y la más diversificada de Rivas, que además de cuerdas, flautas y clarinetes incluía también instrumentos de metal y percusión.

El maestro Juan de Dios Moreno, nacido en Tabay hacia 1870, fundó una orquesta constituida por violines, violas, violoncelos, contrabajo, flautas y clarinetes. Actuaba en serenatas, actos sociales y en las veladas artístico literarias que se efectuaban en el Salón de Actos Públicos de la Universidad de Los Andes. En una de ellas, que se realizó en 1910, dicha orquesta interpretó la obertura de la ópera Fra Diávolo, del compositor francés Auber y la sinfonía “La Madrugada” del autor caraqueño José María Osorio. El maestro Moreno escribió valses, joropos, pasillos, pasodobles, polkas, bambucos y

cuadrillas. De sus partituras son también conocidas “Despierta Alma mía”, “Do. Severino”, “Coloquios” y “Horas Tristes”. Falleció en Mérida en 1927.

Un compositor de música vernácula que se ha distinguido por la calidad de sus composiciones es Antonio Armando Picó., nacido en Ejido en 1919. Fue el fundador y director permanente de la Orquesta Típica Merideña en 1967, gracias al apoyo dado por los gobernantes doctores Edilberto Moreno y Germán Briceño Ferrigni. Entre sus mejores valses se destacan “Elsy”, “Haydee”, “Ruth Galicia” y “Serenata Galante”. El Prof. Julio Carrillo, apasionado folklorista ha investigado seriamente la música popular merideña y publicado libros.

 

PÍANOS

En una ciudad aislada como era Mérida, que solamente se comunicaba con el resto del país por fragosos caminos, la única puerta de salida al mundo exterior era el Lago de Maracaibo. Para 1858 solamente existían en ella dos pianos y otros se introdujeron para 1877 por el puerto de Santa Elena de Arenales. Ya fuesen traídos enteros o desarmados en grandes cajas, no podían ser transportados sino a hombros de 24 peones y en medio de muchísimas dificultades. El costo del traslado de un piano desde las riberas lacustres a Mérida costaba doscientos pesos fuertes. Para 1914, todavía sin carreteras, existían en Mérida, en las casas de familia, 42 pianos.

 

ÓRGANOS

El primer órgano para la catedral fije traído a Mérida por el Obispo Torrijos en 1794 y sus tubos de plomo pesaban seis arrobas. Cuando se comenzó en 1805 la nueva iglesia catedral fue trasladado al antiguo templo de San Francisco, donde el terremoto de 1812 lo sepultó entre los escombros de la edificación. Extraídas las flautas por el Déan Irastorza de entre las ruinas, fueron entregadas al brigadier realista Ramón Correa que ocupaba la ciudad, quien las fundió para hacer metralla.

En 1865, el Padre Zerpa, ya mencionado varias veces en esta obra y como anteriormente hemos dicho, en 1865 y junto con personas notables de la ciudad, promovió una suscripción para adquirir un buen órgano en Europa para la Catedral. Varios años después el excelente instrumento musical llegó, desarmado en grandes bultos, al puerto de Arenales, donde permaneció un tiempo largo envuelto en lonas, a la vera del camino, en plena selva, pues era imposible traerlo a la ciudad a lomo de mulas o en rastras tiradas por mansos bueyes. En 1876, los maestros músicos, el francés Juan Sanajal y el español Mateo Trobat, abrieron las cajas, desarmaron el órgano en piezas más pequeñas y así llegó a Mérida triunfalmente en hombros, a mediados de aquel año. El instrumento costó en Paris cinco mil francos.



HISTORIA DE MERIDA-CARLOS CHALBAUD ZERPA

 CAPITULO QUINCUAGÉSIMO SEGUNDO

LITERATURA, ARTES PLÁSTICAS Y MÚSICA



Como testimonios de cultura indígena quedaron en el territorio merideño objetos de alfarería y figurillas labradas en piedra y en barro cocido, que fueron destruidas sistemáticamente por los frailes misioneros que las consideraron como imágenes de deidades paganas e ídolos de culto demoníaco.

Durante la Colonia, los ebanistas e imagineros construyeron retablos en los altares de las iglesias y conventos, que decoraron con tallas doradas al fuego, santos de bulto y pinturas sobre tela y tabla, expresión de lo que fue llamado “barroco colonial”. La pintura de ‘mano esclava”, anónima, y de los maestros reconocidos adorné capillas, oratorios y altares de las casas de los mantuanos con cristos, vírgenes, ángeles y patronos plasmados en lienzos que se perdieron durante las guerras, por obra de los terremotos, la supresión violenta de conventos, la desidia y la ignorancia.

Entre los retablos se conservan el de la Capilla de la Urbina, en Estánquez, que data de 1726 y que fue hace unos cuantos años restaurado por el Gobierno Nacional; y el de la iglesia de El Morro.

Un pintor importante que probablemente estuvo radicado en Mérida, entre 1790 y 1816, lo fue José Lorenzo de Alvarado. Algunos cuadros suyos, que representan escenas evangélicas, vírgenes y santos, y los obispos Torrijos y Lasso de la Vega, se encuentran en las iglesias de El Llano y del Espejo, en el Seminario y en el Museo Arquidiocesano

de Mérida Otros lienzos suyos fueron a parar a manos de coleccionistas privados de Caracas. Alvarado nació en 1770 y falleció en 1822.

