martes, 4 de septiembre de 2012

Testimonios de Mérida



Testimonios de Mérida
Dr. Carlos Calbaud Zerpa
Capítulo Primero, Tema 1

Cómo nos vieron los cronistas

Juan Maldonado 
1559
- Posiblemente la más antigua descripción de la primitiva ciudad de Mérida fue escrita en 1559 por Juan Maldonado al Presidente de la Real Audiencia de Santa Fé de Bogotá, en ocasión del proceso seguido al capitán Juan Rodríguez Xuárez por haber extralimitado las facultades que se le dieron, fundando la ciudad de Mérida sin las licencias necesarias, además de cometer un sinnúmero de atropellos.
Como se presume, Rodríguez Xuárez, natural de Mérida de Extremadura de España, asentó en el año de 1.558, a media legua de la población de Lagunillas, y donde hoy está San Juan, un pueblo de minas al cual le dio el nombre de su ciudad natal. Debido a que los aborígenes no lo dejaron en paz un momento, ni él a ellos, se vio en la obligación de trasladar la puebla, poco tiempo después, valle arriba hasta la Sierras Nevadas, en el extremo de la altiplanicie que hoy conocemos como Santiago dela Punta; y meses más tarde el comendador Martín López teniente de Huan Maldonado y por instrucciones de éste, por parecerle cosa necesaria a la salud común de los españoles e indios, mudó la ranchería y purblo a la parte más alta y superior de la mesa de Tatuy, frente a la Sierra Nevada, en parte muy acomodada y de mejor temple que donde la había dejado el Capitán Rodríguez Xuárez, donde actualmente se encuentra.
Juan Maldonado, oriundo de Salamanca según algunos autores y de Ávila de acuerdo con otros, Fundó además en 1.561 la ciudad de San Cristóbal a orillas de un río que denominó Tormes, como se llama también el que bordea la ciudad salamanquina y que hoy los tachirenses apelan Torbes.
Rodríguez Xuárez no debía ser ningún dechado de virtudes, porque el fiscal del proceso en su contra, García Valverse, hace las siguientes y gravísimas  acusaciones: “incendiario de mieses”, pueblos de indios y de los mismos indios, porque el  susodicho quemó muchos indios vivos en sus propias casas y bohíos  y así mismo sobre acechanzas y caso pensado alevosamente mató muchos indios, tomándoles sus tierras, casas y mujeres e hijos, y a otros indios que en sus bohíos tenía los aperreó e hizo comer de los perros para que estas crueldades sanasen entre los dichos indios y de noche estando salvas y seguros de los dichos en sus casas y bohíos los rancheaban  y tomaban y empalaban  vivos a donde en los palos puestos estaban tres y cuatro días en morir, naturalmente  de la cual murieron muchos. Devastó y destruyó, robó y tomó de noche y de día muchas comidas de los dichos indios, corrompiendo y dando causa que corrompiesen y tomases por la fuerza muchas indias, muchachas vírgenes  y el susodicho se ponía y hacía poner a los soldados en los caminos de los indios que estuviesen en sala para matar, tomar y prender y así mató y prendió muchos, de manera que el dicho Juan Rodríguez Xuárez es homicida voluntarioso, alevoso, incendiario, raptor de doncellas y vírgenes, salteador de los caminos, de populador de las mieses, comidas y campos, todos los delitos le están probados y es notorio..”.
Por su parte¸ Rodríguez Xuárez, en la Probanza que presentó a la Real Audiencia, para refutar las acusaciones que aparecen en su Carta Judicial y justificar sus procederes, titula a Juan Maldonado de enemigo acérrimo y de ser hombre inquieto, desasosegado y mendaz; y a los compañeros de  aventura e infortunio que declararon en el  proceso en su contra los tilda de delincuentes y asesinos, levantiscos y desertores, malhechores, disolutos e infames, viciosos, obscenos y sucios, malas lenguas y chocarreros, bulliciosos y juglares, envidiosos y alborotadores , ladrones y borrachos, además de  ser amigos íntimos del infame Maldonado y hombres de mala fama y de mal vivir. En  resumen, la escoria y la hez de la España de Felipe II.
Quizás no le faltaban razones a Cervantes, cuando en una de sus novelas ejemplares, “El Celoso Extremeño”, tildaba a las Indias de “efugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores –a quien llaman ciertas los peritos en el arte-, añagaza general de mujeres libres, engaña común de muchas y remedio particular de pocos”.
Por las reciprocas y gravísimas acusaciones que se hacen entre sí Maldonado, Rodríguez  Xuárez  y  sus respectivas conmilitones, el lector que revise detenidamente el expediente que consta de mil treinta y seis folios, llegará a la lamentable conclusión de que los fundadores y primitivos pobladores de la ciudad de Mérida eran todos unos bandidos despiadados, embusteros empedernidos, seres crueles, caterva de sanguinarios, hombres codiciosos y pervertidos emparentados con hienas y chacales.
El clima y la mansedumbre aportada en los genes por las mujeres aborígenes, con quienes se unieron los invasores, debieron atemperar  el carácter y corregir los vicios en los descendientes, porque en 1.750 el Padre don Basilio Vicente de Oviedo, las encontró “de ingenios excelentes, pues los más que se aplican a los letras salen aventajados y son agudos y perspicaz despejados, armables y festivos y aun picados de briosos y hay muchas familias nobles descendientes de los conquistadores.