Un imaginero notable lo fue Rafael Antonio Pino, nacido en la Hacienda Moconoque de Mucuchíes hacia 1840 y que vivió en Mérida, Maracaibo y Barquisimeto, donde fue fundador de la Escuela de Artes y Oficios. Tallé imágenes sacras para presidir procesiones o actos de carácter religioso en templos de los estados Lara, Zulia, Trujillo, Táchira y Mérida; y pintó lienzos con figuras religiosas destinados a las iglesias, retratos de próceres de la Independencia y de familiares y amigos. En la Biblioteca Bolivariana existen los retratos de Miranda y Sucre, que Pino pintó para el ayuntamiento merideño hacia 1885 y en la sala de la casa de una distinguida familia el retrato de don Juan José Pino, padre del pintor, quien por encargo de su progenitor don Vicente Pino, llevó personalmente siendo niño a Bolívar, como obsequio, el célebre perro Nevado. Don Juan José Pino llegó a vivir 94 años; fue entonces cuando lo retraté su hijo.

 

Entre 1924 y 1950 vivió en la ciudad de Mérida un excelente pintor colombiano llamado Marcos León Mariño, quien también se distinguió como fotógrafo de estudio, escultor y arquitecto por necesidad. Nació en la peque ña población de Corrales, en 1881, cerca del páramo de Pisba y no muy lejos de Tunja, la capital del departamento de Boyacá, en cuyo seminario inició estudios primarios. Los jesuitas intuyeron su futuro como pintor y recomendaron a sus progenitores enviarlo al Colegio Mayor de San Bartolomé en Bogotá donde fue orientado por artistas neogranadinos. Se gradué de bachiller e ingresó a la Escuela de Bellas Artes de Bogotá hacia 1900. Recibió formación artística completa en pintura mural y de caballete, dibujo, escultura, ornamentación y arquitectura. Galardonado con el primer premio anual en el salón de Bellas Artes de Bogotá, egresé de la Escuela de Bellas Artes hacia 1904 para radicarse en Bucaramanga, donde realizó importantes trabajos en iglesias y la casa de la gobernación. Vivió luego en Cúcuta cuatro años y pasó a San Cristóbal. Entre esta última ciudad, a donde llegó en 1912, Bailadores, Tovar, Santa Cruz de Mora y Ejido transcurrió inexplicablemente doce años, fundando escuelas de pintura y decorando y reconstruyendo iglesias de pueblo, cuando era un artista de notabilísimas condiciones, con un seguro porvenir en ciudades populosas como Maracaibo o Caracas. Posible mente su carácter introvertido determinó en él un comportamiento reflexivo, proclive a la meditación y la duda, poco apto para la acción y la lucha, a pesar de que trabajó constantemente toda la vida para sostener su familia.

Mariño como pintor académico, es clásico en la forma, barroco en la composición y el empleo de la luz y romántico en los temas que escoge y en el uso de los colores claros. Entre sus obras se destacan el Presbiterio de la Capilla de las Siervas del Santísimo de Mérida, decorado con escenas bíblicas; los lienzos de la Conversión de San Pablo y la muerte de San José en la Catedral de Mérida; la Declaración de la Independencia de Mérida en el Salón de Actos del Ayuntamiento. Entre sus esculturas deben citarse el Monumento del Cóndor de Los Andes con el medallón del Libertador entre las ganas y el pico en el alto del Páramo de Mucuchíes y el busto del Libertador que se encuentra en la cumbre del pico Bolívar, hechos por el sistema electrolítico de la galvanoplastia cuando en Mérida se desconocía la técnica de la fundición. Como arquitecto reconstruyó la iglesia de la Santa Capilla, erróneamente conocida como del Corazón de Jesús.

En 1950, silenciosamente, Mariño volvió a su patria; se residenció un tiempo en Bucaramanga y luego en Cúcuta, en cuya catedral estuvo trabajando. Falleció en esta última ciudad en 1965.

 Un pintor importante, venido del Pirineo navarro español, que se estableció en Mérida en la década del 40 de este siglo lo fije Juan Viscarret Navaz. Había estudiado en la escuela de Artes y Oficios de su tierra natal bajo la sabia dirección del maestro Xavier Cigaechandi. El avatismo de la región pirenaica lo incorporó a los páramos y montañas descomunales merideños para plasmar en sus óleos, espátulas y gouaches paisajes y tipos humanos muy difíciles de imitar, donde se conjugan contrastes de luces y sombras con fuerza extraordinaria. Son famosas sus procesiones campesinas. Nació en 1910 y falleció en Caracas en 1990.



Elbano Méndez Osuna (19 18-1973). Importante pintor nacido en Tovar que perteneció inicialmente a la denominada Escuela de Caracas. Romántico a destiempo e inconforme con el academismo, muy pronto formé parte de los disidentes y considerando el medio caraqueño pequeño y estrecho viajó a Santiago de Chile, Madrid y París. Estudió en academias de artes plásticas y aplicadas de varios países, frecuenté el atelier de M. André Lothe en la ciudad Luz y fue asistente invitado por los artistas mexicanos Xavier Guerrero y David Alfaro Siqueiros en la realización de murales. Recibió premios y menciones honoríficas y fue profesor en varios institutos educacionales de Venezuela. Al final de su existencia volvió a su ciudad natal a fundar un taller Regional de Artes Plásticas y allí falleció. Ha sido denominado el pintor del ande en Tovar

Un pintor joven que se ha destacado en los últimos tiempos como excelente retratista es

Francisco Lacruz, quien también ha plasmado en sus lienzos el paisaje andino. Autodidacta libre de influencias decadentes o comprometidas, en épocas pretéritas hubiese sido en Europa pintor de Reyes y Príncipes y en las ciudades coloniales hispanoamericanas habría colmado de santos y de diablos los altares de las iglesias y los retablos de los caserones señoriales.

Sus mejores obras pueden admirarse en el Aula Magna, la Biblioteca Bolivariana y la Casa de los Gobernadores de Mérida.

 Hacia 1958 viajó a Venezuela, para radicarse en Mérida, el dibujante y es cultor Manuel de la Fuente, nacido en Cádiz. Hizo sus primeros estudios en la Escuela de Bellas Artes de esta población y luego en la Real Academia de Bellas Artes “Santa Isabel de Hungría”, en la Sevilla. Aprendió su oficio con el notable artista español don Juan Luis Vasallo Parodi. Durante estos treinta años ha venido a ser el escultor oficial de la ciudad, y la mayoría de bustos, relieves y estatuas existentes en los parques de la urbe fueron confiados a sus sabias manos. Deben mencionarse el Monumento a la Loca Luz Caraballo en Apartaderos, la estatua de Miranda en la Sierra Nevada, la ecuestre del fundador de Mérida Rodríguez Suárez, la de Andrés Bello, el Rector Heroico, Humberto Tejera y la India de Los Chorros de Milla e infinidad de bustos y cabezas de escritores, artistas y poetas.

 Otro escultor, el primero en fundir a la cera perdida grandes figuras en Mérida, lo fue Gaetano Parise Mannarino, artista italiano que vivió en Mérida entre 1970 y 1973. Entre sus obras figuran el grupo de los Conquistadores del Pico Bolívar en el Parque de los Andinistas, la estatua de Ramos de Lora en el Par- que Acuario y el busto de Bolívar, copia del de Tenerani, obsequiado por la Universidad de Los Andes a la Universidad de Trujillo en el Perú.

 Desde hace varios años se encuentra residenciado en Mérida el artista Carlos Colmenares, abogado, politólogo y músico, quien ha estudiado ta pintura, talla y escultura. Nacido en San Cristóbal (Táchira), sabe manejar con pericia el hierro, el cobre el barro, la madera, la fibra de vidrio y ante todo la fundición en bronce.

Ha realizado bustos, estatuas pedestres y ecuestres del Libertador, así como torsos broncíneos de próceres venezolanos civiles y militares, medallones, imágenes religiosas y profanas con un gran sentido figurativo. A su asombrosa sensibilidad artística añade una desconcertante sencillez.

 

Marco Tulio Quiñones:

Un escultor a quien se le ha perdido el rastro lo fue Marco Tulio Quiñones, nacido en Santa Cruz de Mora a fines del siglo XIX. Perfeccionó su arte en Italia y visitó también talleres de artistas en Francia y España. Radicado en Caracas, fue profesor de di bujo de algunas instituciones docentes y ejecutó muchas producciones valiosas en yeso con el fin de plasmarlas en bronce o mármol; murio en esta última ciudad y fue enterrado en el Cementerio General del Sur, en una tumba por él mismo diseñada.

 

Durante la Colonia los maestros fundidores no pasaron de fabricar adornos para portones, herrajes, lámparas, candeleros, estribos, frenos, espuelas, múcuras, ollas para cocina y pailas para los trapiches. Ocasionalmente los más expertos fundieron campanas, como la que encargó el Obispo Hernández Milanés en 1804 para la Catedral y que pesa 18 arrobas. Duran te la Colonia y mucho menos en los años de la Guerra de Independencia se fundió cañón alguno de bronce en toda América hispana. No deja de ser una fábula jocosa la fundición de 16 cañones por el Padre Uzcátegui en la Otra Banda, ‘para ser regalados a Bolívar en 1813.

 

Recientemente se destacaron como maestros fundidores don Ramón Chuliá, oriundo de Sagunto en Valencia y don Martín González Vides, originario de Tafalla en Navarra. Ambos fallecidos en Mérida.

 

La ciudad de Mérida tuvo dos talleres-escuelas de ebanistería y talla, de extraordinaria calidad artística, entre 1950 y las postrimerías del siglo. El primero de ellos estuvo a cargo del notable maestro Jesús de Berecíbar, de ascendencia vasca y el otro bajo la dirección del maestro Carlos Villarroel, de procedencia ecuatoriana que ahora atienden sus hijos y hermanos (1930-1993).

 

Algunas iglesias, palacios de gobierno y episcopales, recintos universitarios y residencias, no solamente de Mérida sino de muchas ciudades de Venezuela, conservan retablos, sillerías de coros, altares, crucifijos, imágenes de santos y muebles de estilo renacimiento y barroco de estos artífices eximios.