La transcripción de la carta de Maldonado para el Presidente de la Real Audiencia, fechada el 23 de febrero de 1559, se refiere a la Mérida establecida en La Punta y dice así: “Muy alta y muy poderosa y serenísima señor. Como por Vuestra Alteza me fue mandada, salí a esta su Provincia de Sierras Nevadas en busca de Juan  Rodríguez Xuarez, vecino de Pamplona y de los españoles que con él habían salido juntamente con los servidores de Vuestra Alteza en este viaje y en la distancia que hay desde la ciudad de Pamplona hasta aquí,  aunque se halló mucha tierra, no se vieron sino una muy pocos naturales y créese fue la causa haber pasado  poco antes  dicho Juan Rodríguez  d que en algo quedarían amedrentados; tiénese por noticia y relación de los dichos españoles que vinieron con Juan  Rodríguez  de que hay alguna cantidad de indios poblaciones en el dicho camino hasta llegar aquí, las cuales no quise ocuparme a ver por no  detenerme; antes pasé por algunas de ellas de camino y sin salir nosotros a estorbar ni impedir a los dichos naturales en parte alguna, aunque por mí fue deseado para dar parte a Vuestra Alteza de llamarlos y ofrecerles la paz; juzgase que habrá desde la dicha ciudad  de Pamplona a esta ranchería donde hallé los españoles, treinta y cinco leguas de camino; está este asiento de ranchería al pie de una sierra nevada encima de una sabana, donde corre un río de algún caudal que parece descender  de las dichas sierras, lleva las vertientes  hacia la Laguna de Maracaibo; el lugar parece sano aunque podría ser más arriba hallarse mejor en la comarca de este asiento y ranchería, donde hay  tierra doblada de sierras y por un lado parece ensancharse hacia delante rumbo a los llanos hay pocos naturales y poblaciones que ya haya visto, y así parece que el repartimiento a depósito que en vuestro real nombre se entremetió a hacer el dicho Juan  Rodríguez, porque daba a los soldados de veinte a treinta bohíos de repartimiento, aunque entre él y otros de allegados y favoritos se habían tomado lo mejor y la mayos parte de lo que había de esta tierra que serán tres o cuatro entre quienes la repartió; la maña que tuvo en dar a las cédulas verá Vuestra Alteza, siendo servido, por dos que envíe con la información que hice; he tenido por noticia de los españoles y naturales que aquí estaban que hay otras sierras nevadas pasadas estas que están avista están vistas y descubiertas y se juzga estar cerca, y que ante las unas y las otras dan relación los indios; hay muchos naturales y buena tierra, y estos tienen ropa y mantas de oro, pero no se sabe de cierto y así mismo por otros bandas, que saliendo de aquí se cree que habrá buena tierra; la Laguna de Maracaibo, según me han informado españoles que llegaron a las ciénagas de ella, está cerca de aquí; trajeron después que yo llegué cantidad de sal y muestras de oro y joyas aunque muy poco…”.
Maldonado prosigue su carta, participando al Presidente de la Real Audiencia que ha hecho preso a Rodríguez Xuárez como se lo había ordenado y lo remitía custodiado por doce  hombres a Bogotá así como por el Alcalde de Pamplona y dos sujetos más de confianza, con sus armas y caballos. Con los vasallos y servidores que llevaba consigo y con los soldados que habían venido con Rodríguez Xuárez, había entonces en la ranchería ciento doce hombres.
Mudada entonces la puebla al sitio actual, en la meseta de los tatuyes, sus habitantes se dividieron en dos facciones.
“La rivalidad declarada entre los dos fundadores-anota Tulio Febres Cordero- que no volvieron a residir más en Mérida, quedó sin embargo viva entre sus  principales tenientes y soldados, que vinieron a ser los primeros  y más notables vecinos de la ciudad de las Sierras Nevadas, en la cual tomó con los años tal fuerza esta llama de discordia, que retardó mucho la prosperidad a que estaba llamada por la excelencia de su clina, la incomparable fertilidad de su vasto territorio y la mansedumbre y laboriosidad de los indios”.
“El bando o partido de Rodríguez Xuárez tomó el nombre de Gavirias, por el apellido de capitán Pedro García de Gaviria, segundo de aquel en sus jornadas, hombre notable y valeroso, natural de la villa de Mondragón en Guipúzcoa, descendiente de la casa de Gaviria de la villa de Guevara, veterano en las guerras de España y conquistador muy distinguido en las Américas; y el bando contrario, llamado de las Cerradas tomó por jefe y caudillo al capitán Hernando Cerrada, natural de Higuera de Vargas en España, hombre también de poder y de influencia, que vino por segunda de Maldonado y lo acompañó en sus conquistas y nueva fundación de Mérida”.

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