 

Como arquitectos se destacaron en la ciudad Luis Bosetti (1893-1943), nacido en Milán y fallecido en Mérida, a quien ya nos hemos referido. Fue Capitán de un Regimiento del Reino de Italia durante la Primera Guerra Mundial y arquitecto del Instituto Politécnico de su ciudad natal. Fue el constructor del Palacio Arzobispal de la ciudad emeritense y del edificio del antiguo Hospital Los Andes. Edificó también colegios, escuelas, cuarte les, cúpulas de iglesias, capillas y residencias particulares de sobrio estilo.

 

Manuel Mujica Millán (1897-1963), anteriormente mencionado, nació en la ciudad de Vittoria, provincia de Alava, en los países vascongados y estudió en el Colegio Oficial de Arquitectos de Cataluña. Con facilidad y rapidez extraordinarias concebía y proyectaba sus obras grandiosas, a las cuales daba singular robustez e inundaba de luz, enmarcadas dentro de un estilo que podría denominarse neoclásico. En Mérida está

representado esencialmente por la trilogía Catedral Metropolitana, Palacio de Gobierno y Edificio Central de la Universidad.

lunes, 8 de enero de 2024

HISTORIA DE MÉRIDA CARLOS CHALBAUD ZERPA

                          CAPITULO QUINCUAGÉSIMO SEGUNDO

                         LITERATURA, ARTES PLÁSTICAS Y MÚSICA



FAMILIAS DE POETAS

Además de los Picón Lares, que ya hemos mencionado, es propicio nombrar las familias de los Gonzalo Salas y de los Jerez Valero.

 Juan Antonio Gonzalo Salas (1887-1949), nacido en Mérida, fue poeta y orador.Estuvo entre los fundadores de Génesis y además dirigió los periódicos El Pueblo, El Estado y el Verbo Juvenil Fundó La Semana con Eduardo Picón Lares. Publicó un libro de versos llamado Alma Lírica, impregnado de conceptos turbadores, sensualistas, eróticos y agnósticos que se enfrentaron al medio emeritense mojigato, timorato y si se quiere hipócrita de principios de este siglo. Sus comentaristas más recientes lo consideran como el “poeta maldito” de su generación. Sus obras en prosa están dispersas en periódicos y revistas. Su hermano Tulio Gonzalo Salas (1894-1916), fue un poeta merideño de vida breve que se graduó de doctor en Ciencias Políticas el año de su muerte a los 22 años. Fundó el periódico Literatura Andina. Sus poemas fueron recopilados en un libro aparecido después de su fallecimiento con el nombre De mi Solar, del cual se han hecho tres ediciones. Es el poeta del sol, de la luz y de la diáfana atmósfera de Mérida.

 Juan Antonio Gonzalo Patrizi, hijo del primero (1911-1950). Fue poeta, cuentista y ensayista. Estudió Derecho en Mérida y en Caracas, donde se graduó. Publicó Ante el Campesino Andino (Ensayos), Rutas Venezolanas (Ensayos) y el poemario Riscos de excelente calidad lírica, donde cuenta leyendas, paisajes y hombres de la tierra merideña.

Ernesto Jerez Valero (1922), nacido en Las Piedras del Estado Mérida, además de poeta es ensayista. Ha publicado las obras siguientes de poesía: Biografía del Olvido, El diario de un parameño, Del Génesis, Esto dijo el caminante, Grito incontenible, Quiso Dios que así hiera, Rutas estivales, La soledad del hombre, Trigales difuntos y Una noche en la tierra, además de algunos discursos (El poeta y su símbolo) y conferencias.

 Elio Jerez Valero (1928;), hermano del anterior y nacido en la misma localidad, es también poeta y ensayista. Ha editado varios libros de versos como De niebla a nube, Piedra sobre piedra, Aries, A sangre y fuego, Vigilia y Luz, Elegía a sí mismo, De sol a sol y Sonetos Cristianos. Los Jerez Valero están considerados entre los mejores poetas de las nuevas promociones.

 UN MERIDEÑO DE ADOPCIÓN

Lubio Cardozo (1938). Nacido en Caracas y radicado en Mérida por casi treinta años, se ha dedicado con ahinco al estudio de la literatura emeritense en su triple acepción de poeta, ensayista y bibliógrafo. Entre sus treinta títulos publicados como libros y folletos deben mencionarse la Antología de la poesía merideña, la Bibliografía de la literatura merideña, La poesía en Mérida de Venezuela, la Bibliografía de la literatura indígena venezolana, Cuentos indígenas venezolanos, La Poesía Lírica Venezolana en el siglo diecinueve, Poemas y Epítome de la Poesía en Mérida.

DOS AUTORES TEATRALES

Adolfo Briceño Picón (1846-1929). Nació en Mérida y fue médico, dramaturgo y novelista. También estudió farmacia. Se distinguió como catedrático en la Universidad de Los Andes. Publicó algunos capítulos de su novela El Cementerio del Espejo en el diario La Abeja, y en el periódico La Idea el primer acto del drama Las víctimas de un mulato. Editó además dos volúmenes con obras teatrales: El Tirano Aguirre y Teatro Andino. El drama del tirano, en tres actos, fue representado por primen vez en Mérida en 1872 y repetido en 1873 con espléndida acogida. El Teatro Andino además del drama sobre Aguirre incluye también Ambrosio Alfinger (Los alemanes en la conquista de Venezuela), Sacrificios por la Patria y la comedia El Amor Filial. Su señora madre doña Berenice Picón de Briceño fue dramaturga y dejó una tragedia denominada La Flor de cabiorá y algunos juguetes escénicos. Un cuarto de siglo más tarde de la representación del Tirano, Jonás Alvarez editó en Mérida, en la tipografía Bank, en 1896, un drama de costumbres titulado El pepito o La Educación a la moda.

 El otro autor teatral merideño importante es Román Chalbaud Quintero (1931), fue Director Artístico de la Televisora Nacional y del Teatro Nacional Popular. Se ha dedicado también al cine como autor y director. Entre sus obras se mencionan Los Adolescentes, Muros Horizontales, Caín Adolescente, Réquiem pan un eclipse, Cantata para Chirinos, Sagrado y Obsceno, Café y Orquídeas, Las Pinzas, La Quema de Judas, Los Ángeles Terribles, El Pez que Fuma, Chévere o la Victoria de Wellington, Ratón de Ferretería, El Viejo Grupo, Todo Bicho de Uña y las adaptaciones de otros autores como Carmen la que contaba 16 años, Bodas de Papel y Cangrejo.

El investigador merideño, nacido en Lagunillas, José de la Cruz Rojas (1942) se ha dedicado con verdadera pasión al estudio del teatro en Venezuela y basta ahora ha publicado la Historia del Teatro Indígena Venezolano, ediciones críticas de Angélica de Enrique Coronado, El Tirano Aguirre de Briceño Picón, Veinte mil pesos por un abanico de Vicente Fortoul y El Recluta de José Ignacio Lares. Junto con Lubio Cardozo publicó la Bibliografía del Teatro Venezolano.

 

sábado, 6 de enero de 2024

HISTORIA DE MÉRIDA CARLOS CHALBAUD ZERPA

 

CAPITULO QUINCUAGÉSIMO SEGUNDO

LITERATURA, ARTES PLÁSTICAS Y MÚSICA

NOVESLISTAS, PROSISTAS, ENSAYISTAS Y POETAS



José Vicente Nucete (1827-1888).

Oriundo de Mérida. Poeta y periodista Debe considerarse como el mejor poeta merideño del siglo XIX. Fundó en 1858 el primer diario que se llamó La Abeja. Dirigió o fingió de redactor en otros periódicos como El Civil, Ecos del Chaina, Heliotropio, El Escolar y La Niñez.

 

Gral. Esteban Chalbaud Cardona (1859-1927).

Nacido en Mérida. Figura pública importante a principios de siglo. Guerrero, político y poeta. Entre otras gestiones, se le debe la salida de Mérida al lago & Maracaibo y la reivindicación del puerto de Palmarito. Fue Jefe Civil y Militar del Gran Estado de Los Andes y Presidente del Estado Mérida en tres oportunidades, además de ser un espíritu selecto que se expresaba bien en francés y lela los clásicos galos en su idioma original. Protegía a los intelectuales en aquella época de barbarie y escribía poemas de notable inspiración como Tristezas, La Luna y nuestra Sierra, Quejas, Recuerdos y Esperanzas, Flores Mar chitas, Ausencia de mi Adelfa y escritos sueltos en los periódicos El Centinela de la Sierra y El Eco de la Sierra en los años de 1880 a 1882.

 

Pedro María Paira (1870-1945).

Nacido en Mucuchíes. Fue periodista, ensayista y novelista. Entre sus obras merecen citarse Biblia Social, Gramíneas del Páramo, La Educación de los Hijos en el Hogar, La Educación de la Voluntad, El Labrador y El Banquero y su novela romántica Lugareña, inspirada en la célebre María de Jorge Isaac y ambientada en el páramo merideño.

 

José Berti (1891-1959).

Nacido en Tovar, estudió inicialmente en su población natal pan seguir luego cursos superiores de ingeniería civil en la Universidad de Caracas. Abandonó la carrera para dedicarse en su hacienda ‘Cachimbo”, en el sur de la Guayana, a las actividades agropecuarias y mine ras, donde a la vez escribió sus mejores libros, que son cuatro novelas y varios relatos: Hacia el oeste corre el Antabare, Espejismo en la Selva, El motor supremo y Oro y Orquídeas.

 

Claudio Vivas (1891-1956).

Nació en Tovar. Estudió filosofía y letras en su población natal y en la Universidad de Los Andes. Dirigió varios diarios y revistas. Escribió ensayos sobre literatura e historia y un libro, Huellas sobre las Cumbres, que contiene lo mejor de su prosa lírica, castiza y pulcra.

Roberto Picón Lares (1891-1950).

Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Los Andes. Ocupó cargos políticos importantes du rante los gobiernos de los presidentes López Contreras y Medina Angarita. Fue rector de la Universidad de Los Andes. Sus escritos comprenden discursos, conferencias y versos. Sus compromisos burocráticos y diplomáticos y los muchos discursos ocasionales que se vio obligado a escribir y pronunciar, le impidieron dejar una obra densa como correspondencia a su innegable talento y a su galano modo de expresar sus pensamientos. Sus Apologías y Poemas fueron publicados en tres volúmenes donde destacan Mateo Alemán y las Aventuras y Vida de Guzmán de Allarache y su semblanza sobre Don Tulio Febres Cordero.

 

Emilio Menotti Spósito (1891-1951).

Nacido en Mérida y Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Los Andes. Escritor, poeta, cronista, bibliógrafo, librero en la más seria acepción de la palabra, aficionado a la mineralogía, funcionario público, abogado, periodista y optometrista, oficios que desempeñó con desarreglo y sin llegar a profundizarlos. Durante cuarenta años fundó, dirigió o redactó en Mérida doce periódicos. Entre sus obras merecen ser citadas Cantos Bárbaros (poemas), Confesiones de un Prófugo, Motivos Lugareños, Las Cartas del Tío, El Semanario de Prometeo y su estudio de investigación La Prensa en el Estado Mérida. Lo mejor de su producción fue editado en un volumen titulado Obras Selectas.

 

Raúl Chuecos Picón (1891-1937).

Valioso poeta y periodista, nacido en Mérida. Fundó y dirigió varios periódicos y colaboró con diversas revistas literarias emeritenses. Estuvo influenciado por los bardos Baudelaire, Poe, Daudet, Whitman y Darío. Fue de vida breve y des pués de su muerte, sus amigos editaron sus versos en un libro titulado Humo.

 

Humberto Tejen (1892-1971).

Doctor en Ciencias Políticas en la Universidad de Los Andes nacido en Mérida. Fue poeta, escritor, periodista, abogado y pedagogo. Abandonó voluntariamente su patria en 1919 y luego se residenció en México hasta su fallecimiento. Su obra literaria se producida totalmente en tierras mexicanas, entre 1920 y 1964, y abarca poemas, biografías, ensayos, diatribas políticas y artículos periodísticos. Entre libros publicados, que pasan de 20, se destacan sus poemas La Mu José Nucete Sardi (1897-1972). Nacido en Mérida Historiador, ensayista, novelista, biógrafo, diplomático y crítico de arte. Entre sus obras deben citarse: El hombre de allá lejos (cuentos), El escritor y civilizador Simón Bolívar (ensayo), La defensa de Caín (novelín), Aventura y Tragedia de D. Francisco de Miranda (biografía), Cuaderno de Indagación y de Impolítica (ensayos), Notas sobre la pintura y la escultura en Venezuela (ensayo), Osadía y leyenda de Roberto Cunningham Graham (biografía), Setenta días con Su Excelencia (novelización del diario de Bucaramanga de Perú de Lacroix), Aspectos del Movimiento Federal Venezolano (ensayo). Tradujo del portugués Las Cartas Intimas de Eca de Queiroz, del francés el quinto tomo del Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente de Alejandro Humboldt, y del inglés la Historia del Intento de Don Francisco de Miranda para efectuar una Revolución en Sur América por Jaime Biggs y las Memorias de un Recluta de la Expedición Mirandina, que refiere los incidentes de John Edsall. Publicó otros ensayos y conferencias en periódicos y revistas y dejó sin públicar: Rutas de Mar y Tierra, Cuadernos Literarios y Evocativos, un volumen de Cartas de Eca de Queiroz (traducción del portugués) y una biografía de Vicente Campo Elías.

Rafael Ángel Rondón Márquez (1898-1963).

Nació en Zea, antigua Murmuquena, Ensayista, biógrafo e historiador. Periodista de notable importancia. Mencionamos entre sus obras Guzmán Blanco, el autócrata civilizador; Heres, el adusto, DalIa Acosta, Arístides Rojas, una vida de trabajo y una obra enciclopédica, Itinerario de El Cojo Ilustrado y Series Históricas.

 

Eduardo Picón Lares (1899-1960).

Hijo de padres merideños nació circunstancialmente en Nueva York. Fue dentista diplomado, político, escritor y además fundador y director de algunos periódicos de Mérida, siendo el más importante Patria que editó en unión de su hermano Roberto, hijos de Gonzalo Picón Febres, el notable literato. Publicó libros de poesías, ensayos y temas históricos, entre ellos deben citarse El Bolívar de todos, Ideología Bolivariana, Revelaciones de Antaño (2 tomos), El General Santander, Las Memorias de Carmelo Fernández, La Sierra Nevada de Mérida y sus poemarios Campanas de mi Torre y Romances, Romanzas y Redondillas.

Dejó terminadas otras obras que no han sido publicadas, Ensayos Históricos, Conquistadores de Mérida y sus últimos tres tomos de Revelaciones de Antaño. De su trabajo Capítulos Historiales de Mérida, que consta de cuatro tomos, apenas fue publicado el primero en edición póstuma.

 

Antonio Spinetti Dini (1900-1941).

Nacido en la Isla de Elba (Italia), llegó muy niño a Ejido donde estudió primaria. Truncó sus estudios superiores para dedicarse al comercio en el almacén de su padre. Fue poeta y periodista. Fundó dos revistas literarias: Azul e Indo-América. Dejó tres libros de versos: Breviario galante y rebelde, La palabra al viento y Hambre. Posteriormente a su inesperada muerte (fue vilmente asesinado), fueron publicadas dos antologías de sus poemas donde se incluyeron también versos de un poemario inédito.

 

Rafael Pizani (1909).

Nació en Mérida. Siguió estudios de derecho en las Universidades de Los Andes y Central de Caracas. Jurisconsulto, ensayista y hombre público. Entre sus obras merecen citarse Ensayo de Sociología Política Venezolana, Principios Generales del Derecho, La Reforma de los Estudios de Derecho en Venezuela, Aspectos de Hispanoamérica, Criollísimo y criollistas y Por el hueco de la cerradura (Perfiles del campo y de la ciudad).

 

Ramón Gilberto Quintero

Educador y poeta nacido en Mucuchíes. Publicó algunos discursos y cinco libros de versos: Brumas, Perennidad (dos ediciones), Vesperal, Herencia Lírica y “Grande en el pensamiento” (Homenaje al Libertador Simón Bolívar en el bicentenario de su nacimiento). En sus poemas, especialmente en los sonetos, cuya técnica domina con maestría, hace alarde de la rima y de la métrica a la usanza de los bardos clásicos. Sus temas son la patria, el terruño, el campesino parameño, la t sus amigos y los héroes.

Armando Rojas (1913). 

Nació en Tovar. Meduloso ensayista graduado en la Universidad Javeriana de Bogotá de Doctor en Filosofía y Letras. Colaborador de revistas y periódicos en Mérida, San Cristóbal y Caracas. Ha profesado en cátedras de filosofía, literatura e idiomas. Ha sido funcionario diplomático en Bogotá, la Santa Sede, Brasil, Francia, Suiza, Australia, Yugoeslavia, Nicaragua y Estados Unidos de América. Fue consejero de la Delegación de Venezuela ante los organismos de las Naciones Unidas con sede en Ginebra y Nueva York. Mencionaremos entre sus obras Andrés Bello y la Universidad, Bolívar y Darío, Bolívar y el Poder Moni, Los Creado res de la Diplomacia Venezolana, Diario de Grecia, Invitación a la Inquietud, Carta a Dios, entre la angustia y la esperanza, su célebre libro Ideas Educativas de Simón Bolívar, del cual se han hecho siete ediciones, La Redención de Lucifer y otros ensayos y Venezuela limita al Este con el Esequibo.

 

Neftalí Noguera Mora (1918-1970).

Nació en Canagua en el Estado Mérida. Ensayista, articulista y compilador. Poseyó un estilo que fue considerado pulcro, alegre, emocionado y lleno de colorido y gracia elementales. Estudió literatura y economía y fue diplomático. Traductor y divulgador de los poetas haitianos. Entre sus obras deben citarse: Adriani o la Venezuela Reformada, Alegría y llanto de Europa, Antonio Ignacio Rodríguez Picón, la Generación poética de 1918, Genio y Figura: José Ramón Heredia o el arte al servicio de una vida, Cielo y Suelo de Haití y dejó inéditas Imágenes de Venezuela, Diálogo col la Historia, Así era mi casa y una Biografía de Rafael Caldera.

 

Oswaldo Trejo Febres (1928-1996).

 Cuentista, novelista y diplomático, ha sido definido como un escritor de excepción. Entre sus obras se destacan: Aspasia tenía nombre de corneta, Andén lejano, Los cuatro pies, Cuentos de la primera esquina, Depósito de seres, Escuchando al idiota y También los hombres son ciudades.

 

Gabriel Picón Febres (1890-1969).

Nació en Mérida y fue poeta, cuentista, ensayista, médico y diplomático. Fundó los periódicos Álbum Merideño, La Paz y La Voz de Mérida. Publicó: Anécdotas y apuntes, El Apellido Picón en Venezuela, Cuentos venezolanos, Don Simón Rodríguez, Datos para la historia de la diócesis de Mérida, Ideas y Narraciones y Ramajes del Camino.

 

Jesús Rondón Nucete (1941).

Nacido en Tovar. Abogado y Licenciado en Historia de Universidad de Los Andes. Escritor, articulista, historiador y orador. La dedicación a la actividad política lo ha alejado en los últimos años del quehacer intelectual. Ha publicado ensayos históricos, folletos, discursos y artículos de prensa. Su mejor obra Acontecer de Mérida (1936-1958) se halla inconclusa ya que había comenzado a publicar en la prensa el periodo 1899- 1935, que no terminó.

 

Germán Briceño Ferrigni (1931).

Nacido en Chiguará y residenciado en Mérida desde su infancia, es graduado en la Universidad de Los Andes como abogado donde se inició en la docencia desde 1955. Catedrático sabio, escritor de envidiable estilo, ensayista acertado sobre temas regionales, nacionales y universales, orador de sorprendentes recursos y conferencista ameno y admirable. La tribuna política le ha hurtado el necesario tiempo para dejar una obra acorde con su formación humanista, pero sus libros Nieves y Mieses y Tiempos y Espacios del Turismo en Mérida presagian el esperado volumen que le consagre.

 

Antonio Ignacio Picón (183S-1916).

Escritor y pedagogo nacido en Mérida. Fue célebre en su tiempo el Elogio al Gral. Páez pronunciado en el centenario del nacimiento del prócer en Mérida y publicado en Maracaibo. Entre sus obras citamos Reglas diversas para vivir bien, mejorar de condición, etc. Mocontboco, homenaje a la verdad histórica, Apuntaciones gramaticales y El gran pecado de Venezuela, estudio sobre sus condiciones sociales. Solía firmar con el pseundónimo A. Ignotus.

 

Roberto Picón Parra (1926).

Nacido en Mérida, Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad Central de Venezuela y catedrático universitario. Se ha dedicado a los estudios jurídicos, filosóficos e históricos. Ha publicado los siguientes trabajos: El Derecho y los usos sociales, Ideas para una metafísica fritura, con un apéndice sobre metafísica, Introducción a la Odontología del Derecho, Gabriel Picón González; y su excelente obra en cuatro tomos Fundadores, Primeros Moradores y Familias Coloniales de Mérida t1558-181O), verdadera Génesis y Genética de una dudad hispanoamericana.

 

Gerónimo Maldonado (1876-1913).

Nacido en la Playa del Estado Mérida. Médico, ensayista, sociólogo y poeta. Redactó la Revista Literaria de Los Andes y publicó los siguientes libros: Cinco perfiles, Flores Tropicales, 2pisodios, flor, Patria, Cuestión Social, Dos Temperamentos, La Cuestión Económica de Venezuela, Stela Matutina, El Recluta, Sufragio Libre, Mujeres Trágicas, americanas y vanos folletos sobre temas politices y sociales.

 

Esteban Chalbaud Cardona, hijo (1896-1969).

Oficial del Ejército Venezolano y diplomático nacido en Mérida Vivió largo tiempo en Francia, Estados Unidos y en países latinoamericanos. Inclinado a los estudios históricos publicó una biografía del general francés Hoche, una semblanza biográfica del prócer venezolano Anzoátegui y un trabajo sobre los turbulentos años de Nuestra Segunda República (dos ediciones).

 

Rigoberto Henríquez Vera (1920).

Periodista, escritor, abogado y diplomático nacido en Tovar. Entre sus obras se destacan: Los pasos y sus huellas, Molde Heroico, la biografía Tejera el Desterrado, Las Crónicas del Coronel Cerrada y De la l’irania a la democracia.

 

Antonio Márquez Salas (1919).

Nació en Chiguará del Estado Mérida. Está considerado como uno de los mejores cuentistas venezolanos. Es doctor en derecho y fundador de la revista Contrapunto. Ha publicado varios libres con selección de sus cuentos, entre los que se destacan El hombre y su verde caballo y Las hormigas viajan de noche.

 

Ramón Darío Suárez (1919).

Nacido en la Mesa de Los Indios. Es historiador y genealogista experto. Con su obra Genealogía del Libertador ocupa sitial de honor en la cátedra bolivariana continental. También ha publicado estudios interesantes sobre Don Rafael Salas y su Descendencia, el Historial Genealógico del doctor Cristóbal Mendoza y la Genealogía de los Febres Cordero. Además, ha escrito innumerables ensayos y artículos de prensa sobre personajes y acontecimientos regionales.

 

Julio Sardí (1882-1961).

Nacido en Mérida, fue ensayista, articulista, crítico y médico. Dirigió en suciedad natal los periódicos La Voz de Mérida y Faz y también colaboró en la revista Génesis, excelente publicación aparecida en 1905, que marcó época por lo atrevida, original y renovadora. Fue también redactor de la revista caraqueña El Cojo Ilustrado. Desempeñó varios cargos diplomáticos. Está considerado como uno de los grandes estilistas venezolanos. Sus mejores producciones fueron recopiladas después de su fallecimiento en un libro llamado Páginas Olvidadas.

 

José Ramón Barrios Mora (1913).

Ensayista y abogado nacido en Zea, publicó un Compendio Histórico de la Literatura Venezolana.

 

Américo Menda (1885-1946).

Nacido en Mérida. Médico, periodista, poeta y fundador junto con otros intelectuales de la revista Génesis, entre ellos Pedro José Godoy (poeta), José Ramón Gallegos (poeta menor), Florencio Ramírez (articulista), Antonio Febres Cordero (poeta) y José Do mingo Paoli (poeta). Menda no recogió sus numerosos poemas en libro alguno y están dispersos en periódicos de Mérida, Caracas y otras ciudades del país.

 

Julio Consalvi (1887-19—).

Nació en Chiguará, Estado Mérida Doctor en Ciencias Políticas, durante largo tiempo mantuvo la página editorial de la revista caraqueña Billikea Su obra literaria, como articulista y ensayista está dispersa en revistas y periódicos nacionales.

 

Emiro Duque Sánchez (1915).

Poeta de neonativismo singular nacido en Zea. Su libro Cauce contiene romances, sonetos y versos varios.

 

Simón Alberto Consalvi (1927).

Escritor, periodista y diplomático nacido en Tovar. Ha representado a Venezuela como embajador en diferentes países. Entre sus obras señalamos: La paz nuclear, Ensayos de historia contemporánea, Auge y Caída de Rómulo Gallegos, Grover Cleveland y la Controversia Venezuela-Gran Bretaña (La historia secreta) y Gonzalo Picón Febres, los delitos de la imaginación. Su libro más importante es Profecía de la Palabra, Vida y Obra de Mariano Picón Salas, en el cual se perilla como acucioso investigador, excelente prosista y un maestro del ensayo, pues este volumen ha sido escrito con gran dedicación, empeño, pasión y objetividad.

 

Andrés Márquez Carrero (1938).

Profesor universitario, graduado en Letras en la Universidad de Los Andes y de Investigador Lingüístico en España. Nació en Río Negro al Sur del Estado Mérida. Ha publicado cuentos, estudios lingüísticos, ensayos históricos y folklóricos. Entre sus obras merecen citarse Juan Rodríguez Juárez, Conquistador y Fundador de Mérida, Mérida en la historia general de Colombia, varios folletos sobre la Cultura Tatuy y A.B.C. de la Historia de Mérida.